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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

HOMIL
ÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

1 de noviembre de 1993

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Celebramos hoy, como todos los años, el sacrificio eucarístico aquí, en el antiguo cementerio romano de Campo Verano. Lo celebramos en la víspera de la conmemoración de nuestros queridos difuntos, mientras contemplamos el misterio de la santidad en la solemnidad de Todos los Santos.

Se trata de un gran día para la Iglesia que peregrina en la tierra, un día de especial cercanía a cuantos antes que nosotros han pasado por esta tierra y ahora ya "están de pie delante del Cordero" (cf. Ap 7, 9). Su corazón está lleno de la gloria de Dios. Es un día glorioso éste de Todos los Santos, en que conmemoramos la salvación realizada en la historia de la humanidad gracias a la sangre del Redentor.

«Una muchedumbre inmensa..., de toda nación, razas, pueblos y lenguas... "¿Quiénes son y de dónde han venido?". "Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero"» (Ap 7, 9. 13-14).

Día de Todos los Santos, día de la Redención realizada, gran fiesta del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

2. Este día lo llevo grabado indeleblemente en mi memoria, pues en la solemnidad de Todos los Santos de hace cuarenta y siete años recibí el don del sacerdocio de Cristo y me convertí en servidor de la Eucaristía. Recuerdo con perenne devoción a los que me acompañaron en mi preparación para este ministerio. A ellos me uno en el misterio de la comunión de los santos.

En esos dos primeros días de noviembre pude recorrer el camino que lleva a un nuevo sacerdote a la celebración de su primera santa misa, o sea, desde la celebración con mi obispo (el cardenal Adam Stefan Sapieha) durante la ordenación sacerdotal, hasta la primera misa, que podríamos definir como "propia", aunque una misa no puede nunca considerarse como "propia". Es siempre el sacrificio de Cristo y de toda la Iglesia, su cuerpo místico. La santa misa constituye así un adentrarse profundamente en el misterio de Todos los Santos, así como también un salir al encuentro de quienes, sufriendo en el purgatorio, "buscan el rostro del Señor" (cf. Sal 24).

Toda santa misa anuncia lo que proclama la liturgia de hoy en el salmo responsorial: "Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes" (Sal 24, 1). Sí, el sacrificio redentor de Cristo abraza todo y a todos. Consciente de sus propios límites, el sacerdote, al celebrar la misa, experimenta siempre un don que lo supera infinitamente.

3. La mañana del día de la conmemoración de todos los fieles difuntos tuve la gracia de celebrar la eucaristía junto con "el grupo que busca el rostro del Señor" (cf. Sal 24, 6), unido a cuantos —como subraya la liturgia— lo ven "tal cual es" (1 Jn 3, 2).

Ante los ojos de mi alma sigue siempre presente el lugar, la cripta bajo la catedral de Wawel, en Cracovia, donde yacen los restos mortales de reyes, grandes caudillos y jefes espirituales proféticos de mi nación. La catedral está profundamente penetrada de su presencia y de su testimonio, como en la basílica de San Pedro se siente de modo significativo la fascinación espiritual que irradian las tumbas de los Papas. Se trata de testigos de la historia en que todas las naciones, de generación en generación, junto con la Iglesia, buscan "el rostro del Dios de Jacob" (cf. Sal 24, 6), porque, como recuerda san Agustín, el corazón del hombre permanece inquieto hasta que repose en Dios (cf. Confesiones, 1, 1).

4. Ese día, el día de la primera santa misa, dura siempre. Y no sólo en la memoria: se perpetúa en la Eucaristía de Cristo, que es la misma ayer, hoy y siempre. Se prolonga en el ministerio sacerdotal, como fundamento de la vocación de todo obispo y, en especial, del Obispo de Roma.

Al celebrar el sacrificio eucarístico aquí en el Campo Verano, quisiera abrazar en nuestra oración común a todos los cementerios de Roma y a cuantos habitan en ellos. No sólo a los difuntos de esta ciudad que se suele llamar eterna, sino también al "orbe y todos sus habitantes" (Sal 24, 1): a todos, dondequiera se encuentren depositados sus restos terrenos, dondequiera se hallen sepultados, a veces incluso sin el justo respeto que se debe a su cuerpo (y, por desgracia, no son pocos esos lugares...).

A todos los abraza el sacrificio redentor de Cristo. Se hallan presentes en este sacrificio de la Iglesia, que ora en sufragio de sus difuntos. Sacrificio totalmente. de Cristo y, al mismo tiempo, sacrificio totalmente en favor de los hombres: de los vivos y de los difuntos.

5. "¿Quiénes son y de dónde han venido?" (Ap 7, 13).

De todos los lugares. De todos los lugares... "Señor, tú lo sabrás" (Ap 7, 14). Vengan de donde vengan, todos "han la. vado sus vestiduras y las han blanqueado. con la sangre del Cordero" (Ap 7, 14). Y ahora están de pie delante de ti.

Señor, que puedan ver el rostro del Padre. Que te vean a ti, Dios vivo. Que vean a Dios, tal cual es. Amén.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

 

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