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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

MISA DE CANONIZACIÓN DEL BEATO JUAN DE DUKLA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto de Krosno
Martes 10 de junio de 1997

 

1. «El espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha consagrado con la unción el Señor» (Is 61, 1).

Estas palabras del profeta Isaías, que nos presenta la primera lectura, fueron leídas por Jesús en la sinagoga de Nazaret al inicio de su actividad pública: «El espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha consagrado con la unción el Señor; para anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones desgarrados; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar el año de gracia del Señor» (Is 61, 1-2). Ese día, en la sinagoga, Jesús anunció su cumplimiento: el Espíritu Santo lo había consagrado con la unción precisamente a él, con vistas a su misión mesiánica. Pero esas palabras tienen un valor que se extiende también a todos los que están llamados e invitados por Dios a continuar la misión de Cristo. Por tanto, ciertamente, dichas palabras pueden referirse también a Juan de Dukla, que hoy tengo la oportunidad de incluir entre los santos de la Iglesia.

Doy gracias a Dios porque la canonización del beato Juan de Dukla puede realizarse en su patria. Su nombre y la gloria de su santidad han quedado unidos para siempre a Dukla, ciudad pequeña, aunque antigua, situada al pie del monte Cergowa y de la cadena del Besckid central. Conozco muy bien, desde hace mucho, estos montes y esta ciudad. Con frecuencia venía acá o iba hacia los Bieszczady, o, en dirección contraria, desde los Bieszczady, pasando el Beskid bajo, hasta Krynica. Pude conocer a la gente del lugar, amable y hospitalaria, aunque a veces extrañada ante la vista del grupo de jóvenes que paseaban por sus montes con pesadas mochilas. Me alegra haber tenido la oportunidad de volver acá, de haber podido proclamar santo de la Iglesia católica, en estos hermosos montes y al pie de este monte Cergowa, a vuestro compatriota y paisano.

Juan de Dukla es uno de los muchos santos y beatos que crecieron en tierra polaca durante los siglos XIV y XV. Todos estaban relacionados con la Cracovia real. Los atraía la facultad de teología de Cracovia, que surgió por obra de la reina Eduvigis hacia el final del siglo XIV. Animaban la ciudad universitaria con el ardor de su juventud y de su santidad, y desde allí se dirigían al este. Sus caminos llevaban ante todo a Lvov, como en el caso de Juan de Dukla, que pasó la mayor parte de su vida en esa gran ciudad, unida a Polonia por vínculos muy estrechos, especialmente desde los tiempos de Casimiro el Grande. San Juan de Dukla es el patrono de la ciudad de Lvov y de todo el territorio circundante.

Su nombre quedará para siempre unido no sólo a la ciudad donde se realiza su canonización, Krosno sobre el Wisłok, sino también a Przemyśl y a la archidiócesis de Przemyśl, a cuyo pastor, el arzobispo Józef Michalik, saludo cordialmente. Saludo asimismo a su predecesor, el arzobispo Ignacy Tokarczuk, cuyo nombre está relacionado de modo especial con la historia de la Iglesia contemporánea en Polonia. Ésta no puede olvidar su gran valentía durante el período de los gobiernos comunistas y, ante todo, la determinación que mostró en las luchas por la construcción de edificios sagrados necesarios para la Iglesia en Polonia. Me alegra poder encontrarme en esta ocasión, una vez más, con el querido arzobispo, con quien estaba tan unido en el período en que yo era metropolitano de Cracovia.

Saludo cordialmente a monseñor Bolesław, durante muchos años obispo auxiliar y hoy emérito, y al actual obispo auxiliar de Przemyśl, monseñor Stefan. Me complace la presencia del metropolitano Iwan Martyniak y de los obispos greco-católicos. De modo particular, me alegra la presencia entre nosotros del arzobispo Marian Jaworski de Lvov, ciudad en la que nació y creció, y adonde volvió como pastor de la Iglesia que renacía: Lvov, ciudad justamente llamada semper fidelis! Saludo a todos los obispos de las sedes metropolitanas de Przemyśl y Lvov, así como a los numerosos sacerdotes presentes, tanto diocesanos como religiosos, a las religiosas y a vosotros, queridos hermanos y hermanas que habitáis en esta tierra que me acogió tantas veces y que amo con todo mi corazón. Todos estamos contentos de la presencia de los obispos de la Iglesia oriental, tanto católica como ortodoxa, junto con sus sacerdotes, religiosos y fieles. Por último, nos complace la presencia de los huéspedes extranjeros que el arzobispo de Przemyśl ha saludado al inicio.

2. Mientras realizamos hoy la canonización de Juan de Dukla, debemos fijar nuestra mirada en la vocación de este hijo espiritual de san Francisco y en su misión en un marco histórico más amplio. Polonia ya había recibido el cristianismo cuatro siglos antes. Habían pasado casi cuatrocientos años desde que actuó en Polonia san Adalberto. Los siglos sucesivos habían quedado marcados por el martirio de san Estanislao, por el ulterior progreso de la evangelización y por el desarrollo de la Iglesia en nuestra tierra. En gran medida, todo ello estaba relacionado con la actividad de los benedictinos. En el siglo XIII llegaron a Polonia los hijos de san Francisco de Asís. El movimiento franciscano encontró en nuestra patria el terreno preparado. Fructificó también con gran número de beatos y santos, los cuales, siguiendo el ejemplo del Poverello de Asís, animaron el cristianismo polaco con el espíritu de pobreza y amor fraterno.

A la tradición de pobreza evangélica y de sencillez de vida unían el conocimiento y la sabiduría, lo cual a su vez influyó en el trabajo pastoral. Se puede decir que habían tomado en serio las palabras de la segunda carta a Timoteo, que hemos escuchado en la segunda lectura de hoy: «Te conjuro, en presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su Reino: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tm 4, 1-2). Esta sana doctrina, indispensable ya en tiempos de san Pablo, lo era también en el período en que vivió y actuó Juan de Dukla. También en ese tiempo había quienes no soportaban la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se hacían con un montón de maestros, apartaban los oí dos de la verdad y se volvían a las fábulas (cf. 2 Tm 4, 3-4).

Las mismas dificultades existen también hoy. Así pues, aceptemos las palabras de san Pablo como si nos las dirigiera a nosotros mediante la vida de san Juan de Dukla; como si nos las dirigiera a todos y a cada uno, en particular a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas: «Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio » (2 Tm 4, 5).

«Uno solo es vuestro Maestro, Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor, pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado » (Mt 23, 10-12). Precisamente ese fue el programa evangélico que san Juan de Dukla realizó en su vida. Es un programa cristocéntrico. Jesucristo era para él el único Maestro. Imitando sin reservas el ejemplo de su Maestro y Señor, por encima de todo deseaba servir. Aquí radica el evangelio de la sabiduría, del amor y de la paz. Él realizó este evangelio en toda su vida. Y hoy esta obra evangélica de Juan de Dukla ha alcanzado la gloria de los altares. En su tierra natal es proclamado santo de la Iglesia universal. Su canonización se encuentra en el camino por donde avanza toda la Iglesia, en el camino que lleva a la meta del segundo milenio del nacimiento de Cristo.

Junto con todos los que introducen a la Iglesia que está en Polonia en el tertio millennio adveniente; junto con san Adalberto, san Estanislao, santa Eduvigis, se presenta también él, san Juan de Dukla. Y su canonización constituye una nueva riqueza de la Iglesia en nuestra patria. Tal vez es un complemento especial de los votos que Juan Casimiro pronunció un día ante la Virgen de las Gracias en la catedral de Lvov.

3. Queridos hermanos y hermanas, en este lugar, desde donde se ven los campos verdes de trigo, que dentro de poco, al dorarse, comenzarán a invitar al agricultor al duro trabajo «para ganarse el pan», deseo recordar las palabras que pronunció el rey Juan Casimiro en aquel histórico día ante el trono de la Virgen de las Gracias en la catedral de Lvov. Expresaban una gran solicitud por toda la nación, el deseo de justicia y la voluntad de suprimir los gravámenes que pesaban sobre sus súbditos, especialmente sobre los campesinos.

Hoy, durante la canonización de Juan de Dukla, hijo de esta región, deseo rendir homenaje al trabajo del agricultor. Me inclino con respeto sobre esta tierra de los Bieszczady, que en la historia experimentó muchos sufrimientos entre guerras y conflictos, y hoy afronta nue vas dificultades, especialmente la falta de trabajo.

Deseo rendir homenaje al amor del agricultor a la tierra, porque siempre ha constituido un firme apoyo de la identidad de la nación. En los momentos de grandes peligros, en los momentos más dramáticos de la historia de la nación, este amor y este apego a la tierra resultaron sumamente importantes en la lucha por la supervivencia. Hoy, en tiempos de grandes transformaciones, no debe olvidarse. Rindo hoy homenaje a las manos del pueblo polaco, que trabajan la tierra, a esas manos que de la difícil y dura tierra extraen pan para el país, y en los momentos de peligro están dispuestas a protegerlo y defenderlo.

Permaneced fieles a las tradiciones de vuestros antepasados. Ellos, alzando los ojos de la tierra, abarcaban con su mirada el horizonte, donde el cielo se une a la tierra, y elevaban al Cielo la oración por una buena cosecha, por la semilla, por el sembrador y por el trigo, para el pan. Comenzaban en el nombre de Dios cada día y cada trabajo, y con Dios terminaban su obra de agricultores. Permaneced fieles a esta antiquísima tradición, que expresa la verdad más profunda sobre el sentido y sobre la fecundidad de vuestro trabajo.

Así os asemejaréis al sembrador del Evangelio. Respetad toda semilla de trigo que encierra en sí la admirable potencia de la vida. Respetad también la semilla de la Palabra de Dios. Que nunca desaparezca de los labios del agricultor polaco el hermoso saludo: «Dios te sea propicio» y «Alabado sea Jesucristo». Saludaos con esas palabras, transmitiéndoos así los buenos deseos. Expresan vuestra dignidad cristiana. No permitáis que os la quiten. Están intentando hacerlo. El mundo está lleno de peligros. A través de los medios de comunicación social ciertos mensajes llegan también al campo polaco. Cread una cultura del campo en la que, junto con las nuevas dimensiones que traen los tiempos, permanezca, como ante un buen amo, el espacio para las cosas antiguas, santificadas por la tradición, confirmadas por la verdad de los siglos.

Abrazando con mi corazón esta tierra, deseo expresaros también mi aprecio por los sacrificios que hacéis para construir los edificios sagrados. A menudo con vuestro duro trabajo del campo habéis ganado el óbolo de la viuda, gracias al cual Cristo puede tener un lugar en este rincón de Polonia. Que Dios os recompense por estos hermosos templos, fruto del trabajo de vuestras manos y de vuestra fe. ¡Cuán profunda fe! «Cantaré eternamente las misericordias del Señor!» (Sal 88, 2), acabamos de proclamar en el estribillo del salmo responsorial. Vosotros habéis edificado estos nuevos templos para que vosotros mismos y las generaciones futuras tengan dónde cantar las alabanzas del Señor.

Es preciso agarrarse firmemente a Cristo, el buen Sembrador, y seguir su voz por el camino que nos señala. Y esos caminos incluyen diferentes iniciativas, que en Polonia son cada vez más numerosas. Sé que se está poniendo mucho empeño en la promoción de los grupos e instituciones caritativas, que dan testimonio de solidaridad con los que necesitan ayuda en este país y fuera de sus fronteras. Nosotros mismos hemos experimentado esa ayuda en los años difíciles: ahora debemos pagar con nuestra ayuda, recordando la que nos prestaron. Hoy nuestra patria tiene necesidad del laicado católico, del pueblo de Dios, que Cristo y la Iglesia esperan. Hacen falta laicos que comprendan la necesidad de una formación constante de la fe.

¡Cuán oportunamente se ha restablecido, en la Iglesia que está en Polonia, la Acción católica! En vuestra archidiócesis, al igual que en otras diócesis, se está convirtiendo, junto con otros movimientos y comunidades de oración, en escuela de fe. Avanzad con valentía por ese camino, recordando que cuanto mayor sea vuestro compromiso en favor de la nueva evangelización y en la vida social, tanto mayor será la exigencia de auténtica espiritualidad, de la íntima relación con Cristo y con la Iglesia que se alimenta en la oración y en la reflexión sobre la palabra de Dios. Es una unión que, con la gracia de Dios, debe penetrar todo impulso del corazón, hasta la santidad.

4. Queridos hermanos y hermanas, la tierra en que nos encontramos está impregnada y rebosante de la santidad de Juan de Dukla. Este santo religioso no sólo hizo famosa esta hermosa tierra de Bieszczady, sino que ante todo la santificó. Sois los herederos de esta santidad. Al pisar esta tierra, seguís sus huellas. Aquí todos percibimos de modo misterioso «la riqueza de la gloria que Jesucristo otorga en herencia a los santos» (cf. Ef 1, 18). En efecto, esta tierra ha dado muchos testigos auténticos de Jesucristo, personas que han puesto toda su confianza en Dios y han dedicado su vida al anuncio del Evangelio. Seguid sus huellas. Fijad vuestra mirada en su vida. Imitad sus obras, «para que todo el mundo vea vuestras buenas obras y glorifique al Padre que está en los cielos » (Mt 5, 16). Que la fe sembrada por san Juan en el corazón de vuestros antepasados crezca como un árbol de santidad y «dé mucho fruto y que este fruto dure» (cf. Jn 15, 5).

Que en este camino os acompañe la Madre de Cristo, venerada en numerosos santuarios de esta tierra. Dentro de poco colocaré la corona sobre las imágenes de la Virgen de Haczów, de Jaśliska y de Wielkie Oczy. Que este acto sea expresión de nuestra veneración a María y de la esperanza de que, con su intercesión, nos ayude a cumplir hasta el final la voluntad de Dios. En el período del milenio del bautismo aprendimos a cantar: «María, Reina de Polonia, estoy ceca de ti, me acuerdo de ti, velo» (Llamamiento de Jasna Góra). Nos alegramos de que, juntamente con nosotros, velan todos los santos patronos de Polonia. Nos alegramos y oramos por la nación polaca y por la Iglesia en nuestra tierra: tertio millennio adveniente.

«Desde hace mucho tiempo, María, eres reina de Polonia... Toma bajo tu protección a toda la nación, que vive para tu gloria». Amén.

 

© Copyright 1997 - Libreria Editrice Vaticana

 

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