 |
VIAJE APOSTÓLICO A BEIRUT
SANTA MISA EN LA EXPLANADA DE
LA PLAZA DE LOS MÁRTIRES
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II Domingo 11 de mayo de 1997
1. Hoy, saludo al Líbano. Ya
desde hace mucho tiempo deseaba venir a vosotros, y por muchas razones. He
llegado, por fin, a vuestro país para concluir la Asamblea especial para el
Líbano del Sínodo de los obispos. Hace casi dos años la Asamblea sinodal
realizó sus trabajos en Roma. Pero su parte solemne, la publicación del
documento postsinodal, tiene lugar ahora, aquí en el Líbano. Estas
circunstancias me permiten estar en vuestra tierra por primera vez y
manifestaros el amor que la Iglesia y la Sede apostólica sienten hacia vuestra
nación y hacia todos los libaneses: hacia los católicos de los diversos ritos —maronita,
melquita, armenio, caldeo, sirio y latino—, hacia los fieles que pertenecen a
las demás Iglesias cristianas, así como a los musulmanes y drusos, que creen en
el único Dios. Desde lo más profundo de mi corazón, os saludo a todos en esta
circunstancia tan importante. Queremos ahora presentar a Dios los frutos del
Sínodo para el Líbano.
Agradezco al señor cardenal Nasrallah Pierre Sfeir,
patriarca maronita, las palabras de acogida que me ha dirigido en nombre de
todos vosotros. Asimismo, doy las gracias a los cardenales que me acompañan: con
su presencia ponen de relieve el afecto de la Sede apostólica hacia el Líbano.
Saludo a los patriarcas y a los obispos presentes, al igual que a todas las
personas que han tomado parte en los trabajos del Sínodo para el Líbano. Me
alegra saludar a los patriarcas y a los ilustres representantes de las demás
Iglesias y comunidades eclesiales, en particular a los delegados fraternos que
participaron en el Sínodo y que han querido asociarse a esta fiesta de sus
hermanos católicos. Dirijo un cordial saludo también a las personalidades
musulmanas y drusas. Con deferencia, expreso mi agradecimiento al señor
presidente de la República, al señor presidente del Parlamento, al señor
presidente del Consejo de ministros, así como a las autoridades del Estado por
su presencia en esta celebración litúrgica.
2. En esta
asamblea extraordinaria queremos declarar ante el mundo la importancia del
Líbano, su misión histórica, realizada a través de los siglos. En efecto,
país de numerosas confesiones religiosas, ha demostrado que estas diferentes
confesiones pueden convivir en paz, en fraternidad y en colaboración; ha
demostrado que se puede respetar el derecho de todo hombre a la libertad
religiosa; que todos están unidos en el amor a esta patria que maduró en el
curso de los siglos, conservando la herencia espiritual de los padres,
especialmente del monje san Marón.
3. Nos encontramos en la
región que los pies de Cristo, Salvador del mundo, pisaron hace dos mil años. La
sagrada Escritura nos informa de que Jesús salió a predicar fuera de los límites
de la Palestina de entonces, y visitó también el territorio de las diez ciudades
de la Decápolis, en particular Tiro y Sidón, y que en ellas realizó milagros.
Hermanos y hermanas libaneses, el Hijo mismo de Dios fue el primer evangelizador
de vuestros antepasados. Se trata de un privilegio extraordinario.
Hablando de
Tiro y Sidón, no puedo menos de mencionar los grandes sufrimientos que han
padecido sus poblaciones. Hoy pido a Jesús que ponga fin a estos dolores y le
imploro la gracia de una paz justa y definitiva en Oriente Medio, con el respeto
de los derechos y las aspiraciones de todos.
Al escuchar el evangelio de hoy,
que presenta el pasaje de las ocho bienaventuranzas recogidas en el sermón de la
Montaña, no podemos olvidar que el eco de estas palabras de salvación,
pronunciadas un día en Galilea, llegó pronto hasta acá. Los autores del Antiguo
Testamento se referían a menudo en sus escritos a los montes del Líbano y del Hermón, que veían en el horizonte. Así pues, el Líbano es un país bíblico.
Dado que se encontraba muy cerca de los lugares donde Jesús cumplió su misión,
fue uno de los primeros en recibir la buena nueva. La buena nueva que vuestros
antepasados recibieron directamente del Salvador.
Ciertamente, vuestros
antepasados conocieron, mediante la predicación apostólica, y en particular a
través de las misiones de san Pablo, la historia de la salvación, los
acontecimientos que se sucedieron desde el domingo de Ramos hasta el domingo de
Pascua, pasando por el Viernes santo. Cristo fue crucificado y colocado en la
tumba, pero resucitó al tercer día. El misterio pascual de Jesucristo
constituye el centro mismo de la historia de la salvación, como lo
manifiesta muy bien, durante la misa, la aclamación paulina después de la
consagración: «Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección; ¡ven, Señor
Jesús!». Toda la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, espera su venida.
Los hijos e hijas del Líbano esperan su nueva venida. Todos vivimos el Adviento
de los últimos tiempos de la historia y todos tratamos de preparar la venida de
Cristo y construir el reino de Dios que él anunció.
4. La primera lectura de esta liturgia, tomada de los Hechos de los Apóstoles,
nos recuerda el período que siguió a la Ascensión de Cristo al cielo,
cuando los Apóstoles, siguiendo su recomendación, volvieron al cenáculo y allí
permanecieron en oración, en compañía de la Madre de Jesús y los hermanos y
hermanas de la comunidad primitiva, que fue el primer núcleo de la Iglesia (cf.
Hch 1, 12-14). Cada año, después de la Ascensión, la Iglesia revive esta
primera novena, la novena al Espíritu Santo. Los Apóstoles, reunidos en el
cenáculo con la Madre de Cristo, oran para que se cumpla la promesa que les hizo
Cristo resucitado: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre
vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 8). Esa primera novena
apostólica al Espíritu Santo es el modelo de lo que hace la Iglesia todos los
años.
La Iglesia ora así: «Veni, Creator Spiritus! ».
«Ven, Espíritu
creador, visita nuestra mente, llena de tu gracia los corazones que has
creado...».
Repito con emoción esta oración de la Iglesia universal juntamente
con vosotros, queridos hermanos y hermanas, hijos e hijas del Líbano. Estamos
seguros: el Espíritu Santo renovará la faz de vuestra tierra, renovará la
paz en la tierra.
5. En la carta que leemos hoy, san Pedro
escribe: «Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de
Cristo, para que también os alegréis, alborozados, en la revelación de su
gloria. Dichosos vosotros, si os ultrajan por el nombre de Cristo, pues el
Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1 P
4, 13-14).
A menudo se ha hablado del «Líbano mártir», sobre todo
durante el período de la guerra que azotó vuestro país más de diez años. En este
marco histórico, las palabras de san Pedro pueden aplicarse muy bien a todos los
que han sufrido en esta tierra libanesa. El Apóstol escribe: «Alegraos en
la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo» porque el
Espíritu de Dios reposa en vosotros, y es el Espíritu de gloria (cf.
ib.). No olvido que nos hallamos reunidos en las cercanías del centro
histórico de Beirut, la plaza de los Mártires; pero vosotros la habéis llamado
también plaza de la Libertad y plaza de la Unidad. Estoy seguro de que los
sufrimientos de los años pasados no serán inútiles, sino que fortalecerán
vuestra libertad y vuestra unidad.
Hoy la palabra de Jesús inspira nuestra
oración. Oramos para que los que lloran sean consolados; para que los
misericordiosos alcancen misericordia (cf. Mt 5, 5.7); para que,
recibiendo el perdón del Padre, todos acepten a su vez perdonar las ofensas.
Oramos para que los hijos e hijas de esta tierra sientan la felicidad de ser
artífices de paz y sean llamados hijos de Dios (cf. Mt 5, 9).
Si, mediante el sufrimiento, participamos en la pasión de Cristo, tendremos
también parte en su gloria.
6. El Espíritu Santo, el
Espíritu de Jesucristo, es un Espíritu de gloria. Oremos hoy para que esta
gloria divina envuelva a todos los que en tierra libanesa experimentan el
sufrimiento. Oremos para que se transforme en germen de fuerza espiritual
para todos vosotros, para la Iglesia y para la nación, a fin de que el
Líbano pueda desempeñar su misión en Oriente Medio, entre las naciones vecinas y
con todas las naciones del mundo.
¡Espíritu de Dios, infunde tu luz y tu amor en los corazones,
para llevar a cumplimiento la reconciliación entre las personas, en el seno de
las familias, entre los vecinos, en las ciudades y en las aldeas, y dentro de
las instituciones de la sociedad civil!
¡Espíritu de Dios, que tu fuerza reúna a todos los hijos de esta
tierra, para que caminen juntos con valentía y tenacidad por la senda de la paz
y la convivencia, respetando la dignidad y la libertad de las demás personas,
con vistas al pleno desarrollo de cada uno y al bien de todo el país!
¡Espíritu de Dios, concede a las familias libanesas que
desarrollen los dones de gracia del matrimonio! ¡Concede a los jóvenes que
formen su personalidad con confianza y que tomen conciencia de sus
responsabilidades en la Iglesia y en la ciudad!
¡Espíritu de Dios, haz que los fieles del Líbano consoliden la
unidad de cada una de las Iglesias patriarcales y de toda la Iglesia católica
que está en el Líbano! ¡Ayúdales a dar nuevos pasos por el camino de la plena
unidad de todos los que han recibido el don de la fe en Cristo Salvador!
¡Espíritu de Dios, tú que eres llamado «Consolador, manantial
vivo, fuego y caridad », manifiesta en este pueblo los frutos que se esperan de
la Asamblea sinodal!
¡Espíritu de luz y amor, sé para los hijos e hijas del Líbano
manantial de fuerza, de fuerza espiritual, especialmente en esta hora, en el
umbral del tercer milenio cristiano! ¡Ven Espíritu de Dios! ¡Ven Espíritu Santo!
Amén.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
|