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VISITA A LA PARROQUIA ROMANA DE SANTA MARÍA DE LA ESPERANZA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 19 de enero de 1997

 

1. «El Señor llamó a Samuel y él respondió: "Aquí estoy"» (1 S 3, 4).

La liturgia de la Palabra de este domingo nos presenta el tema de la vocación. Se delinea, ante todo, en la primera lectura, tomada del primer libro de Samuel. Acabamos de escuchar nuevamente el sugestivo relato de la vocación del profeta, a quien Dios llama por su nombre, despertándolo del sueño. Al principio, el joven Samuel no sabe de dónde proviene esa voz misteriosa. Sólo después y gradualmente, también gracias a la explicación del anciano sacerdote Elí, descubre que la voz que ha escuchado es la voz de Dios. Entonces, responde enseguida: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha» (1 S 3, 10).

Se puede decir que la llamada de Samuel tiene un significado paradigmático, pues es la realización de un proceso que se repite en todas las vocaciones. En efecto, la voz de Dios se hace oír cada vez con mayor claridad y la persona adquiere progresivamente la conciencia de su proveniencia divina. La persona llamada por Dios aprende con el tiempo a abrirse cada vez más a la palabra de Dios, disponiéndose a escuchar y realizar su voluntad en su propia vida.

2. El relato de la vocación de Samuel en el contexto del Antiguo Testamento coincide, en cierto sentido, con lo que escribe san Juan sobre la vocación de los Apóstoles. El primer llamado fue Andrés, hermano de Simón Pedro. Precisamente él llevó a su hermano a Cristo, anunciándole: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1, 41). Cuando Jesús vio a Simón, le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro)» (Jn 1, 42).

En esta breve pero solemne descripción de la vocación de los discípulos de Jesús, destaca el tema de la «búsqueda» y del «encuentro». En la actitud de los dos hermanos, Andrés y Simón, se manifiesta la búsqueda del cumplimiento de las profecías, que era parte esencial de la fe del Antiguo Testamento. Israel esperaba al Mesías prometido; lo buscaba con mayor celo, especialmente desde que Juan Bautista había empezado a predicar a orillas del Jordán. El Bautista no sólo anunció la próxima venida del Mesías, sino que también señaló su presencia en la persona de Jesús de Nazaret, que había ido al Jordán para ser bautizado. La llamada de los primeros Apóstoles se realizó precisamente en este ámbito, es decir, nació de la fe del Bautista en el Mesías ya presente en medio del pueblo de Dios.

También el salmo responsorial de hoy habla de la venida del Mesías al mundo. La liturgia de este domingo pone las palabras del salmista en la boca de Jesús: «Aquí estoy —como está escrito en el libro— para hacer tu voluntad» (Sal 39, 8-9). Esta presencia del Mesías, que Dios anunció en los libros proféticos, cuando llegó la plenitud de los tiempos se convirtió en realidad histórica en el misterio de la Encarnación. Todos nosotros, que acabamos de vivir el período de Navidad, tiempo de alegría y de fiesta por el nacimiento del Salvador, tenemos grabada aún en nuestros ojos y en nuestro corazón la celebración del cumplimiento de las profecías mesiánicas en la noche de Belén. Terminado el tiempo navideño, la liturgia nos muestra ahora el comienzo gradual de la misión salvífica de Jesús a través de los relatos sencillos e inmediatos de la vocación de los Apóstoles.

3. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de Santa María de la Esperanza, me alegra estar con vosotros hoy, para celebrar la Eucaristía en este domingo que cae en la «Semana de oración por la unidad de los cristianos». Estoy seguro de que, durante estos días, también de vuestra parroquia se elevará una oración más insistente con esta finalidad —la unidad de los cristianos—, que tanto anhela el Redentor divino.

Sé que desde hace tiempo esperabais mi visita pastoral. Os saludo a todos con afecto, comenzando por el cardenal vicario, Camillo Ruini, el obispo auxiliar del sector, monseñor Enzo Dieci, y el rector mayor de los salesianos, don Juan Edmundo Vecchi, que hoy nos honra con su presencia. También saludo al párroco, don Stelvio Tonnini, así como a los vicarios parroquiales y a todos los hijos e hijas de Don Bosco, que trabajan con tanta generosidad en esta comunidad desde su fundación.

Mi pensamiento va, asimismo, a las religiosas de los Sagrados Corazones, fundadas por don Variara, a los miembros de los diversos órganos de participación pastoral, a los representantes de los numerosos y activos grupos parroquiales, y a todos los laicos comprometidos de múltiples modos en las diversas actividades de vuestra parroquia.

Vivís en un gran barrio metropolitano, donde parecería que los problemas no son tan graves como en otras zonas de Roma. Sin embargo, también aquí la gente debe afrontar diariamente dificultades como, por ejemplo, la incomodidad de pasar toda la jornada lejos de la propia casa, con consecuencias negativas para la vida familiar y para la formación de relaciones de verdadera amistad con los vecinos. En este ámbito, la parroquia, que constituye el único centro de reunión, desempeña un papel importante. Con sus diferentes propuestas, bien organizadas, se convierte en un lugar idóneo para un camino espiritual, formativo, cultural y recreativo para todos.

Vuestra comunidad dispone ahora de un lugar de culto hermoso y amplio, que habéis querido con empeño todos vosotros y, sobre todo, el anterior rector mayor de la Sociedad Salesiana, don Egidio Viganò, a quien recordamos con particular afecto en esta eucaristía. Antes de la consagración de este templo, que tuvo lugar hace algo más de un año, la parroquia estuvo alojada durante muchos años en locales de la adyacente Pontificia Universidad Salesiana. Agradezco a los responsables y a los profesores de la Universidad Salesiana no sólo la hospitalidad que han brindado durante tantos años a vuestra comunidad parroquial, sino también el generoso servicio teológico, pastoral y cultural que prestan a la diócesis de Roma y a toda la Iglesia.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, durante nuestro encuentro he podido observar cómo el cuidado pastoral de los jóvenes, que tanto interesaba a san Juan Bosco, es para vuestra parroquia una opción privilegiada. En efecto, son muchos los caminos y las iniciativas que se les ofrecen, como, por ejemplo, el oratorio-centro juvenil, en el que colaboran ochenta animadores, entre jóvenes y adultos, que dan una nota de actividad y de energía a la entera comunidad parroquial.

Sé que os estáis preparando con empeño para la celebración de la gran misión ciudadana. Precisamente ayer se ha hecho pública la carta que, el día de Navidad, dirigí a todos los romanos para presentarles el evangelio de san Marcos, que se entregará también a cada una de las familias de esta comunidad. En esa carta he subrayado que no existe ninguna noticia más sorprendente que la que contiene el Evangelio: «Dios mismo —en Jesús— salió personalmente a nuestro encuentro, se hizo uno de nosotros, fue crucificado, resucitó y nos llama a todos a participar en su misma vida para siempre». Os exhorto a llevar esta buena nueva también a cuantos hoy no están aquí con nosotros; llevadla a todos los muchachos y muchachas, a las familias, a las personas solas, a los ancianos y a los enfermos. Ofreced a todos la buena nueva del Evangelio, para que puedan decir, como el apóstol Andrés: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1, 41).

5. «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (...). ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros? » (1 Co 6, 15.19). Estas palabras del apóstol Pablo a los Corintios merecen una reflexión particular, puesto que describen la vocación cristiana. Sí, el Espíritu Santo habita en cada uno de nosotros, y nosotros lo hemos recibido de Dios. Por tanto, ya no nos pertenecemos a nosotros mismos (cf. 1 Co 6, 19), puesto que Cristo nos «ha comprado pagando un alto precio» (cf. 1 Co 6, 20).

San Pablo quiere que los Corintios, destinatarios de su carta, sean conscientes de esta verdad: el hombre pertenece a Dios, ante todo porque es criatura suya, pero más aún por el hecho de haber sido redimido del pecado por obra de Cristo. Darse cuenta de esto significa llegar a las raíces mismas de toda vocación.

Esto es verdad, en primer lugar, para la vocación cristiana y, sobre este fundamento, es verdad para toda vocación particular: para la vocación sacerdotal, para la vocación religiosa y para la vocación al matrimonio, así como para cualquier otra vocación relacionada con las diversas actividades y profesiones, por ejemplo, médico, ingeniero, artista, profesor, etc. Para un cristiano, todas estas vocaciones particulares encuentran su fundamento en el gran misterio de la Redención.

Precisamente por haber sido redimido por Cristo y haberse convertido en morada del Espíritu Santo, todo cristiano puede encontrar en sí mismo los diversos talentos y carismas que le permiten desarrollar de modo creativo su propia vida. Así, es capaz de servir a Dios y a los hombres, respondiendo de modo adecuado a su vocación particular en la comunidad cristiana y en el ambiente social en el que vive. Os deseo que siempre seáis conscientes de la dignidad de vuestra vocación cristiana, que estéis atentos a la voz de Dios que os llama, y que seáis generosos al anunciar su presencia salvífica a vuestros hermanos.

¡Habla Señor, que nosotros, tus siervos, estamos dispuestos a escucharte!

«Tú solo tienes palabras de vida eterna » (cf. Aleluya de la misa). Amén.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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