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SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Basílica
de San Pedro, 6 de enero de 1999
1. «La luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no
la acogieron» (Jn 1, 5).
Toda la liturgia habla hoy de la luz de Cristo, de la
luz que se encendió en la noche santa. La misma luz que guió a los pastores
hasta el portal de Belén indicó el camino, el día de la Epifanía, a los
Magos que fueron desde Oriente para adorar al Rey de los judíos, y
resplandece para todos los hombres y todos los pueblos que anhelan encontrar a
Dios.
En su búsqueda espiritual, el ser humano ya dispone
naturalmente de una luz que lo guía: es la razón, gracias a la cual puede
orientarse, aunque a tientas (cf. Hch 17, 27), hacia su Creador. Pero,
dado que es fácil perder el camino, Dios mismo vino en su ayuda con la luz de
la revelación, que alcanzó su plenitud en la encarnación del Verbo, Palabra
eterna de verdad.
La Epifanía celebra la aparición en el mundo de esta luz
divina, con la que Dios salió al encuentro de la débil luz de la razón
humana. Así, en la solemnidad de hoy, se propone la íntima relación que
existe entre la razón y la fe, las dos alas de que dispone el espíritu
humano para elevarse hacia la contemplación de la verdad, como recordé en la
reciente encíclica Fides et ratio.
2. Cristo no es sólo luz que ilumina el camino del hombre. También
se ha hecho camino para sus pasos inciertos hacia Dios, fuente de vida. Un
día dijo a los Apóstoles: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va
al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre;
desde ahora lo conocéis y lo habéis visto» (Jn 14, 6-7). Y, ante la
objeción de Felipe, añadió: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
(...) Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14, 9. 11). La
epifanía del Hijo es la epifanía del Padre.
¿No es éste, en definitiva, el objetivo de la venida de
Cristo al mundo? Él mismo afirmó que había venido para «dar a conocer al
Padre», para «explicar» a los hombres quién es Dios y para revelar su
rostro, su «nombre» (cf. Jn 17, 6). La vida eterna consiste en el
encuentro con el Padre (cf. Jn 17, 3). Por eso, ¡cuán oportuna es
esta reflexión, especialmente durante el año dedicado al Padre!
La Iglesia prolonga en los siglos la misión de su Señor: su
compromiso principal consiste en dar a conocer a todos los hombres el rostro
del Padre, reflejando la luz de Cristo, lumen gentium, luz de amor, de
verdad y de paz. Para esto el divino Maestro envió al mundo a los Apóstoles,
y envía continuamente, con el mismo Espíritu, a los obispos, sus sucesores.
3. Siguiendo una significativa tradición, en la solemnidad de
la Epifanía, el Obispo de Roma confiere la ordenación episcopal a algunos
prelados, y hoy tengo la alegría de consagraros a vosotros, amadísimos
hermanos, para que, con la plenitud del sacerdocio, lleguéis a ser ministros
de la epifanía de Dios entre los hombres. A cada uno de vosotros se confían
misiones específicas, diferentes una de otra, pero todas encaminadas a
difundir el único Evangelio de salvación entre los hombres.
Tú, monseñor Alessandro D'Errico, como nuncio
apostólico en Pakistán; tú, monseñor Salvatore Pennacchio, como mi
representante en Ruanda; y tú, monseñor Alain Lebeaupin, como nuncio
apostólico en Ecuador, seréis testigos de la unidad y la comunión entre las
Iglesias particulares y la Sede apostólica.
A ti, monseñor Cesare Mazzolari, te ha sido
encomendada la diócesis de Rumbek, en Sudán, una tierra cuya población, que
desde hace años vive en medio de grandes sufrimientos, espera una paz justa,
en el respeto a los derechos humanos de todos, comenzando por los más
débiles; y tú, monseñor Pierre Tran Dinh Tu, estás llamado a ser
mensajero de esperanza en la diócesis de Phú Cuong, en Vietnam, entre
hermanos y hermanas en la fe, probados por muchas dificultades.
Tú, monseñor Diarmuid Martin, secretario del Consejo
pontificio Justicia y paz; y tú, monseñor José Luis Redrado Marchite,
secretario del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios,
continuaréis vuestro apreciado servicio en la Curia romana, teniendo ante
vuestros ojos el vasto horizonte de la Iglesia entera.
Tu misión, monseñor Rafael Cob García, vicario
apostólico de Puyo, Ecuador, es rica en expectativas; y también lo es la
tuya, monseñor Mathew Moolakkattu, auxiliar del obispo de Kottayam de
los siro-malabares en la India: vuestras personas me traen a la memoria Asia y
América, continentes para los que celebramos recientemente dos Asambleas
especiales del Sínodo de los obispos.
Dios quiera que cada uno de vosotros, nuevos obispos a quienes
voy a imponer hoy las manos, lleve por doquier, con las palabras y las obras,
el anuncio gozoso de la Epifanía, en la que el Hijo reveló al mundo el
rostro del Padre rico en misericordia.
4. El mundo, en el umbral del tercer milenio, tiene gran
necesidad de experimentar la bondad divina; de sentir el amor de Dios a
toda persona.
También a nuestra época se puede aplicar el oráculo del
profeta Isaías, que acabamos de escuchar: «La oscuridad cubre la tierra, y
espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece el Señor y su gloria sobre ti
aparece» (Is 60, 2-3). En el paso, por decirlo así, del segundo al tercer
milenio, la Iglesia está llamada a revestirse de luz (cf. Is 60, 1), para
resplandecer como una ciudad situada en la cima de un monte: la Iglesia no
puede permanecer oculta (cf. Mt 5, 14), porque los hombres necesitan
recoger su mensaje de luz y esperanza, y glorificar al Padre que está en los
cielos (cf. Mt 5, 16).
Conscientes de esta tarea apostólica y misionera, que compete
a todo el pueblo cristiano, pero especialmente a cuantos el Espíritu Santo ha
puesto como obispos para pastorear la Iglesia de Dios (cf. Hch 20, 28),
vamos como peregrinos a Belén, a fin de unirnos a los Magos de Oriente,
mientras ofrecen dones al Rey recién nacido.
Pero el verdadero don es él: Jesús, el don de Dios al mundo.
Debemos acogerlo a él, para llevarlo a cuantos encontremos en nuestro camino.
Él es para todos la epifanía, la manifestación de Dios, esperanza del
hombre, de Dios, liberación del hombre, de Dios, salvación del
hombre.
Cristo nació en Belén por nosotros.
Venid, adorémoslo. Amén.
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