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FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Domingo 11 de enero de 1998
1. «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto» (Lc 3, 22).
Con estas palabras, que han resonado en la liturgia de hoy, el Padre señala a
los hombres a su Hijo y revela su misión de consagrado de Dios, de Mesías.
En la Navidad hemos contemplado con admiración e íntima alegría la aparición
de la «gracia salvadora de Dios a todos los hombres» (Tt 2, 11), gracia
que ha asumido la fisonomía del Niño Jesús, Hijo de Dios, que nació como hombre
de María virgen por obra del Espíritu Santo. Además, hemos ido descubriendo las
primeras manifestaciones de Cristo, «luz verdadera que ilumina a todo
hombre» (Jn 1, 9), que brilló primero para los pastores en la noche
santa, y después para los Magos, primicia de los pueblos llamados a la fe, que
se pusieron en camino siguiendo la luz de la estrella que vieron en el cielo y
llegaron a Belén para adorar al Niño recién nacido (cf. Mt 2, 2).
En el Jordán, además de la manifestación de Jesús, se produce la
manifestación de la naturaleza trinitaria de Dios: Jesús, a quien el Padre
señala como su Hijo predilecto, y el Espíritu Santo, que baja y permanece sobre
él.
2. Amadísimos hermanos y hermanas, hoy tengo nuevamente la alegría de acoger a
algunos recién nacidos, para administrarles el sacramento del bautismo. Este año
son diez niños y nueve niñas, procedentes de Italia, Brasil, México y
Polonia.
A vosotros, queridos padres, padrinos y madrinas, os dirijo un cordial saludo y
os felicito vivamente. Ya sabéis que este sacramento, instituido por Cristo
resucitado (cf. Mt 28, 18-19), es el primero de la iniciación cristiana y
constituye la puerta de entrada en la vida del Espíritu. En él el Padre consagra
al bautizado en el Espíritu Santo, a imagen de Cristo, hombre nuevo, y lo hace
miembro de la Iglesia, su Cuerpo místico.
El bautismo se llama «baño de regeneración y de renovación en el Espíritu Santo»
(Tt 3, 5), nacimiento por el agua y el Espíritu, sin el cual nadie «puede
entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5). También se llama iluminación,
porque a quienes lo reciben «se les ilumina la mente» (san Justino, Apología,
I, 61, 12: PG 6, 344). «El bautismo
―según san Gregorio Nacianceno―
es el más hermoso y maravilloso de los dones de Dios (...). Lo llamamos (...)
don, puesto que se da a quienes no tienen nada; gracia, porque se otorga también
a los culpables; bautismo, porque el pecado se entierra en el agua; unción,
porque es sagrado y regio (así son los ungidos); iluminación, porque es luz
resplandeciente; vestido, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque nos lava;
sello, porque nos conserva y es signo del señorío de Dios» (Discursos,
40, 3-4: PG 36, 361 C).
3. Contemplo con complacencia a estos niños, a quienes se confiere hoy el
sacramento del bautismo, aquí en la capilla Sixtina. Su pertenencia a
comunidades cristianas de diversos países pone de manifiesto la universalidad de
la llamada a la fe.
Ellos son, como dice también san Agustín, «nuevo linaje de la Iglesia, gracia
del Padre, fecundidad de la Madre, brote piadoso, nuevo pueblo, flor de nuestro
corazón (...), mi gozo y mi corona » (Discursos, VIII, 1, 4: PL 46, 838).
Esta celebración nos invita a todos a pensar nuevamente en los compromisos
asumidos con el bautismo, a renovar nuestra decisión de tener siempre encendida
la antorcha de la fe, para llegar a ser cada vez más hijos predilectos del
Padre.
Me dirijo especialmente a vosotros, queridos padres: con el apoyo de la
comunidad cristiana y con la ayuda de los padrinos y las madrinas, educad a
vuestros hijos en la fe y guiadlos en el camino hacia la plenitud de la madurez
cristiana. Que en esta altísima misión os asista siempre la Sagrada Familia de
Nazaret.
4. Dirijamos nuestra invocación al Espíritu Santo, a quien está dedicado
este segundo año de preparación del jubileo del año 2000. Como bajó sobre Jesús
en el río Jordán, así también baje hoy sobre cada uno de estos niños y los
lleve, con su luz y su fuerza, a revivir las etapas de la vida de Cristo.
Encomendemos a estos recién nacidos y a sus familiares a María, santuario del
Espíritu Santo. Que sean capaces de escuchar y seguir la palabra del Señor; que,
alimentados con el Pan eucarístico, sepan amar a Dios y a su prójimo como el
divino Maestro nos ha enseñado, y se conviertan así en herederos del reino de
los cielos.
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