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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DEDICADA A LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 17 de mayo
de 1998

 

1. «El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, ser á quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14, 26).

Durante la última cena, antes de afrontar los acontecimientos dramáticos de la pasión y muerte en la cruz, Jesús promete a los Apóstoles el don del Espíritu. El Espíritu Santo tendrá la misión de «enseñar» y «recordar» sus palabras a la comunidad de los discípulos. El Verbo encarnado, a punto de volver al Padre, anuncia la venida del Espíritu Santo, que ayudará a los discípulos a comprender a fondo el Evangelio, a encarnarlo en su existencia y a hacerlo vivo y operante a través de su testimonio personal.

Desde entonces, los creyentes continúan siendo guiados por el Espíritu Santo. Gracias a su acción comprenden, cada vez con mayor conciencia, las verdades reveladas. Esto lo subraya el concilio Vaticano II a propósito de la tradición viva de la Iglesia, que «con la ayuda del Espíritu Santo (...) camina a través de los siglos hacia la plenitud de la verdad divina, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios» (Dei Verbum, 8).

2. «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hch 15, 28).

Ya desde los comienzos, la comunidad apostólica de Jerusalén se siente responsable de conservar fielmente el patrimonio de verdad que Jesús le ha dejado. También es consciente de poder contar con la asistencia del Espíritu Santo, que guía sus pasos; por eso, recurre dócilmente a él en cada ocasión. Lo vemos asimismo en la narración de la primera lectura de hoy, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Después de haber reflexionado sobre las obligaciones que había que imponer a los paganos que se convertían al cristianismo, los Apóstoles escriben a las comunidades griegas: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hch 15, 28).

Pedro, Santiago, Pablo y los demás Apóstoles son plenamente conscientes de la tarea que les ha confiado el Señor. Deben proseguir su misión salvífica con generosa disponibilidad al Espíritu Santo, para que por doquier se difunda el Evangelio, semilla de nueva humanidad. Esta es una condición indispensable para que el reino de Dios avance por los caminos de la historia.

3. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia dedicada a la Asunción de la Virgen María en el Tufello, me alegra mucho estar hoy aquí, en medio de vosotros, y conocer vuestra comunidad y vuestro barrio. Gracias por vuestra cordial acogida. Vuestra parroquia, situada en una zona periférica de la ciudad, tiene muchos rasgos en común con la de San Esteban protomártir, en Tor Fiscale, que visité el pasado 26 de abril. En efecto, no faltan tampoco aquí, desgraciadamente, preocupaciones y problemas sociales de notable relieve.

Pienso, por ejemplo, en la ausencia de lugares de reunión, en el alto índice de desempleo, en la presencia de tantas personas ancianas, que necesitan de cuidado y asistencia, y en el triste fenómeno de la droga, sin que haya a nivel local iniciativas de prevención y recuperación de los toxicómanos. En este ambiente, tienen mayor valor aún los esfuerzos que estáis realizando para responder a estos desafíos con intervenciones concretas y animadas por una entrega generosa.

Hoy he venido a vosotros para expresaros mi aprecio por cuanto ya estáis haciendo, en comunión con toda la comunidad diocesana, y os animo a proseguir en vuestra actividad social y pastoral.

Saludo atentamente al alcalde y a las autoridades presentes. Saludo cordialmente al cardenal vicario, al obispo auxiliar del sector y a vuestro joven párroco, don Rosario Matera, que dentro de pocos días celebrará el décimo aniversario de su ordenación sacerdotal: se ve y se siente que es joven. Le deseamos un generoso y fecundo ministerio. Mi afectuoso saludo se extiende a los sacerdotes que colaboran en las actividades de la parroquia y al anterior párroco, monseñor Luigi Carletti, que durante veintiún años dirigió vuestra familia parroquial.

Saludo a las religiosas de la «Sagrada Familia del Sagrado Corazón», que prestan su valioso servicio a los ancianos en la residencia que dirigen; y a las «Hermanas de los Ángeles, Adoradoras de la Santísima Trinidad», que, además de asegurar una diligente colaboración en las actividades parroquiales, dirigen un jardín de infancia y una escuela primaria. Mi saludo va a todos los miembros de los distintos grupos parroquiales, que sé que están fuertemente comprometidos en lograr que la parroquia exprese cada vez mejor su propia identidad de «familia de familias», centro de unión social para todo el barrio, y lugar donde se crece en la atención a las necesidades de las personas y donde se anuncia con valentía el Evangelio, favoreciendo el encuentro con Cristo Señor.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, para alcanzar estos objetivos apostólicos, vuestra comunidad ha puesto justamente como centro y fulcro de su acción misionera el anuncio de Cristo, para suscitar y alimentar la fe; la liturgia, para celebrarla con alegría; y la caridad, para testimoniarla concretamente.

Sé que, gracias a la misión ciudadana, en el ámbito de vuestra parroquia ciento veinte misioneros han ido de casa en casa y se han organizado treinta centros de escucha, preparando así la visita pastoral a todas las familias, que el párroco quiere realizar el año próximo. ¡Me alegro y os felicito por este fervor de iniciativas espirituales, estimuladas por la misión! Seguid presentes incisivamente en el territorio, con auténtico espíritu misionero. Sed una comunidad totalmente misionera que, como la levadura, haga crecer la esperanza en el barrio. Ojalá que el tiempo de gracia de la misión ciudadana lleve vuestra acción evangelizadora a donde la gente vive, estudia y trabaja, a los lugares de la alegría y el sufrimiento, de la fiesta y el devenir diario de los acontecimientos.

Y no os desaniméis si a veces vuestras fuerzas os parecen limitadas o inadecuadas ante la amplitud de la misión. En el evangelio de hoy, Jesús asegura que el Paráclito, el Espíritu Santo mandado por el Padre en nombre de Jesús, está siempre con nosotros. Él es el agente principal de la obra de la nueva evangelización. Enseña a los discípulos y, por tanto, a nosotros, todas las cosas y nos recuerda todo lo que Jesús dijo.

5. «Es su templo el Señor Dios todopoderoso y el Cordero» (Ap 21, 22). La visión de la ciudad celestial, descrita en el libro del Apocalipsis, orienta nuestra mirada hacia la meta a la que tiende el camino de toda la humanidad: la comunión perfecta con Dios.

Amadísimos hermanos y hermanas, sostenidos por esta esperanza y atraídos por el resplandor de la luz divina, intensifiquemos los pasos de nuestro itinerario espiritual hacia el Señor. Mientras se acerca el gran jubileo del año 2000, en este año dedicado de modo particular al Espíritu Santo, invoquemos con fe su presencia viva y su apoyo.

El Espíritu Santo nos ilumine a todos y, en particular, a vuestra comunidad parroquial; la disponga a acoger sus siete santos dones y a ser valiente e intrépida, para anunciar con alegría a todos a Jesús muerto y resucitado, salvación de cuantos acuden a él con confianza.

María, que en este mes de mayo se hace peregrina en las casas de vuestra parroquia con la visita de su venerada imagen, os proteja con su ayuda materna. Ella os haga discípulos cada vez más conformes con su Hijo divino, y convierta vuestra parroquia en una comunidad de hermanos dispuestos a testimoniar el Evangelio con la vida. Amén.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

  

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