JUAN PABLO II
HOMILÍA DEL SANTO PADRE VIGILIA PASCUAL
(Sábado Santo, 11 de abril de 1998)
1. "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gn
1,26). "Creó Dios el hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó,
hombre y mujer los creó" (Gn 1,27).
En esta Vigilia Pascual la liturgia proclama el primer capítulo del
Libro del Génesis, que evoca el misterio de la creación y, en
particular, la creación del hombre. Una vez más nuestra atención
se concentra en el misterio del hombre, que se manifiesta plenamente en Cristo y
por medio de Cristo.
"Fiat lux", "faciamus hominem": estas
palabras del Génesis revelan toda su verdad cuando pasan por el crisol de
la Pascua del Verbo (cf. Sal 12, 7). Adquieren su pleno significado
durante la quietud del Sábado Santo, a través del silencio de la
Palabra: aquella "luz" es luz nueva, que no conoce ocaso;
aquel "hombre" es el "Hombre Nuevo, creado según
Dios, en la justicia y santidad de la verdad" (Ef 4, 24).
La nueva creación se realiza en la Pascua. En el misterio de la
muerte y resurrección de Cristo todo es redimido, y todo se hace
perfectamente bueno, según el designio original de Dios.
Sobre todo el hombre, el hijo pródigo que ha malgastado el bien
precioso de la libertad en el pecado, recupera su dignidad perdida. "Faciamus
hominem ad imaginem et similitudinem nostram". ¡Qué
profundas y verdaderas suenan estas palabras en la noche de Pascua! Y qué
indecible actualidad tienen para el hombre de nuestro tiempo, tan consciente de
sus posibilidades de dominio sobre el universo, pero también tan confuso
muchas veces sobre el sentido auténtico de su existencia, en la cual ya
no sabe reconocer las huellas del Creador.
2. A este propósito, recuerdo algunos párrafos de la
Constitución pastoral Gaudium es spes, del Concilio Vaticano II, muy
acordes con la admirable sinfonía de las lecturas de la Vigilia pascual.
En efecto, este documento conciliar, leído con atención,
manifiesta un íntimo carácter pascual, tanto en el contenido como
en su inspiración originaria. Leemos en él: "Realmente, el
misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.
Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir
(cf. Rm 5, 14), es decir, de Cristo, el Señor. Cristo..., ?que es
imagen de Dios invisible' (Col 1,15) es el hombre perfecto, que restituyó
a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada desde el primer
pecado... Él mismo, el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha
unido, en cierto modo, con todo hombre... Padeciendo por nosotros, no sólo
nos dio ejemplo para que sigamos sus huellas, sino que también instauró
el camino con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren un
sentido nuevo.
El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito
entre muchos hermanos, recibe 'las primicias del Espíritu' (Rm
8,23)... Por medio de este Espíritu, que 'es prenda de la herencia' (Ef
1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta la 'redención del
cuerpo' (Rm 8,23): 'Si el Espíritu de Aquel que resucitó a
Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a
Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a
vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en
vosotros' (Rm 8,11)... [El cristiano] asociado al misterio pascual,
configurado con la muerte de Cristo, fortalecido por la esperanza, llegará
a la resurrección." (n. 22).
3. Estas palabras del último Concilio nos proponen de nuevo el
misterio de la vocación de cada bautizado. Lo proponen en particular a
vosotros, queridos Catecúmenos, que, siguiendo una antiquísima
tradición de la Iglesia, vais a recibir el santo Bautismo durante esta
Vigilia santa. Os saludamos con afecto y os agradecemos vuestro testimonio.
Vosotros venís de varias naciones del mundo: Canadá, China,
Colombia, India, Italia, Polonia, Sudáfrica.
Queridos hermanos y hermanas, el Bautismo es, en un sentido muy especial,
vuestra Pascua, el sacramento de vuestra redención, de vuestro renacer en
Cristo por la fe y por la acción del Espíritu Santo, gracias al
cual podréis llamar a Dios con el nombre de "Padre", y seréis
hijos en el Hijo.
Nosotros os deseamos que la vida nueva, que recibiréis como don en
esta santísima noche, crezca en vosotros hasta alcanzar su plenitud,
llevando consigo frutos abundantes de amor, de gozo y de paz, frutos de vida
eterna.
4. "O vere beata nox!", canta la Iglesia en el Pregón
pascual, recordando las grandes obras realizadas por Dios en la Antigua Alianza,
durante el éxodo de los Israelitas de Egipto. Es el anuncio profético
del éxodo del género humano de la esclavitud de la muerte a la
vida nueva por medio de la Pascua de Cristo.
"O vere beata nox!", repitamos con el himno pascual,
contemplando el misterio universal del hombre a la luz de la resurrección
de Cristo. En el principio Dios lo creó a su imagen y semejanza. Por obra
de Cristo crucificado y resucitado, esta semejanza ofuscada por el pecado ha
sido renovada y llevada a su culminación. Podemos repetir con un autor
antiguo: ¡Hombre, mírate a ti mismo! ¡Reconoce tu dignidad y tu
vocación! Cristo, venciendo la muerte en esta santa noche, abre ante ti
las puertas de la vida y de la inmortalidad.
Haciendo eco al diácono, que ha proclamado con el canto el pregón
pascual, repito con alegría: Annuntio vobis gaudium magnum: surrexit
Dominus vere! Surrexit hodie!
¡Amén!
|