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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

MISA CON OCASIÓN DEL MILENARIO DEL MARTIRIO DE SAN ADALBERTO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Gniezno, martes 3 de junio de 1997

 

1. Veni, Creator Spiritus!

Hoy nos encontramos ante la tumba de san Adalberto en Gniezno. Así, estamos en el centro del milenario de san Adalberto. Hace un mes comencé este itinerario en honor de san Adalberto en Praga y Libice, diócesis de Hradec Králové, pues de allí era originario. Y hoy nos hallamos en Gniezno, podríamos decir, en el lugar donde terminó su peregrinación terrena. Doy gracias a Dios, uno y trino, porque en el ocaso de este milenio tengo oportunidad de orar nuevamente ante las reliquias de san Adalberto, que constituyen uno de los mayores tesoros de nuestra nación.

Queremos seguir el itinerario espiritual de san Adalberto, que en cierto sentido comienza en el cenáculo. La liturgia de hoy nos lleva precisamente al cenáculo, adonde los Apóstoles volvieron desde el monte de los Olivos, después de la ascensión de Cristo a los cielos. Durante cuarenta días después de la Resurrección, él se les apareció y les habló del reino de Dios. Les recomendó que no se alejaran de Jerusalén, y esperaran la promesa del Padre «que oísteis de mí —les dijo—: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días. (...) Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 4-5.8).

Así pues, los Apóstoles reciben el mandato misionero. En virtud de las palabras del Resucitado deben ir por todo el mundo a hacer discípulos de todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt 28, 14-20). Sin embargo, por el momento, vuelven al cenáculo y allí permanecen en oración, esperando el cumplimiento de la promesa. El décimo día, en la fiesta de Pentecostés, Cristo les envió el Espíritu Santo, que transformó su corazón. Recibieron fuerza y se dispusieron a cumplir el mandato misionero. Así iniciaron la obra de la evangelización.

La Iglesia continúa esa obra. Los sucesores de los Apóstoles siguen yendo por todo el mundo a hacer discípulos a todas las gentes. Al final del primer milenio, llegaron a Polonia algunos hijos de varias naciones ya cristianizadas, especialmente de las naciones limítrofes. Entre ellos ocupa un lugar central san Adalberto, que llegó a Polonia de la cercana y afín Bohemia. En cierto sentido, contribuyó al segundo inicio de la Iglesia en las tierras de los Piast. El bautismo de la nación, el año 966, en tiempos de Mieszko I, fue confirmado con la sangre del mártir. Y no sólo esto: con él Polonia entra en la familia de los países europeos. En efecto, ante las reliquias de san Adalberto se reúnen el emperador Otón III y Boleslao el Intrépido, en presencia de un legado pontificio. Ese encuentro —llamado «el Encuentro de Gniezno»— tiene gran importancia histórica. Desde luego, tuvo un significado político, pero también eclesial. El Papa Silvestre II erigió la primera sede metropolitana polaca junto a la tumba de san Adalberto: Gniezno, a la que quedaron unidas las sedes episcopales de Cracovia, Wrocław y Kołobrzeg.

2. La semilla que muere da mucho fruto (cf. Jn 12, 24). Estas palabras del evangelio de san Juan, que Cristo dirigió un día a los Apóstoles, encuentran singular aplicación en san Adalberto. Al morir, dio el testimonio supremo. «El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25). San Adalberto dio también testimonio de servicio apostólico. En efecto, Cristo dice: «Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará» (Jn 12, 26).

San Adalberto siguió a Cristo. Hizo un largo camino, que lo llevó desde su patria Libice hasta Praga, y de Praga a Roma. Luego, cuando tuvo que enfrentarse de nuevo a la resistencia de sus compatriotas de Praga, partió como misionero hacia la llanura de Panonia y, a continuación, por la Puerta de Moravia, a Gniezno y al Báltico. Su misión fue casi la coronación de la evangelización de las tierras de los Piast. Y eso precisamente porque Adalberto dio testimonio de Cristo sufriendo la muerte por martirio. Boleslao el Intrépido rescató el cuerpo del mártir y lo trajo aquí, a Gniezno.

En él se cumplieron las palabras de Cristo. Por encima del amor a la vida terrena, san Adalberto había puesto el amor al Hijo de Dios. Siguió a Cristo como siervo fiel y generoso, dando testimonio de él a costa de su vida. Y por eso el Padre lo ha honrado. El pueblo de Dios le ha tributado en la tierra una veneración que se reserva a los santos, con la convicción de que un mártir de Cristo participa en el cielo de la gloria del Padre.

«El grano de trigo que muere produce mucho fruto» (cf. Jn 12, 24). ¡Qué literalmente se han cumplido estas palabras en la vida y en la muerte de san Adalberto! Su muerte por martirio, a la que se añade la sangre de otros mártires polacos, está en el origen de la Iglesia polaca y, en cierto modo, también del mismo Estado en las tierras de los Piast. lain La sangre de san Adalberto es una semilla que sigue dando nuevos frutos espirituales. Toda Polonia, cuando comenzó a ser Estado y a lo largo de los siglos sucesivos, ha seguido viviendo de esa semilla.

El «Encuentro de Gniezno» abrió a Polonia el camino hacia la unidad con toda la familia de los Estados de Europa. En el umbral del segundo milenio, la nación polaca adquirió el derecho de insertarse, en igualdad con otras naciones, en el proceso de formación de un nuevo rostro de Europa.

Así pues, san Adalberto es un gran patrono de nuestro continente, que por entonces se estaba unificando en nombre de Cristo. Tanto con su vida como con su muerte, el santo mártir puso las bases de la identidad y de la unidad europea. Muchas veces he seguido esas históricas huellas, en el período del milenario del bautismo de Polonia, viniendo de Cracovia a Gniezno con las reliquias de san Estanislao, y doy gracias a la divina Providencia porque hoy tengo la oportunidad de encontrarme una vez más en este itinerario.

Te damos gracias, san Adalberto, por habernos reunido hoy aquí a tantas personas. Entre nosotros se encuentran huéspedes ilustres. Pienso, ante todo, en los señores presidentes de los países relacionados con la persona de Vojtech- Adalberto. Doy las gracias por su presencia al señor Kwa.niewski, presidente de Polonia; al señor Havel, presidente de la República Checa; al señor Brazauskas, presidente de Lituania; al señor Herzog, presidente de Alemania; al señor Kovac, presidente de la República Eslovaca; al señor Kuchma, presidente de Ucrania; y al señor Göncz, presidente de Hungría.

Señores presidentes, vuestra presencia aquí, en Gniezno, tiene hoy un significado particular para todo el continente europeo. Como hace mil años, también hoy testimonia la voluntad de una convivencia pacífica y de la construcción de una nueva Europa, unida por los vínculos de la solidaridad. Os pido que tengáis la amabilidad de transmitir mis cordiales saludos a las naciones que representáis. Dirijo palabras de gratitud también a los cardenales que han venido de la ciudad eterna, comenzando por el señor cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, y a los cardenales de los países vinculados con la persona de san Adalberto, encabezados por el señor cardenal Miloslav Vlk, sucesor de san Adalberto en la sede episcopal de Praga. Me alegra que se encuentren con nosotros cardenales que han venido de partes muy lejanas del mundo, desde América hasta Australia. Saludo cordialmente y agradezco su presencia a los cardenales polacos y en primer lugar al señor cardenal primado, a los arzobispos y a los obispos. Doy las gracias también a los obispos ortodoxos y a los líderes de las comunidades que surgieron de la Reforma, así como a los responsables de otras comunidades eclesiales.

Dirijo palabras de cordial saludo al arzobispo mons. Muszynski, metropolita de Gniezno y a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que habéis venido para este encuentro de toda Polonia.

3. Ha quedado profundamente grabado en mi mente el encuentro de Gniezno de junio de 1979, cuando por primera vez el Papa, originario de Cracovia, pudo celebrar la Eucaristía en la colina de Lech, en presencia del inolvidable Primado del milenio, de todo el Episcopado polaco, de muchos peregrinos que vinieron no sólo de Polonia sino también de los países limítrofes. Hoy, dieciocho años después, sería preciso volver a aquella homilía de Gniezno que, en cierto sentido, se convirtió en el programa de mi pontificado. Sin embargo, fue ante todo una humilde lectura de los designios de Dios, vinculados con los últimos veinticinco años de nuestro milenio. En esa ocasión dije: «¿No quiere, quizá, Cristo; no dispone quizá el Espíritu Santo que este Papa polaco, este Papa eslavo, manifieste precisamente ahora la unidad espiritual de la Europa cristiana? Sabemos que esta unidad cristiana de Europa está compuesta por dos grandes tradiciones: la del Occidente y la del Oriente. (...) Sí. Cristo quiere, el Espíritu Santo dispone que todo cuanto yo digo sea dicho aquí y ahora, precisamente en Gniezno» (Homilía en la catedral dedicada a la Asunción de la Virgen María, 3 de junio de 1979, n. 5: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de junio de 1979, p. 10).

Desde este lugar se derramó entonces la gran fuerza del Espíritu Santo. Aquí el pensamiento sobre la nueva evangelización comenzó a revestir formas concretas. Mientras tanto se llevaron a cabo grandes transformaciones, surgieron nuevas posibilidades, aparecieron otros hombres. Cayó el muro que dividía a Europa. Cincuenta años después del inicio de la segunda guerra mundial, sus efectos dejaron de empañar el rostro de nuestro continente. Terminó medio siglo de separación, por la que millones de habitantes de la Europa central y oriental pagaron un precio terrible. Por eso, aquí, ante la tumba de san Adalberto, hoy doy gracias a Dios todopoderoso por el gran don de la libertad que ha concedido a las naciones de Europa, y lo hago con las palabras del Salmista: «Hasta los gentiles decían: "El Señor ha estado grande con ellos". El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 124, 2-3).

4. Queridos hermanos y hermanas, después de tantos años repito lo mismo: es necesaria una nueva disponibilidad. En efecto, se ha visto, a veces de modo doloroso, que la recuperación del derecho de autodeterminación y la ampliación de las libertades políticas y económicas no basta para la reconstrucción de la unidad europea. ¡Cómo no mencionar aquí la tragedia de las naciones de la ex Yugoslavia, el drama de la nación albanesa y los pesos enormes que han soportado todas las sociedades que han reconquistado la libertad y con gran esfuerzo se liberan del yugo del sistema totalitario comunista!

¿No será que, después de la caída del muro visible se ha descubierto otro, invisible, que sigue dividiendo nuestro continente: el muro que pasa por los corazones de los hombres? Es un muro hecho de miedo y agresividad, de falta de comprensión hacia los hombres de origen diverso, de diferente color de piel, de diversas convicciones religiosas. Es el muro del egoísmo político y económico, de la disminución de la sensibilidad ante el valor de la vida humana y la dignidad de todo hombre.

Incluso los indudables éxitos del último período en el campo económico, político y social no logran ocultar la existencia de ese muro. Su sombra se extiende a toda Europa. La meta de una auténtica unidad del continente europeo está aún lejana. No habrá unidad en Europa hasta que no se funde en la unidad del espíritu. Este fundamento profundísimo de la unidad llegó a Europa y se consolidó a lo largo de los siglos gracias al cristianismo con su Evangelio, con su comprensión del hombre y con su contribución al desarrollo de la historia de los pueblos y de las naciones.

Esto no significa que queramos apropiarnos de la historia. En efecto, la historia de Europa es un gran río, en el que desembocan numerosos afluentes, y la variedad de las tradiciones y culturas que la forman es su gran riqueza. Los fundamentos de la identidad de Europa están construidos sobre el cristianismo. Y su actual falta de unidad espiritual brota principalmente de la crisis de esta autoconciencia cristiana.

5. Hermanos y hermanas, fue Jesucristo, «el mismo ayer, hoy y siempre» (cf. Hb 13, 8), quien reveló al hombre su dignidad. Él es el garante de esta dignidad. Fueron los patronos de Europa —san Benito y los santos Cirilo y Metodio— quienes injertaron en la cultura europea la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Fueron los ejércitos de santos misioneros, que nos ha recordado hoy san Adalberto, obispo y mártir, quienes trajeron a los pueblos europeos la enseñanza sobre el amor al prójimo, incluso sobre el amor a los enemigos: una enseñanza confirmada con la entrega de la vida por ellos.

De esta buena nueva, del Evangelio, vivieron en Europa, en el decurso de los siglos, hasta el día de hoy, nuestros hermanos y hermanas. La repetían los muros de las iglesias, de las abadías, de los hospitales y de las universidades. La proclamaban los volúmenes, las esculturas y los cuadros; la anunciaban las estrofas poéticas y las obras de los compositores. Sobre el Evangelio se pusieron los cimientos de la unidad espiritual de Europa.

Por consiguiente, desde la tumba de san Adalberto pregunto: ¿Nos es lícito rechazar la ley de la vida cristiana, que afirma que da fruto abundante sólo quien da su vida por amor a Dios y a los hermanos, como una semilla plantada en la tierra? Aquí, desde este lugar, repito el grito que lancé al inicio de mi pontificado: ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!

En nombre del respeto a los derechos del hombre, en nombre de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad; en nombre de la solidaridad interhumana y del amor, grito: ¡No tengáis miedo! Abrid de par en par las puertas a Cristo. Sin Cristo no es posible comprender al hombre. Por eso, el muro, que se alza hoy en los corazones, el muro que divide a Europa, no será derribado si no se vuelve al Evangelio, pues sin Cristo no es posible construir una unidad duradera. No se puede lograr separándose de las raíces de las que crecieron las naciones y las culturas de Europa, y de la gran riqueza de la cultura espiritual de los siglos pasados.

¿Cómo se puede construir una «casa común» para toda Europa, si no se edifica con los ladrillos de las conciencias de los hombres, cocidos en el fuego del Evangelio, unidos por el vínculo de un amor social solidario, fruto del amor de Dios? San Adalberto se esforzó por lograr eso; por ese futuro dio su vida. Él nos recuerda hoy que no es posible construir una sociedad nueva sin un hombre nuevo, que es el solidísimo cimiento de la sociedad.

6. En el umbral del tercer milenio, el testimonio de san Adalberto está siempre presente en la Iglesia y siempre produce fruto. Debemos reanudar con nuevo vigor su obra de evangelización. Ayudemos a redescubrir a Cristo, junto con su enseñanza, a quien lo ha olvidado. Eso se realizará cuando numerosos testigos fieles del Evangelio comiencen de nuevo a recorrer nuestro continente; cuando las obras de arquitectura, de literatura y de arte muestren, de modo convincente, al hombre de hoy a Aquel que es «el mismo ayer, hoy y siempre»; cuando en la liturgia celebrada por la Iglesia los hombres vean cuán hermoso es dar gloria a Dios; cuando descubran en nuestra vida un testimonio de misericordia cristiana, de amor heroico y de santidad.

Queridos hermanos y hermanas, ¡en qué momento tan extraordinario de la historia nos ha tocado vivir! ¡Qué tareas tan importantes nos ha confiado Cristo! Él nos llama a cada uno de nosotros a preparar la nueva primavera de la Iglesia. Quiere que la Iglesia —la misma de los tiempos de los Apóstoles y de san Adalberto— entre en el nuevo milenio llena de lozanía, de una nueva vida que surge y de impulso evangélico. En el año 1949 el Primado del milenio exclamó: «Aquí, ante la tumba de san Adalberto, encenderemos antorchas que anunciarán a nuestra tierra la "luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo" (Lc 2, 32)» (Carta pastoral para el ingreso). Hoy alzamos nuevamente este grito, pidiendo la luz y el fuego del Espíritu Santo, para encender nuestras antorchas como los heraldos del Evangelio hasta los últimos confines de la tierra.

7. San Adalberto está siempre con nosotros. Ha permanecido en la Gniezno de los Piast y en la Iglesia universal, envuelto en la gloria del martirio. Y, desde la perspectiva del milenio, parece hablarnos hoy con las palabras de san Pablo: «Lo que importa es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que, tanto si voy a veros como si estoy ausente, oiga de vosotros que os mantenéis firmes en un mismo espíritu y lucháis acordes por la fe del Evangelio, sin dejaros intimidar en nada por los adversarios» (Flp 1, 27-28). Sí. En un solo espíritu, luchando acordes por la fe.

Hoy releemos, una vez más, después de mil años, este testamento de san Pablo y san Adalberto. Pedimos que sus palabras se cumplan también en nuestra generación. En efecto, se nos ha concedido en Cristo no sólo la gracia de creer en él, sino también la de sufrir por él, dado que hemos sostenido el mismo combate del que san Adalberto nos dejó testimonio (cf. Flp 1, 29-30).

Nos encomendamos a san Adalberto, pidiéndole que interceda por nosotros, mientras la Iglesia y Europa se preparan para el gran jubileo del año 2000.

E invocamos al Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría y fortaleza: Veni, Creator Spiritus! Amén.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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