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VISITA PASTORAL A AUSTRIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Catedral de Salzburgo
Viernes 19 de junio de 1998

 

«El Señor es mi pastor: nada me falta » (Sal 23, 1).

1. Las palabras que el salmista refiere al Dios de la antigua alianza, podemos hoy dirigirlas al Verbo de Dios encarnado, nuestro pastor: «El Señor es mi pastor: nada me falta». Con gratitud contemplamos los múltiples frutos de la fe, que se ha desarrollado en esta región como árbol fuerte y ha hecho historia: «Alégrate, Juvavum, porque en las orillas de tus aguas el Señor ha plantado árboles que nunca dejarán de dar fruto» (Primera antífona del Oficio de lectura de la fiesta de San Ruperto y San Virgilio).

Aquí la luz de la fe comenzó a brillar por primera vez hacia fines del siglo V, cuando llegó a esta región el famoso misionero Severino, mientras las antiguas provincias romanas ya se estaban descomponiendo. Debían pasar más de dos siglos antes de que otro buen pastor, procedente de la ciudad de Worms, en el Rhin, encontrara el camino que llevaba a la pequeña ciudad sobre el río Salzach, en gran parte destruida: aquel obispo itinerante se llamaba Ruperto. Construyó iglesias y centros estratégicos de espiritualidad. El primer templo fue dedicado al apóstol Pedro.

En el año 739, san Bonifacio, en calidad de legado del Papa para Alemania, erigió cuatro diócesis: Ratisbona, Passau, Freising y Salzburgo. Hoy se encuentran entre nosotros pastores de estas antiquísimas Iglesias. Por eso, saludo en particular al arzobispo Georg Eder, que nos acoge en su diócesis; al cardenal Friedrich Wetter de Munich y Freising; a mons. Manfred Müller, obispo de Ratisbona, y a mons. Franz Xaver Eder, obispo de Passau.

Esta Iglesia de Salzburgo es antigua e ilustre. Como sabéis, hace 1200 años, la primera catedral, consagrada por el santo obispo Virgilio, procedente de Irlanda, fue elevada por el Papa León III a la categoría de sede metropolitana.

Los momentos destacados del pasado nos impulsan hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a entonar precisamente el Te Deum dando gracias al Señor, buen pastor, que ha llevado sobre sus hombros a Salzburgo a través de los siglos: «El Señor es mi pastor: nada me falta».

2. Este día, en que el Sucesor de Pedro tiene la oportunidad de visitar por segunda vez «la Roma germánica», no sólo está dedicado a evocar el recuerdo de un gran pasado. Quiere suscitar en cada uno el compromiso de una sincera renovación en la fe y de una generosa coordinación de las fuerzas propias con las de los demás creyentes, con vistas a la nueva evangelización.

Al decir esto, mi mirada se extiende a lo largo de todo el territorio de la región de Salzburgo. Saludo al señor Thomas Klestil, presidente de la República de Austria. Doy una cordial bienvenida también a los numerosos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio que han venido de Austria y de las naciones limítrofes, así como al cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, y a mons. Johann Weber, obispo de Graz-Seckau y presidente de la Conferencia episcopal austriaca.

A la luz de la actividad misionera de cuantos nos han precedido, tomamos nueva conciencia de que la fe no puede quedar confinada a los templos. La debemos llevar a nuestro mundo, pequeño y grande. El compromiso misionero tiene una larga tradición en esta sede metropolitana. Los obispos de Salzburgo, como buenos pastores, llevaron el mensaje evangélico hacia el este, a Bohemia, Moravia y Hungría, y enviaron sus colaboradores como misioneros hasta Maribor, en el Drava, y hasta Bressanone, Lech y el Danubio.

Hoy la diócesis madre tiene una extensión más reducida. Pero en las piedras de esta venerable catedral y en la antigua fortaleza ha quedado grabado lo que Salzburgo fue en la historia y lo que deberá seguir siendo también en el futuro: un centro misionero, que irradie su influjo más allá de los confines de la diócesis y del país.

Tú, Salzburgo, ciudad construida sobre el monte, llevas la sal en tu nombre: ojalá que tus habitantes sigan haciendo suya, en la fe, la sal del Evangelio, confirmándolo con su testimonio. Recuerda la consigna que te transmitió la historia: difundir la sal del mensaje salvífico en toda la región circundante.

Tú, sede del «Primas Germaniae», has recibido de la historia una especie de primado misionero: que tus fieles sean siempre conscientes de la responsabilidad que ese privilegio implica.

Tú tienes una misión que realizar con respecto a los hombres que buscan el camino que lleva «hacia fuentes tranquilas ». Ojalá que, por el testimonio de tus fieles, encuentren a Aquel que sabe guiarlos por el camino recto hasta «descansar en verdes praderas» y reparar sus fuerzas (cf. Sal 23, 2-3). «El Señor es mi pastor: nada me falta».

3. «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo» (Sal 23, 4). Somos conscientes de los peligros que acechan en las cañadas profundas y oscuras. La imagen geográfica refleja plásticamente ciertas situaciones del espíritu. También el alma se halla expuesta al peligro de los abismos llenos de asechanzas. Conocemos las tinieblas oscuras de las desilusiones, de los fracasos, de las dudas en la fe. Los que ponen su confianza en Dios encuentran apoyo y seguridad en la protección del buen Pastor: «Tu vara y tu cayado me dan seguridad».

No podemos menos de ver en estas palabras de la Escritura una alusión a la función magisterial encomendada por Cristo a los pastores de la Iglesia. El Magisterio no es una invención humana para ejercer dominio sobre las almas. Cristo mismo nos confió esta misión para que su palabra divina pueda ser propuesta nuevamente por labios humanos, convirtiéndose para el hombre en «vara y cayado», orientación y apoyo.

Queridos hermanos y hermanas, impulsado por la conciencia de las tareas vinculadas con el oficio de Sucesor de Pedro, he venido a Austria para traeros mi palabra de aliento y estímulo. Os agradezco vuestra presencia, que pone de manifiesto vuestra adhesión a Cristo. Como el pastor de la parábola evangélica lleva sobre sus hombres a la oveja, en los meses pasados os he llevado con particular afecto en mi corazón.

¡El corazón del Obispo de Roma late por todos vosotros! No abandonéis el rebaño de Cristo, buen pastor. No salgáis de la Iglesia. Más bien, entrad en ella, para llevar la buena nueva, capaz de iluminar incluso las tinieblas de nuestra vida: «El Señor es mi pastor: nada me falta».

4. Aprovecho de buen grado esta ocasión para expresar mi estima a todos los que trabajan incansablemente para renovar las comunidades parroquiales, pues constituyen «la Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas» (Christifideles laici, 26). Es realmente digno de elogio que, después del concilio Vaticano II, se haya desarrollado una amplia gama de servicios, a los que dedican mucho tiempo con generosidad numerosos laicos, asumiendo la corresponsabilidad que les compete en virtud del bautismo y la confirmación.

La diversidad de funciones hace a veces difícil encontrar el mejor camino para el diálogo y la cooperación. En el rebaño del buen Pastor, tener igual dignidad no significa igualdad de oficio y de actividades. Las tareas particulares del ministerio episcopal y sacerdotal no pueden simplemente pasar a los laicos. Viceversa, los pastores deben respetar el papel específico de los laicos. Por consiguiente, los laicos no deben delegar sus tareas a los sacerdotes, a los diáconos o a las personas llamadas a colaborar. Sólo si cada uno asume su misión específica el pastor podrá avanzar hacia la meta juntamente con su rebaño.

Queridos hermanos laicos, deseo expresaros mi profunda estima. Vuestro compromiso no tiene precio, que pueda medirse con dinero. Sin vosotros las comunidades parroquiales no sólo serían más pobres; también les faltaría algo esencial. Por tanto, os pido que sigáis realizando con generosidad vuestro apostolado como lectores o como ministros extraordinarios de la Eucaristía, como miembros del coro y de los grupos de oración, o como catequistas que preparan a los niños y a los adolescentes para la primera comunión y para la confirmación. Deseo animar explícitamente a los laicos a colaborar íntimamente con sus sacerdotes.

Asimismo, quisiera subrayar la importancia de los consejos parroquiales, en los que se examinan y resuelven «reflexionando en común» los problemas pastorales (cf. Apostolicam actuositatem, 10). Tened la audacia del diálogo en vuestros organismos.

No puedo por menos de mencionar los numerosos hombres, y especialmente las numerosas mujeres, que se sacrifican silenciosamente, pero con gran espíritu de abnegación en el campo de la caridad. Se ocupan de las personas ancianas, enfermas y solas. De este modo hacen que precisamente los más desafortunados en la vida puedan comprender lo que significa: «El Señor es mi pastor: nada me falta».

5. «Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos» (Sal 23, 5). Incluso cuando no hay persecuciones violentas, la tarea del testimonio de los cristianos no es fácil. A menudo, afrontan la indiferencia de la gente, tan dura como la hostilidad. Así sucede que el sacerdote y sus colaboradores preparan con celo la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, pero luego tienen la desilusión de constatar que el número de los convidados que aceptan la invitación es cada vez menor. La mesa del bienestar y del consumismo parece más atractiva. Por eso, son muchos los que hoy viven como si Dios no existiera. Se mantienen diversas formas de religiosidad popular, pero les falta el fundamento de una convicción personal. Así, corren el peligro de agostarse frente a la creciente secularización. La indiferencia con respecto a la herencia cristiana es tan peligrosa como el odio abierto.

Solamente una nueva evangelización podrá asegurar la profundización de una fe auténtica, capaz de transformar en fuerzas liberadoras las tradiciones recibidas.

¿Disponemos aún de recursos suficientes para poder vivir gracias a ellos? ¿Dónde están las fuentes a las que podemos acudir? Vosotros, cristianos de Austria, sabéis dónde se hallan estas fuentes.

La vieja Europa, que quiere convertirse en una familia de naciones, parece haberse secado. El continente está olvidando el mensaje que recibió desde los primeros siglos de la nueva era. Durante más de cincuenta años, en muchos países de la Europa central y oriental se impidió anunciar el Evangelio. Bajo regímenes ateos y dictatoriales, la luz de los tabernáculos se apagó. Las iglesias se convirtieron en monumentos de tiempos ya pasados.

Con todo, hoy podemos constatar que esos regímenes han fracasado, mientras siguen manando las antiguas fuentes, que mantienen toda su frescura: la sagrada Escritura, con su inagotable vena de verdad; los sacramentos de la Iglesia, en los que Cristo nos comunica el dinamismo de su presencia; la oración, mediante la cual el alma puede respirar el oxígeno regenerador de la gracia de Dios.

6. Estas fuentes están al alcance de todos, y en particular de vosotros, jóvenes, que podéis acudir a ellas. Sabed que el Papa cuenta con vosotros. Aunque a veces os sintáis un pequeño rebaño, no os desaniméis: sois el capital del buen Pastor.

Al inicio, doce hombres afrontaron el mundo. El Papa confía en vosotros, jóvenes, para dar de nuevo un rostro cristiano a la vieja Europa. Comprometeos con vuestro testimonio personal. Vosotros sois «una carta de Cristo» (2 Co 3, 3), su tarjeta de visita. Quien se encuentre con vosotros debe tener la seguridad de haber encontrado la orientación correcta.

Cumpliendo mi ministerio pastoral en las diversas regiones de la tierra, he comprobado cada vez mejor la verdad que encierra lo que escribí en la encíclica Redemptoris missio: «El hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías» (n. 42). Al entrar en contacto con vosotros, vuestros coetáneos deben poder intuir que hay algo en vosotros que no saben explicar, algo que conocéis muy bien, algo que el salmo expresa así: «El Señor es mi pastor: nada me falta».

7. A las fuentes inagotables de la gracia han acudido los santos. Por eso, son verdaderos misioneros (cf. ib., 2). La historia de vuestra patria es, por consiguiente, también la historia de vuestros santos: una historia que perdura hasta nuestros tiempos.

Hace algunos meses, en Roma fueron beatificados los sacerdotes Otto Neururer y Jakob Gapp. El próximo domingo, en Viena, elevaré al honor de los altares a la religiosa Restituta Kafka y a otros dos siervos de Dios. En ellos se manifiesta lo que constituye la cima de toda existencia personal: «El buen pastor da la vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Al evocar los capítulos oscuros de la historia, la Iglesia no quiere volver a abrir las antiguas heridas, sino sólo purificar la memoria. Los autores de la violencia han abandonado la escena; y han entrado los héroes de la caridad. Éstos han testimoniado que precisamente en los años tristes de nuestro siglo, cuando también vuestra tierra se hallaba sacudida por el torbellino del mal, se cumplió la parábola del buen pastor. En su vida y en su muerte resplandece la esperanza: «El Señor es mi pastor: nada me falta».

8. Queridos hermanos y hermanas, vuestro pastor diocesano, el arzobispo Eder, me ha pedido que corone la estatua de Nuestra Señora de Fátima y que consagre la archidiócesis de Salzburgo, que ya tiene doce siglos de existencia, a la protección de la Madre de Dios. He aceptado con gusto su petición. Vuestra antigua e ilustre Iglesia siempre ha tributado un culto sincero y profundo a la Virgen. Estoy seguro de que María santísima acoge vuestro deseo de tenerla como patrona y guía en vuestro camino.

A ella consagro vuestra archidiócesis y a cada uno de vosotros. Que os cubra María con su manto materno: «Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas la oración de tus hijos necesitados...».

Bajo la protección de tu manto, oh María, nuestros anhelos y preocupaciones se serenan, y recuperamos la confianza y el valor. Contemplándote, aprendemos a consagrarnos a Dios con confianza y abandono total: «El Señor es mi pastor: nada me falta». Amén.

 


Palabras del Santo Padre
a la presidencia del Consejo ecuménico de las Iglesias en Austria

 

Al final de esta solemne celebración litúrgica, dedicada al tema de la «misión», quisiera recordar que los cristianos, a pesar de lo que los diferencia a unos de otros, están unidos por el único bautismo y por la adhesión al mismo Símbolo apostólico. Dirijo un cordial saludo a los miembros de la presidencia del Consejo ecuménico de las Iglesias en Austria, es decir, al presidente metropolita Miguel de Austria, al obispo de la Iglesia evangélica en Austria, magister Herwig Sturm, y a los representantes de la vida ecuménica a nivel local.

Les agradezco su participación en esta celebración. Expreso mi aprecio a todos los que contribuyeron de forma ejemplar a llevar a buen término la segunda Asamblea ecuménica europea, que tuvo lugar el año pasado en Graz.

Espero que se prosiga con todas las fuerzas disponibles el camino arduo de la reconciliación, para que el testimonio de los cristianos dé fuerza a todos los hombres de buena voluntad.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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