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X JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN EL «RIZAL PARK» DE MANILA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Domingo 15 de enero de 1995



Amados hermanos y hermanas en Cristo:

1. Estamos celebrando la misa del Santo Niño de Cebú, el niño Jesús, cuyo nacimiento en Belén la Iglesia acaba de conmemorar en Navidad. Belén significa el comienzo en la tierra de la misión que el Hijo recibió del Padre, la misión que está en el centro de nuestras reflexiones durante esta X Jornada mundial de la juventud. En la liturgia de hoy encontramos un magnífico comentario al tema de la Jornada mundial de la juventud: «Como el Padre me envió, también yo os envío».

Isaías dice: «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro» (Is 9, 5). Ese Niño ha venido del Padre como Príncipe de la paz, y su venida ha traído al mundo la luz (cf. Jn 1, 5). El profeta prosigue: «El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Una luz brilló sobre los que vivían en tierra de sombras. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría» (Is 9, 1-2). El feliz acontecimiento que el profeta anunció tuvo lugar en Belén: la Navidad. Los cristianos la celebran con gran alegría en todas partes: en Roma, en Filipinas, en todos los países de Asia y en el resto del mundo.

Amados hermanos y hermanas de La Iglesia en Filipinas; queridos jóvenes de la X Jornada mundial de la juventud, todos aquí reunidos de diversos pueblos, lenguas, culturas, continentes e Iglesias locales: ¿Hay una alegría más profunda que nuestra alegría común? La fuente más profunda de nuestra alegría es el hecho de que el Padre ha enviado a su Hijo para salvar el mundo. El Hijo toma sobre sí el peso de los pecados de la humanidad y, de este modo, nos redime y nos guía por el sendero que lleva a la unión con la santísima Trinidad, con Dios. Esta es la fuente más profunda de nuestra alegría, de la alegría de todos nosotros, y también de mi alegría. Es mi alegría y vuestra alegría.

2. Cuando repetimos, en el salmo responsorial: «Aquí estoy, Señor, envíame», escuchamos un eco lejano de lo que el Hijo eterno dijo al Padre al venir al mundo: «¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10, 7). «Aquí estoy, Padre, envíame». Cristo vino a cumplir la voluntad del Padre. El Padre tanto amó al mundo que dio a su Hijo único para la salvación de los hombres (cf. Jn 3, 16). A su vez, el Hijo tanto amó al Padre que hizo suyo el amor del Padre a la humanidad pecadora y necesitada. En este diálogo eterno entre el Padre y el Hijo, el Hijo se mostró dispuesto a venir al mundo para obtener, mediante su pasión y muerte, la redención de la humanidad.

El evangelio de hoy es un comentario sobre cómo vivía Jesús esa misión mesiánica. Nos muestra que, cuando Jesús tenía doce años —vosotros tenéis más edad que él—, ya era consciente de su destino. Cansada por la larga búsqueda de su Hijo, María le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando». Y él respondió: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 4 8.49). Esa conciencia se ahondaba y crecía en Jesús con el paso de los años, hasta que se manifestó con toda su fuerza cuando comenzó su predicación pública. El poder del Padre que actuaba en él se fue revelando poco a poco en sus palabras y sus obras. Y se reveló de modo definitivo cuando se entregó completamente al Padre en la cruz. En Getsemaní, la víspera de su pasión, Jesús renovó su obediencia: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Permaneció fiel a lo que había dicho cuando tenía doce años: «Debo ocuparme de las cosas de mi Padre. Debo hacer su voluntad». Vosotros tenéis más de doce años y podéis comprenderlo mejor. Y vuestros cantos muestran que lo estáis comprendiendo mejor.

3. «Aquí estoy, Señor, envíame». Aquí estoy, en Filipinas, y en cualquier parte. Con la mirada fija en Cristo, repetimos este versículo del salmo responsorial como respuesta de la X Jornada mundial de la juventud a lo que el Señor dijo a los Apóstoles y que ahora dice a todos: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21), dirigiéndose a los Apóstoles y a vosotros, pues estas palabras de Cristo, no sólo se han convertido en el tema, sino también en la fuerza que impulsa esta magnífica reunión en Manila. Después de la meditación y la vigilia de anoche, este sacrificio eucarístico consagra nuestra respuesta al Señor: en unión con él, en unión eucarística con él, todos juntos respondemos: «Envíame».

¿Qué significa esto? Significa que estamos dispuestos a hacer la parte que nos corresponde en la misión del Señor. Todo cristiano participa en la misión de Cristo de modo único y personal. Los obispos, los sacerdotes y los diáconos participan en la misión de Cristo a través del ministerio ordenado. Los religiosos y las religiosas participan en ella mediante el amor esponsal que se manifiesta en el espíritu de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Los seglares cristianos participan en la misión de Cristo: los padres y las madres de familia, los ancianos, los jóvenes y los niños; las personas sencillas y las cultas; los campesinos, los obreros, los ingenieros, los técnicos, los médicos, las enfermeras y el personal sanitario. La misión de Cristo la comparten también los profesores, los abogados y los políticos. Los escritores, las personas que trabajan en el teatro, en el cine y en los medios de comunicación social, los artistas, los músicos, los escultores y los pintores. Todos tienen parte en esa misión mesiánica de Jesucristo: la tienen también los profesores universitarios, los científicos, los especialistas en cualquier campo, y las personas del mundo de la cultura. En la misión de Cristo una parte pertenece a vosotros, ciudadanos de Filipinas y pueblos de Extremo Oriente: chinos, japoneses, coreanos, vietnamitas, indios; cristianos de Australia, Nueva Zelanda y el Pacífico; cristianos de Oriente Medio, de Europa, de África y de América. Todo bautizado tiene una parte en la misión mesiánica de Jesucristo, en la Iglesia y por la Iglesia. Y esta participación en la misión de la Iglesia constituye a la Iglesia. La Iglesia es una participación viva en la misión de Cristo. ¿Comprendéis todos esto?

4. En el IV centenario de su independencia eclesiástica y de la fundación de la propia estructura jerárquica, la Iglesia en Filipinas está llamada a una profunda renovación. El segundo Concilio plenario filipino, que se celebró en 1991, marcó ya las pautas de esa renovación. Ese sínodo impulsó a la comunidad católica filipina a mirar más plenamente a Cristo y encontrar en él su modelo e inspiración. El Sínodo exhortó a los seglares a desempeñar un papel más completo en el servicio de la Iglesia a la familia humana, que eleva y libera. El Documento final afirma: «Todos los fieles laicos están llamados a sanar y transformar la sociedad, a fin de preparar el orden temporal para el establecimiento final del reino de Dios» (n. 435). Esto vale para vosotros, los jóvenes de Filipinas. Y vale también para todos nosotros: si una parte está haciendo algo en el ámbito de la Iglesia, toda la Iglesia participa. Vale también para nosotros, para mí, Obispo de Roma, para los obispos europeos, para los obispos africanos, para los obispos americanos y para la gran peregrinación de jóvenes de los demás países y continentes. Vale para nosotros. No es un asunto privado de la Iglesia filipina. Es algo que nos atañe a todos. Todos estamos implicados en lo que está haciendo una parte de la Iglesia, una Iglesia local. Res nostra agitur. ¿Entendéis el latín?

5. En este compromiso de todo el pueblo de Dios, ¿cuál es el papel de los jóvenes para proseguir la misión mesiánica de Cristo? ¿Cual es vuestra parte, vuestro papel? Hemos meditado ya en esto durante la Jornada mundial de la juventud y sobre todo anoche en la vigilia. Alguien podría decir: Han bailado, han cantado, pero han meditado. Ha sido una meditación creativa sobre el mandato recibido de Cristo. La meditación puede hacerse también danzando y cantando, con la diversión. Y la de ayer fue muy agradable. Al final, después de esa meditación, pude dormir. Ahora, después de haber dormido, quisiera añadir un desafío y un llamamiento específico, que implica la solución de un conflicto que ha originado inmensa frustración y sufrimiento en muchas familias de todo el mundo. Los padres y los ancianos a menudo sienten que han perdido el contacto con vosotros, y se inquietan, como se angustiaron María y José al darse cuenta de que Jesús se había quedado en Jerusalén. Muchos padres de edad avanzada se sienten abandonados por nuestra culpa. ¿Es verdad o no? No debería ser verdad. Debería suceder lo contrario. Pero a veces es verdad. Unas veces vosotros sois muy críticos con respecto al mundo de los adultos —yo también era como vosotros— y, otras, ellos son muy críticos con respecto a vosotros. Esto también es verdad; no es nada nuevo, y a menudo esas críticas tienen fundamento. Pero recordad siempre que debéis a vuestros padres la vida y la educación. Recordad la deuda que tenéis hacia vuestros padres. El cuarto mandamiento expresa de modo conciso los deberes de justicia hacia ellos (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2.215). En la mayor parte de los casos se han encargado de vuestra formación a costa de sacrificio personal. Gracias a ellos habéis sido introducidos en la herencia cultural y social de vuestra comunidad y de vuestro país, vuestra patria. Hablando en general, vuestros padres han sido vuestros primeros maestros en la fe. Los padres, por tanto, tienen derecho a esperar de sus hijos e hijas los frutos maduros de sus esfuerzos, de la misma manera que los hijos y los jóvenes tienen derecho a esperar de sus padres el amor y la solicitud que los lleven a un sano desarrollo. Todo eso lo pide el cuarto mandamiento, que es muy rico. Os sugiero que lo meditéis. Os pido que construyáis puentes de diálogo y comunicación con vuestros padres. Nada de espléndido aislamiento. ¡Comunicación! ¡Amor! Ejerced un influjo positivo en la sociedad, ayudándola a derribar las barreras que se han levantado entre las generaciones. Nada de barreras. Comunión entre generaciones, entre padres e hijos. Comunión. En esta atmósfera, Jesús puede decir: Yo os envío. Todo comienza en la propia familia, cuando Jesús dice por primera vez: Yo os envío. Y a los padres les dice: Yo envío a vuestro hijo. Yo envío a vuestra hija. Les digo: seguidme. Todo esto exige el ambiente adecuado, una imagen completa de la vida social en Filipinas y en todas partes. También en este ambiente espiritual tiene lugar nuestro envío. Como el Padre me envió —dice Cristo—, también yo os envío.

¿Por qué tantos jóvenes piensan que son libres por haber rechazado toda prohibición y todo principio de responsabilidad? ¿Por qué tantos piensan que ciertas maneras de actuar son licitas moralmente por el hecho de ser aceptadas socialmente? Abusan del hermoso don de la sexualidad; abusan de bebidas y drogas, pensando que ese comportamiento es correcto porque algunos sectores de la sociedad lo toleran. Abandonan las normas morales objetivas ante esas mismas presiones y por el influjo invasor de modas y tendencias promovidas por la publicidad de los medios de comunicación. Millones de jóvenes en todo el mundo están cayendo en formas de esclavitud moral sutiles pero reales. Vosotros comprendéis lo que quiere decir Jesús cuando afirma: Os envío a afrontar esta situación, entre vuestros hermanos y hermanas, entre los demás jóvenes.

6. Amadísimos hermanos y hermanas, construid vuestra vida según el único modelo que no os defraudará. Os invito a abrir el evangelio y a descubrir que Jesucristo quiere ser vuestro «amigo» (cf. Jn 15, 14). Quiere ser vuestro «compañero» en cada etapa de la vida (cf. Lc 24, 13-35). Quiere ser el «camino», vuestro sendero a través de las angustias, las dudas, las esperanzas y los sueños de felicidad (cf. Jn 14, 6). El es la verdad que da sentido a vuestros esfuerzos y a vuestras luchas. Quiere daros la «vida», como dio nueva vida al joven de Naím (cf. Lc 7, 11-17) y dio un futuro completamente nuevo a Zaqueo, que había muerto en su espíritu por la ambición y la avaricia (cf. Lc 19, 1-10). El es vuestra «resurrección», vuestra victoria sobre el pecado y la muerte, la realización de vuestro deseo de vivir para siempre (cf. Jn 11, 25). Por eso, él será vuestra «alegría», la «roca» sobre la que vuestra debilidad se transformará en fuerza y optimismo. El es nuestra salvación, nuestra esperanza, nuestra felicidad y nuestra paz. ¡Cristo, Cristo, Cristo! Hablo sin sintetizar. Peor aún, añado algunas cosas.

Cuando Cristo se convierta en todo esto para vosotros, el mundo y la Iglesia tendrán motivos sólidos para esperar en el futuro. Porque de vosotros dependerá el tercer milenio, que a veces se nos presenta como una maravillosa época nueva para la humanidad, pero que despierta también muchos miedos y angustias. Os dice esto una persona que ha vivido durante gran parte del siglo XX que está a punto de terminar. En este siglo han acaecido muchos sucesos tristes y destructivos, pero al mismo tiempo hemos vivido muchas cosas positivas que justifican nuestra esperanza y nuestro optimismo. El futuro depende de vuestra madurez. La Iglesia mira al futuro con confianza, cuando escucha de vuestros labios la misma respuesta que Jesús dio a María y a José cuando lo encontraron en el templo: «¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). Dio la misma respuesta que vosotros. El era más joven; vosotros tenéis más edad.

7. Queridos jóvenes, la X Jornada mundial de la juventud está a punto de concluir. Si aplaudís, quiere decir que hay todavía motivos para ser aplaudido. Es una buena señal de que estáis pensando, reflexionando. Y admiro vuestra reflexión. Admiro la gracia de nuestro Señor que está en vuestra reflexión, y también en vuestro aplauso. Por eso, el Papa no sólo hace un discurso. Está entablando un diálogo. Habla y escucha; escucha, y vosotros habláis. Y lo que decís es tal vez lo más importante. Pero vosotros habláis aplaudiendo. Hoy ya llevamos mucho retraso. Pero esta Jornada no debería terminar. Debería continuar siempre. Es tiempo de comprometeros más plenamente en seguir a Cristo en el cumplimiento de su misión salvífica. Toda forma de apostolado y todo tipo de servicio deben tener su fuente en Cristo. Cuando os dice: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21), os hace también capaces de cumplir esta misión. En cierto sentido, se comparte a sí mismo con vosotros. Es lo mismo que dice san Pablo: Dios nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, para estar llenos de amor; así mismo nos ha elegido de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo (cf. Ef 1, 4-5). Precisamente en virtud de la gracia de ser hijos adoptivos de Dios podemos cumplir la misión que nos ha confiado Cristo. Debemos salir del Luneta Park con una mayor conciencia de este hecho extraordinario.

«Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8). Si aceptáis su causa y la misión que os confía, toda la familia humana y la Iglesia en el mundo entero podrán mirar al tercer milenio con esperanza y confianza. Queridos jóvenes de Filipinas, de Asia, de Extremo Oriente y del mundo entero, sed signo de esperanza para la Iglesia, para vuestros países y para toda la humanidad. Sois un signo de esperanza. Que vuestra luz se difunda desde Manila hasta los rincones más alejados del mundo, como la «gran luz» que brilló en la noche en Belén. Sed hijos e hijas de la luz. Ayer dije: Al comienzo, cada vez más puntos luminosos. Y hoy, todo es luminoso. Muy hermoso; gente muy simpática, jóvenes muy simpáticos. Antes se hablaba español en Filipinas.

8. Querido pueblo de Dios que estás en Filipinas: con el poder del Espíritu Santo, sigue renovando la faz de la tierra; ante todo tu mundo, tus familias, tus comunidades y la nación a la que perteneces y que amas; luego, el vasto territorio de Asia, con respecto al cual la Iglesia de Filipinas tiene una responsabilidad especial ante el Señor. Vosotros, los jóvenes filipinos, tenéis una responsabilidad especial ante el Señor por lo que atañe a Asia. Y todos vosotros, no sólo los filipinos, tenéis la misma responsabilidad ante el Señor y ante el resto del mundo, trabajando, por la fe, para la renovación de toda la creación de Dios (cf. Actas y decretos del segundo concilio plenario filipino, n. 7).

Esta es vuestra responsabilidad, vuestra llamada, en todas partes: en Europa, en África, en América del norte y del sur, en Australia. En todas partes.

Dios, que comenzó esta obra en el pueblo filipino hace cuatrocientos años, y en los otros hace muchos siglos, en unos más y en otros menos, la lleve a término en el día de nuestro Señor Jesucristo (cf. Flp 1, 6). Amén.

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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