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MISA DE BEATIFICACIÓN DE TRES SIERVOS DE DIOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Plaza de los Héroes de Viena
Domingo 21 de junio de 1998

 

1. «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Lc 9, 18).

Jesús planteó un día esta pregunta a los discípulos que iban de camino con él. Y a los cristianos que avanzan por los caminos de nuestro tiempo les hace también esa pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo?

Como sucedió hace dos mil años en un lugar apartado del mundo conocido de entonces, también hoy con respecto a Jesús hay diversidad de opiniones. Algunos le atribuyen el título de profeta. Otros lo consideran una personalidad extraordinaria, un ídolo que atrae a la gente. Y otros incluso lo creen capaz de iniciar una nueva era.

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Lc 9, 20). Esta pregunta no admite una respuesta «neutral». Exige una opción de campo y compromete a todos. También hoy Cristo pregunta: vosotros, católicos de Austria; vosotros, cristianos de este país; vosotros, ciudadanos, ¿quién decís que soy yo?

La pregunta brota del corazón mismo de Jesús. Quien abre su corazón quiere que la persona que tiene delante no responda sólo con la mente. La pregunta procedente del corazón de Jesús debe tocar nuestro corazón. ¿Quién soy yo para vosotros? ¿Qué represento yo para vosotros? ¿Me conocéis de verdad? ¿Sois mis testigos? ¿Me amáis?

2. Entonces Pedro, portavoz de los discípulos, respondió: Nosotros creemos que tú eres «el Cristo de Dios» (Lc 9, 20). El evangelista Mateo refiere la profesión de Pedro más detalladamente: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Hoy el Papa, como sucesor del Apóstol Pedro por voluntad divina, profesa en nombre vuestro y juntamente con vosotros: Tú eres el Mesías de Dios, tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.

3. A lo largo de los siglos, se ha buscado continuamente la profesión de fe más adecuada. Demos gracias a san Pedro, pues sus palabras han resultado normativas.

Con ellas se deben medir los esfuerzos de la Iglesia, que trata de expresar en el tiempo lo que representa para ella Cristo. En efecto, no basta la profesión hecha con los labios. El conocimiento de la Escritura y de la Tradición es importante; el estudio del catecismo es muy útil; pero, ¿de qué sirve todo esto si la fe del conocimiento carece de obras?

La profesión de fe en Cristo invita al seguimiento de Cristo. La adecuada profesión de fe debe ser confirmada con una vida santa. La ortodoxia exige la ortopraxis. Ya desde el inicio Jesús puso de manifiesto a sus discípulos esta verdad exigente. En efecto, apenas había acabado Pedro de hacer una extraordinaria profesión de fe, él y los demás discípulos escuchan de labios de Jesús lo que él, el Maestro, espera de ellos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9, 23).

Ahora todo es igual que al inicio: Jesús no busca personas que lo aclamen; quiere personas que lo sigan.

4. Queridos hermanos y hermanas, quien reflexiona sobre la historia de la Iglesia con los ojos del amor, descubre con gratitud que, a pesar de todos los defectos y de todas las sombras, ha habido y sigue habiendo por doquier hombres y mujeres cuya existencia pone de relieve la credibilidad del Evangelio.

Hoy tengo la alegría de poder incluir en el catálogo de los beatos a tres cristianos de vuestra tierra. Cada uno de ellos confirmó la profesión de fe en el Mesías mediante el testimonio personal que dieron en su ambiente. Los tres beatos nos demuestran que con el título de «Mesías» no sólo se reconoce un atributo de Cristo, sino que también nos compromete a cooperar en la obra mesiánica: los grandes se hacen pequeños, los débiles se convierten en protagonistas.

Hoy, en esta plaza de los Héroes, no son los héroes del mundo los que tienen la palabra, sino los héroes de la Iglesia, los tres nuevos beatos. Desde el balcón que da a esta plaza, hace sesenta años, un hombre proclamó la salvación en sí mismo. El anuncio de los nuevos beatos es diferente: la salvación no se encuentra en el hombre, sino en Cristo, Rey y Salvador.

5. Jakob Kern provenía de una modesta familia vienesa de obreros. La primera guerra mundial le impidió bruscamente proseguir sus estudios en el seminario menor de Hollabrunn. Una grave herida de guerra convirtió en un calvario, como él mismo decía, su breve existencia terrena en el seminario mayor y en el monasterio de Geras. Por amor a Cristo no se aferró a la vida, sino que la ofreció conscientemente por los demás. En un primer momento quería ser sacerdote diocesano. Pero un acontecimiento le hizo cambiar de camino. Cuando un religioso premonstratense abandonó el convento, afiliándose a la Iglesia nacional checa que se había formado tras la reciente separación de Roma, Jakob Kern descubrió su vocación en este triste evento. Quiso reparar la acción del aquel religioso. Jakob Kern ocupó su lugar en el monasterio de Geras y el Señor aceptó la ofrenda del «sustituto».

El beato Jakob Kern se nos presenta como testigo de la fidelidad al sacerdocio. Al inicio era un deseo de infancia, que se expresaba imitando al sacerdote en el altar. Sucesivamente, el deseo maduró. A través de la purificación del dolor, apareció el profundo significado de su vocación sacerdotal: unir su vida al sacrificio de Cristo en la cruz y ofrecerla en sustitución por €la salvación de los demás.

Ojalá que el beato Jakob Kern, que era un estudiante inquieto y activo, estimule a muchos jóvenes a acoger con generosidad la llamada al sacerdocio para seguir a Cristo. Sus palabras de entonces se dirigen a nosotros: «Hoy, más que nunca, hacen falta sacerdotes aut énticos y santos. Todas las oraciones, todos los sacrificios, todos los esfuerzos y todos los sufrimientos, hechos con recta intención, se convierten en la semilla divina que, más tarde o más temprano, dará su fruto».

6. El padre Antón María Schwartz en Viena, hace cien años, se preocupó de las condiciones de los obreros, dedicándose en primer lugar a los jóvenes aprendices, en fase de formación profesional. Teniendo siempre presentes sus humildes orígenes, se sintió especialmente unido a los obreros pobres. Para su asistencia, adoptando la regla de san José de Calasanz, fundó la congregación de los Operarios Píos, floreciente también en la actualidad. Su gran deseo era convertir la sociedad a Cristo y restaurarla en él. Fue sensible a las necesidades de los aprendices y de los obreros, que a menudo carecían de apoyo y orientación. El padre Schwartz se dedicaba a ellos con amor y creatividad, encontrando medios y caminos para construir la primera «Iglesia para los obreros de Viena». Este templo, humilde y oculto entre las casas populares, se asemeja a la obra de su fundador, que la vivificó durante cuarenta años.

Con respecto al «apóstol obrero» de Viena las opiniones estaban divididas. Muchos consideraban exagerado su compromiso. Otros creían que merecía la más alta estima. El padre Schwartz permaneció fiel a sí mismo y dio también pasos valientes. Con sus solicitudes de puestos de formación profesional para los jóvenes y para el descanso dominical, llegó incluso al «Reichstag», al Parlamento.

Nos ha dejado este mensaje: Haced todo lo posible por salvaguardar el domingo. Demostrad que ese día no puede ser laborable, pues se ha de celebrar como día del Señor. Sostened sobre todo a los jóvenes que no tienen trabajo. Quien proporciona a los jóvenes de hoy la posibilidad de ganarse el pan, contribuye a hacer que los adultos de mañana puedan transmitir a sus hijos el sentido de la vida. Sé bien que no hay soluciones fáciles. Por eso, repito la exhortación con la cual el beato padre Schwartz realizó todos sus numerosos esfuerzos: «Debemos orar más».

7. Sor Restituta Kafka no había alcanzado aún la mayoría de edad cuando expresó su intención de entrar al convento. Sus padres se opusieron, pero la joven permaneció fiel a su objetivo de ser religiosa «por amor a Dios y a los hombres». Quería servir al Señor especialmente en los pobres y los enfermos. Ingresó en la congregación de las religiosas Franciscanas de la Caridad para seguir su vocación en el servicio diario del hospital, a menudo duro y monótono. Auténtica enfermera, en Mödlingse se convirtió pronto en una institución. Su competencia como enfermera, su eficacia y su cordialidad hicieron que muchos la llamaran sor Resoluta y no sor Restituta.

Por su valor y su entereza no quiso callar ni siquiera frente al régimen nacionalsocialista. Desafiando las prohibiciones de la autoridad política, sor Restituta colgó crucifijos en todas las habitaciones del hospital. El miércoles de Ceniza de 1942 fue detenida por la Gestapo. En la cárcel comenzó para ella un calvario, que duró más de un año y que concluyó en el patíbulo. Sus últimas palabras fueron: «He vivido por Cristo; quiero morir por Cristo».

Contemplando a la beata sor Restituta, podemos vislumbrar a qué cimas de madurez interior puede ser conducida una persona por Dios. Puso en peligro su vida con su testimonio del Crucifijo. Y conservó en su corazón el Crucifijo, dando un nuevo testimonio de él poco antes de ser llevada a la ejecución capital, cuando pidió al capellán de la cárcel que le hiciera «el signo de la cruz sobre la frente».

Muchas cosas nos pueden quitar a los cristianos. Pero la cruz como signo de salvación no nos la dejaremos arrebatar. No permitiremos que sea desterrada de la vida pública. Escucharemos la voz de la conciencia, que dice: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29).

8. Queridos hermanos y hermanas, esta celebración posee una connotación europea particular. Además del señor Thomas Klestil, ilustre presidente de la República austriaca, nos honran con su presencia también los presidentes de Lituania y Rumanía, y muchos responsables de la vida política tanto de Austria como de otros países. Los saludo cordialmente y, a través de ellos, saludo asimismo a los pueblos que representan.

Con la alegría por el don de tres nuevos beatos que hoy Dios nos hace, me dirijo a todos los hermanos del pueblo de Dios que están aquí reunidos o siguen la ceremonia por radio o televisión. Saludo en particular al pastor de la archidiócesis de Viena, el señor cardenal Christoph Schönborn, y al presidente de la Conferencia episcopal austriaca, mons. Johann Weber, así como a los hermanos en el episcopado que, viniendo de más lejos o más cerca, se han dado cita en esta plaza de los Héroes. No puedo olvidar a los numerosos sacerdotes y diáconos, a los religiosos, a las religiosas y a los colaboradores pastorales en las parroquias y en las comunidades.

Queridos jóvenes, os dirijo hoy un saludo particular. Vuestra presencia tan numerosa es motivo de gran alegría para mí. Muchos habéis venido de lejos, y no sólo en sentido geográfico... Pero ahora estáis aquí: el don de la juventud, que tiene la vida por delante. Los tres héroes de la Iglesia que acabamos de incluir en el catálogo de los beatos os pueden sostener en vuestro camino: el joven Jakob Kern, que precisamente a través de su enfermedad conquistó la confianza de los jóvenes; el padre Antón María Schwartz, que supo tocar los corazones de los obreros aprendices; y sor Restituta Kafka, dispuesta a morir con tal de no renunciar a sus convicciones.

No fueron «cristianos de fotocopia», sino que cada uno fue auténtico, irrepetible, único. Comenzaron como vosotros: desde la juventud, llenos de ideales, tratando de dar sentido a su vida. Hay otro aspecto que hace atractivos a estos tres beatos: sus biografías nos demuestran que su personalidad experimentó una maduración progresiva. Así, también vuestra vida debe aún llegar a ser fruto maduro. Por eso, es importante que cultivéis la vida de modo que pueda florecer y madurar. Alimentadla con la savia del Evangelio. Ofrecedla a Cristo, que es el sol de la salvación. Plantad en vuestra vida la cruz de Cristo. La cruz es el verdadero árbol de la vida.

9. Queridos hermanos y hermanas, «¿vosotros quién decís que soy yo?

Dentro de poco haremos la profesión de fe. Además de esta profesión, que nos inserta en la comunidad de los Apóstoles y en la tradición de la Iglesia, así como en la multitud de santos y beatos, debemos dar nuestra respuesta personal. El influjo social del mensaje depende también de la credibilidad de sus mensajeros. En efecto, la nueva evangelizaci ón comienza por nosotros, por nuestro estilo de vida.

La Iglesia de hoy no necesita católicos de tiempo parcial, sino cristianos de tiempo completo. Así fueron los tres nuevos beatos. Ellos nos dan ejemplo.

¡Gracias, beato Jakob Kern, por tu fidelidad sacerdotal!

¡Gracias, beato Antón María Schwartz, por tu compromiso en favor de los obreros!

¡Gracias, sor Restituta Kafka, por tu resistencia al estilo del momento!

Todos vosotros, santos y beatos, rogad por nosotros. Amén.

 

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