1. «Yo, Juan, vi (...) la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que
descendía del cielo, enviada por Dios» (Ap 21, 1-2).
La espléndida visión de la Jerusalén celestial, que la liturgia
de la Palabra nos vuelve a proponer hoy, concluye el libro del Apocalipsis
y toda la serie de los libros sagrados que componen la Biblia. Con esta
grandiosa descripción de la ciudad de Dios, el autor del Apocalipsis
indica la derrota definitiva del mal y la realización de la comunión perfecta
entre Dios y los hombres. La historia de la salvación, desde el comienzo, tiende
precisamente hacia esa meta final.
Ante la comunidad de los creyentes, llamados a anunciar el
Evangelio y a testimoniar su fidelidad a Cristo aun en medio de pruebas de
diversos tipos, brilla la meta suprema: la Jerusalén celestial. Todos nos
encaminamos hacia esa meta, en la que ya nos han precedido los santos y los
mártires a lo largo de los siglos. En nuestra peregrinación terrena, estos
hermanos y hermanas nuestros, que han pasado victoriosos por la «gran
tribulación», nos brindan su ejemplo, su estímulo y su aliento. La Iglesia, «que
prosigue su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los
consuelos de Dios» (san Agustín, De civitate Dei, XVIII, 51, 2), se
siente sostenida y animada por el ejemplo y la comunión de la Iglesia celestial.
2. En el glorioso ejército de los santos y los beatos, que gozan
de la visión de Dios, contemplamos de modo particular a nuestros ilustres
hermanos y hermanas en la fe que hoy tengo la alegría de elevar al honor de los
altares. Son: Rita Dolores Pujalte Sánchez y Francisca del Sagrado Corazón de
Jesús Aldea Araujo; María Gabriela Hinojosa y seis compañeras; María Sagrario de
San Luis Gonzaga Elvira Moragas Cantarero; Nimatullah Al-Hardini Youssef Kassab;
y María Maravillas de Jesús Pidal y Chico de Guzmán.
Con experiencias muy diversas y en ambientes muy diferentes,
vivieron de modo heroico una perfecta adhesión a Cristo y una ardiente caridad
con el próximo.
3. Al beatificar al padre Nimatullah Kassab Al-Hardini, monje
libanés maronita, quisiera ante todo dar gracias por mi viaje al país de los
cedros, hace exactamente un año. Hoy es una nueva fiesta para los libaneses de
todo el mundo, puesto que se propone como modelo de santidad a uno de sus
hermanos. A lo largo de su vida monástica, el nuevo beato encarnó de buen grado
las palabras de los discípulos de Cristo que hemos escuchado en la lectura del
libro de los Hechos de los Apóstoles: «Hay que pasar muchas pruebas para
entrar en el reino de Dios» (Hch 14, 22).
Esta misma lectura nos muestra también los diferentes aspectos
de la misi ón: la oración, el ayuno y el anuncio del Evangelio. Por su ascesis
rigurosa, sus largas oraciones ante el santísimo Sacramento, su esmero en la
investigación teológica y su atención misericordiosa a sus hermanos, el beato
Al-Hardini es un ejemplo de vida cristiana y de vida monástica para la comunidad
maronita y para todos los discípulos de Cristo en nuestro tiempo. Como recordé
en la exhortación apostólica postsinodal Una esperanza para el Líbano,
refiriéndome a san Basilio: «una vida moral y una vida ascética acordes con el
compromiso asumido invitan a la reconciliación entre las personas» (n. 53). El
nuevo beato es un signo de esperanza para todos los libaneses, en particular
para las familias y los jóvenes. Al ser hombre de oración, invita a sus hermanos
a tener confianza en Dios y a comprometerse con todas sus fuerzas en el
seguimiento de Cristo, para construir un futuro mejor. Ojalá que Líbano siga
siendo una tierra de testigos y santos, y se convierta cada vez más en una
tierra de paz y fraternidad.
4. Hemos escuchado en el evangelio proclamado en esta
celebración: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os
he amado » (Jn 13, 34). La madre Rita Dolores Pujalte y la
madre Francisca Aldea, que hoy suben a la gloria de los altares, siguieron
fielmente a Jesús, amando como él hasta el final y sufriendo la muerte por la
fe, en julio de 1936. Pertenecían a la comunidad del Colegio de Santa Susana, de
Madrid, de las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón, que habían
decidido permanecer en su puesto a pesar de la persecución religiosa desatada en
aquel tiempo, para no abandonar a las huérfanas que allí atendían. Este acto
heroico de amor y de entrega desinteresada por los hermanos costó la vida a la
madre Rita y a la madre Francisca que, aun siendo enfermas y ancianas, fueron
apresadas y abatidas a tiros.
El supremo mandamiento del Señor había arraigado profundamente
en ellas durante los años de su consagración religiosa, vividos en fidelidad al
carisma de la congregación. Creciendo en el amor por los necesitados, que no se
arredra ante los peligros ni rehúye el derramamiento de la propia sangre si
fuera preciso, alcanzaron el martirio. Su ejemplo es una llamada a todos los
cristianos a amar como Cristo ama, aun en medio de las más grandes dificultades.
5. «La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será
que os amáis unos a otros». ¡Qué bien se pueden aplicar estas palabras del
evangelio de hoy a la hermana Gabriela Hinojosa y sus seis compañeras,
mártires salesas en Madrid, también en 1936! La obediencia y la vida fraterna en
comunidad son elementos fundamentales de la vida consagrada. Así lo entendieron
ellas, que por obediencia permanecieron en Madrid a pesar de la persecución,
para seguir, aunque fuera desde un lugar cercano, la suerte del monasterio.
Así, sostenidas por el silencio, la oración y el sacrificio, se
fueron preparando para el holocausto, generosamente ofrecido a Dios. Al
honrarlas como mártires de Cristo, nos iluminan con su ejemplo, interceden por
nosotros y nos esperan en la gloria. Que su vida y su muerte sirvan de ejemplo a
las salesas, cuyos monasterios se extienden por todo el mundo, y les atraigan
numerosas vocaciones que sigan el dulce y suave espíritu de san Francisco de
Sales y santa Juana Francisca de Chantal.
6. El libro del Apocalipsis nos ha presentado la visión de
Jerusalén, «arreglada como una novia que se adorna para su esposo» (Ap
21, 2). Aunque estas palabras se refieren a la Iglesia, las podemos aplicar
también a las dos carmelitas descalzas que han sido proclamadas beatas en esta
celebración, habiendo alcanzado el mismo ideal por caminos diversos: la madre
Sagrario de San Luis Gonzaga y la madre Maravillas de Jesús. Ambas, con el
adorno de las virtudes cristianas, de sus cualidades humanas y de su entrega al
Señor en el Carmelo teresiano, aparecen hoy, a los ojos del pueblo cristiano,
como esposas de Cristo.
La madre María Sagrario, farmacéutica en su juventud y
modelo cristiano para los que ejercen esta noble profesión, abandonó todo para
vivir únicamente para Dios en Cristo Jesús (cf. Rm 6, 11) en el
monasterio de las carmelitas descalzas de Santa Ana y San José de Madrid. Allí
maduró su entrega al Señor y aprendió de él a servir y sacrificarse por los
hermanos. Por eso, en los turbulentos acontecimientos de julio de 1936, tuvo la
valentía de no delatar a sacerdotes y amigos de la comunidad, afrontando con
entereza la muerte por su condición de carmelita y por salvar a otras personas.
7. La madre Maravillas de Jesús, también ella carmelita
descalza, es otro ejemplo luminoso de santidad que la Iglesia propone hoy a la
veneración de los fieles proclamándola beata. Esta insigne madrileña buscó a
Dios durante toda su vida y se consagró enteramente a él en la vida recoleta del
Carmelo. Fundó un monasterio en el Cerro de los Ángeles, centro geográfico de
España, junto al monumento al Sagrado Corazón, al cual se había consagrado la
nación. Debiendo salir del convento a causa de la guerra civil, puso todo su
empeño en asegurar la pervivencia de la orden, lo que la llevó a realizar
numerosas fundaciones, que ella quiso estuvieran presididas por el espíritu de
penitencia, de oblación y recogimiento, característico de la reforma teresiana.
Persona muy conocida en su época, supo aprovechar esa
circunstancia para llevar muchas almas a Dios. Las ayudas que recibía, las
empleó todas en socorrer monasterios, sacerdotes, seminarios y obras religiosas
en necesidad. Por ello, son tantos los que le están agradecidos. Fue priora
durante casi toda su vida religiosa, siendo como una verdadera madre para sus
hermanas. Vivió animada por una fe heroica, plasmada en la respuesta a una
vocación austera, poniendo a Dios como centro de su existencia. Tras haber
sufrido no pocas pruebas, murió repitiendo: «¡Qué felicidad morir carmelita!».
Su vida y su muerte son un elocuente mensaje de esperanza para el mundo, tan
necesitado de valores y, en ocasiones, tan tentado por el hedonismo, el hacer
fácil y el vivir sin Dios.
8. «Que todas tus criaturas te den gracias, Señor; que te
bendigan tus fieles » (Sal 144, 10). Junto con María, Reina de los
santos, y con toda la Iglesia, demos gracias a Dios por las maravillas que
realizó en estos hermanos y hermanas nuestros, que resplandecen como faros de
esperanza para todos. Constituyen para toda la humanidad, ya en el umbral del
tercer milenio cristiano, una fuerte llamada a los valores perennes del
espíritu.
Haciendo nuestras las palabras de la liturgia, alabamos al Señor
por el precioso don de estos beatos, que enriquecen con renovado esplendor el
rostro de la Iglesia. «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho
maravillas» (Antífona de entrada). Sí, cantemos a Dios, que ha revelado a
todos los pueblos su salvación. Y cada uno de nosotros responde en su corazón:
«Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío». «Tu reino es un reino
perpetuo, tu gobierno va de edad en edad» (cf. Salmo responsorial).
Amén.