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IX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo de Ramos, 27 de marzo de 1994



1. «Gritarán las piedras» (Lc 19, 40).

Vosotros, los jóvenes, sabéis que las piedras gritan. Son mudas, pero tienen una elocuencia particular, su grito. Cualquiera que se encuentre en las cumbres de los montes, por ejemplo en las de los Alpes o el Himalaya, lo percibe. La elocuencia, el grito de esos imponentes macizos es emocionante y hace que el hombre caiga de rodillas, lo impulsa a volver a entrar en sí mismo y a dirigirse al Creador invisible. Esas piedras mudas hablan. Vosotros, los jóvenes, lo sabéis mejor que los demás, porque exploráis su misteriosa elocuencia realizando excursiones a las montañas más altas, a fin de realizar un esfuerzo que os sirva para emplear vuestras energías jóvenes.

Vosotros lo sabéis y por eso Cristo dice de vosotros: «Si éstos callan, gritarán las piedras» (Lc 19, 40). Lo dice en el momento de su entrada mesiánica en Jerusalén, mientras algunos fariseos trataban de hacer que callara a esos jóvenes que gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mc 11, 9). Cristo respondió: «Si éstos callan, gritarán las piedras». Con esas palabras, amadísimos jóvenes, Jesús os ha lanzado un desafío. Y vosotros lo habéis aceptado. Se trata de un desafío que se renueva, desde hace diez años, con ocasión del domingo de Ramos, en el que vosotros, los jóvenes, os reunís en La plaza de San Pedro para repetir: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Nuestro encuentro de 1984, en esta misma plaza, suscitó la idea de la Jornada mundial de la juventud. Hoy, por décima vez, esa idea se hace realidad. Este año habéis llegado aquí también vosotros, amigos americanos, desde Denver, para traer la cruz peregrina y entregarla a vuestros coetáneos de Filipinas, donde, Dios mediante, en enero del año próximo, se celebrará el nuevo encuentro mundial de los jóvenes: Manila 1995.

2. «Gritarán las piedras». La piedra encierra una gran energía. En ella se manifiestan las fuerzas de la naturaleza, que elevan la corteza terrestre, formando cadenas de altas montañas. La piedra puede constituir una fuerza amenazadora. Pero, además de las rocas de las montañas, en las que se revela el misterio de la creación, hay también piedras que sirven al hombre para las obras de su talento. Basta pensar en todos los templos del mundo, en las catedrales góticas, en las obras del Renacimiento, como esta basílica de San Pedro, o en ciertos edificios sagrados del lejano Oriente.

Hoy, sin embargo, os invito a visitar espiritualmente un templo específico: el templo del Dios de la alianza en Jerusalén. De él sólo ha quedado un pequeño fragmento, llamado Muro de las Lamentaciones, porque junto a sus piedras se reúnen los hijos de Israel, recordando la grandeza del antiguo santuario, en el que Dios habitó y que fue objeto de un sano orgullo por parte de todo Israel. Fue arrasado en el año 70 después de Cristo. Por eso, hoy, ese Muro de las Lamentaciones es tan elocuente para los hijos de Israel, y también para nosotros, porque sabemos que en ese templo Dios estableció realmente su morada, y el espacio vacío del Santo de los santos guardaba en su interior las tablas del Decálogo, que el Señor confió a Moisés en el Sinaí. Ese lugar santísimo estaba separado del resto del templo por un velo, que en el momento de la muerte de Cristo se rasgó de arriba abajo: signo conmovedor de la presencia del Dios de la alianza en medio de su pueblo.

Así pues, subamos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre será entregado a la muerte y crucificado, para resucitar al tercer día. La fiesta de hoy, domingo de Ramos, nos recuerda y hace presente la entrada de Jesús en Jerusalén, cuando los hijos e hijas de Israel proclamaron la gloria de Dios, saludando «al que viene en nombre del Señor»: «¡Hosanna al Hijo de David!».

3. «Si éstos callan, gritarán las piedras». En realidad, los jóvenes no callan. Contemplamos con asombro cómo gritan. No dejan que hablen sólo las piedras; no permiten que los templos del Dios vivo se conviertan en frías piezas de museo. Hablan a voz en grito. Hablan en los diversos lugares de la tierra, y su voz se ha de oír. Así sucede que, gracias a su testimonio, los jóvenes discípulos de Jesús son para muchos una sorpresa.

Eso aconteció precisamente el año pasado en Denver, Colorado, donde, con ocasión de una reunión tan numerosa de jóvenes de todo el mundo, se preveían excesos juveniles, o incluso casos de violencia y atropello, con lo que se hubiera dado más bien un antitestimonio. Se calculaba que eso iba a suceder, y por eso se tomaron las debidas precauciones. Para vosotros, queridos amigos, fue un desafío. Y lo aceptasteis y respondisteis con vuestro testimonio. Un testimonio vivo, con el que habéis destruido los tópicos según los cuales se os quería ver y juzgar. Habéis manifestado lo que de verdad sois y deseáis. Y vuestra voz ha resonado en la metrópoli americana que está al pie de las Montañas Rocosas, de forma que tanto las cumbres de esas montañas como las gigantescas construcciones modernas debieron de asombrarse al oíros y veros como sois de verdad.

4. Por eso, amadísimos jóvenes no os sorprenda que, después de las experiencias de Buenos Aires, Santiago de Compostela, Jasna Góra y Denver, hoy quiera hablaros con el mensaje que Cristo dejó a los Apóstoles en su misterio pascual. Estamos entrando en la Semana Santa. Iremos a Jerusalén, al cenáculo del Jueves Santo; subiremos al Gólgota; nos detendremos ante el sepulcro, en el silencio de la Vigilia pascual; y luego volveremos de nuevo al cenáculo para encontrarnos con el Resucitado, que nos repetirá lo que dijo a los Apóstoles, alegres por su presencia: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21).

«Los discípulos se alegraron de ver al Señor» (Jn 20, 20), escribe el evangelista Juan. También vosotros os alegraréis viéndolo entre vosotros vivo, vencedor sobre la muerte, que no pudo triunfar sobre él. Os alegraréis oyendo las palabras que os dirigirá. Os alegraréis porque se fía de vosotros, porque tiene tanta confianza en vosotros que os dice, por medio de vuestros pastores: «Como el Padre me envió, también yo os envío». Vosotros esperáis que os envíe, que os confíe su Evangelio, que os encomiende la salvación del mundo. Vuestros corazones jóvenes esperan oír del Redentor precisamente esas palabras.

El hombre debe tener la conciencia de ser enviado. Así lo dije el jueves pasado a los jóvenes de Roma. Sin esa conciencia, la vida humana se hace roma y polvorienta. Ser enviado quiere decir tener una tarea por desempeñar, una tarea comprometedora. Ser enviado quiere decir abrir los caminos a un bien grande, esperado por todos. Ser enviado quiere decir estar al servicio de una causa suprema.

Vosotros, los jóvenes, esperáis precisamente eso. Cristo desea encontrarse con vosotros y comprometeros en la gran misión que el Padre le confió. Es una misión que sigue viva y actual en el mundo, pero aún incompleta, siempre por realizar hasta el último día.

«Ven conmigo a salvar al mundo, ya estamos en el siglo veinte»: así cantaban en Polonia los jóvenes, en los tiempos tan difíciles de la lucha por la verdad y la vida, que es Cristo, y por el camino que él señala (cf. Jn 14, 6). Hoy, mientras este siglo veinte se acerca a su fin, debemos pensar en el futuro, en el siglo veintiuno, en el tercer milenio. Este futuro os pertenece a vosotros. El futuro os pertenece. Sois los hombres y las mujeres del mañana. Y Cristo es «el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8). Decid a todos vuestros coetáneos que él los espera y que únicamente él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68). Decidlo a todos vuestros coetáneos.

Amén.


© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana

 

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