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SANTA MISA EN LOS JARDINES VATICANOS
PARA EL SEMINARIO ROMANO MAYOR
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Domingo 15 de junio de 1997
1. «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en
la tierra» (Mc 4, 26). La palabra «seminario» hace referencia a estas
palabras de Cristo. El término latino seminarium proviene de semen,
la semilla. Jesús, a propósito de la semilla arrojada a la tierra, dice que
brota y crece, tanto cuando el hombre vela como cuando duerme: brota y crece de
noche y de día. «La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los
tallos, luego la espiga, después el grano» (Mc 4, 28).
La analogía con la vocación sacerdotal se impone por sí misma.
Es como la semilla de Dios, arrojada en la tierra del alma humana, que crece con
una dinámica propia. Pero la semilla, para que crezca, debe ser cultivada. El
hombre debe sembrar, y también velar para que se desarrolle la semilla: Es
preciso impedir que las fuerzas contrarias, personas malignas o calamidades
naturales, destruyan las plantitas que están creciendo. Y cuando han madurado,
el hombre debe tomar la hoz, como afirma Cristo, pues el campo está listo para
la siega (cf. Mc 4, 29).
En otra circunstancia Jesús afirma: «La mies es mucha y los
obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt
9, 37-38). También estas palabras hacen referencia al seminario, lugar donde se
forman los obreros para la gran mies del reino de Dios, que se extiende a todos
los países y continentes. Es conveniente que, al final del curso volvamos a
escuchar hoy esta parábola de Cristo.
2. El Evangelio que acabamos de proclamar presenta también otra
comparación, importante para vosotros que estáis a punto de concluir el año de
formación en el seminario. Cristo pregunta: «¿Con qué podemos comparar el reino
de Dios? ¿Qué parábola usaremos?» (Mc 4, 30). Y responde: «Con un grano
de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después,
brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes, que
los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas» (Mc 4, 31-32).
Son palabras que hacen referencia al libro de Ezequiel, del que
está tomada la primera lectura. Los dos textos hablan de lo mismo: el desarrollo
del reino de Dios en la historia del mundo. Y, según otra analogía, hablan
también del desarrollo de la vocación sacerdotal en cada alma juvenil.
Precisamente esta es la misión del seminario. Al final del año seminarístico,
tenemos ocasión de analizar el gran trabajo realizado en estos meses por el
Espíritu Santo en el alma de cada uno de los llamados.
Muchos, comenzando por los interesados, han colaborado con el
Espíritu Santo, para que la semilla divina de la vocación pudiera madurar,
favoreciendo el crecimiento del reino de Dios en el mundo. De este modo la
Iglesia se consolida en el mundo, a semejanza del gran árbol de la parábola,
cuyas ramas dan abrigo a las aves del cielo y al hombre cansado.
Esta parábola nos invita a considerar el trabajo anual del
Seminario romano en la perspectiva misionera del crecimiento de ese árbol
divino, que se desarrolla y se extiende progresivamente hasta abarcar a todos
los países del mundo. Desde este punto de vista, el seminario de Roma desempeña
un papel muy significativo, pues Roma, sede del Sucesor de Pedro, es el centro
propulsor de la acción misionera en todos los lugares del mundo.
3. También san Pablo, en la lectura tomada de la carta a los
Corintios, que acabamos de proclamar, nos brinda la oportunidad de ahondar en el
tema de la formación sacerdotal. El Apóstol escribe: «Caminamos en la fe y no en
la visión...» (2 Co 5, 7). Y añade: «Estamos llenos de buen ánimo y
preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor» (2 Co 5, 8).
¿Qué es la formación en el seminario, la instrucción y la educación que en él se
reciben, sino una introducción a las virtudes teologales, que constituyen el
fundamento de la vida cristiana y, en particular, de la vida sacerdotal? La
mayor de ellas es la caridad (cf. 1 Co 13, 13). ¿No alude a la
caridad el Apóstol, cuando dice: «Por lo cual, en destierro o en patria, nos
esforzamos por agradarle»? (2 Co 5, 9).
Al final del año académico, el Apóstol parece plantearos a cada
uno de vosotros, queridos jóvenes, estas preguntas: ¿Cuánto ha contribuido este
año al desarrollo de la fe, la esperanza y la caridad? ¿Cuánto ha contribuido a
la profundización de los dones del Espíritu Santo, la sabiduría, la
inteligencia, el consejo, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el amor de Dios?
¿Cuánto ha arraigado este organismo divino en nuestro organismo espiritual, en
las fuerzas cognoscitivas del entendimiento y en las aspiraciones de nuestra
voluntad?
«Porque todos tendréis que comparecer ante el tribunal de
Cristo, para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos
este cuerpo» (2 Co 5, 10). El examen de conciencia de cada día y de cada
año debe realizarse en esta perspectiva escatológica. Es preciso pedir perdón
por todas nuestras negligencias, pero sobre todo es necesario dar gracias. A
esto nos invita también la liturgia de hoy con las palabras del Salmo: «Es bueno
dar gracias al Señor y cantar para tu nombre, oh Altísimo» (Sal 92, 2).
Cantar y dar gracias por todo lo que, con la gracia de Dios y nuestra
colaboración, ha sido fruto de este año de seminario.
Hoy nos encontramos en la colina del Vaticano, en la gruta de la
Virgen de Lourdes. Resuenan en nuestro espíritu las palabras del Salmo:
«El justo crecerá como palmera, se alzará como cedro del
Líbano; plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de
nuestro Dios» (Sal 92, 13-14).
Ojalá que estos versículos nos ayuden a meditar en nuestra
vocación al servicio del Evangelio.
Que nos acompañen y nos sirvan de apoyo los santos apóstoles
Pedro y Pablo, y todos los santos y beatos de la Iglesia que está en Roma,
luminosos ejemplos que nos han precedido en el camino del seguimiento fiel de
Cristo, en el esfuerzo diario por construir el reino de Dios.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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