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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA
MISA EN SUFRAGIO DE LOS CARDENALES
Y OBISPOS FALLECIDOS DURANTE EL AÑO


Martes 10 de noviembre de 1998

 

1. «Nuestra patria está en los cielos» (Flp 3, 20).

Las palabras del apóstol Pablo nos invitan a elevar nuestra mente y nuestro corazón al cielo, la verdadera patria de los hijos de Dios. Hacia ella nos han orientado, durante los días pasados, las celebraciones litúrgicas de la solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los fieles difuntos. En este clima espiritual, nos hemos reunido en la basílica de San Pedro, a fin de ofrecer el sacrificio eucarístico en sufragio por los cardenales y obispos que han fallecido en el curso del ultimo año para alcanzar la patria celestial.

En este momento me complace recordar, en particular, a los venerados cardenales que nos han dejado: Laurean Rugambwa, Eduardo Francisco Pironio, Antonio Quarracino, Jean Balland, António Ribeiro, Alberto Bovone, John Joseph Carberry, Agostino Casaroli, Anastasio Ballestrero y Alois Grillmeier.

A ellos, así como a los arzobispos y obispos fallecidos, se les aplican bien las palabras del salmista: «Yo espero en el Señor; mi alma espera en su palabra» (Sal 129, 5). Estos hermanos nuestros fueron centinelas en la Iglesia, velando día y noche por la grey de Cristo. Su acción apostólica se fundaba en la fe, y su vigilancia atenta fijaba la mirada más allá de los confines terrenos, porque su alma aguardaba al Señor más que los centinelas la aurora (cf. Sal 129, 6).

2. Mientras está a punto de terminar el año que, como preparación para el gran jubileo, quise dedicar de modo especial al Espíritu Santo, hemos escuchado el célebre oráculo del profeta Ezequiel en el que, con extraordinaria fuerza expresiva, el Espíritu de Dios aparece como protagonista de la resurrección del pueblo de Israel, que a causa de su desconfianza estaba inerte y casi sin vida. Dios invita al profeta a dirigir su palabra no sólo a los huesos secos, metáfora de la «casa de Israel» (Ez 37, 11), sino incluso al Espíritu mismo, con una epíclesis singular y muy osada: «Ven, Espíritu, de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, para que vivan» (Ez 37, 9).

¡Cuántas veces estos hermanos nuestros, a los que hoy conmemoramos, en su vida y en el ejercicio de su ministerio invocaron al divino Paráclito: «Veni Sancte Spiritus, veni creator Spiritus»! ¡Cuántas veces «profetizaron en el Espíritu», para que infundiera la gracia vivificante en el pueblo de Dios! Por lo demás, ¿no es ésta la misión del ministro ordenado y, de modo pleno, la del obispo, casi como una gran epíclesis, que culmina en la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, la confirmación y el orden?

A imagen de Cristo, todo pastor en la Iglesia está llamado a convertirse en instrumento activo de la acción del Espíritu Santo, que procede del Padre para iluminar, consolar, sanar y resucitar.

Encomendemos al Espíritu creador a estos fieles ministros suyos, para que infunda en ellos la plenitud de la vida en su encuentro con Cristo en el paraíso.

3. En el evangelio hemos vuelto a escuchar la narración de la muerte de Cristo, según la redacción del evangelista san Juan. Esta impresionante página evangélica nos permite sumergirnos con nuestra meditación en las profundidades de Dios, que sólo el Verbo encarnado, lleno de gracia y verdad, pudo revelar. Cuando contemplamos el icono joánico de la crucifixión y consideramos las palabras: «entregó el espíritu» (Jn 19, 30), comprendemos, a la luz de la fe, que precisamente en ese instante, en la extrema entrega del Hijo de Dios, el Padre derramó plenamente el Espíritu Santo sobre el mundo.

El buen Pastor, que vino para que los hombres «tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10), lleva a plenitud su misión en el momento en que, clavado en la cruz, incapaz ya de realizar otro gesto que no sea el de la extrema oblación, «entrega el espíritu», y, con ese acto supremo, derrama el Espíritu Santo para la salvación del mundo.

El camino de todo cristiano, más aún, de todo hombre, consiste en realizarse a través de la entrega de sí. Es, de modo particular, el camino de aquellos a quienes un especial don de gracia en la Iglesia ha configurado a Cristo, buen Pastor, que «da la vida por sus ovejas» (Jn 10, 11). Y de la misma manera que Cristo, después de experimentar la extrema debilidad, fue resucitado con su cuerpo por el poder del Espíritu Santo, así el mismo Espíritu resucitará a una vida nueva y eterna a cuantos entregaron generosamente su existencia por el Evangelio.

4. «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27). Con estas últimas palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, dirigidas al apóstol san Juan, queremos concluir nuestra meditación. Nuestros venerados hermanos cardenales y obispos, a quienes hoy encomendamos a la bondad divina, «acogieron a María en su casa» (cf. Jn 19, 27). Oremos para que ella, Mater misericordiae, los acoja, con todos los santos, en la casa del Padre. Amén.

 

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