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CEREMONIA DE RECONOCIMIENTO DEL CULTO LITÚRGICO A DUNS ESCOTO
Y BEATIFICACIÓN DE DINA BÉLANGER

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado 20 de marzo de 1993

 

«Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios» (2Co 6,1).

1. Con estas palabras, que acabamos de proclamar, el apóstol Pablo recordaba a los fieles de Corinto el gran don que habían recibido con el anuncio del Evangelio y, al mismo tiempo, los ponía frente a su grave responsabilidad de personas libres, capaces de recibir o rechazar esa gracia.

Al igual que en la experiencia humana el ofrecimiento gratuito de un don encierra una invitación implícita al agradecimiento, también en la relación con Dios la iniciativa libre del Padre celeste, bueno y generoso, pone al hombre frente a una opción: reconocer el don recibido y acogerlo con gratitud, o rechazarlo, encerrándose en su egoísmo mortificante. Esto es precisamente lo que el Apóstol desea subrayar.

2. «Nos recomendamos en todo como ministros de Dios, con mucha constancia» (2Co 6,4). Amadísimos hermanos y hermanas, ¡cuán actuales resultan estas palabras para nosotros, los creyentes, en los umbrales del tercer milenio de la era cristiana! Nuestra época necesita con urgencia testigos auténticos del Evangelio. La humanidad espera, a menudo de forma inconsciente, una evangelización nueva y valiente. También los hombres de la sociedad contemporánea tienen necesidad de no recibir la gracia de Dios en vano. Es preciso que dé frutos abundantes de vida, paz y progreso espiritual.

El período cuaresmal, en el que nos encontramos inmersos desde hace algunas semanas, es realmente «el tiempo favorable» (2Co 6,2), en el que la Iglesia nos invita a hacer la experiencia del desierto. La oración y la penitencia caracterizan este camino de conversión y renovación, con el anhelo, nunca plenamente satisfecho, de encontrarnos con el Señor. Un encuentro íntimo y personal, sin las distracciones terrenas y compromisos egoístas. Un encuentro que transforme el ritmo frenético de la vida cotidiana en respuesta armoniosa a la llamada constante de Cristo a través de los acontecimientos y las circunstancias de cada día.

La exhortación del Apóstol a no recibir en vano la gracia del Redentor se renueva, pues, esta tarde para todo fiel, a fin de que, con la ayuda del Redentor, se haga capaz de dar frutos de bien y se prepare dignamente a la celebración de las fiestas pascuales.

3. Nos acompañan y nos impulsan en este compromiso de correspondencia a la gracia de Dios dos hermanos nuestros en la fe, que trataron de hacer producir los dones de naturaleza y de gracia que habían recibido de la Providencia divina. A lo largo de esta sugestiva liturgia, he tenido la alegría de proclamar beata a Dina Bélanger, religiosa de la congregación de Jesús-María, y de declarar el reconocimiento del culto litúrgico de Juan Duns Escoto, franciscano.

Separadas entre sí por el tiempo, estas dos personalidades extraordinarias de creyentes dieron testimonio de correspondencia pronta y generosa a la gracia divina, actuando en su vida un entramado de dones naturales y dones celestiales que despierta nuestra admiración.

Nacido en Escocia, hacia el año 1265, Juan Duns Escoto fue llamado beato casi inmediatamente después de su muerte piadosa, acaecida en Colonia el 8 de noviembre de 1308. En esa diócesis, y en las de Edimburgo y Nola, al igual que en el ámbito de la orden seráfica, se le tributó durante siglos un culto público que la Iglesia le reconoció solemnemente el 6 de julio de 1991 (cf. AAS, 84, 1992, pp. 396-399) y que hoy confirma.

A las Iglesias particulares mencionadas, que se hallan presentes esta tarde en la basílica vaticana con sus dignísimos pastores, así como a toda la gran familia franciscana, dirijo mi saludo, invitando a todos a bendecir el nombre del Señor, cuya gloria resplandece en la doctrina y en la santidad de vida del beato Juan, cantor del Verbo encarnado y defensor de la Inmaculada Concepción de María.

4. En nuestra época, rica en inmensos recursos humanos, técnicos y científicos, pero en la que muchos han perdido el sentido de la fe y llevan una vida alejada de Cristo y su Evangelio (cf. Redemptoris missio, 33), el beato Duns Escoto se presenta no sólo con la agudeza de su ingenio y su capacidad extraordinaria de penetración en el misterio de Dios, sino también con la fuerza persuasiva de su santidad de vida, que lo hace maestro de pensamiento y de vida para la Iglesia y para toda la humanidad. Su doctrina, de la que, como afirmaba mi venerado predecesor Pablo VI «se podrán extraer armas resplandecientes para combatir y alejar la nube negra del ateísmo que oscurece nuestra época» (carta apostólica Alma Parens: AAS 58, 1966, p. 612), edifica sólidamente la Iglesia, sosteniéndola en su misión urgente de nueva evangelización de los pueblos de la tierra.

En especial para los teólogos, los sacerdotes, los pastores de almas, los religiosos, y más en particular para los franciscanos, el beato Duns Escoto constituye un ejemplo de fidelidad a la verdad revelada, de fecunda acción sacerdotal y de serio diálogo en la búsqueda de la unidad. Como afirmaba Juan de Gerson, en su existencia siempre se guió «no por el afán singular de vencer, sino por la humildad de encontrar un acuerdo» (Lectiones duae "Poenitemini", lect. alt., consid. 5: citado en la carta apostólica Alma Parens: AAS 58, 1966, p. 614).

Que su espíritu y su recuerdo iluminen con la misma luz de Cristo las tribulaciones y las esperanzas de nuestra sociedad.

5. Esa luz brota, asimismo del rostro de Dina Bélanger, de la congregación de Jesús-María, a quien la Iglesia venerará desde hoy como beata. En esta hora de la oración de Vísperas, nos conviene volver nuestra mirada hacia esa alma ardiente, que alcanzó un grado tan elevado de intimidad con Dios, que podía decir acerca de su período de noviciado: «Mi hambre de la comunión crecía sin cesar. Un día sin pan ¿no es un día sin sol, unas horas en que la noche tarda en venir?». En efecto, quería que sólo Jesús viviera en ella, para que su ser entero quedase anonadado en él.

Dina Bélanger se acerca al ideal admirable que san Pablo propone a nuestra meditación cuando escribe: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). En una congregación que tiene como fin «dar a conocer a Jesús y a María por medio de la educación cristiana», la hermana María de santa Cecilia de Roma vive su vida y su acción con la intención de que Cristo pueda actuar en ella y de no ser más que un instrumento en plenamente dócil en sus manos.

Sus sufrimientos le permitieron conocer la identificación que buscaba. Al pasar por la cruz de la enfermedad y la muerte, consumó su ofrenda a Aquel que fue y sigue siendo hoy el único objetivo de su vida, la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, la claridad en medio de las tinieblas y la noche, la voz que habla en nuestra alma.

6. La intimidad de la presencia de Cristo en Dina Bélanger, y la vida de la santísima Trinidad en ella, se reflejan de forma muy particular en su espíritu de ofrenda al Corazón del Hijo de Dios. Jesús es —escribe— la «vida de mi vida», pues se esfuerza siempre por hacer que su corazón palpite al ritmo del suyo. Se sabe acompañada a cada instante, en el eterno presente que hace decir a san Pablo: «Mira ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación» (2Co 6,2). Con su deseo de corresponder con plenitud a la voluntad divina, ya no vive más que en la libertad concedida por Dios a sus hijos, en el espíritu de su consigna: Jesús y María, la regla de mi amor; y mi amor, la regla de mi vida. De esta fidelidad a las intenciones del Corazón eucarístico de Jesús y del Corazón inmaculado de su Madre, brotaban los rasgos más sencillos y más hermosos de caridad hacia sus hermanas en religión. Como si hubiera recibido la gracia de Santa Teresita del Niño Jesús, que había abandonado este mundo el año en que ella nació, Dina Bélanger quiere consumir el mundo entero en el amor; se hace apóstol y misionera según el corazón de Dios.

Su mensaje nos llega esta tarde, queridos hermanos y hermanas, con una pureza y una nitidez maravillosas. La acogida de Jesús en nuestra vida, la unión de nuestro corazón con el suyo, el amor de la Virgen santísima y el espíritu fraterno en las comunidades son las gracias que podemos implorar al Señor por intercesión de Dina Bélanger, que nos deja como última consigna: Amar y dejar actuar a Jesús y María.

7. Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Amadísimos hermanos y hermanas, guiados casi de la mano por estos dos nuevos beatos, volvamos a la invitación que la liturgia de hoy nos repite con mucha insistencia. Todos estamos llamados a la santidad; todos debemos construir en nuestra vida aquel diálogo de amor y de unión con Dios que lleva a la felicidad verdadera y a la satisfacción plena de las aspiraciones más íntimas del corazón humano.

Los caminos para seguir la llamada evangélica pueden ser diversos, según la riqueza inagotable de la gracia sobrenatural; pero la meta es una sola: reproducir en la propia existencia la imagen misma del Hijo de Dios.

La espiritualidad auténtica se funda en esta condición elemental y decisiva: traducir a la realidad concreta el anuncio evangélico, respondiendo sin vacilaciones a la acción salvífica del Señor.

8. Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el día de salvación.

Hoy es el tiempo de nuestra conversión. Dina Bélanger, joven seguidora de la madre Claudina Thévenet, que mañana tendré la alegría de proclamar santa, nos estimula con su ejemplo a amar los planes de Dios en la sencillez de la vida diaria. Juan Duns Escoto nos recuerda que el amor activo hacia los hermanos nace de la búsqueda de la verdad y de su contemplación en el silencio de la oración y en el testimonio sin sombras de una adhesión plena a la voluntad del Señor.

Amadísimos hermanos y hermanas, como ellos en su existencia no recibieron en vano la gracia de Dios, así suceda también en vuestra vida. Lo pedimos con confianza al Señor por su misma intercesión.

Beata Dina Bélanger, beato Juan Duns Escoto, ¡orad por nosotros!

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

 

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