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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

CONSAGRACIÓN DE LA IGLESIA
DEL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Zakopane, Sábado 7 de junio de 1997

 

<1. Hoy, en la memoria litúrgica del Corazón inmaculado de la santísima Virgen María, nos encontramos en Krzeptówki, para bendecir esta iglesia parroquial, es decir, para consagrarla. No basta que un templo esté construido; es necesario dedicarlo al Altísimo con un acto litúrgico. Doy gracias a Dios porque me brinda la oportunidad de realizar hoy la consagración de vuestra iglesia. He sido invitado cordialmente varias veces a hacerlo. Agradezco a la divina Providencia el haber podido venir hoy a vosotros, respondiendo a vuestra invitación. Os saludo con amor paterno. Saludo a todos los habitantes de Skalne Podhale, reunidos aquí y en torno a la iglesia.

¿Qué quiere decir realizar un acto de dedicación o consagración de una iglesia? La mejor respuesta a esa pregunta nos la ofrecen las lecturas litúrgicas. La primera lectura, tomada del libro del profeta Nehemías, recuerda el conocido acontecimiento del Antiguo Testamento, cuando los israelitas, al volver de la esclavitud de Babilonia, se dedicaron a reconstruir el templo de Jerusalén. Construido en tiempos de los grandes reyes, había vivido los períodos de esplendor y de decadencia del pueblo elegido; fue testigo de la deportación a la esclavitud de los hijos e hijas de Israel; luego, había sido destruido; y entonces debía ser reconstruido. El pueblo elegido vivía profundamente ese momento. La gran obra comenzó en medio del llanto, pero su tristeza se convirtió en alegría (cf. Ne 8, 2-11).

En el fondo de esta descripción podemos comprender aún mejor las palabras de la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, e incluso el pasaje evangélico, que acabamos de proclamar: «Sobre ti edificaré mi Iglesia», dice Cristo a Pedro, cuando el Apóstol confiesa su fe en el Hijo de Dios. «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 17-18).

La Iglesia no es sólo un edificio sagrado. El Señor Jesús dice que la Iglesia está construida sobre piedra, y la piedra es la fe de Pedro. La Iglesia es una comunidad de creyentes, que profesan su fe en el Dios vivo y testimonian, como Pedro, que Cristo es el Hijo de Dios, el Redentor del mundo. Vosotros, queridos hermanos y hermanas, sois una pequeña parte de esta gran comunidad de la Iglesia edificada sobre la fe de Pedro. Juntamente con vuestro obispo y con el Papa, anunciáis y profesáis la fe en el Hijo de Dios, y sobre esta fe basáis toda vuestra vida personal, familiar y profesional. De este modo, participáis en el reino de Dios. En efecto, Cristo dijo a Pedro: «A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 19).

Este santuario en Krzeptówki, que hoy es consagrado a Dios, debe servir a la Iglesia, a la comunidad, a las personas vivas. Eso nos lo explica de forma aún más profunda el pasaje de la carta de san Pedro que hemos escuchado. En él el Apóstol se refiere a la Iglesia como un edificio de piedras vivas. Somos nosotros esta construcción; somos nosotros los que constituimos las piedras vivas que forman el templo espiritual. La piedra angular del mismo es Cristo crucificado y resucitado. Fue precisamente él quien se convirtió en piedra angular de la Iglesia, la gran comunidad del pueblo de Dios de la nueva alianza. Esta comunidad, como escribe el apóstol Pedro, constituye el sacerdocio santo (cf. 1 P 2, 5).

Unida a Cristo, es «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para anunciar las hazañas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (cf. 1 P 2, 9). Vuestro hermoso templo, que habéis construido en colaboración con vuestros pastores, debe servir a la comunidad de la Iglesia y, por eso, es preciso bendecirlo, consagrarlo y destinarlo a Dios mismo como un lugar en el que se reúne y ora el pueblo de Dios. No solamente el pueblo de Dios de Krzeptówki y de Zakopane, sino también de varias partes de Polonia, que viene acá para unos días de descanso en la montaña. A todos los turistas y veraneantes les deseo que el contacto más íntimo con la naturaleza se transforme en ocasión para un contacto de oración con Dios.

2. Al contemplar vuestro templo, adornado con esmero, me han venido a la memoria las iglesias de madera, cada vez más raras, que surgían en todo el territorio de Polonia, pero sobre todo en Podhale y en Podkarpacie: se trataba de auténticos tesoros de la arquitectura popular. Todas surgieron, como la vuestra, gracias a la colaboración de los pastores y los fieles de las diversas parroquias. Eran construidas con un esfuerzo común, para que se pudiera celebrar en ellas el santísimo sacrificio, para que Cristo en la Eucaristía estuviera al lado de su pueblo día y noche, tanto en los momentos de alegría y júbilo, como en los de pruebas, sufrimientos y desgracias, y también en los días grises. Al Congreso eucarístico internacional de Wrocław es preciso añadirle todo este gran capítulo de la presencia sacramental de Cristo, que cada iglesia del territorio polaco encierra en su interior.

Las iglesias son también lugares donde se viven celebraciones solemnes: la Navidad del Señor, la Pascua, Pentecostés, el Corpus Christi, las fiestas marianas. Aquí los fieles se reúnen para las funciones de los meses de mayo y junio, para el rosario. Por último, las iglesias son un lugar donde se conserva el recuerdo de los difuntos. Como el inicio de la vida religiosa de todo creyente está relacionado con la pila bautismal, así también su término, la muerte y el funeral, se realizan a su sombra. Con frecuencia, incluso los cementerios parroquiales se encuentran al lado de la iglesia. Así pues, en estos templos se halla inscrita la historia de todos los hombres e indirectamente de toda la nación, de las comunidades, de las parroquias, de las familias y de las personas.

La Iglesia es un lugar de recuerdo y, al mismo tiempo, de esperanza: conserva con fidelidad el pasado y, a la vez, abre constantemente al hombre hacia el futuro, no sólo al temporal, sino también al de ultratumba. En las iglesias profesamos la fe en el perdón de los pecados, en la resurrección de los cuerpos y en la vida futura. Aquí vivimos cada día el misterio de la comunión de los santos, pues cada iglesia tiene su patrono o patrona, y numerosísimas están dedicadas a la Virgen. Me alegra que en Zakopane y en Podhale se hayan construido nuevas iglesias, magníficos monumentos de la fe viva de los habitantes de esta región. Su belleza corresponde a la belleza de los montes Tatra y es el reflejo de la misma belleza a la que aluden las palabras escritas en la cruz de Wincenty Pol, en el valle Kościeliska: «Y nada supera a Dios».

3. Queridos hermanos y hermanas, siento un cariño particular por vuestro santuario en Krzeptówki. En él veneráis a la Virgen de Fátima en su imagen. A la historia de este santuario está unido también el acontecimiento que tuvo lugar en la plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981. En esa ocasión experimenté el peligro de muerte y el sufrimiento, y, al mismo tiempo, la gran misericordia de Dios. Por intercesión de la Virgen de Fátima Dios me devolvió la vida. Durante mi permanencia en el hospital policlínico Gemelli fui objeto de una amplia manifestación de benevolencia humana de todo el mundo, sobre todo mediante la oración. Ante los ojos tenía entonces la escena de los primeros cristianos, que «oraban insistentemente a Dios» (cf. Hch 12, 5), cuando la vida de Pedro se hallaba expuesta a un grave peligro.

Sé que en esa oración de la Iglesia en todo el mundo para que recuperara la salud y pudiera volver al ministerio de Pedro participaba también Zakopane. Sé que os reuníais en vuestras iglesias parroquiales, y también en la capilla de la Virgen de Fátima en Krzeptówki, para rezar el rosario y así obtener la gracia de que yo recuperara la salud y las fuerzas. Entonces nació también el proyecto de construir en este lugar, al pie del monte Giewont, un santuario a la Virgen de Fátima, como voto de acción de gracias por la salvación de mi vida. Sé que este santuario, que hoy puedo consagrar, fue construido con muchas manos y muchos corazones unidos por el trabajo, el sacrificio y el amor al Papa. Me resulta difícil referirme a ello sin conmoverme.

Queridos hermanos y hermanas, he venido a vosotros para agradeceros vuestra bondad, vuestro recuerdo y vuestra oración, que prosigue. Fui vuestro pastor, como metropolitano de Cracovia, durante veinte años; hoy vengo a vosotros como Sucesor de san Pedro. Siempre me habéis ayudado. Estabais conmigo y comprendíais mis preocupaciones. Lo percibía. Era para mí un gran apoyo. Hoy os agradezco de todo corazón esta actitud de fe y entrega a la Iglesia. Siempre aquí, en esta tierra de Podhale, el obispo encontraba en vosotros un apoyo. Aquí tenía un apoyo la patria, especialmente en los momentos difíciles de su historia.

He venido para deciros, por todo ello: «¡Que Dios os lo pague!». Aquí, juntamente con vosotros, quiero dar una vez más las gracias a la Virgen de Fátima, como hice en Fátima hace quince años, por el don de haberme salvado la vida. Totus tuus... A todos doy las gracias por este templo. Contiene vuestro amor a la Iglesia y al Papa. En cierto sentido, es la continuación de mi gratitud a Dios y a su Madre. Juntamente con vosotros me alegro mucho por este don.

Con palabras de profunda gratitud me dirijo también a todos mis compatriotas y a los fieles de la Iglesia, especialmente a los enfermos y a los que sufren, que piden por el Papa y ofrecen por él su cruz de cada día. El sufrimiento vivido con Cristo es el don más precioso y la ayuda más eficaz en el apostolado. «En el cuerpo de Cristo, que crece incesantemente desde la cruz del Redentor, precisamente el sufrimiento, penetrado por el espíritu del sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención » (Salvifici doloris, 27).

Agradeciendo el don de la oración y del sacrificio, dirijo una vez más a todos la cordial petición que hice el día de la inauguración de mi pontificado: «Orad por mí. Ayudadme, para que pueda prestaros mi servicio». Yo también rezo todos los días por vosotros.

4. Vuestro santuario en Krzeptówki está unido por estrechos vínculos espirituales con Fátima, en Portugal. Por este motivo aprecio tanto la presencia del obispo de Fátima en esta celebración. De ese santuario llegó también la estatua de la Virgen que veneráis. El mensaje de Fátima, que María transmitió al mundo por medio de tres niños pobres, consiste en la invitación a la conversión, a la oración, especialmente a la del rosario, y a la reparación por los propios pecados y por los de todos los hombres.

Ese mensaje brota del Evangelio, de las palabras que Cristo pronunció inmediatamente al inicio de su actividad pública: «Convertíos y creed en el Evangelio » (Mc 1, 15). Se orienta a la transformación interior del hombre, a la derrota del pecado en él, a la consolidación del bien y a la consecución de la santidad. Este mensaje está destinado, de modo particular, a los hombres de nuestro siglo, marcado por las guerras, el odio, la violación de los derechos fundamentales del hombre, el enorme sufrimiento de hombres y naciones, y, por último, la lucha contra Dios, llevada incluso hasta la negación de su existencia. El mensaje de Fátima infunde el amor del Corazón de la Madre, que siempre está abierto al hijo, nunca lo pierde de vista, siempre piensa en él, incluso cuando el hijo se aleja del camino recto y se transforma en «hijo pródigo» (cf. Lc 15, 11-32).

El Corazón inmaculado de María, que hoy recordamos en la liturgia de la Iglesia, se abrió hacia nosotros en el Calvario por las palabras que pronunció Jesús, mientras agonizaba: «"Mujer, he ahí a tu hijo". Luego dijo al discípulo: "He ahí a tu madre". Y desde ese momento el discípulo la acogió en su casa» (Jn 19, 26-27). Al pie de la cruz, María se convirtió en madre de todos los hombres redimidos por Cristo. Bajo su maternal protección acogió a Juan y acogió a todo hombre. Desde entonces la mayor solicitud de su Corazón inmaculado es la salvación eterna de todos los hombres.

Vuestro santuario, desde el inicio, anuncia el mensaje de Fátima y vive de él. Tenéis una devoción particular al Corazón inmaculado de María Virgen, hacéis la Cruzada del rosario de las familias; pedís en vuestra oración por los problemas más importantes de la Iglesia, del Papa, del mundo, de la patria, por las almas del purgatorio y por los que han abandonado el amor de Dios, rompiendo la alianza establecida con él en el bautismo. Rezad con perseverancia por la gracia de su conversión. Dirigíos con confianza a María, «Refugio de los pecadores», para que los defienda contra la obstinación en el pecado y contra la esclavitud de Satanás. Rezad con fe, para que los hombres conozcan y reconozcan «al único Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo» (cf. Jn 17, 3). En esta oración se expresa vuestro amor a los hombres, que desea el mayor bien a cada uno.

«En ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra— la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan» (Dives in misericordia, 15).

¡Madre, ruega! ¡Madre, implora! Oh María, Madre de Dios, ¡intercede por nosotros!

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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