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CONCELEBRACIÓN CON LOS NUEVOS
CARDENALES
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Domingo 22 de febrero de 1998
1. «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt
16, 18). Las palabras de Cristo al apóstol Pedro en Cesarea de Filipo ilustran
bien los elementos fundamentales de la celebración de hoy. Ante todo, la fiesta
de la Cátedra de San Pedro constituye un aniversario muy significativo para esta
basílica, centro del mundo católico y meta diaria de numerosos peregrinos.
Además, la entrega del anillo a los nuevos cardenales, creados en el consistorio
ordinario público que tuve la alegría de celebrar ayer, enriquece esta liturgia
con un nuevo significado eclesial.
El pasaje evangélico presenta a san Pedro que, por inspiración divina,
manifiesta su adhesión total a Jesús, Mesías prometido e Hijo de Dios. En
respuesta a esa clara profesión de fe, que Pedro hace también en nombre de los
demás Apóstoles, Cristo revela la misión que quiere confiarle: ser la «piedra»
sobre la que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia.
«Tú eres Pedro». El ministerio, confiado a Pedro y a sus sucesores,
de ser roca sólida sobre la cual se apoya la comunidad eclesial, es garantía de
la unidad de la Iglesia, custodia de la integridad del depósito de la fe y
fundamento de la comunión de todos los miembros del pueblo de Dios. La fiesta
litúrgica de hoy representa, por consiguiente, una invitación a reflexionar
sobre el «servicio petrino» del Obispo de Roma con respecto a la Iglesia
universal. A la Cátedra de San Pedro están vinculados de modo especial los
cardenales, que constituyen el «senado» de la Iglesia, los primeros
colaboradores del Papa en el servicio pastoral universal.
Así pues, resulta muy providencial el acontecimiento que hoy celebramos juntos:
la fiesta de la Cátedra de San Pedro y la ampliación del Colegio cardenalicio
con el nombramiento de veinte nuevos miembros, prelados que han dado prueba de
sabiduría y profundo espíritu de comunión con la Sede apostólica en su generoso
y fiel servicio a la comunidad eclesial. A todos los encomendamos al Señor en
nuestra oración, para que su testimonio evangélico siga siendo ejemplo luminoso
para todo el pueblo de Dios.
2. Cada uno de ellos ha escuchado seguramente como dirigidas a sí mismo las
palabras del apóstol Pedro: «A los ancianos que están entre vosotros les
exhorto yo, anciano como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y
partícipe de la gloria que está para manifestarse. Apacentad la grey de Dios que
os está encomendada» (1 P 5, 1-2).
Los «ancianos», los presbíteros de la Iglesia, no pueden menos de ser pastores
celosos y solícitos de «la grey de Dios». Este es el estado de ánimo con el que,
en esta solemne circunstancia, el Sucesor de Pedro se dispone a entregar a los
nuevos purpurados el anillo cardenalicio, signo del especial vínculo esponsal
que desde ahora los une a la Iglesia de Roma, que preside en la caridad. A
vosotros, queridos y venerados hermanos, se os confía la misión de ser testigos,
en estrecha comunión de espíritu y de voluntad con el Papa, de los sufrimientos
que también hoy Cristo afronta en su Cuerpo místico; a la vez, estáis llamados a
proclamar con la palabra y con la vida la esperanza que no defrauda.
Procedentes de trece diferentes naciones de varios continentes, sois ahora
incardinados a la Iglesia de Roma. De este modo, se realiza un sublime
intercambio de dones entre la Iglesia que está en esta ciudad y las Iglesias que
peregrinan en las diversas partes del mundo. A la Iglesia de Roma le ofrecéis la
variedad de los carismas y la riqueza espiritual de vuestras comunidades
cristianas, venerables por su antigua tradición o admirables por la lozanía y la
vitalidad de sus energías. La Iglesia de Pedro y de Pablo, a su vez, expresa de
modo más luminoso el rostro de su catolicidad, ensanchando su solicitud pastoral
a las comunidades cristianas de todo el mundo a través del cualificado servicio
eclesial de los pastores llamados a la dignidad y a la responsabilidad
cardenalicia. De este modo, como afirmó el Papa Pablo VI con ocasión del
consistorio en el que yo fui elevado a la púrpura, el Colegio cardenalicio
constituye como el «presbiterio del orbe» (Homilía para la entrega del
anillo cardenalicio, 29 de junio de 1967).
3. «Apacentad la grey de Dios (...), siendo modelos de la grey» (1 P
5, 2-3). Al entrar a formar parte de este alto senado eclesial, todos vosotros,
venerados hermanos, asumís la responsabilidad de pastores de la Iglesia con un
título nuevo y más elevado. No solamente se os confía el oficio de elegir al
Papa, sino también el de compartir con él la solicitud por todo el pueblo
cristiano. Ya est áis llenos de méritos por la generosa y solícita labor
desarrollada en el ministerio episcopal en ilustres diócesis de muchas partes
del mundo o en la entrega al servicio de la Sede apostólica en diferentes y
comprometedoras tareas.
La nueva dignidad, a la que ahora sois llamados mediante el nombramiento
cardenalicio, quiere manifestar aprecio por vuestro prolongado trabajo en el
campo de Dios y rendir honor a las comunidades y a las naciones de donde
procedéis y de las que sois dignos representantes en la Iglesia. Al mismo
tiempo, la Iglesia os confía nuevas y más importantes responsabilidades,
pidiéndoos aún mayor disponibilidad para Cristo y para todo su Cuerpo místico.
Este nuevo arraigo en Cristo y en la Iglesia os compromete a un servicio más
valiente del Evangelio y a una entrega sin reservas a los hermanos. Os exige,
además, una disponibilidad total, hasta el derramamiento de vuestra sangre, como
lo simboliza muy bien el color púrpura de vuestro hábito cardenalicio. «Usque ad
sanguinis effusionem...». Esta radical disponibilidad a dar la vida por Cristo
se alimenta siempre de una fe firme y humilde. Sed conscientes de la misión que
el Señor os confía hoy. Apoyaos en él. Dios es fiel a sus promesas. Trabajad
siempre por él, con la seguridad de que, como dice el apóstol Pedro, «cuando
aparezca el Pastor supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita»
(1 P 5, 4).
4. «Yo mismo apacentaré mis ovejas (...). Buscaré la oveja perdida, traeré a
la descarriada» (Ez 34, 15-16). No os dejéis abatir por las
inevitables dificultades de la vida. El profeta Ezequiel, como hemos escuchado
en la primera lectura, nos asegura que el Señor mismo cuida de su pueblo. Estáis
llamados a ser signo visible de esta solicitud de Dios por su herencia, imitando
a Cristo, el buen pastor, que reúne en torno a sí en una única grey a la
humanidad dispersa por el pecado.
Y ¡cómo no subrayar que esta tarea de apacentar la grey de Cristo se os confía
en un momento particular de la historia de la Iglesia y de la humanidad! Estamos
viviendo un cambio de época, del segundo al tercer milenio, cuya alba ya vemos
acercarse a grandes pasos: nos encaminamos hacia el gran jubileo del año 2000.
En todo el mundo se ponen en marcha iniciativas apostólicas y misioneras para
que este acontecimiento sea ocasión de renovación interior para todos los
creyentes. Ojalá que esa histórica etapa constituya una extraordinaria primavera
de esperanza para los creyentes y para toda la humanidad.
5. Encomendamos estos deseos a la Virgen María, siempre presente en la comunidad
cristiana, ya desde sus orígenes, mientras, reunida en oración o consagrada a
proclamar a todos el Evangelio, espera y prepara la venida de Cristo, Señor de
la historia. A ella encomendamos vuestro nuevo servicio eclesial, venerados
hermanos, en la perspectiva del gran acontecimiento jubilar. En sus manos
maternales depositamos las expectativas y las esperanzas de todos los creyentes
y de la humanidad entera.
Amén.
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