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VISITA A LA PARROQUIA ROMANA DE LA VIRGEN DE LORETO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo «in albis», 11 de abril de 1999
1. «A los ocho días (...) llegó Jesús, estando
cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y dijo: "Paz a vosotros"»
(Jn 20, 26).
En esta octava de Pascua, resuena el saludo de paz que
Jesús dirigió a los Apóstoles el mismo día de su resurrección: «Paz a
vosotros». Con su muerte y resurrección, Cristo nos ha reconciliado con el
Padre, y a todos los que lo acogen les ha ofrecido el don valioso de la paz. Su
gracia redentora los hace testigos de su paz y los compromete a convertirse en
artífices de paz, acogiendo este don sobrenatural de Dios y traduciéndolo en
gestos concretos de reconciliación y fraternidad.
¡Cuánta necesidad de auténtica paz tiene el mundo
en este último tramo del milenio! Afecta a las personas, a las familias y a la
vida misma de las naciones. Por desgracia, ¡cuántas situaciones de tensión y
guerra perduran en el mundo, tanto en Europa como en otros continentes! Durante
estos días, nuestros ojos están llenos de las imágenes de violencia y muerte
que provienen de Kosovo y de los Balcanes, donde se libra una guerra con
consecuencias dramáticas. A pesar de todo, no queremos perder la esperanza de
la paz. Como santo Tomás y los demás Apóstoles, durante este tiempo pascual
estamos llamados a renovar nuestra fe en el Señor vencedor del pecado y la
muerte, acogiendo su don de la paz y difundiéndolo con todos los medios de que
disponemos.
2. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de
Santa María de Loreto en Castelverde, me alegra encontrarme finalmente en
vuestra comunidad, que no pude visitar al inicio del pasado mes de febrero. Doy
gracias al Señor por la oportunidad que me brinda de estar entre vosotros este
domingo, llamado tradicionalmente «in albis». Comparto de buen grado con
vosotros la alegría del tiempo pascual, expresada repetidamente durante estos
días con las palabras del salmista: «Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo» (Sal 118, 24)
Dirijo un saludo cordial al cardenal vicario, al
monseñor vicegerente, a vuestro querido párroco, don Patrizio Milano, y a sus
colaboradores, así como a las religiosas Franciscanas de los Sagrados
Corazones, a los miembros del consejo pastoral parroquial y a todos los
componentes de los diversos grupos, asociaciones y movimientos presentes en la
parroquia. Os saludo con afecto a todos vosotros, queridos feligreses, con un
recuerdo particular para los pobres y los enfermos, que constituyen un
auténtico «tesoro» de vuestra comunidad.
Sabéis bien que no es la primera vez que vuestra
comunidad parroquial recibe la visita del Sucesor de Pedro. En efecto, mi
venerado predecesor, el siervo de Dios Papa Pablo VI, de quien concluyó hace
pocas semanas la fase diocesana del proceso de beatificación, os visitó el 5
de marzo de 1967: es una circunstancia que merece ser recordada. Su paso dejó
una huella profunda en el corazón de las personas, pero también en la misma
denominación del territorio, hasta entonces llamado Castellaccio. En efecto, el
Papa, al ver la exuberante vegetación de esta zona, exclamó: «¡Debería
llamarse Castelverde y no Castellaccio!». Y la administración municipal,
acogiendo prontamente su propuesta, cambió el nombre del barrio.
3. Hoy, más de treinta años después de esa fecha,
el Papa está nuevamente entre vosotros. Deseo que este encuentro sea una
ocasión propicia para que todos intensifiquen su camino hacia Dios, gracias a
una existencia cristiana más sólida, animada por la escucha constante de la
palabra de Dios, vivificada por la práctica frecuente de los sacramentos y
caracterizada por un genuino testimonio evangélico en todos los ambientes y en
todas las situaciones.
Queridos hermanos y hermanas, el Señor resucitado os
llama como individuos y como parroquia a anunciar su Evangelio con el mismo
estilo de la comunidad apostólica descrito en la primera lectura de hoy (cf. Hch
2, 42-43). Así mostraréis el valor de la fe que os anima y la profundidad de
vuestro amor a Cristo (cf. 1 P 1, 7-8). Y entonces seréis dichosos,
según la promesa de Jesús (cf. Jn 20, 28), puesto que, aunque no
tenéis la posibilidad de tocar, como santo Tomás, las señales de la
crucifixión en el cuerpo del Resucitado, creéis en él y queréis ser sus
apóstoles intrépidos y generosos.
En esta ardua tarea os sostiene la misión ciudadana,
oportunidad providencial para la nueva evangelización. Sé que en vuestra
parroquia habéis continuado laudablemente esa importante iniciativa apostólica
también durante este año, visitando a las familias, potenciando los centros de
escucha y procurando llevar a cada uno de sus habitantes el anuncio del
Evangelio. Estoy convencido de que la misión no terminará con la celebración
de la fase conclusiva en la solemne Vigilia de Pentecostés. ¿Cómo se podrían
dejar sin respuestas adecuadas las numerosas expectativas que la misión ha
despertado en el corazón de la gente? Muchas personas desean una vida cristiana
más auténtica, y hay que alentar y sostener este anhelo con iniciativas
espirituales y misioneras apropiadas. Os corresponde a vosotros prolongar esta
extraordinaria experiencia apostólica, teniendo en cuenta las expectativas y
los desafíos relacionados con vuestro barrio, que ha cambiado notablemente
durante estos años.
Ya han pasado más de 45 años desde que, en 1953, se
puso la primera piedra de la iglesia, bajo la protección de la Virgen de
Loreto, tan querida a los habitantes de Las Marcas, región de la que provenía
gran parte de los primeros habitantes de Castelverde. Gracias a Dios, con el
paso de los años se ha alcanzado cierto bienestar, y muchos han tenido la
posibilidad de construir una casa para su familia y sus hijos. Pero, junto con
el progreso social, a menudo fruto de grandes sacrificios, han aparecido algunos
fenómenos típicos de las sociedades de consumo. A veces se filtra cierta
superficialidad en la vivencia de la fe. Existe el riesgo de un aislamiento en
sí mismos, sin tener debidamente en cuenta los problemas de los menos
favorecidos. Se siente la crisis de la familia, al mismo tiempo que los jóvenes
esperan propuestas de vida exigentes, para no caer en una existencia mediocre y
superficial.
4. El Señor resucitado nos llama a todos a un
renovado esfuerzo apostólico. Id, nos dice a cada uno. Id, anunciad el
Evangelio, y no tengáis miedo. Él está con nosotros todos los días hasta el
fin de los tiempos. Fortalecidos por esta certeza, amadísimos hermanos y
hermanas, no dudéis en ser apóstoles del Resucitado. Cada uno tiene la tarea
de dar, en su nombre, un generoso impulso a los valores espirituales, como la
fidelidad, la acogida y la defensa de la vida en todas sus fases, el amor al
prójimo, y la perseverancia en la fe también en medio de las inevitables
dificultades de todos los días. No olvidéis que es necesario redescubrir el
gusto de la oración, para que el testimonio cristiano alcance el anhelado y
vigoroso despertar. A este propósito, me congratulo con vosotros por la hermosa
práctica de la oración nocturna, que tiene lugar en vuestra iglesia los
primeros viernes de mes. Con ocasión del ya inminente jubileo, sería bueno que
en todas las parroquias se realizaran iniciativas similares, para proponer a los
peregrinos que lleguen a Roma una ocasión de auténtica espiritualidad.
Encomendemos a la Virgen de Loreto, protectora de
vuestra parroquia, no sólo el éxito de este encuentro, sino también las
expectativas y los proyectos de toda vuestra comunidad parroquial. La Virgen os
proteja y os inspire pensamientos de paz y reconciliación, para que siempre
sepáis dar razón de vuestra esperanza. Ella asista a las personas que viven en
el barrio y a la comunidad de los marquesanos residentes en Roma. Virgen de
Loreto, ¡ruega por nosotros!
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