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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA MISA EN LA PARROQUIA ROMANA
DE SANTA MARÍA DEL ROSARIO DE POMPEYA

Domingo 8 de noviembre de 1998

 

1. «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven» (Lc 20, 38).

Una semana después de la solemnidad de Todos los Santos y de la Conmemoración de los fieles difuntos, la liturgia de este domingo nos invita de nuevo a reflexionar en el misterio de la resurrección de los muertos. Este anuncio cristiano no responde de manera genérica a la aspiración del hombre a una vida sin fin; al contrario, es anuncio de una esperanza cierta, porque, como recuerda el Evangelio, está fundada en la misma fidelidad de Dios. En efecto, Dios es «Dios de vivos» y a cuantos confían en él les concede la vida divina que posee en plenitud. Él, que es el «Viviente», es la fuente de la vida.

Ya en el Antiguo Testamento fue madurando progresivamente la esperanza en la resurrección de los muertos. Hemos escuchado un elocuente testimonio de esa esperanza en la primera lectura, donde se narra el martirio de los siete hermanos en tiempos de la persecución desencadenada por el rey Antíoco Epífanes contra los Macabeos y los que se oponían a la introducción de las costumbres y los cultos paganos en el pueblo judío.

Estos siete hermanos afrontaron los sufrimientos y el martirio, sostenidos por la exhortación de su heroica madre y por la fe en la recompensa divina reservada a los justos. Como afirma uno de ellos, ya en agonía: «Es preferible morir a manos de hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará» (2 M 7, 14).

2. Estas palabras, que han resonado hoy en nuestra asamblea, nos traen a la mente el ejemplo de otros mártires de la fe que, no lejos de este lugar, dieron su vida por la causa de Cristo. Me refiero a los jóvenes hermanos Simplicio y Faustino, asesinados durante la persecución de Diocleciano, y a su hermana Beatriz, que también murió mártir. Como es sabido, sus cuerpos se hallan sepultados en las cercanas catacumbas de Generosa, que tanto apreciáis.

El valiente testimonio de estos dos jóvenes mártires, que aún hoy recordamos y celebramos con el nombre de santos Mártires Portuenses, debe constituir para vuestra comunidad una apremiante invitación a anunciar con fuerza y perseverancia la muerte y la resurrección de Cristo en todo momento y lugar.

Su ejemplo ha de estimular vuestro celo apostólico, sobre todo durante este año pastoral en el que la misión ciudadana se dirige de modo especial a los ambientes de vida y trabajo. En efecto, precisamente en esos ámbitos sociales a menudo los cristianos corren el peligro de perderse en el anonimato y, por consiguiente, tienen mayor dificultad para dar un eficaz testimonio evangélico.

3. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de Santa María del Rosario de Pompeya en la vía Magliana, me alegra celebrar junto con vosotros el día del Señor, durante mi visita a vuestra activa comunidad cristiana. Desde que la Providencia divina me llamó, hace veinte años, a la Cátedra de Pedro, dedico algunos domingos del año a este servicio pastoral, que constituye un compromiso primario para todo pastor diocesano.

Doy gracias a Dios por el don que me ha hecho de poder visitar, en estos veinte años, 275 comunidades parroquiales con sus sacerdotes, religiosos, religiosas, y sus movimientos y asociaciones eclesiales. Tengo un vivo deseo de poder completar, Dios mediante, la visita pastoral a todas las parroquias, puesto que, como subrayé en mi primer encuentro con el clero romano, «soy plenamente consciente de haber llegado a ser Papa de la Iglesia universal por ser Obispo de Roma» (Discurso del 9 de noviembre de 1978, n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de noviembre de 1978, p. 2).

4. Amadísimos hermanos y hermanas, os abrazo a todos en el Señor. Saludo en particular al cardenal vicario, al obispo auxiliar del sector, monseñor Vincenzo Apicella, a vuestro joven párroco, don Gerard McCarthy. Se ve que es irlandés, al igual que muchos que, antes de él, vinieron como misioneros de Irlanda al continente: más que a Italia, a Alemania y otros países de Europa central. Lo saludo y veo que también vosotros lo saludáis cordialmente. Saludo asimismo a los presbíteros de la fraternidad sacerdotal de los Misioneros de San Carlos Borromeo, que colaboran con él en la dirección de la comunidad. Saludo naturalmente a su superior, monseñor Camisasca.

Un saludo afectuoso a los queridos Frailes menores capuchinos de la provincia de los Abruzos, que han dirigido la parroquia desde 1965 hasta 1997, encontrando constante acogida y apoyo por parte de la población. Que el Señor les recompense por el bien realizado durante esos años de generoso servicio pastoral y les conceda el don de numerosas y santas vocaciones para el bien de la familia religiosa capuchina y de toda la comunidad cristiana.

Dirijo también un saludo cordial a las religiosas Oblatas del Amor Divino y a las Misioneras de la Caridad, que hacen presente el don de la vida religiosa en esta porción de la diócesis. Por último, me dirijo con afecto a todos vosotros, amadísimos fieles, saludando en particular a los catequistas, a los numerosos muchachos que se están preparando para los sacramentos de la primera comunión y de la confirmación, y a los muchos miembros de los grupos parroquiales que, con sus dones y su actividad, contribuyen a animar a todo el pueblo de Dios.

5. Sé que en el territorio de vuestra parroquia conviven dos asentamientos urbanos diversos: uno más antiguo, que surgió en torno a la iglesia de Santa María del Rosario de Pompeya, y otro más reciente, situado alrededor de la iglesia de los Santos Mártires Portuenses. Estos dos polos se caracterizan también por una cierta diferencia social. En efecto, en el primero residen sobre todo familias antiguas o personas ancianas, mientras que en el segundo se encuentran núcleos familiares recientes, con la presencia de un número notable de niños y adolescentes. Esta diversidad no ha de constituir para vosotros una dificultad; al contrario, ha de ser una gran oportunidad para hacer que todos tengan mayor sentido de comunidad y de participación.

Viviendo en la unidad los dones que posee cada uno y poniéndolos con generosidad al servicio unos de otros, alcanzaréis la plena comunión de corazones que hace más eficaz el anuncio del evangelio de la caridad.

En el territorio de la parroquia se hallan presentes, además, varias realidades sociales: seis escuelas, dos clínicas, dos hospitales, algunas sedes de sociedades, industrias, empresas comerciales y artesanales. Tenéis el compromiso apostólico de hacer que en todos esos ambientes de vida y de actividad productiva penetre la palabra divina de salvación. Procurad que llegue explícita y adaptada, correspondiendo lo más posible a las expectativas y exigencias de las personas y de los grupos sociales que allí residen. A todos y a cada uno llevad el consuelo del amor misericordioso del Señor.

6. «Que el Señor dirija vuestro corazón para que améis a Dios y tengáis la constancia de Cristo» (2 Ts 3, 5). Hago mías estas palabras del apóstol san Pablo, que deseo dejaros como recuerdo y augurio con ocasión de esta visita. El amor de Dios, que se nos ha revelado plenamente en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, es fuente de inspiración y de luz que ilumina todo compromiso misionero. Os sostenga la fuerza de amor del Espíritu y os ayude a confesar con valentía el nombre de Jesús, sin avergonzaros nunca de la cruz.

Tened ante vuestros ojos el ejemplo de los santos Mártires Portuenses y os asista la maternal protección de la Virgen del Rosario, patrona especial de vuestro barrio.

Santa María del Rosario de Pompeya, ruega por nosotros. Amén.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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