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MISA DE BEATIFICACIÓN DE SEIS SIERVOS DE DIOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo 3 de octubre de 1999
  

1. «La viña del Señor es su pueblo».

Así acabamos de repetir en el Salmo responsorial. La liturgia de la palabra de hoy nos presenta la imagen de la viña y pone de relieve el amor que Dios siente por su pueblo. Esta alegoría, presente tanto en la primera lectura como en el evangelio, se vuelve más elocuente aún en este tiempo otoñal, durante el cual se realiza la vendimia y se cosechan los frutos de la tierra, antes del invierno.

La viña del Señor es la casa de Israel, que en la parábola evangélica se ensancha hasta abrazar también a los paganos, los «otros labradores», a los que el propietario arrienda su viña. Así se delinea la misión de la Iglesia, pueblo de la nueva alianza, llamado a dar frutos de verdad y de santidad.

En esta celebración tenemos la alegría de ver elevados a la gloria de los altares a seis obreros fieles de la viña del Señor. Son: Fernando María Baccilieri, Eduardo Juan María Poppe, Arcángel Tadini, Mariano de Roccacasale, Diego Oddi y Nicolás de Gésturi. En tiempos diversos y con modalidades diferentes, cada uno de ellos entregó generosamente su vida al servicio del Evangelio.

2. Fernando María Baccilieri, presbítero, fue un celoso obrero en la viña del Señor mediante el ministerio parroquial, que desempeñó con una conducta de vida íntegra. En calidad de pobre «cura rural», como le gustaba definirse, educó a las almas con una vigorosa predicación, en la que expresaba su profunda convicción interior. Así se convirtió en imagen viva del buen Pastor.

Terciario de la orden de los Siervos de María, con una devoción intensa y filial a la Virgen, especialmente a la Virgen de los Dolores, quiso incluir el nombre de María también en el título de la familia religiosa que fundó, las religiosas «Siervas de María de Galeazza». Ahora el beato Fernando María, como hemos escuchado en el pasaje del profeta Isaías, canta en el cielo su «cántico de amor» a la viña del Señor (cf. Is 5, 1).

3. «Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña». Estas palabras del libro de Isaías, que acabamos de escuchar, se aplican al presbítero Eduardo Poppe, quien consagró su vida a Cristo en el ministerio sacerdotal. Él se convierte hoy en modelo para los sacerdotes, sobre todo para los de su país, Bélgica. Los invita a conformar su vida a Cristo pastor, para ser como él «sacerdotes fervorosos», enamorados de Dios y de sus hermanos. La acción pastoral sólo es verdaderamente fecunda en la contemplación. Se alimenta del encuentro íntimo con el divino Maestro, que unifica el ser interior para que haga su voluntad. Invito a los sacerdotes a poner siempre la Eucaristía en el centro de su existencia y de su ministerio, como hizo el beato Poppe. Sólo si se dejan iluminar por Cristo, podrán transmitir su luz.

Ojalá que, a ejemplo del nuevo beato, todas las personas que tienen una misión catequética hallen el tiempo necesario para encontrarse con Cristo. Así, con su enseñanza y su conducta, darán testimonio del Evangelio y harán que los demás, especialmente los jóvenes, que buscan la verdad y la fuente de la vida, conozcan las exigencias morales que llevan a la felicidad. El presbítero Poppe, que experimentó la prueba, dirige un mensaje a los enfermos, recordándoles que la oración y el amor de María son fundamentales para el compromiso misionero de la Iglesia. Pidamos al Señor que envíe a su viña sacerdotes a imagen del beato Poppe.

4. «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Aleluya).

La unión con Cristo, el espíritu de oración y el fuerte compromiso ascético fueron el secreto de la extraordinaria eficacia pastoral de otro generoso obrero de la viña, el sacerdote Arcángel Tadini, a quien hoy la Iglesia inscribe en el catálogo de los beatos. En la escuela de la Eucaristía aprendió a partir el pan de la palabra de Dios, a practicar la caridad y a responder con creatividad pastoral a los desafíos sociales y religiosos que caracterizaron el fin del siglo pasado.

Precisamente porque fue un hombre consagrado plenamente a Dios, pudo ser también un sacerdote entregado totalmente a los hombres. Las necesidades del mundo del trabajo de entonces estimularon su corazón de pastor a buscar nuevas formas de anuncio y de testimonio evangélico. Su ideal de vida y la solidaridad que mostraba con los sectores más débiles de la sociedad prosiguen aún hoy a través de la actividad de la congregación religiosa que fundó, las religiosas Obreras de la Santa Casa de Nazaret.

5. Por lo que respecta a la vida y a la espiritualidad del beato Mariano de Roccacasale, religioso franciscano, se puede decir que se resumen de manera emblemática en la afirmación del apóstol san Pablo a la comunidad cristiana de Filipos: «El Dios de la paz estará con vosotros» (Flp 4, 9). Su existencia pobre y humilde, siguiendo las huellas de san Francisco y santa Clara de Asís, estuvo constantemente orientada al prójimo, con el deseo de escuchar y compartir las penas de cada uno, para presentarlas después al Señor en sus largas horas de adoración ante la Eucaristía.

El beato Mariano llevó por doquier la paz, que es don de Dios. Ojalá que su ejemplo y su intercesión nos ayuden a redescubrir el valor fundamental del amor de Dios y el deber de testimoniarlo mediante la solidaridad con los pobres. Es un ejemplo para nosotros, particularmente en el ejercicio de la hospitalidad, tan importante en la actual situación histórica y social, y muy significativo desde la perspectiva del gran jubileo del año 2000.

6. La misma espiritualidad franciscana, centrada en una vida evangélica pobre y sencilla, caracterizó a fray Diego Oddi, a quien hoy contemplamos en el coro de los beatos. En la escuela de san Francisco aprendió que nada pertenece al hombre, salvo los vicios y los pecados, y que todo lo que la persona humana posee es en realidad don de Dios (cf. Regla no bulada XVII, en Fuentes Franciscanas, 48). Así aprendió a no angustiarse por nada, sino a acudir a Dios en los momentos de necesidad con «oración, súplica y acción de gracias», como hemos escuchado del apóstol san Pablo en la secunda lectura (cf. Flp 4, 6).

Durante su largo servicio de limosnero fue un auténtico ángel de paz y de bien para todas las personas que se encontraban con él, sobre todo porque sabía aliviar las necesidades de los más pobres y atribulados. Con su testimonio gozoso y sereno, con su fe genuina y convencida, con su oración y su infatigable trabajo, el beato Diego indica las virtudes evangélicas que son el camino real para alcanzar la paz.

7. «La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular» (Mt 21, 42).

Estas palabras, que Jesús en el evangelio se aplicaba a sí mismo, recuerdan el misterio del abajamiento y de la humillación del Hijo de Dios, fuente de nuestra salvación. Y el pensamiento se dirige, naturalmente, al beato Nicolás de Gésturi, capuchino, que encarnó de modo singular en su existencia esta misteriosa realidad. Hombre de silencio, irradiaba a su alrededor un halo de espiritualidad y de fuerte evocación del Absoluto. Llamado por la gente con el afectuoso apelativo de «fray silencio», Nicolás de Gésturi se presentaba con una actitud que era más elocuente que las palabras: renunciando a lo superfluo y buscando lo esencial, no se distraía con las cosas inútiles o dañosas, pues quería ser testigo de la presencia del Verbo encarnado al lado de cada hombre.

En un mundo muchas veces saturado de palabras y pobre de valores hacen falta hombres y mujeres que, como el beato Nicolás de Gésturi, subrayen la urgencia de recuperar la capacidad del silencio y de la escucha, para que toda la vida se convierta en un «cántico» de alabanza a Dios y de servicio a los hermanos.

8. «Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña» (Is 5, 1). Mientras contemplamos las maravillas que Dios obró en estos hermanos nuestros, nuestro espíritu se abre a la alabanza y a la acción de gracias. Te damos gracias, Señor, por el don de estos nuevos beatos. En su vida, dedicada enteramente al servicio de tu Reino, admiramos los abundantes frutos que tú produjiste en ellos y a través de ellos.

Que su ejemplo y su intercesión nos impulsen a imitarlos, para que también nosotros, con nuestra fidelidad al Evangelio, demos gloria a Aquel que es «fuente de todo bien» (cf. Oración colecta).

María, Reina de todos los santos, interceda por nosotros; nos sostengan y alienten los beatos Fernando María Baccilieri, Eduardo Juan María Poppe, Arcángel Tadini, Mariano de Roccacasale, Diego Oddi y Nicolás de Gésturi, a quienes contemplamos en tu gloria celestial. Amén.

  

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