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MISA DE CLAUSURA DEL ENCUENTRO MUNDIAL CON LAS FAMILIAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

9 de octubre de 1994

 

1. «Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador...».

Queridos hermanos y hermanas;
familias peregrinas:

El Obispo de Roma os saluda hoy en la plaza de San Pedro, con ocasión de la solemne eucaristía que estamos celebrando. Ésta es la eucaristía del Año de la familia. Nos unimos espiritualmente a todos los que han acogido la llamada de este Año y están hoy aquí con nosotros presentes en espíritu. Con ellos profesamos nuestra fe en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.

La liturgia de este domingo en la primera lectura, tomada del libro del Génesis, expone la verdad sobre la creación. En particular, recuerda la verdad sobre la creación del hombre «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 27). Como varón o mujer, el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios mismo: «varón y mujer los creó» (Gn 1, 27). En ellos tiene comienzo la comunión de las personas humanas. El hombre-varón «abandona a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (Gn 2, 24). En esta unión trasmiten la vida a nuevos seres humanos: llegan a ser padres. Participan de la potencia creadora del mismo Dios.

Hoy, todos los que, mediante su maternidad o su paternidad, se asocian al misterio de la creación, profesan a «Dios, Padre todopoderoso, creador...».

Profesan a Dios como Padre, porque a él deben su maternidad o paternidad humana. Y, profesando su fe, se confían a este Dios, «de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 15), por la gran tarea que les corresponde personalmente como padres: la labor de educar a los hijos. «Ser padre, ser madre», significa «comprometerse en educar». Y educar quiere decir también «generar»: generar en el sentido espiritual.

2. «Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios..., que por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de María, la Virgen, y se hizo hombre».

Creemos en Cristo, que es el Verbo eterno: «Dios de Dios, Luz de Luz». El, en cuanto consubstancial al Padre, es Aquel por quien todo fue creado. Se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación. Como Hijo del hombre santificó la familia de Nazaret, que lo había acogido en la noche de Belén y lo había salvado de la crueldad de Herodes. Esta familia —en la que José, esposo de la purísima Virgen María, hacía para el Hijo las veces del Padre celeste— ha llegado a ser don de Dios mismo a todas las familias: la Sagrada Familia.

Creemos en Jesucristo, que, viviendo durante treinta años en la casa de Nazaret, santificó la vida familiar. Santificó también el trabajo humano, ayudando a José en el esfuerzo por mantener la Sagrada Familia.

Creemos en Jesucristo, el cual ha confirmado y renovado el sacramento primordial del matrimonio y de la familia, como nos recuerda el pasaje evangélico que hemos escuchado (cf. Mc 10, 2-16). En él vemos cómo Cristo, en su coloquio con los fariseos, hace referencia al «principio», cuando Dios «creó al hombre —varón y mujer los creó—» para que, llegando a ser «una sola carne» (cf. Mc 10, 6-8), trasmitieran la vida a nuevos seres humanos. Cristo dice: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mc 10, 8-9). Cristo, testigo del Padre y de su amor, construye la familia humana sobre un matrimonio indisoluble.

3. Creo —creemos— en Jesucristo, que fue crucificado, condenado a muerte de cruz por Poncio Pilato. Aceptando libremente la pasión y la muerte de cruz redimió el mundo. Resucitando al tercer día, confirmó su potencia divina y anuncio la victoria de la vida sobre la muerte.

De este modo, Cristo ha entrado en la historia de todas las familias, porque su vocación es servir a la vida. La historia de la vida y de la muerte de cada ser humano está injertada en la vocación de cada familia humana, que da la vida, pero que también participa de un modo muy particular en la experiencia del sufrimiento y de la muerte. En esta experiencia está presente Cristo que afirma: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11, 25-26).

Creemos en Jesucristo, que, en cuanto Redentor, es el Esposo de la Iglesia, como nos enseña san Pablo en la carta a los Efesios. Sobre este amor esponsal se fundamenta el sacramento del matrimonio y de la familia en la nueva alianza. «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (...). Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos» (Ef 5, 25. 28). En el mismo espíritu san Juan exhorta a todos (y en particular a los esposos y a las familias) al amor recíproco: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud» (1 Jn 4, 12).

Queridos hermanos y hermanas, hoy damos gracias de manera particular por este amor que Cristo nos ha mostrado: el amor que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5, 5); el amor que os ha sido dado en el sacramento del matrimonio y que desde entonces no ha cesado de alimentar vuestra relación, impulsándoos a la donación recíproca. Con el pasar de los años este amor también ha alcanzado a vuestros hijos, que os deben el don de la vida. ¡Cuánta alegría suscita en nosotros el amor que, según el evangelio de hoy, Jesús manifestaba a los niños: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios» (Mc 10, 14).

Hoy pedimos a Cristo que todos los padres y educadores del mundo participen de este amor con el que él abraza a los niños y jóvenes. El mira sus corazones con el amor y la solicitud de un padre y, al mismo tiempo, de una madre.

4. «Creo en el Espíritu Santo». Creemos en el Espíritu Paráclito, en Aquel que da la vida, y es «Señor y dador de vida» (Dominum et vivificantem). ¿No es acaso él quien ha injertado en vuestros corazones ese amor que os permite estar juntos como marido y mujer, como padre y madre, para el bien de esta comunidad fundamental que es la familia? En el día en que los esposos se prometieron recíprocamente «fidelidad, amor y respeto para toda la vida», la Iglesia invocó al Espíritu Santo con esta conmovedora oración: «Infunde sobre ellos la gracia del Espíritu Santo para que, en virtud de tu amor derramado en sus corazones, perseveren fieles en la alianza conyugal» (Rituale Romanum, Ordo celebrandi matrimonium, n. 74).

¡Palabras verdaderamente conmovedoras! Aquí están los corazones humanos que, invadidos de recíproco amor esponsal, gritan para que su amor pueda alcanzar siempre la «fuerza de lo alto» (cf. Hch 1, 8). Sólo gracias a esa fuerza que brota de la unidad de la santísima Trinidad, pueden formar una unión, unión hasta la muerte. Sólo gracias al Espíritu Santo su amor logrará afrontar los deberes, tanto de marido y mujer como de padres. Precisamente el Espíritu Santo «infunde» este amor en los corazones humanos. Es un amor noble y puro. Es un amor fecundo. Es un amor que da la vida. Un amor bello. Todo lo que san Pablo ha incluido en su «himno al amor» (cf. 1 Co 13, 1-13) constituye el fundamento más profundo de la vida familiar.

Por este motivo hoy, en presencia de tantas familias de todo el mundo, renovamos nuestra fe en el Espíritu Santo, pidiendo que todos sus dones permanezcan siempre en las familias: el don de sabiduría y de inteligencia, el don de consejo y de ciencia, el don de fortaleza y de piedad. Y también el don de temor de Dios, que es «principio de la sabiduría» (Sal 111, 10).

5. Hermanos y hermanas; familias aquí reunidas; familias cristianas del mundo entero, construid vuestra existencia sobre el fundamento de aquel sacramento que el Apóstol llama «grande» (cf. Ef 5, 32). ¿Acaso no veis cómo estáis inscritos en el misterio del Dios vivo, de aquel Dios que profesamos en nuestro «Credo» apostólico?

«Creo en el Espíritu Santo (..). Creo en la Iglesia santa» (unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam). Vosotros sois «iglesia doméstica» (cf. Lumen gentium, 11), como ya enseñaron los Padres y escritores de los primeros siglos. La Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles tiene en vosotros su inicio: «Ecclesiola; iglesia doméstica». Así pues, la Iglesia es la familia de las familias. La fe en la Iglesia vivifica nuestra fe en la familia. El misterio de la Iglesia, este misterio fascinante presentado de modo profundo por la doctrina del concilio Vaticano II, halla precisamente su reflejo en las familias.

Queridos hermanos y hermanas, vivid en esta luz. Que la Iglesia, extendida por todo el mundo, madure como unidad viva de Iglesias: communio Ecclesiarum, también de aquellas iglesias domésticas que sois vosotros.

Y cuando pronunciéis las palabras del Credo que se refieren a la Iglesia, sabed que ellas os atañen a vosotros.

6. Profesamos la fe en la Iglesia y esta fe permanece estrechamente unida al principio de la vida nueva, a la que Dios nos ha llamado en Cristo. Profesamos esta vida. Y, profesándola, recordamos tantos baptisterios del mundo en los que fuimos engendrados a esta vida. Y además a estos baptisterios habéis llevado a vuestros hijos y vuestras familias. Profesamos que el bautismo es un sacramento de regeneración «por el agua y el Espíritu» (Jn 3, 5). En este sacramento se nos perdona el pecado original así como cualquier otro pecado, y llegamos a ser hijos adoptivos de Dios a semejanza de Cristo, que es el único Hijo unigénito y eterno del Padre.

Hermanos y hermanas; familias: ¡Qué inmenso es el misterio del que habéis llegado a participar! ¡Qué profundamente se une mediante la Iglesia vuestra paternidad y vuestra maternidad —queridos padres y queridas madres— con la eterna paternidad del mismo Dios!

7. Creemos en la santa Iglesia. Creemos en la comunión de los santos. Creemos en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro.

¿Acaso no es necesario, ya en vísperas del tercer milenio, que nos esforcemos en vivir este año particular, el Año de la familia, en semejante perspectiva de salvación? Del misterio de la creación del hombre como communio personarum hemos pasado así al misterio de la communio sanctorum. La vida humana que tiene su principio en Dios mismo encuentra allí su meta y su cumplimiento. La Iglesia vive en continua comunión con todos los santos y beatos, los cuales viven en Dios. En Dios se da también la eterna «comunión» de todos los que, aquí en la tierra, fueron padres y madres, hijos e hijas. Todos ellos no están separados de nosotros. Están unidos a la común historia de salvación, que mediante la victoria sobre el pecado y sobre la muerte conduce a la vida eterna, donde Dios «enjugará toda lágrima de los ojos humanos» (cf. Ap 21, 4), donde nosotros lo reconoceremos como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y donde él, a su vez, nos reconocerá a nosotros. Él morará en nosotros, porque entonces se manifestará que él —sólo él, que es «el alfa y la omega, el primero y el último» (Ap 22, 13)— será «todo en todos» (1 Co 15, 28).

8. Queridas familias aquí reunidas; familias de todo el mundo: Os deseo que, mediante la eucaristía de hoy, mediante nuestra oración común, sepáis siempre descubrir vuestra vocación, vuestra gran vocación en la Iglesia y en el mundo. Esta vocación la habéis recibido de Cristo que «nos santifica» y que «no se avergüenza de llamarnos hermanos y hermanas», como hemos leído en el pasaje de la carta a los Hebreos (Hb 2, 11). He aquí que Cristo os dice hoy a todos vosotros: «Id, pues, por todo el mundo y enseñad a todas las familias» (cf. Mt 28, 19). Anunciándoles el evangelio de la salvación eterna, que es el «evangelio de las familias». El Evangelio —lab uena nueva—es Cristo, «porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12). Y Cristo es «el mismo ayer, hoy v siempre» (Hb 13, 8). Amén.

 

© Copyright 1984 -  Libreria Editrice Vaticana 

 

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