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 VIAJE PASTORAL A SAN LUIS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE EL REZO DE VÍSPERAS


Miércoles 27 de enero de 1999

 

«Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben»
(Sal 67, 4).

Queridos hermanos y hermanas:

1. Estamos aquí reunidos, en esta espléndida catedral basílica, para alabar a Dios y hacer que nuestras oraciones suban hasta él como el incienso. Al alabar a Dios, recordamos y reconocemos el dominio de Dios sobre la creación y sobre nuestra vida. La oración de esta tarde nos recuerda que nuestra auténtica lengua materna es la alabanza a Dios, la lengua del cielo, nuestra verdadera casa.

Estamos reunidos en la que ya es la víspera de un nuevo milenio, una coyuntura decisiva para el mundo desde todos los puntos de vista. Cuando observamos el siglo que estamos a punto de concluir, vemos que el orgullo humano y la fuerza del pecado han hecho que muchas personas tuvieran dificultad para hablar su lengua materna. Para poder alabar a Dios, debemos aprender de nuevo la lengua de la humildad y de la confianza, la lengua de la integridad moral y del compromiso sincero en favor de todo lo que es verdaderamente bueno a los ojos del Señor.

2. Acabamos de escuchar una conmovedora lectura en la que el profeta Isaías habla de un pueblo que vuelve del exilio, agobiado y abatido. También nosotros experimentamos a veces el árido desierto: nuestras manos son débiles, nuestras rodillas vacilan y nuestro corazón está asustado. ¡Cuán a menudo la alabanza a Dios muere en nuestros labios y en su lugar brota un lamento! El mensaje del profeta es una exhortación a la confianza, una exhortación a la valentía, una exhortación a la esperanza en la salvación que viene del Señor. ¡Cuán urgente es hoy para todos nosotros esta exhortación: «¡Ánimo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene (...) a salvaros»! (Is 35, 3-4).

3. Nuestro amable anfitrión, el arzobispo monseñor Rigali, ha invitado al rezo de las Vísperas a representantes de numerosos y diversos grupos religiosos y de sectores de la sociedad civil. Saludo al vicepresidente de Estados Unidos, y a las demás autoridades civiles y a los líderes de las comunidades aquí presentes. Saludo a mis hermanos y hermanas en la fe católica: a los miembros del laicado, que desean vivir su dignidad bautismal cada vez con mayor intensidad, esforzándose para que el Evangelio influya en las realidades de la vida diaria de la sociedad.

Con afecto saludo a mis hermanos en el sacerdocio, que representan a todos los numerosos, celosos y generosos sacerdotes de San Luis y de las demás diócesis. Deseo que gocéis diariamente durante vuestro encuentro, en la oración y en la Eucaristía, con Jesucristo vivo, cuyo sacerdocio compartís. Saludo con alegría a los diáconos de la Iglesia, y os aliento en vuestro ministerio litúrgico, pastoral y caritativo. Expreso mi agradecimiento en especial a vuestras esposas y a vuestras familias, por el apoyo que os brindan en este ministerio.

Los numerosos religiosos que están aquí esta tarde representan a los miles de hombres y mujeres que han trabajado en la archidiócesis desde el comienzo. Seguís a Cristo, imitando su entrega total al Padre y a la causa de su reino. Os expreso a cada uno mi estima y mi gratitud.

Con gusto quiero dedicar unas palabras de aliento a los seminaristas. Seréis los sacerdotes del nuevo milenio, trabajando con Cristo en la nueva evangelización; ayudando a la Iglesia, bajo la acción del Espíritu Santo, a afrontar las exigencias del nuevo siglo. Pido todos los días al Señor que os transforme en «pastores según su corazón» (Jr 3, 15).

4. Me complace en particular que distinguidos miembros de otras Iglesias y comunidades eclesiales se hayan unido a la comunidad católica de San Luis en esta celebración de Vísperas. Con esperanza y confianza sigamos trabajando juntos para que se cumpla el deseo del Señor: «Que todos sean uno, (...) para que el mundo crea» (Jn 17, 21). Expreso, asimismo, mi amistad y mi estima a los miembros de las demás tradiciones religiosas. En particular, quiero recordar la relación que mantengo desde hace mucho tiempo con los creyentes de fe judía, y mis encuentros en muchas partes del mundo con mis hermanos y hermanas musulmanes. Hoy, la divina Providencia nos ha congregado y permitido orar: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben». Ojalá que esta oración exprese nuestro compromiso común en favor de una comprensión y colaboración cada vez mayores.

5. También deseo manifestar mi aprecio a la comunidad civil de toda el área metropolitana, a todas las personas de la ciudad de San Luis que trabajan por su bienestar humano, cultural y social. Vuestra determinación para afrontar los numerosos desafíos urbanos que tiene planteados la comunidad ayudará a suscitar un renovado «Espíritu de San Luis», a fin de servir a la causa de la ciudad, que es la causa de su pueblo y de sus necesidades. Es preciso prestar atención especial a la formación de los jóvenes, para que participen de forma positiva en la comunidad. A este respecto, comparto la esperanza de la archidiócesis de que el Colegio Cardenal Ritter, de enseñanza preparatoria, sostenido por el esfuerzo común de todos los sectores, pueda seguir ofreciendo a un gran número de jóvenes la oportunidad de gozar de una educación cualificada y aspirar a una genuina realización humana.

En nombre de la Iglesia, doy las gracias a todos, incluida la comunidad económica, por su continuo apoyo a los numerosos y valiosos servicios caritativos, sociales y educativos promovidos por la Iglesia.

6. «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben» (Sal 67, 4).

Al final de este siglo, caracterizado a la vez por un progreso sin precedentes y por un trágico costo de sufrimientos humanos, los cambios radicales en la política mundial llevan a Estados Unidos a asumir la gran responsabilidad de ser para el mundo un ejemplo de sociedad auténticamente libre, democrática, justa y humana. El cántico tomado del libro del Apocalipsis, que acabamos de proclamar, ofrece una lección a toda nación poderosa. En realidad, alude al canto de liberación, que Moisés elevó después de haber guiado al pueblo a través del mar Rojo, salvándolo de la ira del faraón. Toda la historia de la salvación ha de leerse desde la perspectiva de este Éxodo: Dios se revela a sí mismo en sus acciones para defender a los humildes de la tierra y liberar a los oprimidos.

De la misma manera, en su cántico del Magníficat, María, la Madre del Redentor, nos da la clave para comprender la intervención de Dios en la historia humana cuando dice: el Señor «dispersó a los soberbios de corazón (...) y enalteció a los humildes» (Lc 1, 51-52). La historia de la salvación nos enseña que el poder es responsabilidad; es servicio, no privilegio. Su ejercicio se justifica moralmente cuando se ordena al bien de todos, cuando es sensible a las necesidades de los pobres y los indefensos.

Hay una segunda lección aquí: Dios nos ha dado una ley moral para guiarnos y evitar que volvamos a caer en la esclavitud del pecado y de la mentira. No estamos solos con nuestra responsabilidad por el gran don de la libertad. Los diez mandamientos son la Carta de la verdadera libertad, tanto para las personas como para la sociedad entera.

Estados Unidos proclamó su independencia, ante todo, basándose en verdades morales evidentes. Estados Unidos seguirá siendo un faro de libertad para el mundo siempre que se mantenga fiel a esas verdades morales que son el núcleo mismo de su experiencia histórica. Por eso, Estados Unidos: si quieres la paz, trabaja por la justicia. Si quieres la justicia, defiende la vida. Si quieres la vida, abraza la verdad, la verdad revelada por Dios.

De este modo, la alabanza a Dios, la lengua del cielo, estará siempre en los labios de este pueblo: «El Señor es Dios, el todopoderoso. (...) Venid, postrémonos ante él y adorémoslo». Amén.

 

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