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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA
ENCUENTRO DE ORACIÓN CON LOS SACERDOTES Y RELIGIOSOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II
Sábado 31 de mayo de 1997
1. «Yo soy el pan de vida» (Jn 6, 35).
Como
peregrino al 46 Congreso eucarístico internacional, dirijo mis primeros pasos
hacia la antiquísima catedral de Wrocław, para arrodillarme con fe
ante el santísimo Sacramento, el «Pan de vida». Lo hago con profunda emoción y
con el corazón lleno de gratitud a la divina Providencia, por el don de este
Congreso y porque se celebra precisamente aquí, en Wrocław, en Polonia, mi
patria.
Después de la milagrosa multiplicación de los panes, Cristo dice a la
multitud que lo buscaba: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no
porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis
saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que
permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre» (Jn
6, 26-27). ¡Qué difícil resultaba, para quien escuchaba a Jesús, este paso del
signo al misterio indicado por él, del pan de cada día al pan que «permanece
para la vida eterna»! Tampoco es fácil para nosotros, hombres del siglo XX. Los
Congresos eucarísticos se celebran precisamente para recordar esta verdad a todo
el mundo: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que
permanece para la vida eterna».
Los interlocutores de Cristo, prosiguiendo el
diálogo, le preguntan con razón: «¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de
Dios?» (Jn 6, 28). Y Cristo responde: «La obra de Dios [la obra que
Dios quiere] es que creáis en quien él ha enviado» (Jn 6, 29). Es una
exhortación a tener fe en el Hijo del hombre, en el que da el alimento que no
perece. Sin la fe en aquel a quien el Padre envió no es posible reconocer y
aceptar este don que no pasa. Precisamente por esto estamos aquí, en Wrocław, en
el 46 Congreso eucarístico internacional. Estamos aquí para profesar, en
unión con toda la Iglesia, nuestra fe en Cristo Eucaristía, en Cristo Pan
vivo y Pan que da la vida. Decimos con san Pedro: «Tú eres el Cristo, el
Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16), y también: «Tú tienes palabras de vida
eterna» (Jn 6, 68).
2. «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,
34).
La milagrosa multiplicación de los panes no había suscitado la esperada
respuesta de fe en los testigos oculares de ese acontecimiento. Querían una
nueva señal: «¿Qué señal haces, para que, viéndola, creamos en ti? ¿Qué
obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está
escrito: Pan del cielo les dio a comer» (Jn 6, 30-31). Así, los
discípulos que rodean a Jesús esperan una señal semejante al maná, que sus
padres habían comido en el desierto. Sin embargo, Jesús los exhorta a esperar
algo más que una ordinaria repetición del milagro del maná, a esperar un
alimento de otro tipo. Cristo les dice: «No fue Moisés quien os dio el pan del
cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan
de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo» (Jn 6, 32-33).
Además del hambre física, el hombre lleva en sí también otra hambre, un hambre
más fundamental, que no puede saciarse con un alimento ordinario. Se trata aquí
de un hambre de vida, un hambre de eternidad. La señal del maná era el
anuncio del acontecimiento de Cristo, que saciaría el hambre de eternidad del
hombre, convirtiéndose él mismo en el «pan vivo» que «da la vida al mundo». Los
que escuchan a Jesús le piden que realice lo que anunciaba la señal del maná,
quizá sin darse cuenta del alcance de su petición: «Señor, danos siempre de
ese pan» (Jn 6, 34). ¡Qué elocuente es esta petición! ¡Cuán generosa
y sorprendente es su realización! «Yo soy el pan de vida. El que venga a
mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (...). Porque mi
carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y
bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6, 35.55-56). «El que
come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último
día» (Jn 6, 54).
¡Qué gran dignidad se nos ha dado! El Hijo de
Dios se nos entrega en el santísimo Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
¡Cuán infinitamente grande es la liberalidad de Dios! Responde a nuestros
más profundos deseos, que no son únicamente deseos de pan terreno, sino que
alcanzan los horizontes de la vida eterna. ¡Este es el gran misterio de la fe!
3. «Rabbí [Maestro], ¿cuándo has llegado aquí?» (Jn 6, 25).
Esta
pregunta se la hicieron a Jesús quienes lo buscaban después de la milagrosa
multiplicación de los panes. También hoy, en Wrocław, le hacemos la misma
pregunta. Se la hacen todos los participantes en el Congreso eucarístico
internacional. Y Cristo nos responde: he venido cuando vuestros antepasados
recibieron el bautismo, en tiempos de Mieszko I y de Boleslao el Intrépido,
cuando los obispos y los sacerdotes empezaron a celebrar en esta tierra el
«misterio de la fe», que reunía a todos los que tenían hambre del alimento que
da la vida eterna.
De ese modo, Cristo llegó a Wrocław hace más de mil años,
cuando nació aquí la Iglesia, y Wrocław se convirtió en sede episcopal, una de
las primeras en los territorios de los Piast. A lo largo de los siglos, Cristo
ha llegado a todos los lugares del mundo de donde proceden los participantes en
el Congreso eucarístico. Y desde entonces sigue su presencia en la Eucaristía,
siempre igualmente silenciosa, humilde y generosa. En verdad, «habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn
13, 1).
Ahora, en el umbral del tercer milenio, queremos dar una
expresión particular a nuestra gratitud. Este Congreso eucarístico de Wrocław tiene una
dimensión internacional. No sólo participan en él fieles de Polonia, sino
también de todo el mundo. Todos juntos queremos expresar nuestra profunda fe en
la Eucaristía y nuestra sincera gratitud por el pan eucarístico con el que,
desde hace casi dos mil años, se alimentan generaciones enteras de creyentes en
Cristo. ¡Cuán inagotable es el tesoro del amor de Dios, que está abierto
a todos! ¡Cuán enorme es la deuda contraída con Cristo Eucaristía! Lo
reconocemos y, con santo Tomás de Aquino, exclamamos: «Quantum potes, tantum
aude: quia maior omni laude, nec laudare sufficis », «Osa todo lo que
puedas, porque él supera toda alabanza, y no hay canto que baste» (Lauda Sion).
Estas palabras expresan muy bien la actitud de los participantes en el Congreso
eucarístico. Durante estos días procuremos dar al Señor Jesús en la Eucaristía
el honor y la gloria que merece. Procuremos darle gracias por su presencia,
porque desde hace ya casi dos mil años sigue estando con nosotros.
«Te damos
gracias, Padre santo... Nos hiciste gracia de comida y bebida espiritual y de
vida eterna por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos» (Didaché,
X. 2-3).
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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