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DOMINGO DE RAMOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
XIV
Jornada mundial de la juventud 28 de marzo de 1999
1. «Cristo se humilló, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 8).
La celebración de la Semana santa comienza con el
«¡Hosanna!» de este domingo de Ramos, y llega a su momento culminante en el
«¡Crucifícalo!» del Viernes santo. Pero no se trata de un contrasentido;
es, más bien, el centro del misterio que la liturgia quiere proclamar: Jesús
se entregó voluntariamente a su pasión, no se vio obligado por fuerzas
superiores a él (cf. Jn 10, 18). Él mismo, escrutando la voluntad del
Padre, comprendió que había llegado su hora, y la aceptó con la obediencia
libre del Hijo y con infinito amor a los hombres.
Jesús llevó nuestros pecados a la cruz, y nuestros pecados
llevaron a Jesús a la cruz: fue triturado por nuestras culpas (cf. Is
53, 5). A David, que buscaba al responsable del delito que le había contado
Natán, el profeta le responde: «Tú eres ese hombre» (2 S 12, 7). La
palabra de Dios nos responde lo mismo a nosotros, que nos preguntamos quién
hizo morir a Jesús: «Tú eres ese hombre». En efecto, el proceso y la
pasión de Jesús continúan en el mundo actual, y los renueva cada persona
que, cayendo en el pecado, prolonga el grito: «No a éste, sino a Barrabás.
¡Crucifícalo!».
2. Al contemplar a Jesús en su pasión, vemos como en un
espejo los sufrimientos de la humanidad, así como nuestras situaciones
personales. Cristo, aunque no tenía pecado, tomó sobre sí lo que el hombre
no podía soportar: la injusticia, el mal, el pecado, el odio, el sufrimiento
y, por último, la muerte. En Cristo, Hijo del hombre humillado y sufriente,
Dios ama a todos, perdona a todos y da el sentido último a la existencia
humana.
Nos encontramos aquí, esta mañana, para recoger este mensaje
del Padre que nos ama. Podemos preguntarnos: ¿qué quiere de nosotros? Quiere
que, al contemplar a Jesús, aceptemos seguirlo en su pasión, para compartir
con él la resurrección. En este momento nos vienen a la memoria las palabras
que Jesús dijo a sus discípulos: «El cáliz que yo voy a beber, también
vosotros lo beberéis y seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a
ser bautizado» (Mc 10, 39). «Si alguno quiere venir en pos de mí,
(...) tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25).
El «Hosanna» y el «Crucifícalo» se convierten así en la
medida de un modo de concebir la vida, la fe y el testimonio cristiano: no
debemos desalentarnos por las derrotas, ni exaltarnos por las victorias,
porque, como sucedió con Cristo, la única victoria es la fidelidad a la
misión recibida del Padre: «Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le
concedió el nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2, 9).
3. La primera parte de la celebración de hoy nos ha hecho
revivir la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. ¿Quién intuyó, en
aquel día fatídico, que Jesús de Nazaret, el Maestro que hablaba con
autoridad (cf. Lc 4, 32), era el Mesías, el hijo de David, el Salvador
esperado y prometido? Fue el pueblo, y los más entusiastas y activos en medio
del pueblo fueron los jóvenes, que se convirtieron así, en cierto modo, en
«heraldos» del Mesías. Comprendieron que aquella era la hora de Dios, la
hora anhelada y bendita, esperada durante siglos por Israel, y, llevando ramos
de olivo y de palma, proclamaron el triunfo de Jesús.
Continuando espiritualmente ese acontecimiento, se celebra
desde hace ya catorce años la Jornada mundial de la juventud, durante la cual
los jóvenes, reunidos con sus pastores, profesan y proclaman con alegría su
fe en Cristo, se interrogan sobre sus aspiraciones más profundas,
experimentan la comunión eclesial, confirman y renuevan su compromiso en la
urgente tarea de la nueva evangelización.
Buscan al Señor en el centro del misterio pascual. El
misterio de la cruz gloriosa se convierte para ellos en el gran don y, al
mismo tiempo, en el signo de la madurez de la fe. Con su cruz, símbolo
universal del amor, Cristo guía a los jóvenes del mundo a la gran
«asamblea» del reino de Dios, que transforma los corazones y la sociedad.
¿Cómo no dar gracias al Señor por las Jornadas mundiales de
la juventud, que empezaron en 1985 precisamente en la plaza de San Pedro y
que, siguiendo la «cruz del Año santo», han recorrido el mundo como una
larga peregrinación hacia el nuevo milenio? ¿Cómo no alabar a Dios, que
revela a los jóvenes los secretos de su reino (cf. Mt 11, 25), por
todos los frutos de bien y de testimonio cristiano que ha suscitado esta feliz
iniciativa?
Esta Jornada mundial de la juventud es la última antes de la
gran cita jubilar, última de este siglo y de este milenio; por eso, reviste
una importancia singular. Ojalá que, con la contribución de todos, sea una
fuerte experiencia de fe y de comunión eclesial.
4. Los jóvenes de Jerusalén aclamaban: «¡Hosanna al Hijo
de David!» (Mt 21, 9). Jóvenes, amigos míos, ¿queréis también
vosotros, como vuestros coetáneos de aquel día lejano, reconocer a Jesús
como el Mesías, el salvador, el maestro, el guía, el amigo de vuestra vida?
Recordad: sólo él conoce a fondo lo que hay en todo ser humano (cf. Jn
2, 25); sólo él le enseña a abrirse al misterio y a llamar a Dios con el
nombre de Padre, «Abbá»; sólo él lo capacita para un amor gratuito a su
prójimo, acogido y reconocido como «hermano» y «hermana».
Queridos jóvenes, salid con gozo al encuentro de Cristo, que
alegra vuestra juventud. Buscadlo y encontradlo en la adhesión a su palabra y
a su misteriosa presencia eclesial y sacramental. Vivid con él en la
fidelidad a su Evangelio, que en verdad es exigente hasta el sacrificio, pero
que, al mismo tiempo, es la única fuente de esperanza y de auténtica
felicidad. Amadlo en el rostro de vuestro hermano necesitado de justicia, de
ayuda, de amistad y de amor.
En vísperas del nuevo milenio, ésta es vuestra hora. El
mundo contemporáneo os abre nuevos senderos y os llama a ser portadores de fe
y alegría, como expresan los ramos de palma y de olivo que lleváis hoy en
las manos, símbolo de una nueva primavera de gracia, de belleza, de bondad y
de paz. El Señor Jesús está con vosotros y os acompaña.
5. Todos los años la Iglesia entra con emoción, durante la
Semana santa, en el misterio pascual, conmemorando la muerte y la
resurrección del Señor.
Precisamente en virtud del misterio pascual, que la engendra,
puede proclamar ante el mundo, con las palabras y las obras de sus hijos:
«Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 11).
¡Sí! Jesucristo es el Señor. Es el Señor del tiempo y de la historia, el
Redentor y el Salvador del hombre. ¡Bendito el que viene en nombre del
Señor! ¡Hosanna! Amén.
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