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MISA DE FUNERAL EN SUFRAGIO DEL
CARDENAL ALBERTO BOVONE
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Lunes 20 de abril de 1998
1. «Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu» (Lc 23, 46). Las palabras de Jesús, su última invocación al
Padre desde la cruz, nos guían en la meditación y en la oración, mientras nos
hallamos reunidos aquí, en la basílica vaticana, para celebrar el sagrado rito
de sufragio por el venerado hermano cardenal Alberto Bovone, que falleció el
viernes pasado. Creado cardenal en vísperas del tiempo de Cuaresma, partió
hacia la Jerusalén celestial, después de una dolorosa enfermedad, al final de
la octava de Pascua, anticipación en el tiempo del día sin ocaso de la
eternidad.
Su última Pascua la vivió como cardenal, y la Providencia le pidió de
inmediato el testimonio definitivo, a fin de que la calidad probada de su fe,
de acuerdo con las palabras del apóstol Pedro, se convirtiera en motivo de
alabanza, de gloria y de honor, en la revelación de Jesucristo (cf. 1 P
1, 7).
El misterio de la Pascua lo configuró plenamente a su Señor, por el que
entregó su vida, amando hasta el fin a la Iglesia y a cuantos, en ella,
habían sido encomendados a su cuidado de pastor solícito y bueno.
2. La muerte de Jesús en la cruz abre a cada hombre que viene a este mundo,
y que de este mundo parte, un océano de esperanza. «Expiró», dice el
evangelista (Lc 23, 46; cf. Jn 19, 30). Este último suspiro de
Cristo es el centro de la historia, que precisamente en virtud de él es
historia de la salvación.
Al expirar Jesús en la cruz, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se entregó
totalmente a la humanidad, venciendo el pecado y la muerte. Esa respiración
humana que se acababa era sacramento del inagotable Espíritu de vida, que al
tercer día resucitó al Hijo del hombre, al «testigo fiel», haciéndolo
«primogénito de entre los muertos» (Ap 1, 5).
Quien muere en el Señor es «feliz ya desde ahora» (cf. Ap 14, 13),
porque une su expirar al de Cristo, con la esperanza segura de que «quien
resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará
ante él» (2 Co 4, 14).
3. «Dichosos los muertos que mueren en el Señor» (Ap 14, 13). La
sagrada Escritura nos recuerda que para morir en el Señor es preciso vivir en el Señor,
confiando diariamente, momento a momento, en su gracia y esforzándose por
corresponder a ella con todas las fuerzas.
Vivir en el Señor. ¡Cómo no dar gracias a Dios en este momento, mientras el
corazón sufre por la muerte de este venerado hermano nuestro, por el
testimonio de fidelidad que nos deja! Durante su vida nos dio un ejemplo
luminoso de dócil seguimiento de Cristo. Sí, esta eucaristía que celebramos
juntos es, ante todo, acción de gracias por el don de un cristiano y un pastor
que con gran discreción edificó la Iglesia, en los diferentes encargos que se
le confiaron, sobre todo en la Curia romana.
4. En efecto, fue precisamente en el ámbito de la Curia donde comenzó en el
año 1951 su servicio, que prosiguió, ininterrumpidamente, hasta su muerte. Su
profunda y equilibrada formación espiritual, apostólica y doctrinal, y más aún
sus virtudes de fiel laboriosidad y de cordial apertura, así como su sabiduría, le permitieron prestar durante muchos años una valiosa colaboración
primero en la Congregación del Concilio, que más tarde se convirtió en
Congregación para el clero y, sucesivamente, en la Congregación para la
doctrina de la fe, de la que yo mismo lo nombré secretario en el año 1984,
elevándolo a la dignidad de arzobispo. A lo largo de once años fue un eficaz
colaborador del cardenal Ratzinger, que lo consagró obispo y le dispensó un
afecto realmente fraterno.
Concluyó su servicio a la Sede apostólica como prefecto de la Congregación
para las causas de los santos, dicasterio importante para la vida de la
Iglesia, cuya finalidad esencial es vivir y testimoniar en cada momento la
santidad de Dios. Estoy seguro de que la entrega al Evangelio y el anhelo de
santidad, que su peculiar ministerio de este último período le permitió
intensificar examinando la vida de tantos siervos de Dios y beatos, hoy
encuentran ante el Padre el cumplimiento que todo bautizado espera
constantemente. Ojalá que ahora, en el cielo, salgan a su encuentro los beatos
y los santos que aquí, en la tierra, él contribuyó a que fueran reconocidos, y
lo introduzcan en el gozo del paraíso.
5. Queremos unir, con ese fin, nuestra oración, reconociendo que, a pesar
de las imperfecciones humanas siempre presentes en la vida de quien es
peregrino aquí abajo, nuestro venerado hermano el cardenal Bovone fue un
sacerdote de fe cristalina, alimentada con una oración constante. Una
espiritualidad sólida, arraigada en la educación que recibió en la familia,
en la parroquia y en el seminario, lo sostuvo en el fiel ejercicio del
ministerio sacerdotal, y le permitió realizar un admirable equilibrio entre el
trabajo en la Curia y la actividad pastoral. Esta riqueza de dones del Señor,
que supo aprovechar tan bien durante su peregrinación terrena, hace pensar en
los aromas que las mujeres, discípulas de Jesús, llevaban consigo, según las
palabras del evangelista, al acudir al sepulcro muy de mañana (cf. Lc
24, 1).
6. El cardenal Bovone, sin embargo, con su modestia característica, no
exenta de sano humorismo, nos invita a no detenernos en su persona, sino más
bien a dirigir nuestra mirada al misterio: «¿Por qué buscáis entre los muertos
al que está vivo? No está aquí, ha resucitado » (Lc 24, 5-6). Al final
de la octava de Pascua, del «día que hizo el Señor», nos invita, como
bautizado, como pastor y como cardenal, a hacer nuestras las palabras del
apóstol Pedro: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien,
por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los
muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia
incorruptible, inmaculada e inmarcesible» (1 P 1, 3-4).
Nuestra vida está en las manos del Señor, siempre, en cada instante, y
sobre todo en el momento de la muerte. «Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu». Por esto, nuestro hermano nos pide que lo acompañemos con la oración, mientras realiza el paso de este mundo al Padre.
Ojalá que, sostenido por la maternal intercesión de María santísima,
«alcance la meta de su fe, la salvación de su alma » (cf. 1 P 1, 9).
Que «rebose de alegría inefable y gloriosa» (cf. 1 P 1, 8),
contemplando finalmente, y para siempre, a Aquel que amó en la tierra sin
verlo: a Jesucristo, nuestro Señor, al que sea gloria y alabanza por los
siglos eternos. Amén.
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