1. Cada año esta Basílica de san Juan de Letrán acoge a la
asamblea reunida para el solemne Memorial de la Última Cena.
Acuden fieles de Roma y de todo el mundo para renovar el
recuerdo de aquel acontecimiento que se realizó un jueves de hace muchos años en
el Cenáculo, y que la liturgia conmemora como siempre actual en el día de hoy.
Lo prolonga como Sacramento del Altar, Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de
Cristo. Lo prolonga como Eucaristía.
Estamos convocados para repetir ante todo el gesto que Cristo
hizo al comienzo de la Última Cena, esto es, el lavatorio de los pies. El
Evangelio de Juan presenta a nuestra consideración la resistencia de Pedro ante
la humillación del Maestro y la enseñanza con la que Jesús ha comentado su
propio gesto: "Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien,
porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también
vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo
que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn 13, 13-15).
En la hora del banquete eucarístico, Cristo afirma la
necesidad del servicio. "El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan,
sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10, 45).
Estamos, pues, convocados para expresar de nuevo la memoria viva
del mayor de los mandamientos, el mandamiento del amor: "Nadie tiene amor más
grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13). El gesto de
Cristo lo representa en vivo ante la mirada de los Apóstoles: "Había llegado la
hora de pasar de este mundo al Padre"; la hora del sumo amor: "Habiendo amado a
los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).
2. Todo esto culmina en la Última Cena, en el Cenáculo de
Jerusalén. Estamos convocados para revivir este acontecimiento, la
institución del Sacramento admirable, del que la Iglesia vive incesantemente,
del Sacramento que constituye la Iglesia en su realidad más auténtica y
profunda. No hay Eucaristía sin Iglesia, pero, antes aún, no hay Iglesia sin
Eucaristía.
Eucaristía quiere decir acción de gracias. Por esto hemos
rezado con el salmo responsorial: "¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha
hecho? (Sal 115, 12). Presentamos sobre el altar las ofrendas del pan y
del vino, como incesante acción de gracias por todos los bienes que recibimos de
Dios, por los bienes de la creación y de la redención. La redención se ha
realizado mediante el Sacrificio de Cristo. La Iglesia, que anuncia la redención
y vive de la redención, ha de continuar haciendo presente sacramentalmente este
Sacrificio, del cual debe sacar fuerza para ser ella misma.
3. La celebración eucarística in Cena Domini nos lo
recuerda con singular elocuencia. La primera lectura, del libro del Éxodo, evoca
el momento de la historia del pueblo de la Antigua Alianza en el que con más
fuerza ha estado prefigurado el misterio de la Eucaristía: se trata de la
institución de la Pascua. El pueblo debía ser liberado de la esclavitud de
Egipto, debía dejar la tierra de esclavitud y el precio de este rescate era la
sangre del cordero.
Aquel cordero de la Antigua Alianza ha encontrado plenitud de
significado en la Nueva Alianza. Esto se ha realizado también mediante el
ministerio profético de Juan Bautista, quien, al ver a Jesús de Nazaret que
venía al río Jordán para recibir el bautismo, exclamó: "Este es el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).
No es casual que estas palabras se hayan colocado en el centro
de la liturgia eucarística. Nos lo recuerdan las lecturas de la santa Misa de la
Cena del Señor para indicar que con este vivo Memorial entramos en la hora de
la Pasión de Cristo. Precisamente en esta hora será desvelado el misterio
del Cordero de Dios. Las palabras pronunciadas por el Bautista junto al
Jordán se cumplirán así claramente. Cristo será crucificado. Como Hijo de Dios
aceptará la muerte para liberar al mundo del pecado.
Abramos nuestros corazones, participemos con fe en este gran
misterio y aclamemos junto con toda la Iglesia convocada en asamblea
eucarística: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor
Jesús!"