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VISITA PASTORAL A AUSTRIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

 Sankt Pölten
Sábado 20 de junio de 1998

 

«El Espíritu del Señor está sobre mí; por esto, me ha ungido» (Lc 4, 18).

1. Toda la vida de Jesús está bajo el influjo del Espíritu Santo. Al inicio, es él quien cubre con su sombra a la Virgen María en el misterio de la Encarnación. En el Jordán también es el Espíritu quien desciende sobre Jesús, mientras el Padre da testimonio del Hijo predilecto. Asimismo, el Espíritu es quien guía a Jesús al desierto. En la sinagoga de Nazaret Jesús afirma de sí mismo: «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4, 18).

Cristo promete a los Apóstoles este Espíritu como garante perpetuo de su presencia en medio de ellos. En la cruz, el Hijo restituye el Espíritu al Padre (cf. Jn 19, 30). De este modo, imprime su sello a la nueva alianza, que nace de su Pascua. Por último, el día de Pentecostés, Cristo derrama su Espíritu sobre la primera comunidad para confirmarla en la fe y para mandar a los Apóstoles como testigos vivos y valientes por los caminos del mundo.

2. Desde entonces hasta hoy, el Cuerpo místico de Cristo, su Iglesia, en su itinerario a través de los tiempos, es impulsada por el mismo Espíritu. La Iglesia ilumina la historia con el fuego ardiente de la palabra de Dios y purifica los corazones humanos con el agua que brota de ella (cf. Ez 36, 25). Así, se convierte en «el pueblo unido en virtud de la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (san Cipriano, De Dom. orat., 23).

En esta comunión con el Dios uno y trino, todo bautizado tiene la posibilidad de vivir bajo «la ley del Espíritu, que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8, 2). El cristiano, guiado por el Espíritu, entra en el «espacio espiritual» en donde se entabla el diálogo con Dios. Las preguntas que el hombre se plantea son, realmente, los interrogantes que Dios mismo suscita en su interior: ¿de dónde vengo? ¿quién soy? ¿a dónde debo ir?

Queridos hermanos y hermanas, vosotros sois los interlocutores de Dios. Desde que sois cristianos por el bautismo, Dios os ha adoptado en Cristo como sus hijos e hijas. Sed conscientes de vuestra elevada dignidad. No dilapidéis este gran privilegio.

Dios tiene un proyecto específico para cada uno de vosotros. Sus ojos se posan afectuosamente sobre cada uno. Siempre escucha a todos. Como un padre solícito y sensible, está cerca de vosotros. Os da lo que más necesitáis para la vida nueva: su Espíritu Santo.

3. Con vuestra incorporación a la Iglesia no sólo habéis tomado el nombre de «cristianos», es decir, «ungidos»; también habéis recibido la unción del Espíritu Santo. Por eso, no basta que os llaméis cristianos; es preciso que lo seáis. El Espíritu de Dios está sobre vosotros, porque os ha ungido (cf. Lc 4, 18).

En la nueva vida que brota del bautismo y se desarrolla por la Palabra y los sacramentos, encuentran su fuente los carismas, los ministerios y las diversas formas de vida consagrada. El apóstol Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto, afirma: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo» (1 Co 12, 4).

También hoy el Espíritu Santo hace nuevas llamadas. Es preciso crear un ambiente favorable para poder escucharlo. A este respecto, desempeñan un papel muy importante las comunidades parroquiales. Cuando en ellas se vive una actitud de verdadera fidelidad al Señor, en un clima de intensa religiosidad y de sincera disposición al testimonio, es más fácil que los llamados respondan positivamente. La vitalidad de la comunidad parroquial no se mide principalmente por la multiplicidad de sus iniciativas, sino por la profundidad de su vida de oración. La escucha de la palabra de Dios, por una parte, y la celebración y la adoración de la Eucaristía, por otra, son las dos columnas fundamentales que sostienen y consolidan la comunidad parroquial.

De nada sirve lamentarse de la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas. Las vocaciones no se pueden «construir» humanamente. Las vocaciones se obtienen de Dios con la oración. Os invito a pedir al Dueño de la mies, con fervor y constancia, nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

4. Cuando Jesús, en la cruz, restituyó al Padre su Espíritu, hizo de todos sus discípulos «un reino de sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Los constituyó un «edificio espiritual, para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios» (1 P 2, 5). Éste es el sacerdocio común, para cuyo servicio llamó a los Doce a fin de que «estuvieran con él» (Mc 3, 14), para mandarlos luego a actuar en su nombre y en su lugar.

A través del sacerdocio ministerial Cristo prosigue ininterrumpidamente hasta nuestros días su misión salvífica. Por eso instituyó a los obispos y a los sacerdotes, que «son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, cabeza y pastor, proclaman con autoridad su palabra, y renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación» (Pastores dabo vobis, 15). Son enviados a anunciar a los pobres la buena nueva, a proclamar a los cautivos la liberación y a los ciegos la vista; a dar la libertad a los oprimidos (cf. Lc 4, 18). Así pues, en la Iglesia el ministerio no es una conquista humana, sino una institución divina.

Con todo el respeto y la estima por los valiosos servicios de los laicos en las comunidades parroquiales, no se debe olvidar que, en el ámbito sacramental, el laico nunca puede realizar lo que es característico del sacerdote. Sólo un sacerdote puede sustituir a otro sacerdote.

5. Quisiera, ahora, saludar al obispo, mon. Kurt Krenn, que, juntamente con su auxiliar, mons. Heinrich Fasching, no sólo ha preparado con esmero esta fiesta de fe, sino que, además, está realizando todos los esfuerzos posibles para mandar sacerdotes, también en el futuro, a los fieles de las numerosas parroquias de la diócesis de Sankt Pölten, a él encomendada. No quisiera olvidar al anterior obispo, mons. Franz Žak, que puso buenas bases para su sucesor. Saludo a todos los hermanos en el episcopado, especialmente al metropolita, cardenal Christoph Schönborn, y al presidente de la Conferencia episcopal austriaca, mons. Johann Weber. Me complace saludar también al presidente federal, señor Thomas Klestil, que participa en esta celebración. Asimismo, saludo a los representantes de la vida política y pública, que nos honran con su presencia.

Dirigiéndome a los sacerdotes y a los diáconos, quisiera expresarles mi aprecio y mi gratitud. Son sentimientos que extiendo a todos los ministros sagrados que actúan en las diversas diócesis de este país. Al igual que en Sankt Pölten, también en las otras partes de Austria son muchos los que trabajan en la cura de almas con incansable dedicación y que no se rinden ni siquiera ante la enfermedad o la edad avanzada. Asimismo, pienso con admiración en aquellos sacerdotes que, además de la parroquia que les ha sido encomendada, aceptan encargarse de comunidades cercanas, para que no falten a los fieles los medios de la salvación. También muchos religiosos están meritoriamente comprometidos en la pastoral. No quisiera olvidar tampoco a los sacerdotes procedentes de otros países .algunos de mi patria . que dan una valiosa contribución a la actividad pastoral.

Amadísimos sacerdotes, los jóvenes os contemplan. Ojalá constaten que, a pesar de que tenéis mucho trabajo, sois alegres servidores del Evangelio y que os sentís plenamente realizados en la forma de vida que habéis escogido. Que en vuestro testimonio los jóvenes vean que el sacerdocio no es un modelo de vida caducado, sino una vocación prometedora para el futuro. El sacerdocio es una vocación que tiene futuro.

6. ¡Cómo no recordar, con gratitud al Espíritu Santo, las numerosas comunidades de vida consagrada, que precisamente en la historia de esta diócesis desempeñan una función tan importante en la cura de almas! Hermanos y hermanas, os saludo de todo corazón. Viviendo según los consejos evangélicos, os esforzáis por señalar con vuestra conducta el camino que lleva al reino de los cielos. En el corazón de la Iglesia la vida consagrada representa un elemento esencial para el cumplimiento de su misión. Expresa la índole de la vocación cristiana y la tensión de la Iglesia entera que, como esposa, anhela poder unirse a su único Esposo.

7. No puedo por menos de mencionar a los esposos cristianos. También vuestra forma de vida es una vocación. Os felicito y os animo en todos los esfuerzos que realizáis por vivir la gracia del sacramento del matrimonio. Que vuestras familias sean «iglesias domésticas » donde los hijos aprendan a vivir y a celebrar la fe. Vosotros, padres y madres de familia, sois la primera escuela para vuestros hijos. Esforzaos por cultivar en vuestro hogar la concordia, el espíritu de fe, de esperanza y de caridad, la participación asidua en la vida eclesial, la serenidad y la fortaleza en medio de las dificultades diarias. Pedid al Señor que vuestros hijos sepan un día elegir su camino según el proyecto de Dios para ellos. Si escuchan la llamada del Señor, dejadles libres para seguir a Jesucristo con radicalidad. Los hijos no son propiedad vuestra. Os han sido confiados por Dios durante cierto período de tiempo. Vuestra misión consiste en ayudarles a crecer en la libertad que se necesita para poder asumir responsablemente sus propios compromisos.

8. En las familias se decide también el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Además de las muchas iniciativas y actividades pastorales al servicio de la familia, quisiera mencionar en particular el Instituto internacional de estudios sobre el matrimonio y la familia que, como una semilla, ya ha iniciado su actividad en Gaming y que es apoyado también por los obispos austriacos. Quiera Dios que esa semilla crezca hasta convertirse en un árbol robusto, capaz de dar muchos frutos para bien del matrimonio y la familia. 9. Queridos hermanos y hermanas, «amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios» (1 Jn 4, 7). Muchos de nuestros contemporáneos han perdido a Dios Padre. Por eso, ignoran la lengua materna de la fe. Tratemos de enseñarles el alfabeto de la fe. La entrega, el servicio y la caridad forman parte del vocabulario fundamental que todos comprenden. Sobre esta base se puede construir una «gramática de la vida», que ayuda al hombre a descubrir en el Espíritu Santo el plan de Dios para él.

Vivid en la práctica lo que enseñáis con las palabras. Demostrad que también la alegría es fruto del Espíritu. En el umbral del tercer milenio, es necesario reavivar esta conciencia: de la misma manera que tiene Dios un proyecto para cada uno, así tiene también una misión para todos. No sólo sois administradores de la herencia del pasado; también sois precursores de un futuro hacia el que el Espíritu Santo lleva a la Iglesia.

Que san Leopoldo, vuestro patrono, sea vuestro modelo e intercesor. Además de padre de familia, fue padre de la patria. Su lápida, que bendije durante mi anterior visita pastoral a Austria, se encuentra hoy en este nuevo barrio gubernativo. Que constituya para todos vosotros motivo de inspiración y aliento.

Contemplemos a la santísima Virgen María, cuya vida fue un camino en el Espíritu Santo. María, Magna Mater Austriae, te encomendamos el cultivo de las vocaciones sacerdotales y religiosas.

María, Madre de Dios, intercede ante tu Hijo por la Iglesia en Austria. Obtén para ella numerosos jóvenes dispuestos a escoger el seguimiento de Cristo y a entregarse al servicio del reino de Dios.

María, Madre de la Iglesia, ruega por nosotros. Amén.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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