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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN LA MISA PARA LAS UNIVERSIDADES ECLESIÁSTICAS


Basílica de San Pedro
Viernes 23 de octubre de 1998

 

1. «Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos» (Sal 24, 1-2).

Las palabras del salmista, que han resonado en la liturgia de hoy, recuerdan el señorío de Dios sobre el mundo. Él lo creó y lo encomendó al hombre como tarea; una tarea que atañe tanto al campo del saber como al del obrar. El mundo es, en este sentido, la vocación del hombre.

El apóstol san Pablo exhorta a vivir de modo digno de la vocación recibida (cf. Ef 4, 1). Se refiere a la vocación cristiana, que compromete al bautizado a seguir a Cristo y a conformarse a él. Pero podemos entender la expresión también en un sentido más amplio, según el cual el mundo mismo puede constituir para la persona humana una especie de llamada a la que, efectivamente, el hombre siempre ha tratado de responder. De aquí nació la ciencia, ese inmenso conjunto de conocimientos que es fruto de la admiración, de intuiciones, de hipótesis y de experiencias. Así, a lo largo de los siglos y las generaciones, en las diversas épocas históricas se ha ido formando el patrimonio científico de la humanidad.

2. Todos nosotros, reunidos aquí, somos herederos de esta progresiva maduración del saber, elaborada por las generaciones anteriores. En particular, vosotros, queridos rectores, profesores y estudiantes de las universidades eclesiásticas romanas, con vuestro compromiso científico os insertáis en este itinerario de investigación en las diferentes disciplinas teológicas, filosóficas, humanísticas, históricas y jurídicas. A todos os saludo cordialmente. Saludo con gratitud al señor cardenal Pio Laghi, que preside esta celebración, y también a los grandes cancilleres de las universidades pontificias. Es importante comenzar un nuevo año académico con la conciencia de acoger el tesoro de la cultura como una herencia de cuantos nos han precedido y, al mismo tiempo, como tarea para la propia creatividad cognoscitiva y operativa.

Mediante el saber, el hombre se relaciona, según su naturaleza particular, con el mundo creado y lo refiere a sí mismo. Sin embargo, el mundo no agota la vocación del hombre.

3. El salmista habla de «subir al monte del Señor»: «¿Quién subirá al monte del Señor?, ¿quién podrá estar en su recinto santo?» (Sal 24, 3).

En esta imagen encontramos el coronamiento de la verdad sobre el hombre: creado en el mundo y para el mundo, al mismo tiempo está llamado a subir hacia Dios.

Dios, al crear al ser humano a su imagen y semejanza, lo ha llamado a la búsqueda de su «prototipo», de Aquel a quien se asemeja más que a cualquier otra criatura y, conociéndolo, se conoce también a sí mismo. De aquí proviene toda la tensión metafísica del hombre. De aquí nace su apertura a la palabra de Dios, su disposición a buscar a Aquel que es invisible y, a la vez, constituye la plenitud de la realidad.

4. Prosigue el salmista: «El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura contra el prójimo en falso. (...) Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia, Dios de Jacob» (Sal 24, 4.6).

Mientras repito estas palabras, mi pensamiento va espontáneamente a vosotros, queridos estudiantes, que habéis venido en gran número a esta celebración ya tradicional: sacerdotes, personas consagradas y laicos. Con el estudio de las diversas disciplinas, estáis llamados a buscar el «rostro» del Señor, es decir, la revelación de su misterio, tal como Jesucristo la realizó de modo pleno y definitivo.

«Nadie conoce quién es (...) el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10, 22), acabamos de escuchar en el evangelio de san Lucas. La mediación de Cristo es absolutamente necesaria para conocer el verdadero rostro de Dios. Su mediación se refiere inseparablemente a la razón y al «corazón», al orden de los conocimientos y al de las intenciones y de la conducta. «Quien no ama .observa el apóstol san Juan. no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1Jn 4, 8). «Quien dice: .Yo lo conozco. y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él» (1Jn 2, 4).

5. Precisamente en el ámbito del «corazón» se sitúa el mensaje contenido en las lecturas bíblicas de esta celebración. Recuerdan que el rostro del Señor se busca y se encuentra en la caridad (primera lectura) y en la sencillez (evangelio).

El Apóstol, en su carta a los Efesios, recuerda con fuerza el primado de la caridad al servicio de la unidad, que tiene su fundamento en Dios uno y trino: «Un solo Espíritu, (...) un solo Señor, (...) un solo Dios y Padre» (Ef 4, 4-6). Cada uno posee dones para la edificación de la comunidad; y también el estudio es un don valioso, especialmente el profundo y sistemático. Para que sus frutos redunden en beneficio de quien lo posee y de sus hermanos, también él necesita ser fecundado por la caridad, sin la cual de nada sirve poseer toda la ciencia (cf. 1Co 13, 2).

La caridad va acompañada por la sencillez de corazón, propia de aquellos a quienes el Evangelio, haciéndose eco de las palabras del Señor, llama los «pequeños». «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Lc 10, 21). Esta estupenda bendición, que brotó del corazón de Cristo, nos recuerda que la auténtica madurez intelectual va siempre unida a la sencillez. Ésta no consiste en la superficialidad de la vida y del pensamiento, ni en la negación de la problemática de la realidad, sino más bien en saber captar el núcleo de toda cuestión y remitirla a su significado esencial y a su relación con el conjunto. .

6. Amadísimos hermanos y hermanas, a todos vosotros, que formáis la gran comunidad académica eclesiástica de Roma, os deseo que el año que acaba de empezar os ayude a madurar en el conocimiento de la verdad, que constituye la vocación y el destino del hombre. Con palabras de mi reciente encíclica Fides et ratio, deseo que «quien sienta el amor por ella [la verdadera sabidur ía] pueda emprender el camino adecuado para alcanzarla y encontrar en la misma descanso a su fatiga y gozo espiritual» (n. 6).

Tened muy presente que el tiempo del estudio no se quita a la misión, sino que es para la misión. El domingo pasado celebramos la Jornada mundial de las misiones. Deseo recordar que la misi ón ciudadana de la diócesis de Roma se realizará el año próximo de modo particular en los diversos ambientes y, por tanto, también en las universidades. Las universidades eclesiásticas constituyen lugares privilegiados de testimonio, en la forma de la mediación cultural, y de preparación de los que están llamados a sembrar la buena semilla de la verdad evangélica en el vasto campo de la Iglesia.

Ojalá que cada uno de vosotros busque, encuentre y contemple el rostro del Señor, para reflejar eficazmente su luz, que colma de sentido la vida del hombre.

Que María, antorcha meridiana de caridad y sede de la sabiduría, interceda por vosotros y os acompañe en esta búsqueda.

 

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

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