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SANTA MISA DE NOCHEBUENA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II
Basílica de San Pedro Miércoles 24 de
diciembre de 1997
1. «Os anuncio una gran alegría
(...): hoy os ha nacido (...) un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,
10-11).
¡Hoy! Este «hoy» que resuena en la liturgia no se refiere sólo al
acontecimiento que tuvo lugar hace ya casi dos mil años y que cambió la historia
del mundo. Tiene que ver también con esta Noche santa, en la que nos hemos
congregado aquí, en la basílica de San Pedro, unidos espiritualmente a cuantos,
en todos los rincones de la tierra, celebran la solemnidad de la Navidad.
Incluso en los lugares más apartados de los cinco continentes resuenan, en esta
noche, las palabras de los ángeles que escucharon los pastores de Belén: «Os
anuncio una gran alegría (...): hoy os ha nacido (...) un Salvador, el Mesías,
el Señor» (Lc 2, 10-11).
Jesús nació en un establo, como cuenta el
evangelio de san Lucas, «porque no había sitio para ellos en la posada » (Lc
2, 7). María, su Madre, y José no encontraron alojamiento en ninguna casa de
Belén. María depositó al Salvador del mundo en un pesebre, única cuna disponible
para el Hijo de Dios hecho hombre. Esta es la realidad de la Navidad del Señor.
La recordamos cada año: de ese modo la descubrimos de nuevo, la vivimos cada vez
con el mismo asombro.
2. ¡El nacimiento del Mesías! Es el acontecimiento central
de la historia de la humanidad. Lo esperaba con oscuro presentimiento todo el
género humano; lo esperaba con conciencia explícita el pueblo elegido.
Testigo
privilegiado de esa espera, durante el tiempo litúrgico del Adviento y también
en esta solemne vigilia, es el profeta Isaías, que, desde la lejanía de los
siglos, fija la mirada inspirada en esta única, futura, noche de Belén. Él, que
vivió muchos siglos antes, habla de este acontecimiento y de su misterio como si
fuese testigo ocular: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado»; «Puer
natus est nobis, Filius datus est nobis» (Is 9, 5).
Este es el
acontecimiento histórico cargado de misterio: nace un tierno niño, plenamente
humano, pero que es al mismo tiempo el Hijo unigénito del Padre. Es el Hijo no
creado, sino engendrado eternamente. Hijo de la misma naturaleza que el Padre,
«Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero ». Es la Palabra,
«por medio de la cual fueron creadas todas las cosas».
Proclamaremos estas
verdades dentro de poco en el Credo y añadiremos: «Por nosotros los
hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo,
se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre». Profesando con toda la
Iglesia nuestra fe, también en esta noche reconoceremos la gracia sorprendente
que nos concede la misericordia del Señor.
Israel, el pueblo de Dios de la
antigua Alianza, fue elegido para traer al mundo, como «renuevo de la estirpe de
David », al Mesías, al Salvador y Redentor de toda la humanidad. Junto con un
miembro insigne de ese pueblo, el profeta Isaías, dirijámonos, pues, hacia Belén
con la mirada de la espera mesiánica. A la luz divina podemos entrever cómo
se está cumpliendo la antigua Alianza y cómo, con el nacimiento de Cristo,
se revela una Alianza nueva y eterna.
3. De esta Alianza nueva habla san
Pablo en el pasaje de la carta a Tito que acabamos de escuchar: «Ha aparecido la
gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2, 11).
Precisamente esta gracia permite a la humanidad vivir «aguardando la dicha que
esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro: Jesucristo »,
que «se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad, y para
prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras» (Tt 2, 14).
A nosotros, queridísimos hermanos y hermanas, se dirige hoy este mensaje de
gracia. Por tanto, escuchad. A todos los «que Dios ama», a los que acogen la
invitación a orar y velar en esta santa Noche de Navidad, repito con alegría: Se
ha manifestado el amor que Dios nos tiene. Su amor es gracia y fidelidad,
misericordia y verdad. Es él quien, librándonos de las tinieblas del pecado y de
la muerte, se ha convertido en firme e indestructible fundamento de la esperanza
de cada ser humano.
El canto litúrgico lo repite con alegre insistencia: ¡Venid,
adoremos! Venid de todas las partes del mundo a contemplar lo que ha sucedido en
el portal de Belén. Nos ha nacido el Redentor y esto constituye hoy, para
nosotros y para todos, un don de salvación.
4. ¡Qué insondable es la profundidad
del misterio de la Encarnación! Muy rica es, por ello, la liturgia de la Navidad
del Señor: en las misas de medianoche, de la aurora y del día los diversos
textos litúrgicos iluminan sucesivamente este gran acontecimiento que el Señor
quiere dar a conocer a los que lo esperan y lo buscan (cf. Lc 2, 15).
En
el misterio de la Navidad se manifiesta en plenitud la verdad de su designio
de salvación sobre el hombre y sobre el mundo. No sólo el hombre es salvado,
sino toda la creación, a la que se invita a cantar al Señor un cántico nuevo y a
alegrarse con todas las naciones de la tierra (cf. Sal 96).
Precisamente
este cántico de alabanza ha resonado con solemne grandeza sobre el pobre establo
de Belén. Leemos en san Lucas que las milicias celestiales alababan a Dios
diciendo: «Gloria Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el
Señor» (Lc 2, 14).
En Dios está la plenitud de la gloria. En esta noche
la gloria de Dios se convierte en patrimonio de toda la creación y, de un modo
particular, del hombre. Sí, el Hijo eterno, Aquel que es la eterna complacencia
del Padre se ha hecho hombre, y su nacimiento terreno, en la noche de Belén,
testimonia de una vez para siempre que en él cada hombre está comprendido en
el misterio de la predilección divina, que es la fuente de la paz definitiva.
«Paz a los hombres que ama el Señor
». Sí, paz para toda la humanidad. Esta es mi felicitación navideña. Queridos
hermanos y hermanas, durante esta noche y a lo largo de toda la octava de
Navidad imploremos del Señor esta gracia tan necesaria. Pidamos para que toda la
humanidad sepa reconocer en el Hijo de María, nacido en Belén, al Redentor del
mundo, que trae como don el amor y la paz.
Amén.
© Copyright 1997 - Libreria
Editrice Vaticana
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