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MIÉRCOLES DE CENIZA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Basílica romana de Santa Sabina Miércoles 12 de febrero de
1997
1. «Oh Dios, crea en mí un
corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50, 12).
Estas palabras del Salmo responsorial contienen, en cierto sentido, el núcleo
más profundo de la Cuaresma y expresan, al mismo tiempo, su programa esencial.
Son palabras tomadas del salmo Miserere, en el que el pecador abre su
corazón a Dios, confiesa su culpa e implora el perdón de sus pecados. «Lava del
todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre
presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que
aborreces (...). No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo
espíritu » (Sal 50, 4-6.13).
Este salmo constituye un comentario
litúrgico de notable eficacia al rito de la Ceniza. La ceniza es signo de la
caducidad del hombre y de su sujeción a la muerte. En este tiempo, en el que nos
preparamos para revivir litúrgicamente el misterio de la muerte en cruz del
Redentor, debemos sentir y vivir más profundamente nuestra mortalidad.
Somos seres mortales y, a pesar de ello, nuestra muerte no significa destrucción
y aniquilación. Dios ha inscrito en ella la profunda perspectiva de la nueva
creación. Por eso el pecador que celebra el miércoles de Ceniza puede y debe
clamar: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu
firme» (Sal 50, 12).
2. En la Cuaresma la certeza de esta nueva creación
brota de la luz del misterio de Cristo: misterio de su pasión, muerte y
resurrección. San Pablo, en la liturgia de hoy, afirma: «En nombre de Cristo os
pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo
expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la
justificación de Dios» (2 Co 5, 20-21). Cristo, al aceptar experimentar
en su carne el drama de la muerte humana, se hizo partícipe de la
destructibilidad vinculada a la existencia temporal del hombre. El Apóstol habla
de ello con gran claridad cuando afirma: «Dios lo hizo expiación por nuestro
pecado». Eso significa que Dios trató a Cristo, «que no había pecado», como a un
pecador, y eso para nuestro bien. En efecto, Cristo compartió nuestro destino de
hombres agobiados por el pecado, para que nosotros, unidos a él, recibiéramos
la justificación de Dios.
Por nuestra fe en Cristo podemos decir con el
salmista: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con
espíritu firme» (Sal 50, 12). ¿Para qué serviría la imposición de la
ceniza, si no nos alumbrara la esperanza de la vida nueva, de la nueva creación,
que nos concedió Dios en Cristo?
3. Durante todo el año litúrgico la Iglesia
vive del sacrificio redentor de Cristo. Sin embargo, en el tiempo de Cuaresma,
deseamos sumergirnos en él de un modo especialmente intenso, de acuerdo con la
exhortación del Apóstol: «Ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la
salvación» (2 Co 6, 2). En este tiempo fuerte, de modo muy especial, se
nos reparten los tesoros de la Redención, que Cristo crucificado y resucitado
nos ha merecido. La exclamación del salmista: «Oh Dios, crea en mí un corazón
puro, renuévame por dentro con espíritu firme» se transforma así, al inicio de
la Cuaresma, en una fuerte llamada a la conversión.
Con las palabras del
salmo Miserere, el pecador no sólo se acusa de sus culpas, sino que al
mismo tiempo comienza un nuevo itinerario creativo, el camino de la conversión:
«Convertíos a mí de todo corazón» (Jl 2, 12), dice en nombre de Dios el
profeta Joel en la primera lectura. «Convertirse» significa, por tanto,
entrar en profunda intimidad con Dios, como propone también el evangelio de
hoy.
Una auténtica conversión implica realizar todas las obras propias del
tiempo de Cuaresma: la limosna, la oración y el ayuno. Sin embargo, no se deben
vivir sólo como observancia exterior, sino también como expresión del encuentro
íntimo, y en cierta medida desconocido a los hombres, con Dios mismo. La
conversión conlleva un nuevo descubrimiento de Dios. En la conversión se
experimenta que en él reside la plenitud del bien, que se nos reveló en el
misterio pascual de Cristo y que se recibe a manos llenas en la íntima morada
del corazón.
Esto es lo que Dios espera. Dios quiere crear en nosotros un
corazón puro y renovarnos por dentro con espíritu firme. Y nosotros, al inicio
de esta Cuaresma, queremos abrir nuestro espíritu a la gracia de Dios, para
vivir intensamente el itinerario de conversión hacia la Pascua.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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