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JUAN PABLO II

HOMILÍA

Misa de medianoche
(Navidad, 25 de diciembre de 1998)

   


1. "No temáis, pues os anuncio una gran alegría... os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2,10-11).

En esta Noche Santa la liturgia nos invita a celebrar con alegría el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús en Belén. Como hemos escuchado en el Evangelio de Lucas, viene a la luz en una familia pobre de medios materiales, pero rica de alegría. Nace en un establo, porque para Él no hay lugar en la posada (cf. Lc 2,7); es acostado en un pesebre, porque no tiene una cuna; llega al mundo en pleno abandono, ignorándolo todos y, al mismo tiempo, acogido y reconocido en primer lugar por los pastores, que reciben del ángel el anuncio de su nacimiento.

Este acontecimiento esconde un misterio. Lo revelan los coros de los mensajeros celestiales que cantan el nacimiento de Jesús y proclaman "gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor" (Lc 2,14). La alabanza a lo largo de los siglos se hace oración que sube del corazón de las multitudes, que en la Noche Santa siguen acogiendo al Hijo de Dios.

2. Mysterium: acontecimiento y misterio. Nace un hombre, que es el Hijo eterno del Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra: en este acontecimiento extraordinario se revela el misterio de Dios. En la Palabra que se hace hombre se manifiesta el prodigio de Dios encarnado. El misterio ilumina el acontecimiento del nacimiento: un niño es adorado por los pastores en la gruta de Belén. Es "el Salvador del mundo", es "Cristo Señor" (cf. Lc 2,11). Sus ojos ven a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre, y en aquella "señal", gracias a la luz interior de la fe, reconocen al Mesías anunciado por los Profetas.

3. Es el Emmanuel, «Dios-con-nosotros», que viene a llenar de gracia la tierra. Viene al mundo para transformar la creación. Se hace hombre entre los hombres, para que en Él y por medio de Él todo ser humano pueda renovarse profundamente. Con su nacimiento, nos introduce a todos en la dimensión de la divinidad, concediendo a quien acoge su don con fe la posibilidad de participar de su misma vida divina.

Éste es el significado de la salvación de la que oyen hablar los pastores en la noche de Belén: "Os ha nacido un Salvador" (Lc 2,11). La venida de Cristo entre nosotros es el centro de la historia, que desde entonces adquiere una nueva dimensión. En cierto modo, es Dios mismo que escribe la historia entrando en ella. El acontecimiento de la Encarnación se abre así para abrazar totalmente la historia humana, desde la creación a la parusía. Por esto en la liturgia canta toda la creación expresando su propia alegría: aplauden los ríos; vitorean los campos; se alegran las numerosas islas (cf. Sal 98,8; 96,12; 97,1).

Todo ser creado sobre la faz de la tierra acoge este anuncio. En el silencio atónito del universo, resuena con eco cósmico lo que la liturgia pone en boca de la Iglesia: Christus natus est nobis. Venite adoremus!

4. Cristo ha nacido para nosotros, ¡venid a adorarlo! Pienso ya en la Navidad del próximo año cuando, si Dios quiere, daré inicio al Gran Jubileo con la apertura de la Puerta Santa. Será un Año Santo verdaderamente grande, porque de manera muy singular se celebrará el bimilenario del acontecimiento-misterio de la Encarnación, con la cual la humanidad alcanzó el culmen de su vocación. Dios se hizo Hombre para hacer al ser humano partícipe de su propia divinidad.

¡Éste es el anuncio de la salvación; éste es el mensaje de la Navidad! La Iglesia lo proclama también, en esta noche, mediante mis palabras, para que lo oigan los pueblos y las naciones de toda la tierra: Christus natus est nobis - Cristo ha nacido para nosotros. Venite, adoremus! - ¡Venid a adorarlo!

  

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