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VISITA A LA PARROQUIA DE LA SANTA CRUZ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 23 de febrero de 1997

 

1. «Este es mi Hijo amado: escuchadlo » (Mc 9, 7). Hoy, en el marco de la transfiguración del Señor, volvemos a escuchar estas palabras, que resonaron en el momento del bautismo de Jesús en el Jordán (cf. Mt 3, 17). «Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan (...), y se transfiguró delante de ellos (...). Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús (...). Pedro (...) le dijo a Jesús: "Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías"» (Mc 9, 2-5). En ese preciso instante se oyó una voz: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo» (Mc 9, 7).

No duró mucho esa extraordinaria manifestación de la filiación divina de Jesús. Cuando los Apóstoles alzaron nuevamente su mirada, no vieron más que a Jesús, el cual, «cuando bajaban de la montaña —prosigue el evangelista— (...), les mandó: "No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos"» (Mc 9, 9).

Así, en este segundo domingo de Cuaresma, escuchamos junto con los Apóstoles el anuncio de la Resurrección. Lo escuchamos mientras nos encaminamos con ellos hacia Jerusalén, donde reviviremos el misterio de la pasión y muerte del Señor. En efecto, el ayuno y la penitencia de este tiempo sagrado se orientan precisamente hacia este acontecimiento-clave de toda la economía salvífica.

2. La transfiguración del Señor, que según la tradición tuvo lugar en el monte Tabor, sitúa en primer plano la persona y la obra de Dios Padre, presente junto al Hijo de modo invisible pero real. Esto explica el hecho de que, en el trasfondo del evangelio de la Transfiguración, la liturgia de hoy sitúa un importante episodio del Antiguo Testamento, en el que se pone de relieve de modo particular la paternidad.

En efecto, la primera lectura, tomada del libro del Génesis, nos recuerda el sacrificio de Abraham. Éste tenía un hijo, Isaac, que había nacido en su vejez. Era el hijo de la promesa. Pero un día Abraham recibe de Dios la orden de ofrecerlo en sacrificio. El anciano patriarca se encuentra ante la perspectiva de un sacrificio que para él, padre, es seguramente el mayor que se pueda imaginar. A pesar de ello, no duda ni un instante y, después de haber preparado lo necesario, parte con Isaac hacia el lugar establecido. Construye un altar, coloca la leña y, una vez atado el muchacho, toma el cuchillo para inmolarlo. Sólo entonces lo detiene una orden de lo alto: «No alargues tu mano contra tu hijo, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único hijo» (Gn 22, 12).

Es conmovedor este acontecimiento, en el que la fe y el abandono de un padre en las manos de Dios alcanzan la cima. Con razón san Pablo llama a Abraham «padre de todos los creyentes» (Rm 4, 11.17). Tanto la religión judía como la cristiana hacen referencia a su fe. El Corán destaca también la figura de Abraham. La fe del padre de los creyentes es un espejo en el que se refleja el misterio de Dios, misterio de amor que une al Padre y al Hijo.

3. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de la Santa Cruz, en la vía Flaminia, para mí es una gran alegría celebrar hoy la santa misa en esta hermosa iglesia, construida por voluntad de mi venerado predecesor san Pío X, y que en 1964 visitó el siervo de Dios Papa Pablo VI, quien la elevó al grado de basílica menor. Saludo al cardenal vicario; al cardenal Baum, titular de la basílica; al obispo auxiliar encargado del sector; al párroco, padre Carlo Zanini; a los vicarios parroquiales y a los padres estigmatinos, a quienes desde el principio se encomendó la atención pastoral de vuestra comunidad. Muchos de ellos, desempeñando aquí su ministerio, han influido profundamente en la vida de la parroquia. Entre los muchos que merecerían ser mencionados de modo particular, quisiera citar, al padre Emilio Recchia, párroco de vuestra comunidad durante muchos años, así como al conocido filósofo y teólogo padre Cornelio Fabro, que falleció hace dos años.

Amadísimos hermanos y hermanas, sé que la misión ciudadana, que comenzó hace poco, ha tenido una acogida rápida y generosa también en vuestra parroquia. Os expreso mi vivo aprecio por vuestra disponibilidad, y os exhorto a ser testigos del Evangelio en este barrio que, como otras zonas de Roma, va experimentando rápidos cambios sociales.

Sin embargo, para que el anuncio resulte eficaz, es necesario que los creyentes estén y trabajen profundamente unidos. Por tanto, en esta perspectiva aprovechad al máximo las múltiples energías apostólicas aquí presentes. Pienso en los institutos religiosos de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, de las religiosas Isabelinas, de las Hijas de la misericordia y de las Apóstoles de la vida interior, así como en la riqueza de los grupos parroquiales comprometidos en los diversos campos de la catequesis, la liturgia y la caridad.

Pienso en el «oratorio» parroquial que, una vez reestructurado, podrá constituir un lugar privilegiado de encuentro formativo para todo el barrio. Ojalá que la iglesia y las obras parroquiales sean cada vez más un punto de referencia para todos. Vuestra comunidad debe estar dispuesta a acoger a todas las personas, especialmente a los numerosos inmigrantes filipinos y peruanos, que con frecuencia viven aquí como «feligreses sin casa en la parroquia ».

4. «El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?» (Rm 8, 32). Estas palabras de san Pablo en la carta a los Romanos nos introducen en el tema fundamental de la liturgia de hoy: el misterio del amor divino revelado en el sacrificio de la cruz.

El sacrificio de Isaac anticipa el de Cristo: el Padre no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó para la salvación del mundo. Él, que detuvo el brazo de Abraham en el momento en que estaba a punto de inmolar a Isaac, no dudó en sacrificar a su propio Hijo por nuestra redención. De ese modo, el sacrifico de Abraham pone de relieve que nunca y en ningún lugar se deben realizar sacrificios humanos, porque el único sacrificio verdadero y perfecto es el del Hijo unigénito y eterno de Dios vivo. Jesús, que por nosotros y por nuestra salvación nació de María virgen, se inmoló voluntariamente una vez para siempre, como víctima de expiación por nuestros pecados, obteniéndonos así la salvación total y definitiva (cf. Hb 10, 5-10). Después del sacrifico del Hijo de Dios, no se necesita ninguna otra expiación humana, puesto que su sacrificio en la cruz abarca y supera todos los demás sacrificios que el hombre podría ofrecer a Dios. Aquí nos encontramos en el centro del misterio pascual.

Desde el Tabor, el monte de la transfiguración, el itinerario cuaresmal nos lleva hasta el Gólgota, el monte del sacrifico supremo del único sacerdote de la alianza nueva y eterna. Dicho sacrificio encierra la mayor fuerza de transformación del hombre y de la historia. Asumiendo en sí mismo todas las consecuencias del mal y del pecado, Jesús resucitará al tercer día y saldrá de esa dramática experiencia como vencedor de la muerte, del infierno y de Satanás. La Cuaresma nos prepara para participar personalmente en este gran misterio de la fe, que celebraremos en el triduo de la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo.

Pidamos al Señor la gracia de prepararnos de modo conveniente: «Jesús, Hijo amado del Padre, haz que te escuchemos y te sigamos hasta el Calvario, hasta la cruz, para poder participar contigo en la gloria de la resurrección». Amén.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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