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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Gdansk, 5 de junio 1999

   

1. «Estoy persuadido de que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús cuando yo vuelva a estar entre vosotros» (Flp 1, 25-26). Esto lo dice el apóstol san Pablo en la liturgia de hoy. Se trata de unas palabras de la carta a los Filipenses, pero aquí, donde se conserva la memoria de san Adalberto, resultan muy significativas. Parece que no es san Pablo quien habla a los Filipenses sino san Adalberto quien nos habla a nosotros.

El eco de esta voz resuena incesantemente en esta tierra, donde el patrono de la Iglesia de Gdansk sufrió el martirio. «Para él la vida era Cristo, y la muerte, una ganancia» (cf. Flp 1, 21). Llegó aquí a Gdansk en el año 997, anunció el Evangelio y administró el santo bautismo. Cristo fue glorificado por san Adalberto mediante su vida fervorosa y su muerte heroica. Durante mi anterior peregrinación a Gniezno, ante la tumba de san Adalberto, dije que siguió a Cristo «como siervo fiel y generoso, dando testimonio de él a costa de su vida. Y por eso el Padre lo ha honrado. El pueblo de Dios le ha tributado en la tierra una veneración que se reserva a los santos, con la convicción de que un mártir de Cristo participa en el cielo de la gloria del Padre. (...) Su martirio (...) está en el origen de la Iglesia polaca y, en cierto modo, también del mismo Estado» (Homilía en Gniezno, 3 de junio de 1997, n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de junio de 1997, p. 5). Dos años después de su muerte, la Iglesia lo proclamó santo y yo hoy, mientras celebro este santísimo sacrificio, conmemoro el milenario de su canonización.

2. Doy gracias a Dios por haber podido venir nuevamente a vosotros y por la celebración común de este jubileo. Realmente es grande el día que ha hecho el Señor por su bondad. Me alegro de ello, porque me brinda la oportunidad de visitar de nuevo la histórica y hermosa ciudad de Gdansk. Saludo a sus habitantes y a toda la archidiócesis, así como a los habitantes de Sopot, de Gdynia y de las demás ciudades y aldeas. Saludo al arzobispo Tadeusz, pastor de esta Iglesia, al obispo auxiliar, a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los que participan en esta santísima eucaristía. Con veneración recuerdo a los obispos difuntos mons. Edmund Nowicki y mons. Lech Kaczmarek, que desempeñaron su ministerio de pastores en esta Iglesia de Gdansk en tiempos difíciles. Tengo ante los ojos los encuentros que celebré hace doce años con esta ciudad y con sus habitantes, especialmente con los enfermos en la basílica mariana, con el mundo del trabajo en Zaspa de Gdansk, con los jóvenes en Westerplatte y con la gente del mar en Gdynia. Llevo este recuerdo en lo más íntimo de mi corazón y en mi memoria.

Mirándolo desde una perspectiva histórica, se descubre cuán diverso era ese tiempo. La nación afrontaba entonces otras experiencias y otros desafíos. En esa ocasión os hablaba a vosotros, pero también de algún modo hablaba en nombre vuestro. Hoy la situación es diferente. Y demos gracias a Dios por ello. Recuerdo esos momentos con emoción, consciente de los grandes acontecimientos que han tenido lugar en nuestra patria. «Han llegado tiempos nuevos» a esta tierra, y san Adalberto ha desempeñado un papel fundamental.

La sangre que derramó produce siempre nuevos frutos espirituales. Es la semilla evangélica que cayó en tierra y murió, y ha dado una gran cosecha en todas las naciones en las que realizó su misión: Bohemia, Hungría, la Polonia de los Piast e incluso en la Pomerania y en Gdansk, para beneficio de los pueblos que habitaban en ellas. Mil años después de su muerte a orillas del Báltico, estamos convencidos de que precisamente la sangre de ese mártir, derramada en estos territorios hace diez siglos, contribuyó de manera decisiva a la evangelización, a la difusión de la fe y a una nueva vida. Hoy tenemos gran necesidad de seguir el ejemplo de su vida, entregada totalmente a Dios para la difusión del Evangelio. Su testimonio de servicio y de celo apostólico está profundamente arraigado en la fe y en el amor a Cristo. De san Adalberto podemos decir con el salmista: «su alma estaba sedienta de Dios; tenía sed de Dios, como tierra reseca, árida, sin agua» (cf. Sal 62, 2).

Gracias, san Adalberto, por tu ejemplo de santidad; porque, con tu vida, nos enseñaste el sentido de las palabras: «para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (cf. Flp 1, 21). Te damos gracias por el milenio de fe y de vida cristiana en Polonia y en toda Europa central.

3. «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48), dice Cristo en el evangelio de hoy. En vísperas del tercer milenio, estas palabras, recogidas por san Mateo, resuenan con nueva fuerza. Resumen la enseñanza de las ocho bienaventuranzas, expresando a la vez toda la plenitud de la vocación del hombre. Ser perfecto como Dios. Ser como Dios, grande en el amor, porque él es amor y «hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 45).

Aquí tocamos el misterio del hombre creado a imagen y semejanza de Dios y, por ello, capaz de amar y de recibir el don del amor. Esa vocación originaria del hombre ha sido inscrita por el Creador en la naturaleza humana y hace que todo hombre busque el amor, aunque a veces lo hace eligiendo el mal del pecado, que se presenta bajo las apariencias del bien. Busca el amor, porque en lo más profundo de su corazón sabe que sólo el amor puede hacerlo feliz. Sin embargo, con frecuencia el hombre busca esta felicidad a tientas. La busca en los placeres, en los bienes materiales y en lo terreno y pasajero.

«Se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5), dijo a Adán en el paraíso el enemigo de Dios, Satanás, en quien se fio. Con todo, ¡cuán doloroso ha resultado para el hombre este camino de la búsqueda de la felicidad sin Dios! De inmediato experimentó las tinieblas del pecado y el drama de la muerte. En efecto, el hombre, siempre que se aleja de Dios, experimenta como consecuencia una gran desilusión, acompañada de miedo. Sucede así porque, como efecto de su alejamiento de Dios, el hombre se queda solo y comienza a sentir el dolor de la soledad: se siente perdido. Sin embargo, ese miedo lo lleva a buscar al Creador, pues nada puede saciar el hambre de Dios, arraigada en el hombre.

Queridos hermanos y hermanas, no os dejéis «intimidar en nada por los adversarios» (Flp 1, 28), nos recuerda san Pablo en la primera lectura. No os dejéis intimidar por los que afirman que el pecado es el camino que conduce a la felicidad. Estáis «sosteniendo el mismo combate en que antes me visteis y en el que ahora sabéis que me encuentro» (Flp 1, 30), añade el Apóstol de las gentes, y éste es el combate contra nuestros pecados personales y especialmente los pecados contra el amor: pueden asumir dimensiones preocupantes en la vida social. El hombre nunca será feliz a costa de otro hombre, destruyendo la libertad ajena, pisoteando la dignidad de las personas y cultivando el egoísmo. Nuestra felicidad es el hermano que Dios nos ha dado y encomendado, y a través de él esa felicidad es Dios mismo: Dios a través del hombre, pues «todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (...) porque Dios es Amor» (1 Jn 4, 7-8).

Lo digo en la tierra de Gdansk, que fue testigo de combates dramáticos por la libertad y la identidad cristiana de los polacos. Recordemos el mes de septiembre de 1939: la heroica defensa de Westerplatte y del edificio de Correos en Gdansk. Recordemos a los sacerdotes martirizados en el campo de concentración de la cercana Stutthof, que la Iglesia elevará a la gloria de los altares durante esta peregrinación, o los bosques de Pia{l-sacute}nica, cerca de Wejherowo, donde fueron fusiladas miles de personas. Todo eso pertenece a la historia de la gente de esta tierra y está inscrita en el conjunto de los trágicos acontecimientos de los tiempos de guerra. «Millares fueron víctimas de prisiones, torturas y ejecuciones capitales. (...) Digno de admiración y de eterno recuerdo fue este esfuerzo incomparable de toda la sociedad, y en especial de la generación joven de los polacos, en defensa de la patria y de sus valores esenciales», escribí en el mensaje a la Conferencia episcopal polaca con ocasión del 50° aniversario del inicio de la segunda guerra mundial (n. 2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de septiembre de 1989, p. 1).

Abracemos con nuestra oración a esas personas, recordando sus sufrimientos, su sacrificio y especialmente su muerte. Y tampoco podemos olvidar la historia más reciente, a la que pertenece ante todo el trágico diciembre de 1970, cuando los obreros invadieron las calles de Gdansk y Gdynia, y luego el mes de agosto de 1980, lleno de esperanza, y por último el dramático período del estado de guerra.

¿Hay un lugar más adecuado para hablar de esto que Gdansk? En efecto, en esta ciudad, hace diecinueve años, nació el sindicato «Solidaridad». Fue un acontecimiento que marcó un viraje en la historia de nuestra nación, e incluso en la de Europa. «Solidaridad» abrió las puertas de la libertad a los países esclavos del sistema totalitario, derribó el muro de Berlín y contribuyó a la unidad de Europa, dividida en dos bloques desde la segunda guerra mundial. Nunca hemos de olvidar esto. Ese acontecimiento forma parte de nuestro patrimonio nacional. En aquella ocasión, en Gdansk, os escuché decir: «No hay libertad sin solidaridad». Hoy es preciso repetir: «No hay solidaridad sin amor». Más aún, no hay felicidad, no hay futuro del hombre y de la nación sin el amor que perdona, aunque no olvide; sin el amor, que es sensible a la desgracia ajena, que no busca su propio interés, sino que desea el bien de los demás; sin el amor que está al servicio del prójimo, que se olvida de sí mismo y está dispuesto a entregarse con generosidad.

Así pues, estamos llamados a construir el futuro basado en el amor a Dios y al prójimo, para edificar la «civilización del amor». Hoy el mundo y Polonia necesitan hombres de corazón grande, que sirvan con humildad y amor, que bendigan y no maldigan, que conquisten la tierra con la bendición. No se puede construir el futuro sin referirse a la fuente del amor, que es Dios, el cual «tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

Jesucristo revela al hombre el amor, mostrándole al mismo tiempo su vocación suprema. En el pasaje evangélico de hoy, nos señala, con las palabras del sermón de la montaña, cómo hay que realizar esta vocación: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48).

4. Volvamos a las palabras de la liturgia de hoy. Escribe el Apóstol: «Lo que importa es que vosotros llevéis una vida digna del evangelio de Cristo, para que tanto si voy a veros como si estoy ausente, oiga de vosotros que os mantenéis firmes en un mismo espíritu y lucháis acordes por la fe del Evangelio» (Flp 1, 27).

Eso dice el apóstol san Pablo a los Filipenses y eso mismo nos dice a nosotros san Adalberto. Después de diez siglos, esas palabras parecen cobrar aún mayor elocuencia. Desde una distancia de tantos siglos viene a nosotros, vuelve nuevamente este santo obispo, el apóstol de nuestra tierra, para examinar y comprobar en cierto sentido si perseveramos en la fidelidad al Evangelio. Nuestra presencia litúrgica en los itinerarios que él recorrió debe ser la respuesta. Queremos asegurarle que sí perseveramos y queremos seguirlo haciendo. Él preparó a nuestros antepasados para entrar en el segundo milenio, con una visión muy clarividente. Hoy, aquí, todos juntos, respondiendo a esas palabras, nos preparamos a entrar en el tercer milenio. Queremos entrar en él con Dios, como un pueblo que ha puesto su confianza en el amor y que ha amado la verdad; como un pueblo que quiere vivir en espíritu de verdad, porque sólo la verdad puede hacernos libres y felices. Cantemos el Te Deum, glorificando a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Dios creador y redentor, por todo lo que ha hecho en esta tierra por medio de su siervo el obispo Adalberto. Y pidámosle al mismo tiempo: «Salvum fac populum tuum, Domine, et benedic haereditati tuae».

Mucho ha cambiado y está cambiando en la tierra polaca. Con el paso de los siglos, Polonia crece entre destinos mudables, como una gran encina de la historia, que ha echado sólidas raíces. Demos gracias a la divina Providencia porque ha bendecido el proceso milenario de este crecimiento con la presencia de san Adalberto y con su martirio a orillas del Báltico. Es una gran herencia, con la que caminamos hacia el futuro. Que por obra de san Adalberto y de todos los patronos polacos reunidos alrededor de la Madre de Dios permanezcan los frutos de la Redención y se consoliden entre las generaciones futuras. Que los hombres del tercer milenio asuman la misión transmitida en otro tiempo, hace mil años, por san Adalberto y, a su vez, la transmitan a las nuevas generaciones.

El grano de trigo caído en tierra,
en esta tierra,
ha dado el ciento por uno. 

Amén.

    

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