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 HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA DE FUNERAL EN SUFRAGIO
DEL CARDENAL EDUARDO FRANCISCO PIRONIO

Sábado 7 de febrero de 1998

 

1. «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día» (Jn 6, 40).

La promesa de Cristo, que acabamos de escuchar en el evangelio, abre nuestro corazón a la esperanza: él, que es el Señor de la vida, vino para que «no se perdiera ninguno de los que le había confiado el Padre». Ante la muerte, el ser humano siente precisamente ese miedo, el miedo de perderse. Su corazón vacila; todas sus certezas le parecen precarias; y la oscuridad de lo desconocido lo lleva al desconcierto.

La palabra de Cristo se convierte, entonces, en la única clave para resolver el enigma de la muerte. Es la luz que ilumina el camino de la vida y da valor a cada uno de sus instantes: incluso al dolor, al sufrimiento y a la separación definitiva. «Todo el que vea al Hijo y crea en él, tiene la vida eterna», afirma Jesús. Creer en él es fiarse de su palabra, contando sólo con el poder de su amor misericordioso.

Estas consideraciones, amadísimos hermanos y hermanas, surgen espontáneas en nuestro corazón, mientras nos encontramos reunidos en oración ante los restos mortales de nuestro hermano, el querido cardenal Eduardo Francisco Pironio, a quien hoy acompañamos a su última morada. Fue testigo de la fe valiente que sabe fiarse de Dios, incluso cuando, en los designios misteriosos de su Providencia, permite la prueba.

2. Sí, este venerado hermano nuestro creyó con fe inquebrantable en las promesas del Redentor. Con estas palabras comienza su Testamento espiritual: «Fui bautizado en el nombre de la Trinidad santísima; creí firmemente en ella, por la misericordia de Dios; gusté su presencia amorosa en la pequeñez de mi alma (...). Ahora entro "en la alegría de mi Señor", en la contemplación directa, "cara a cara", de la Trinidad. Hasta ahora "peregriné lejos del Señor". Ahora "lo veo tal cual él es". Soy feliz. ¡Magnificat! ».

Aprendió su fe en las rodillas de su madre, mujer de formación cristiana sólida, aunque sencilla, que supo imprimir en el corazón de sus hijos el genuino sentido evangélico de la vida. «En la historia de mi familia —dijo en cierta ocasión el recordado cardenal— hay algo de milagroso. Cuando nació su primer hijo, mi madre tan sólo tenía 18 años y se enfermó gravemente. Cuando se recuperó, los médicos le dijeron que no podría tener más hijos, pues, de lo contrario, su vida correría un grave riesgo. Fue entonces a consultar al obispo auxiliar de La Plata, que le dijo: "Los médicos pueden equivocarse. Usted póngase en las manos de Dios y cumpla sus deberes de esposa". Mi madre desde entonces dio a luz a otros 21 hijos —yo soy el último—, y vivió hasta los 82 años. Pero lo mejor no acaba aquí, pues después fui nombrado obispo auxiliar de La Plata, precisamente en el cargo de aquel que había bendecido a mi madre. El día de mi ordenación episcopal —prosigue el cardenal Pironio— el arzobispo me regaló la cruz pectoral de aquel obispo, sin saber la historia que había detrás. Cuando le revelé que debía la vida al propietario de aquella cruz, lloró».

He querido referir este episodio, narrado por el mismo cardenal, porque pone de manifiesto las razones que sostuvieron su camino de fe. Su existencia fue un cántico de fe al Dios de la vida. Lo dice él mismo en su Testamento espiritual: «¡Qué lindo es vivir! Tú nos hiciste, Señor, para la vida. La amo, la ofrezco, la espero. Tú eres la vida, como fuiste siempre mi verdad y mi camino! ».

3. Acabamos de escuchar las palabras de la carta de san Pedro: «Rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, (...) se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la revelación de Jesucristo» (1 P 1, 6-7). Esas palabras reflejan muy bien el ministerio sacerdotal del cardenal Pironio. Dio testimonio de su fe en la alegría: alegría de ser sacerdote y deseo constante de «transmitirla a los jóvenes de hoy, como mi mejor testamento y herencia», como él mismo dejó escrito. Alegría de servir al Evangelio, en los diversos y arduos encargos que se le confiaron.

Nació el 3 de diciembre de 1920. Fue ordenado sacerdote en la basílica de Nuestra Señora de Luján, el 5 de diciembre de 1943. En los primeros años de su ministerio realizó una intensa actividad educativa y didáctica en el seminario de Buenos Aires. Durante el concilio ecuménico Vaticano II fue invitado a intervenir en los trabajos como perito conciliar. En 1964 Pablo VI lo nombró obispo auxiliar del arzobispo de La Plata, y luego administrador apostólico de Avellaneda; fue secretario general, y después presidente, del Celam. Sucesivamente fue promovido a la sede de Mar del Plata. Pablo VI lo escogió como colaborador, encomendándole la Congregación para los religiosos e institutos seculares, y en 1976 lo elevó a la dignidad cardenalicia. Yo mismo, el 8 de abril de 1984, lo llamé a dirigir el Consejo pontificio para los laicos, donde estuvo hasta el 20 de agosto de 1996, trabajando siempre con juvenil entusiasmo y profunda competencia.

4. Así, su servicio a la Iglesia fue asumiendo, poco a poco, una dimensión cada vez más amplia y universal: primero una diócesis en Argentina; luego, el continente latinoamericano; y, sucesivamente, llamado a la Curia romana, toda la comunidad católica. Aquí en Roma prosiguió con su estilo pastoral de siempre, manifestando un notable amor a la vida consagrada y a los laicos, en particular a los jóvenes. En su Testamento espiritual escribió: «¡Cómo los quiero a los religiosos y religiosas, y a todos los laicos consagrados en el mundo! ¡Cómo pido a María santísima por ellos! ¡Cómo ofrezco hoy con alegría mi vida por su fidelidad! (...) Los quiero enormemente, los abrazo y los bendigo». Y añade: «Doy gracias a Dios por haber podido gastar mis pobres fuerzas y talentos en la entrega a los queridos laicos, cuya amistad y testimonio me han enriquecido espiritualmente».

¿Cómo olvidar la gran aportación que dio a las celebraciones de las Jornadas mundiales de la juventud? Quisiera dar gracias públicamente aquí a este hermano nuestro, que me prestó una gran ayuda en el ejercicio de mi ministerio petrino.

5. Su incesante cooperación se hizo aún más apostólica en sus últimos años, marcados por la enfermedad. El apóstol Pedro nos acaba de hablar de «la calidad probada de la fe, más preciosa que el oro», y nos ha recordado que no debemos sorprendernos de que nos venga la prueba, pues ese metal, «a pesar de ser perecedero, es probado por el fuego » (cf. 1 P 1, 7). La fe del cardenal Pironio fue probada duramente en el crisol del sufrimiento. Debilitado en su cuerpo por una grave enfermedad, supo aceptar con resignación y paciencia la dura prueba que se le pedía. Sobre esta experiencia dejó escrito: «Agradezco al Señor el privilegio de su cruz. Me siento felicísimo de haber sufrido mucho. Sólo me duele no haber sufrido bien y no haber saboreado siempre en silencio mi cruz. Deseo que, al menos ahora, mi cruz comience a ser luminosa y fecunda».

Ya en el ocaso de su vida, supo encontrar en la fe el optimismo y la esperanza que caracterizaron toda su existencia. «Todas las cosas (...) son tuyas, Señor que amas la vida» (Sb 11, 26), solía repetir, y su lema cardenalicio constituía una especie de confirmación: «Cristo en vosotros, esperanza de la gloria».

6. Al encomendar a la misericordia del Señor el alma elegida de este amadísimo hermano, hagamos nuestras las palabras del libro de la Sabiduría, que hemos escuchado: Tú, Señor, «disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan» (Sb 11, 23).

El cardenal Pironio tenía un vivo sentido de la fragilidad humana: en su Testamento espiritual, que nos ha servido de guía en estas reflexiones, varias veces pide perdón. Lo pide con humildad, con confianza. Ante la santidad de Dios, toda criatura humana no puede menos de darse golpes de pecho y confesar: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes» (Sb 11, 23).

Lo acompañamos con la oración, ahora que entra en la casa del Padre. Lo encomendamos a María, Madre de la esperanza y de la alegría, hacia la cual profesó una gran devoción. Al concluir sus días, cuando ya era tiempo de recoger las velas para su último viaje, escribió en su Testamento: «Los abrazo y bendigo con toda mi alma por última vez en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Los dejo en el corazón de María, la Virgen pobre, contemplativa y fiel. ¡Ave María! A ella le pido: "Al final de este destierro, muéstranos el fruto de tu vientre, Jesús"».

Que la Madre de Dios lo acoja en sus brazos y lo introduzca en la morada eterna que el Señor prepara para sus siervos fieles.

Y tú, querido hermano, descansa en paz. Amén.

 

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