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FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Capilla
Sixtina, domingo 10 de enero de 1999
1. «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis
complacencias» (Mt 3, 17).
En la fiesta del Bautismo del Señor, que estamos celebrando,
resuenan estas palabras solemnes. Nos invitan a revivir el momento en que
Jesús, bautizado por Juan, sale de las aguas del río Jordán y Dios Padre lo
presenta como su Hijo unigénito, el Cordero que toma sobre sí el pecado del
mundo. Se oye una voz del cielo, mientras el Espíritu Santo, en forma de
paloma, se posa sobre Jesús, que comienza públicamente su misión
salvífica; misión que se caracteriza por el estilo del siervo humilde y
manso, dispuesto a compartir y entregarse totalmente: «No gritará, no
clamará. (...) No quebrará la caña cascada, no apagará el pabilo
vacilante. Promoverá fielmente el derecho» (Is 42, 2-3).
La liturgia nos hace revivir la sugestiva escena evangélica:
entre la multitud penitente que avanza hacia Juan el Bautista para recibir el
bautismo está también Jesús. La promesa está a punto de cumplirse y se
abre una nueva era para toda la humanidad. Este hombre, que aparentemente no
es diferente de todos los demás, en realidad es Dios, que viene a nosotros
para dar a cuantos lo reciban el poder de «convertirse en hijos de Dios, a
los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de
hombre, sino que nacieron de Dios» (Jn 1, 12-13).
2. «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Aleluya).
Hoy, este anuncio y esta invitación, llenos de esperanza para
la humanidad, resuenan particularmente para los niños que, dentro de poco,
mediante el sacramento del bautismo, se convertirán en nuevas criaturas. Al
participar en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, se
enriquecerán con el don de la fe y se incorporarán al pueblo de la nueva y
definitiva alianza, que es la Iglesia. El Padre los hará en Cristo hijos
adoptivos suyos, revelándoles un singular proyecto de vida: escuchar como
discípulos a su Hijo, para ser llamados y ser realmente sus hijos.
Sobre cada uno de ellos bajará el Espíritu Santo y, como
sucedió con nosotros el día de nuestro bautismo, también ellos gozarán de
la vida que el Padre da a los creyentes por medio de Jesús, el Redentor del
hombre. Esta riqueza tan grande de dones les exigirá, como a todo bautizado,
una única tarea, que el apóstol Pablo no se cansa de indicar a los primeros
cristianos con las palabras: «Caminad según el Espíritu» (Ga 5,
16), es decir, vivid y obrad constantemente en el amor a Dios.
Expreso mis mejores deseos de que el bautismo, que hoy reciben
estos niños, los convierta a lo largo de toda su vida en valientes testigos
del Evangelio. Esto será posible gracias a su empeño constante. Pero
también será necesaria vuestra labor educativa, queridos padres, que hoy
dais gracias a Dios por los dones extraordinarios que concede a estos hijos
vuestros, del mismo modo que será necesario el apoyo de sus padrinos y sus
madrinas.
3. Amadísimos hermanos y hermanas, aceptad la invitación que
la Iglesia os hace: sed sus «educadores en la fe», para que se desarrolle en
ellos el germen de la vida nueva y llegue a su plena madurez. Ayudadles con
vuestras palabras y, sobre todo, con vuestro ejemplo.
Que aprendan pronto de vosotros a amar a Cristo, a invocarlo
sin cesar, y a imitarlo con constante adhesión a su llamada. En su nombre
habéis recibido, con el símbolo del cirio, la llama de la fe: cuidad de que
esté continuamente alimentada, para que cada uno de ellos, conociendo y
amando a Jesús, obre siempre según la sabiduría evangélica. De este modo,
llegarán a ser verdaderos discípulos del Señor y apóstoles alegres de su
Evangelio.
Encomiendo a la Virgen María a cada uno de estos niños y a
sus respectivas familias. Que la Virgen ayude a todos a recorrer con fidelidad
el camino inaugurado con el sacramento del bautismo.
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