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VISITA PASTORAL A GUATEMALA,
NICARAGUA, EL SALVADOR Y VENEZUELA
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA EXPLANADA "VALLE DE MARÍA" DE
ESQUIPULAS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Martes 6 de febrero de
1996
«De veras este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39)
En una ocasión, cerca de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a los Apóstoles: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del
Hombre?»(Mt 16, 13). Le dieron varias respuestas. Al final contestó
Simón Pedro: « Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»
(ib.
16,16).
Como Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro, me complace repetir
las mismas palabras durante esta celebración. Han pasado casi 2000 años desde el
momento en que Pedro las pronunció. Cristo, el Hijo de Dios vivo hecho hombre,
anunció el Evangelio, y después, por los pecados del mundo fue crucificado y,
depositado en el sepulcro, resucitó al tercer día. Vuestro Santuario del Santo
Cristo de Esquipulas está dedicado a este misterio de la Redención.
El Evangelio según san Marcos, que hemos escuchado, nos recuerda
la agonía de Cristo en la cruz. Oigamos las emotivas palabras: « Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?, que significan: ¡Dios mío, Dios mío!,
¿por qué me has abandonado?... Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró » (Mc
15, 34.37). Y
precisamente en ese momento, en el instante mismo de la muerte del Hijo del
hombre, el centurión romano, es decir, un pagano, hizo una confesión de fe
extraordinaria: «De veras este hombre era Hijo de Dios» (ib. 15, 39). El
Evangelista añade que el centurión pronunció estas palabras al ver el modo como
Jesús expiró.
Vengo, queridos hermanos y hermanas, como peregrino a
vuestro Santuario de Esquipulas, renovando la confesión de Pedro y al mismo
tiempo la confesión del centurión. Pedro dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo
de Dios vivo», y el centurión afirma: «De veras este hombre era Hijo de Dios». Parece que esta segunda confesión, salida de la boca de un pagano, es como un
anuncio de la conversión de muchos pueblos de fuera de Israel a aquella fe que
Pedro confesó el primero. Por esa fe nos encontramos aquí, en el Santuario de la
Pasión de Cristo.
¡Cuán significativo es el hecho de que las naciones de América
Latina rodeen de tan gran veneración y de tanto amor la pasión de Cristo! En
torno a este misterio se concentran vuestra fe y vuestra vida cristiana.
Saludo con afecto a Monseñor Rodolfo Quezada Toruño y agradezco
las palabras con que ha introducido esta celebración. El mismo saludo va
cordialmente a los Señores Cardenales, Obispos, y, en primer lugar, a los
Obispos de Guatemala y demás Obispos de América Central, junto con los Monjes
Benedictinos, los sacerdotes, religiosos y religiosas. Me alegra encontrarme con
todos ustedes, fieles guatemaltecos y de los países cercanos, que profesáis tan
gran devoción al Cristo de Esquipulas y participáis hoy en la Santa Misa.
2. Desde hace cuatro siglos se venera esta imagen, «bien
perfecta y acabada», de Cristo en la cruz, «El Señor de las Misericordias»,
como se le llama aquí. Vosotros, y otros peregrinos venidos de México y
de las Repúblicas hermanas de Centroamérica, os postráis ante el Cristo Negro
de Esquipulas y en el encuentro personal con el Redentor pedís los dones del perdón, de la reconciliación y de la paz. Esta
espléndida y blanca Basílica, atendida ahora por los Monjes Benedictinos,
custodia desde hace más de 200 años la imagen antaño venerada en una sencilla
ermita y después en el templo parroquial de Santiago. Todo ello manifiesta la
expansión de esta devoción a lo largo de los siglos.
Y los frutos no se hicieron esperar. De aquí nace una vivencia
de fe en Cristo, siervo sufriente por nuestra salvación, pero después
resucitado, que vive e intercede en nuestro favor. Él es el Maestro, es «Camino, Verdad y Vida»
(Jn 14, 6). Unidos a Él, muertos al pecado y llamados a
una vida nueva, los hombres se realizan como personas e hijos de Dios, y sienten
la llamada a la convivencia social, sólidamente fundada en la justicia, la
fraternidad y la paz. Reconciliación con Dios, reconciliación entre los hijos
de Dios: el mensaje del Cristo de Esquipulas sigue vivo y perenne.
En esta misma Basílica los Presidentes de Centroamérica firmaron
el Acuerdo de Esquipulas de 1986, origen de los procesos de pacificación
del área, los cuales han dado ya frutos positivos en El Salvador y Nicaragua.
Espero vivamente que Guatemala pueda concluir en un futuro muy próximo el
Acuerdo definitivo de paz. Además, aquí tiene su sede el Parlamento
Centroamericano (PARLACEN) que, junto con los demás organismos del «Sistema de
Integración Centroamericana» (SICA), favorece la unidad del Istmo.
3.
La verdad sobre Cristo, Siervo sufriente, arranca profundamente del Antiguo
Testamento. Lo pone de manifiesto la primera
lectura de hoy, tomada del Profeta Isaías. Como se sabe, este Profeta es llamado
a veces «el Evangelista del Antiguo Testamento». Es sorprendente la
estrecha relación que hay entre los acontecimientos de la pasión de Cristo y lo
que anunció el Profeta muchos siglos antes de los acontecimientos de la Pascua
del Señor. Basta reflexionar, por ejemplo, sobre las palabras que antes hemos
escuchado: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me
tiraban de la barba. No aparté mi rostro a los insultos y salivazos» (Is
50, 6). Tal vez en
ningún otro texto se ha dicho con tanta elocuencia lo que ocurriría durante la
pasión de Cristo, empezando por el prendimiento y la prisión, hasta la
muerte en la Cruz: Cristo está indefenso; sus enemigos pueden escupirle
impunemente al rostro y abofetearlo; es conducido a la columna de la
flagelación y azotado terriblemente; antes de la crucifixión sufre los escarnios
de todos los que lo azotaban, que continuaron después durante la crucifixión en
el Gólgota. Según la visión profética de Isaías, Cristo es el Siervo del
Señor verdaderamente sufriente: Quienes honran al Señor, oigan la voz de su
Siervo (cf ib. 50, 10).
Estamos ante el proceso contra Cristo inocente. Los hombres
lo juzgan, lo condenan a la flagelación, lo coronan de espinas y, finalmente, lo
entregan a la muerte y el Hijo del hombre muere en el Gólgota. En medio de todo
esto Isaías pone en los labios del Siervo del Señor las siguientes palabras: «El Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido; por eso endureció mí rostro
como roca y sé que no quedaré avergonzado. Cercano está de mí el que me hace
justicia... El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?» (Ib.
50, 7-9).
En cualquier lugar del mundo donde nos encontremos ante una imagen de Cristo
sufriente, nos damos cuenta de este misterio del juicio del hombre sobre
Dios, que se expresa en el cuerpo torturado de Jesús. Sin embargo, el juicio
del hombre sobre el Hijo de Dios lleva consigo también otro juicio, o sea, el
juicio de Dios sobre la humanidad, sobre cada hombre, sobre los pecados
humanos. El que muere en la cruz es el verdadero Cordero de Dios que quita los
pecados del mundo. La justicia y la misericordia se encuentran en su muerte
redentora.
4. «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy» (Hb
5, 5).
El Padre pronuncia eternamente estas palabras y eternamente
se realiza la generación del Verbo, Hijo de la misma naturaleza que el
Padre. Sin embargo, en este momento, en el momento de la pasión y de la muerte en el Gólgota, en el momento de la Cruz, estas palabras
del Padre son pronunciadas con una especial profundidad
—la profundidad del amor— que corresponde a la profundidad del sufrimiento, del sacrificio y de la
muerte redentora. Cristo acepta del Padre su filiación eterna y en ella se
ofrece a sí mismo al Padre como un don inefable por los pecados de todo el
mundo, don que borra los pecados con la sangre del Cordero sin mancha, don
que santifica, es decir, que eleva hacia Dios todo lo que estaba caído.
Precisamente por esto, el Padre, en el momento mismo del sacrificio de la
cruz, revela al mundo el sacerdocio de Cristo: «Tu eres sacerdote
eterno, como Melquisedec» (Hb 5, 6). Cristo es el único sacerdote de la Nueva y Eterna
Alianza. Es el sacerdote del propio sacrificio, que ofrece en la cruz al
aceptar la muerte por los pecados de toda la humanidad. Su sacrificio cruento
perdurará de modo incruento a lo largo de la historia. Lo realiza toda la
Iglesia ofreciendo el Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies del pan y
del vino, sacramento de la Eucaristía, instituido en el Cenáculo.
5. La liturgia de hoy, nos dice todo esto de Cristo con las
palabras de la Carta a los Hebreos. De este mismo Cristo que vosotros veneráis
aquí, peregrinando a Esquipulas, vuestro Santuario Nacional. La verdad
sobre Cristo torturado, sobre Cristo Redentor del mundo, sobre Cristo único y
eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, la profesáis con particular intensidad en
este lugar, junto con y en nombre de toda la Iglesia universal. Aquí el «mysterium» del sufriente Siervo del Señor ha sido confiado, en cierta manera, a
vuestra particular devoción. Se ha convertido como en un carisma particular
vuestro lo que la Carta a los Hebreos dice de Cristo: «Durante su vida mortal,
ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía
librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad. A pesar de que era el
Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección, se convirtió en
la causa de la salvación eterna para todos los que lo obedecen» (ib. 5,
7-9).
Éste es el Cristo obediente hasta la muerte, hasta la muerte
de cruz. Suplicaba al Padre en Getsemaní: «Padre, si quieres aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya»
(Lc 22, 42). Y
fue escuchado, como dice la Carta a los Hebreos. Fue escuchado por su piedad.
Como Hijo recibió del Padre la gracia de la obediencia mediante la cual pudo
aceptar todo lo que le habían preparado sus perseguidores. Y todo quiere decir:
el prendimiento en Getsemaní, el injusto proceso, la flagelación, la coronación
de espinas, el camino del Calvario, la crucifixión y, finalmente, aquella
horrible agonía hasta el último respiro. Lo cumplió todo. Así lo atestiguan las
últimas palabras que pronunció al expirar: «Todo está cumplido»(Jn 19,
30) .Y
a continuación: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46).De este
modo, con el precio de su pasión y muerte en la cruz, se convirtió para todos
los que le obedecen en el artífice de la salvación eterna.
6.
Ésta es la conmovedora profundidad del Evangelio, del Nuevo Testamento: Dios, que quiere que el hombre camine por la vía de sus
mandamientos. Quiere que nosotros obedezcamos a aquel que por nosotros se hizo
obediente hasta la muerte y que se entregó por nuestra salvación. Dios quiere
que comprendamos bien la elocuencia de este don y que lo aceptemos en la más
profunda obediencia de la fe. Quiere que comprendamos de ese modo cómo
este amor oblativo ha de ser correspondido con amor, y que encontremos en él la
fuerza espiritual para modelar nuestra vida y para llevar todas las cruces que
experimentamos en nuestro camino.
«¡Salve, oh Cruz! ¡Salve, oh Cruz de Cristo!». Según una
tradición, con estas palabras el Apóstol san Andrés, hermano de Pedro, habría
aceptado la pasión que sufrió al final de su vida. El Santuario de Esquipulas
nos invita a la adoración de la Cruz de Cristo como signo de nuestra
salvación, en la cual el hombre, junto a Cristo, alcanza la victoria sobre
el pecado, sobre Satanás y sobre la muerte, para participar, junto con Él, del
amor del Padre eterno.
¡Salve, oh Cruz! Amén.
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