 |
VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA
MISA DE BEATIFICACIÓN DE MARÍA BERNARDINA JABŁOŃSKA
Y MARÍA KARŁOWSKA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Zakopane, viernes 6 de junio de 1997
1. Nos
encontramos hoy en esta gran asamblea litúrgica al pie de la cruz, en el monte
Giewont, en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Doy gracias a la divina
Providencia porque me permite celebrar esta solemnidad en la patria —bajo la «Krokiew»,
en la tierra de Podhale— con vosotros, que en vuestra religiosidad conserváis
fielmente la veneración al misterio del Corazón de Jesús. La Iglesia en Polonia
ha dado una gran contribución a la introducción de la solemnidad del Sagrado
Corazón de Jesús en el calendario litúrgico. Era expresión de un profundo deseo
de que se multiplicaran los magníficos frutos producidos por esa devoción en la
vida de los fieles en toda la Iglesia. Y así sucedió.
¡Cuán agradecidos
deberíamos estar con Dios por todas las gracias que experimentamos por mérito
del Corazón de su Hijo! ¡Cuánto le debemos agradecer este encuentro! Lo
hemos esperado durante mucho tiempo. Desde hacía mucho tiempo, habíais invitado
al Papa en diversas ocasiones, especialmente durante vuestras frecuentes
peregrinaciones a la ciudad eterna. Seguramente recordáis que os decía entonces
que había que tener paciencia, que era necesario encomendar mi visita a Zakopane
a la divina Providencia. Durante mi peregrinación a Eslovaquia, en Levoča leí el
cartel que habíais preparado: «¡Zakopane te espera! ¡Zakopane te da la
bienvenida! ». Y hoy podemos decir que Zakopane ha logrado hacer realidad su
deseo, y yo también. Dios lo ha dispuesto así, y la Virgen de Levoča ha
traído al Papa a Zakopane.
Os saludo a todos, especialmente a vosotros,
habitantes de Zakopane. Saludo a los montañeses de Podhale, tan queridos a mi
corazón. Saludo en particular al señor cardenal Franciszek; al obispo de Torun,
que hoy se alegra aquí por la beatificación de su diocesana; a todos los obispos
polacos, encabezados por el cardenal primado; y a todos los obispos extranjeros
que participan en esta celebración. Saludo al clero, a las religiosas y,
especialmente, a las religiosas Albertinas y a las religiosas Pastorcitas, para
quienes este día tiene una elocuencia particular.
Saludo al alcalde de Zakopane
y a las autoridades locales de Podhale. Agradezco este importante homenaje de
Podhale, siempre fiel a la Iglesia y a la patria. ¡Se puede contar siempre con
vosotros! Demos gracias a Dios por este día, en que ha actuado en nuestro favor.
Queridos hermanos y hermanas, con espíritu de gratitud quiero meditar con
vosotros en el gran misterio del Sagrado Corazón de Jesús. Es conveniente que lo
hagamos en el itinerario de mi peregrinación, con ocasión del Congreso
eucarístico de Wrocław. En efecto, toda la devoción al Corazón de Jesús y todas
sus manifestaciones son profundamente eucarísticas.
2. «Mirarán
al que traspasaron» (Jn 19, 37). Son palabras que acabamos de
escuchar. Con esta cita profética, san Juan termina su descripción de la pasión
y la muerte de Cristo en la cruz. Gracias a ella sabemos que el Viernes santo,
antes de la fiesta de la Parasceve, los judíos pidieron a Pilato que les
quebraran las piernas y retiraran sus cuerpos (cf. Jn 19, 31). Así
hicieron los soldados con los dos malhechores crucificados con Jesús. «Pero al
llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que
uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió
sangre y agua» (Jn 19, 33-34). Era la prueba de su muerte. Los soldados
podían asegurar a Pilato que Jesús de Nazaret había muerto. Pero san Juan
evangelista ve aquí la necesidad de un testimonio particular. Escribe así: «El
que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido» (Jn 19, 35). Y, al
mismo tiempo, afirma que al traspasar el costado de Cristo, se cumplió la
Escritura, que dice: «No se le quebrará hueso alguno» y también: «Mirarán al que
traspasaron» (Jn 19, 36-37).
En este pasaje evangélico se basa toda la
tradición de la devoción al Sagrado Corazón. Se desarrolló de modo
particular desde el siglo XVII, en relación con las revelaciones a santa
Margarita María de Alacoque, mística francesa. Nuestro siglo es testigo de un
intenso desarrollo de la devoción al Corazón de Jesús, como atestiguan las
magníficas «Letanías del Sagrado Corazón de Jesús » así como el «Acto de
consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús» y el «Acto de
reparación al Sagrado Corazón de Jesús». Todo esto ha impregnado profundamente
nuestra piedad polaca y forma parte de la devoción de muchos fieles que sienten
la necesidad de reparación al Corazón de Jesús por los pecados de la humanidad y
también de las naciones, de las familias y de las personas.
3. «Mirarán
al que traspasaron»: estas palabras orientan nuestra mirada hacia la santa
cruz, hacia el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la Salvación del mundo.
«Pues la predicación de la cruz es necedad para el mundo; mas para nosotros, es
fuerza de Dios» (cf. 1 Co 1, 18). Esto lo comprendieron bien los
habitantes de Podhale. Cuando terminaba el siglo XIX y empezaba el nuevo,
vuestros padres pusieron una cruz en la cima de Giewont. Está allí y allí
permanece. Es un testigo mudo, pero elocuente, de nuestro tiempo. Se puede decir
que esta cruz jubilar mira hacia Zakopane y Cracovia y, más allá, hacia Varsovia
y Gdansk. Abraza toda nuestra tierra, desde los montes Tatra hasta el Báltico.
Vuestros padres querían que la cruz de Cristo reinara de modo particular en este
hermoso rincón de Polonia. Y así sucedió. Se puede decir que vuestra ciudad se
ha extendido al pie de la cruz; tanto Zakopane como Podhale viven y se
desarrollan en su radio. Lo demuestran a lo largo de los caminos las capillas
tan hermosas, esculpidas y conservadas con cuidado. Este Cristo os acompaña en
vuestro trabajo diario, o en el itinerario de vuestros paseos por las montañas.
Hablan de él las iglesias de esta ciudad, sea las antiguas y monumentales, que
encierran todo el misterio de la fe y la piedad humana, sea las recientes, que
han surgido gracias a vuestra generosidad, como por ejemplo la iglesia
parroquial de la Santa Cruz, en la parroquia de la Virgen de Fátima, que nos
acoge.
Queridos hermanos y hermanas, no os avergoncéis de esta cruz.
Tratad de aceptarla cada día y de corresponder al amor de Cristo. Defended la
cruz, no permitáis que se ofenda el nombre de Dios en vuestro corazón, en la
vida familiar o social. Demos gracias a la divina Providencia porque el
crucifijo ha vuelto a las escuelas, a las oficinas públicas y a los hospitales.
¡Ojalá que permanezca allí! Que nos recuerde nuestra dignidad cristiana y
también la identidad nacional, lo que somos, a dónde vamos y dónde están
nuestras raíces. Que nos recuerde el amor de Dios al hombre, que en la cruz
encontró su más profunda expresión.
El amor se asocia siempre al corazón. El
Apóstol lo asoció precisamente al Corazón que fue traspasado por la lanza del
centurión en el Gólgota. En ese gesto se reveló hasta el fondo el amor con que
el Padre amó al mundo. Lo amó tan intensamente, «que dio a su Hijo único» (Jn
3, 16). En ese corazón traspasado encontró su expresión externa la
dimensión del amor que es más grande que cualquier amor creado. En él se
manifestó el amor salvífico y redentor. El Padre dio «a su Hijo único, para que
todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,
16). Por eso, san Pablo escribe: «Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien
toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 14-15), las
doblo para expresarle mi agradecimiento por la revelación de su amor, que
manifestó en la muerte redentora de su Hijo. Al mismo tiempo, doblo mis rodillas
para que Dios «os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos
por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Ef 3, 16). El
corazón es, precisamente, «el hombre interior». Para el Apóstol, el
Corazón del Hijo de Dios se transforma en fuente de fuerza para todos los
corazones humanos. Todo esto se ha expresado magníficamente en muchas
invocaciones de las «Letanías del Sagrado Corazón de Jesús».
4. El Corazón de Jesús se convirtió en fuente de fuerza para las dos mujeres que
la Iglesia eleva hoy a la gloria de los altares. Gracias a esa fuerza,
alcanzaron la cima de la santidad. María Bernardina Jabłonska, hija
espiritual de san Alberto Chmielowski, colaboradora y continuadora de su obra de
misericordia, viviendo la pobreza se consagró al servicio de los más pobres. La
Iglesia nos pone hoy como ejemplo a esta religiosa piadosa, cuyo lema de vida
eran las palabras: «Dar, eternamente dar». Con su mirada fija en Cristo, lo
seguía fielmente, imitándolo en el amor. Quería escuchar toda petición de su
prójimo, enjugar toda lágrima, y consolar, por lo menos con la palabra, a toda
alma que sufría. Quería ser siempre buena con todos, pero más aún con los más
probados por el destino. Solía decir: «El dolor de mi prójimo es mi dolor».
Junto con san Alberto fundó hospicios para los enfermos y para los que
habían quedado sin hogar a causa de la guerra.
Ese amor grande y heroico
maduraba en la oración y en el silencio de la cercana ermita de Kalatówki, donde
vivió durante algún tiempo. En los momentos más difíciles de su vida, en
sintonía con las recomendaciones de quien la dirigía espiritualmente, se
encomendaba al Sagrado Corazón de Jesús. A él le ofrecía todo lo que poseía, y
especialmente sus sufrimientos interiores y sus dolores físicos. ¡Todo por
amor a Cristo! Como superiora general de la congregación de las religiosas
Siervas de los Pobres de la tercera orden de san Francisco, las Albertinas, daba
continuamente a sus religiosas ejemplo del amor que brota de la unión del
corazón humano con el Sagrado Corazón del Salvador. El Corazón de Jesús era su
consuelo en el heroico servicio a los más necesitados.
Es conveniente que su
beatificación se realice en Zakopane, porque es una santa de Zakopane. Aunque no
nació en este lugar, aquí se desarrolló espiritualmente para alcanzar la
santidad a través de la experiencia eremítica de fray Alberto, en los montes
Kalatówki.
Al mismo tiempo, en los territorios ocupados por Prusia, otra mujer,
María Karłowska, desempeñaba una actividad de auténtica samaritana entre
las mujeres que sufrían una gran miseria material y moral. Su santo celo
atrajo en seguida a un grupo de discípulas de Cristo, con quienes fundó la
congregación de las religiosas Pastorcitas de la Divina Providencia. Estableció
para ella y para sus religiosas la siguiente finalidad: «Debemos anunciar el
Corazón de Jesús, es decir, vivir de él y en él y para él, de modo que lleguemos
a ser semejantes a él y que él sea más visible en nuestra vida que nosotras
mismas». Su entrega al Sagrado Corazón del Salvador dio como fruto un gran amor
a los hombres. Sentía una insaciable hambre de amor. Según la beata María Karłowska, un amor de este tipo nunca dirá basta, nunca se detendrá en el
camino. Era precisamente esto lo que le sucedía, porque estaba impulsada por la
corriente del amor del divino Paráclito. Gracias a ese amor, devolvió a muchas
almas la luz de Cristo y les ayudó a recuperar la dignidad perdida.
También es
conveniente que su beatificación se realice en Zakopane, porque la cruz de
Giewont mira a toda Polonia, mira hacia el norte, hacia la Pomerania y la ciudad
de Płock, mira hacia todos los lugares donde viven los frutos de su santidad,
sus religiosas y su servicio a los necesitados.
Queridos hermanos y hermanas,
estas dos religiosas heroicas, al realizar sus obras santas en condiciones
muy difíciles, manifestaron con plenitud la dignidad de la mujer y la
grandeza de su vocación. Manifestaron el «genio femenino », que se revela
mediante una profunda sensibilidad ante el sufrimiento humano, mediante la
delicadeza, la apertura y la disponibilidad a ayudar y también mediante otras
cualidades propias del corazón femenino. A menudo se manifiesta sin clamor y,
por eso, a veces lo subestiman. ¡Cuánto lo necesita el mundo actual y nuestra
generación! ¡Cuánta necesidad hay de esta sensibilidad femenina en las cosas de
Dios y de los hombres, para que nuestras familias y toda la sociedad tengan
afecto cordial, benevolencia, paz y alegría! ¡Cuán necesario resulta este «genio
femenino», para que el mundo actual aprecie el valor de la vida, de la
responsabilidad y de la fidelidad; para que conserve el respeto a la dignidad
humana! En efecto, Dios, en su designio eterno, atribuyó un lugar determinado a
la mujer, creando al ser humano «varón y mujer», a su «imagen y semejanza».
5. En la carta a los Efesios, san Pablo hace casi
una confesión personal. Escribe: «A mí, el menor de todos los santos, me fue
concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de
Cristo, y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en
Dios, Creador de todas las cosas» (Ef 3, 8-9). Así pues, por medio del
Corazón de Jesús crucificado y resucitado, leemos el plan eterno de Dios para la
salvación del mundo. En cierto sentido, el Corazón divino se transforma
en el centro de este plan, que es misterioso y da la vida. En él se
realiza este plan. Como escribe el Apóstol: «Para que la multiforme sabiduría de
Dios sea ahora manifestada (...), mediante la Iglesia, conforme al previo
designio eterno que [Dios] realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro, quien,
mediante la fe en él, nos da valor para llegarnos confiadamente a Dios» (Ef
3, 10-12).
Todo está contenido aquí. Cristo es el cumplimiento del designio
divino del amor redentor. En virtud de este plan, como criatura con respecto a
su Creador, sino también como hijo con respecto a su Padre. Por tanto, el
cristianismo significa una nueva creación, una nueva vida, la vida en Cristo,
mediante la cual el hombre puede decir a Dios: ¡Abbá, Padre mío, Padre nuestro!
Por consiguiente, la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús es, en cierto
sentido, un magnífico complemento de la Eucaristía, y por eso la Iglesia, guiada
por una profunda intuición de fe, celebra esta fiesta del Corazón divino al día
siguiente de la conclusión de la octava del Corpus Christi.
Te alabamos,
Cristo, nuestro Salvador, porque de tu Corazón ardiente de amor derramas sobre
nosotros los manantiales de gracias. Te agradecemos estas gracias, mediante las
cuales multitudes de santos y beatos han podido llevar al mundo el testimonio de
tu amor. Te damos gracias por las beatas religiosas María Bernardina y María,
que en tu Corazón amoroso encontraron la fuente de su santidad.
Sagrado Corazón de Jesús, ¡ten piedad de nosotros!
Corazón de Jesús, Hijo del Padre eterno; Corazón de Jesús,
formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen Madre; Corazón de Jesús,
unido sustancialmente al Verbo de Dios; Corazón de Jesús, en quien residen todos
los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ¡ten piedad de nosotros!
* * *
Después de impartir la bendición, Su Santidad añadió:
«Hoy he dado gracias a Dios por la cruz que vuestros padres
alzaron en el monte Giewont. Esa cruz mira a Polonia entera, desde los montes
Tatra hasta el Báltico, diciendo: “Sursum corda!”: ¡Arriba los corazones!, a fin
de que toda Polonia, mirando a la cruz de Giewont, pueda escuchar y repetir:
“Sursum corda”. ¡Arriba los corazones! Amén»
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
|