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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA CHECA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA CON LOS JÓVENES


Plaza Grande de Hradec Králové
Sábado 26 de abril de 1997

 

Queridos señores cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes de toda Europa;
estimado monseñor Karel, pastor de esta diócesis:

1. Veni, Creator Spiritus. Las lecturas que hemos escuchado, amadísimos jóvenes, hablan de la efusión del Espíritu Santo. Según el evangelio de san Juan, tuvo lugar ante todo en el día mismo de la Resurrección. Cristo se aparece en el cenáculo, donde se encuentran encerrados los discípulos y, después de darse a conocer, les habla así: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).

Lo que acontecerá en Pentecostés, cincuenta días después de la Resurrección, será la confirmación y la manifestación pública de esta efusión de la tarde de Pascua. Los Apóstoles, en compañía de la Madre de Jesús, esperan ese momento recogidos en oración, como nos ha recordado la primera lectura (cf. Hch 1, 13-14). Saben que ese acontecimiento producirá un cambio en su vida y en su misión. Y, efectivamente, la experiencia de Pentecostés marca el inicio de la misión de la Iglesia, que desde ese momento se manifiesta en público y comienza a anunciar el Evangelio.

La Iglesia sabe que nació por obra del Espíritu Santo: como Cristo nació de María Virgen por el poder del Espíritu Santo, así también en el inicio de la Iglesia se halla la fuerza vivificante del Espíritu. Y por eso no cesa de invocar: «Envía tu Espíritu, Señor, y renovarás la faz de la tierra» (cf. Sal 103, 30).

2. Desde el día de Pentecostés, la obra de la salvación realizada por Cristo ha encontrado, por medio de la Iglesia, caminos siempre nuevos para difundirse por el mundo. En el siglo noveno, el Evangelio, anunciado por los santos hermanos de Salónica Cirilo y Metodio, llegó a vuestra tierra, la gran Moravia, y también a las naciones eslavas vecinas, donde halló un terreno propicio. Vuestros antepasados acogieron el cristianismo de los «apóstoles de los eslavos » y, a su vez, se convirtieron en apóstoles. Así, por ejemplo, el bautismo de Polonia está vinculado a la acción apostólica de sus vecinos checos.

De Bohemia proviene también san Adalberto, de la gran estirpe bohema de Slavník, cuya cuna se encontraba aquí, en el territorio de la diócesis de Hradec Králové, en la que nos encontramos. Con esta celebración damos gracias a Dios, en el milenario de san Adalberto, por su misión y por el testimonio que dio de Cristo hasta el sacrificio de su vida.

3. Amadísimos jóvenes de las diócesis de la República Checa; jóvenes amigos venidos de otros países de Europa; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, que los habéis acompañado; religiosos y religiosas, y todos vosotros, amadísimos fieles aquí presentes, os saludo cordialmente en esta estupenda plaza, en la que se yergue la catedral, única dedicada al Espíritu Santo, como suele recordar el querido mons. Karel Otčenášek, obispo de esta diócesis, a quien doy las gracias con nuestra antigua amistad, que él conoce muy bien, por las cordiales palabras que me ha dirigido.

Asimismo quiero expresar mi agradecimiento en particular a los ciudadanos de Hradec Králové por el vivo sentido de hospitalidad que han sabido demostrar también en esta circunstancia, cediendo sus lugares en la parte central de la plaza a los jóvenes de las diversas partes del país, reunidos aquí para el encuentro dedicado a ellos. A todos los fieles de la diócesis les manifiesto mi aprecio por la generosidad con que han colaborado, a menudo a costa de notables sacrificios, en la construcción del «Centro de nueva evangelización e inculturación », promovido por el obispo. Estoy seguro de que sabrán seguir sosteniendo también su conveniente funcionamiento.

Pero volvamos a vosotros, jóvenes. En el ámbito de las celebraciones en honor de san Adalberto, ésta es vuestra jornada, queridos jóvenes, y me agrada veros aquí en tan gran número. Hace dos años, en el mes de mayo de 1995, me reuní con muchos de vosotros en Svatý Kopeček. Padre santo, la Colina santa (Svatý Kopeček) está llena de sus ovejas. Y hoy lo está Hradeček. Recuerdo siempre con alegría ese encuentro, en el que comenté el «Padre nuestro»: fue una de las más hermosas reuniones de jóvenes en que he participado. Algunos meses después tuvo lugar la peregrinación de los jóvenes a Loreto, donde acudisteis en gran número, junto con vuestros obispos, después del encuentro de la Colina santa. Vuestros representantes tomaron parte también en los encuentros mundiales de Denver y Manila.

Os saludo a todos con afecto. Dirijo un saludo especial a cuantos no han podido venir aquí a estar con nosotros. En particular a vosotros, muchachos y jóvenes enfermos, que ofrecéis vuestros sufrimientos por los demás; y a vosotras, jóvenes monjas de clausura, que habéis elegido la vida contemplativa y oráis tanto por vuestros coetáneos.

4. «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). San Adalberto escuchó estas palabras como si se las hubieran dirigido a él mismo. Al final del primer milenio, como primer obispo de Praga de sangre bohemia, fue heredero de las tradiciones de santidad de los mártires que lo habían precedido, especialmente de Ludmila y Wenceslao. Al mismo tiempo, miró hacia el futuro: realizó todos los esfuerzos posibles para lograr el renacimiento espiritual de Praga y de su patria, sostenido por una fe ardiente en Cristo.

Combatió por la verdad. No aceptó que el espíritu del tiempo lo ahogase. Por esto, vivió decidido a no ceder ante ninguna presión de la sociedad de su tiempo. En el umbral del tercer milenio, del que vosotros, jóvenes, seréis los primeros protagonistas, san Adalberto se os presenta como testigo intrépido de la fe. Contemplándolo, podéis encontrar inspiración y luz para afrontar con valentía los desafíos del momento presente.

Os enseña la apertura a los demás en una entrega generosa. Vosotros tenéis una gran aspiración a la libertad y a la plenitud de vida, pero eso no se puede lograr mediante la búsqueda egoísta de beneficios propios, sino sólo con la apertura del amor. La vocación al amor es vuestra vocación fundamental. Jesús os llama a este camino: respondedle «sí», como hizo san Adalberto. Superando los confines agobiantes del egoísmo con la fuerza del amor a Cristo seréis constructores de la nueva Europa y del mundo de mañana.

5. «Envía tu Espíritu, Señor, y renovarás la faz de la tierra». De la primera comunidad cristiana, reunida en el cenáculo, recibimos esta invocación, inspirada en el Salmo, y hoy tengo la alegría de repetirla junto con vosotros, jóvenes, en el umbral del tercer milenio. Vivís en una situación que, en ciertos aspectos, es semejante a la de los primeros cristianos. El mundo que los rodeaba no conocía el Evangelio. Pero ellos no se desconcertaron. Después de recibir el don del Espíritu, se unieron en torno a los Apóstoles, amándose entre sí fraternalmente. Sabían que eran la nueva levadura, que tanto necesitaba el mundo romano en su ocaso. De esa forma unidos en el amor superaron toda resistencia.

Sed también vosotros como ellos. Sed Iglesia, para llevar al mundo de hoy el anuncio gozoso del Evangelio. San Adalberto fue un apasionado servidor de la Iglesia. Sedlo también vosotros. La Iglesia os necesita. Después de cuarenta años de intentos de amordazarla, vive, aquí entre vosotros, una gran renovación, a pesar de tantas dificultades. Cuenta con vuestras energías jóvenes, con la contribución de vuestra inteligencia y de vuestro entusiasmo. Confiad en la Iglesia, como ella confía en vosotros.

6. «Envía tu Espíritu, Señor, y renovarás la faz de la tierra». La Iglesia, que recibió el Espíritu Santo en Pentecostés, lo lleva a los hombres de todos los tiempos. Y os lo lleva también a vosotros mediante sus sacramentos, relacionados con las etapas fundamentales de vuestra vida: habéis sido bautizados con el agua y el Espíritu Santo y muchos de vosotros ya habéis recibido la confirmación, el sacramento en el que el Espíritu os capacita y os compromete a ser testigos de Cristo.

Orad al Espíritu Santo, para que manifieste su presencia en vuestra vida. A mí, la experiencia de la acción del Espíritu Santo me la transmitió de modo especial mi padre, cuando tenía vuestra edad. Si me encontraba en alguna dificultad, me recomendaba orar al Espíritu Santo; y esa enseñanza me marcó el camino que he seguido hasta hoy. Os hablo de esto porque vosotros sois jóvenes, como yo lo era entonces. Y os hablo de ello sobre la base de muchos años de vida, transcurridos en tiempos también difíciles.

7. Volvamos al cenáculo. Jesús sopla sobre los Apóstoles y les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos » (Jn 20, 22-23). Amadísimos jóvenes, deseo que especialmente estas palabras queden grabadas en vuestra mente y en vuestro corazón. El Espíritu Santo se da a la Iglesia como manantial de fuerza para vencer el pecado. Sólo Dios tiene el poder de perdonar los pecados, porque únicamente él escruta hasta el fondo al ser humano y puede valorar plenamente su responsabilidad. El pecado, en su profundidad psicológica, sigue siendo un secreto en el que sólo Dios tiene el poder de entrar para decir al hombre con palabras eficaces: «Tus pecados te son perdonados; quedas perdonado» (cf. Mt 9, 2.4; Mc 2, 5.9; Lc 5, 20.23).

Queridos amigos, quiero que lo recordéis. Como sabemos, existen los así llamados «pecados sociales», pero, en definitiva, todo pecado depende de la responsabilidad de un hombre concreto. Este hombre concreto lucha con el pecado, lo vence o es derrotado. El hombre concreto, si es derrotado por el pecado, sufre. Sí, los remordimientos de conciencia constituyen un sufrimiento. No se pueden eliminar. Antes o después, es preciso buscar el perdón. Si el mal que hemos cometido concierne a otros hombres, hay que pedirles también perdón a ellos, pero, para que la culpa sea realmente perdonada, siempre es necesario obtener el perdón de Dios.

El sacramento de la reconciliación constituye un gran regalo de Cristo. Si lo sabemos vivir con fidelidad, se transforma en fuente inagotable de vida nueva. No lo olvidéis. Acudid con confianza a este manantial para obtener la gracia, la curación, la alegría y la paz, a fin de participar en la vida misma de Cristo, que es vida del Padre comunicada en el Espíritu Santo.

8. Queridos amigos, a vosotros os encomiendo la misión de contribuir de modo decisivo a la evangelización de vuestro país, el país checo. Llevad a Cristo al tercer milenio. Confiad en él. Su promesa atraviesa los siglos: «Quien pierda su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8, 35). ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo! La vida con Cristo es una aventura estupenda. Sólo él puede dar sentido pleno a la vida; sólo él es el centro de la historia. Vivid de él. Con María. Con vuestros santos.

Pedid a Cristo el don del Espíritu, pues precisamente el Espíritu Santo es la Persona divina que tiene la misión de sanar, purificar, santificar las conciencias de los hombres y así renovar la faz de la tierra. Deseo de todo corazón que esto se realice en vosotros, en vuestra nación, en todos los que forman parte de la milenaria herencia de san Adalberto, y en los hombres del mundo entero. Ojalá que se cumplan en vosotros las palabras anunciadas con tanta fuerza por la Iglesia en la liturgia de hoy: Veni, Sancte Spiritus. ¡Ven, Espíritu Santo! En ti está la fuente de la luz y de la vida. En ti está la llama del amor perenne.

En ti está el secreto de la esperanza que no defrauda. ¡Ven, Espíritu Santo! Amén.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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