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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Siedlce, jueves 10 de junio 1999

   

1. «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8, 35).

Acabamos de escuchar las palabras de san Pablo, dirigidas a los cristianos de Roma. Es un gran himno de gratitud a Dios por su amor y su bondad. Este amor alcanzó su cima y su expresión más perfecta en Jesucristo. En efecto, Dios no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por nosotros, para que tuviéramos la vida eterna (cf. Rm 8, 32). Injertados en Cristo mediante el bautismo, somos hijos elegidos y amados de Dios. Esta certeza debería estimularnos a perseverar en la fidelidad a Cristo. San Pablo entiende esa fidelidad como unión con Cristo en el amor.

Queridos hermanos y hermanas, ¡con cuánta elocuencia resuenan esas palabras del Apóstol de los gentiles en Podlasia, que ha dado intrépidos testigos del evangelio de Cristo! El pueblo de esta tierra ha dado, a lo largo de los siglos, innumerables testimonios de su fe en Cristo y de adhesión a su Iglesia, especialmente durante las crueles persecuciones y las duras pruebas de la historia.

Saludo a todos los presentes en esta santa misa; a todo el pueblo de Dios de Podlasia, unido a su pastor, el obispo Jan Wiktor Nowak, a los obispos eméritos Jan Mazur y Waclaw Skomorucha y al obispo auxiliar Henryk Marian Tomasik. Me alegra la presencia de los cardenales y obispos de Bielorrusia, de Kazajstán, de Rusia y de Ucrania. Saludo cordialmente al cardenal Kazimierz Swiatek y a los obispos de rito bizantino-ucranio de Polonia y de Ucrania. En especial, saludo al arzobispo metropolitano de Przemysl-Varsovia, Ivan Martyniak, al obispo electo de Wroclaw-Gdansk, y al obispo Lubomyr Husar de Lvov, con los obispos de Ucrania, así como a los peregrinos que han venido con él. Saludo a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los estudiantes del seminario mayor de Siedlce, y a los representantes de los movimientos católicos, de los grupos de oración y de las asociaciones apostólicas. Saludo a los peregrinos de las diversas partes de Polonia, y a los de la cercana Bielorrusia, de Lituania, de Ucrania y de Rusia.

En este momento se reavivan en mi corazón los recuerdos de los anteriores encuentros con la Iglesia de Siedlce, especialmente de la conmemoración del milenario del bautismo de Polonia, en 1966, y del jubileo en el 150· aniversario de la diócesis, cuando celebré la eucaristía en Koden de los Sapieha, ante la imagen de la Virgen Reina de Podlasia. Hoy con alegría me presento ante vosotros y doy gracias a la divina Providencia porque me concede honrar las reliquias de los mártires de Podlasia. En ellos se cumplieron de modo muy especial las palabras de san Pablo recogidas en la liturgia de hoy: «ni la muerte ni la vida (...) ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 8, 38-39).

2. «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros» (Jn 17, 11).

Cristo pronunció estas palabras la víspera de su pasión y muerte. En cierto sentido, son su testamento. Desde hace dos mil años, la Iglesia avanza en la historia con este testamento, con esta oración por la unidad. Sin embargo, hay algunos períodos de la historia en los que esa oración resulta particularmente actual. Nosotros estamos viviendo precisamente uno de esos períodos. Si el primer milenio de la historia de la Iglesia estuvo marcado esencialmente por la unidad, ya desde el inicio del segundo milenio se produjeron las divisiones, primero en Oriente y más tarde en Occidente. Desde hace casi diez siglos el cristianismo vive desunido.

Esa desunión se ha expresado y se expresa en la Iglesia que desde hace mil años realiza su misión en Polonia. En el período de la primera República, los extensos territorios polaco-lituano-rutenos constituían una región donde coexistían las tradiciones occidental y oriental. Sin embargo, se fueron manifestando gradualmente los efectos de la división que, como es sabido, se produjo entre Roma y Bizancio a mitad del siglo XI. Poco a poco se fue despertando también la conciencia de la necesidad de restablecer la unidad, especialmente a raíz del concilio de Florencia, en el siglo XV. El año 1596 tuvo lugar un acontecimiento histórico: la así llamada «Unión de Brest». Desde entonces, en los territorios de la primera República, y especialmente en los orientales, aumentó el número de las diócesis y de las parroquias de la Iglesia greco-católica. Aun conservando la tradición oriental en el ámbito de la liturgia, de la disciplina y de la lengua, esos cristianos permanecieron en unión con la Sede apostólica.

En la diócesis de Siedlce, donde nos encontramos hoy, y en particular en la localidad de Pratulina, se brindó un testimonio especial de ese proceso histórico. En efecto, aquí fueron martirizados los confesores de Cristo pertenecientes a la Iglesia greco-católica, el beato Vicente Lewoniuk, y sus doce compañeros.

Hace tres años, durante su beatificación en la plaza de San Pedro, en Roma, dije que «dieron testimonio de fidelidad inquebrantable al Señor de la viña. No lo defraudaron, sino que, habiendo permanecido unidos a Cristo como los sarmientos a la vid, dieron los frutos esperados de conversión y santidad. Perseveraron, incluso a costa del sacrificio supremo. (...) Como siervos fieles del Señor, confiando en su gracia, testimoniaron su pertenencia a la Iglesia católica en la fidelidad a su tradición oriental. (...) Con ese gesto generoso los mártires de Pratulina defendieron no sólo el templo frente al cual fueron asesinados, sino también a la Iglesia que Cristo confió al apóstol Pedro, porque se sentían sus piedras vivas».

Los mártires de Pratulina defendieron la Iglesia, que es la viña del Señor. Permanecieron fieles a ella hasta la muerte, y no cedieron a las presiones del mundo de entonces, que precisamente por eso los odiaba. En su vida y en su muerte se cumplió la petición de Cristo en la oración sacerdotal: «Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado (...). No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. (...) Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad» (Jn 17, 14-15. 17-19). Dieron testimonio de su fidelidad a Cristo en su santa Iglesia. En el mundo en el que vivían, con valentía trataron de derrotar, mediante la verdad y el bien, al mal que se extendía, y con amor quisieron vencer al odio que reinaba. Como Cristo, que por ellos se entregó a sí mismo en sacrificio, para santificarlos en la verdad, también ellos entregaron su vida por la fidelidad a la verdad de Cristo y en defensa de la unidad de la Iglesia. Esta gente sencilla -padres de familia- en el momento crítico prefirió la muerte antes que ceder a presiones que atentaban contra su conciencia. «¡Qué dulce es morir por la fe!», fueron sus últimas palabras.

Les agradecemos ese extraordinario testimonio, que se ha convertido en patrimonio de toda la Iglesia que está en Polonia para el tercer milenio, que ya se aproxima. Dieron una gran contribución a la construcción de la unidad. Cumplieron hasta el fin, mediante el generoso sacrificio de su vida, la oración de Cristo al Padre: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros» (Jn 17, 11). Con su muerte confirmaron la fidelidad a Cristo en la Iglesia católica de tradición oriental.

Ese mismo espíritu animó a las multitudes de fieles de rito bizantino-ucranio, obispos, sacerdotes y laicos, que durante los cuarenta y cinco años de persecución han mantenido la fidelidad a Cristo, conservando su identidad eclesial. En este testimonio, la fidelidad a Cristo se mezcla con la fidelidad a la Iglesia y se transforma en servicio a la unidad.

3. «Como tú, Padre, me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo» (Jn 17, 18).

Los mártires de Pratulina dan testimonio de su fe, recordándonos que Cristo llamó y envió a todos sus discípulos para que, a lo largo de los siglos, hasta el fin de los tiempos, sean heraldos de la venida de su reino. Esta llamada universal a dar testimonio de Cristo nos la recordó con mucha claridad el concilio Vaticano II, en el decreto sobre el apostolado de los laicos: «Es el propio Señor (...) quien invita de nuevo a todos los laicos a que se unan a él cada vez más íntimamente y a que, sintiendo como propias las cosas que a él le pertenecen, se asocien a su misión salvífica» (Apostolicam actuositatem, 33). Esta invitación del Concilio es particularmente actual ahora, al acercarse el tercer milenio. Cristo mismo la dirige, al final del siglo XX, a través de los padres conciliares, no sólo a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino también a todos sus discípulos. Hoy, indicando el ejemplo de los trece mártires de Pratulina, nos lo dirige en particular a nosotros.

Hoy, más que nunca, hace falta un auténtico testimonio de fe, que se manifieste en la vida de los discípulos laicos de Cristo: mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. Hace falta un decidido testimonio de fidelidad a la Iglesia y de responsabilidad frente a la Iglesia, que desde hace veinte siglos lleva a todo pueblo y a toda nación la salvación, anunciando la inmutable doctrina del Evangelio. La humanidad se encuentra ante dificultades de varias clases, ante problemas y transformaciones muy fuertes; muchas veces experimenta dramáticos sobresaltos y laceraciones. En ese mundo, muchos, especialmente jóvenes, quedan desconcertados y heridos. Algunos caen víctimas de las sectas y de deformaciones religiosas, o de manipulaciones de la verdad. Otros sucumben a diversas formas de esclavitud. Se difunden actitudes de egoísmo, injusticia e insensibilidad ante las necesidades ajenas.

La Iglesia afronta estos y otros muchos desafíos de nuestro tiempo. Quiere prestar a los hombres una ayuda eficaz y, por eso, necesita el compromiso de los fieles laicos, los cuales, bajo la guía de sus pastores, deben participar activamente en su misión salvífica.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el santo bautismo habéis sido injertados en Cristo. Formáis parte de la Iglesia, su Cuerpo místico. Por medio de vosotros, Cristo quiere actuar con la fuerza de su Espíritu. A través de vosotros quiere «anunciar a los pobres la buena nueva, proclamar a los cautivos la liberación y a los ciegos la vista». Por medio de vosotros, quiere «dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (cf. Lc 4, 18-19). Como laicos, fieles a vuestra identidad, viviendo en el mundo, podéis transformarlo activa y eficazmente con el espíritu del Evangelio. Sed la sal que da a la vida el sabor cristiano. Sed la luz que brilla en las tinieblas de la indiferencia y del egoísmo.

En la Carta a Diogneto leemos: «Lo que es el alma para el cuerpo, eso son para el mundo los cristianos. De la misma manera que el alma está en todos los miembros del cuerpo, así los cristianos están esparcidos por todas las ciudades del mundo» (2, 6). La nueva evangelización nos plantea grandes desafíos. Mi predecesor el Papa Pablo VI escribió en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi: «El campo propio de su (de los laicos) actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación social, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.» (n. 70).

Con gran alegría constato que en Polonia se están desarrollando mucho la Acción católica, varios tipos de organizaciones, las asociaciones y los movimientos católicos, y entre ellos los movimientos juveniles, como la Asociación católica de jóvenes y el movimiento Luz y vida. Se trata de una nueva acción del Espíritu Santo en nuestra patria. Demos gracias a Dios por ello. Sed fieles a vuestra vocación cristiana. Sed fieles a Dios y a Cristo, que vive en la Iglesia.

4. Hoy veneramos las reliquias de los mártires de Podlasia y adoramos la cruz de Pratulina, que fue testigo mudo de su fidelidad heroica. Tenían esta cruz en las manos y la llevaban en lo más íntimo de su corazón, como signo del amor del Padre y de la unidad de la Iglesia de Cristo. La cruz les dio la fuerza para dar testimonio de Cristo y de su Iglesia. En ellos se cumplieron las palabras de san Pablo, recogidas en la liturgia de hoy: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8, 31). Con su muerte se insertaron de modo especial en el gran patrimonio de fe que comenzó con san Adalberto, y prosiguió con san Estanislao y san Josafat Kuncewicz, el patrono de la Rus', hasta nuestros tiempos.

Es incalculable el número de los que en Polonia, o más bien en el territorio de la primera República, que abarcaba zonas de Polonia, Lituania y Rutenia, sufrieron por la cruz de Cristo los mayores sacrificios. Varias veces en su historia, nuestra nación debió defender su fe y soportar la opresión y la persecución por su fidelidad a la Iglesia. Especialmente el largo período que siguió a la segunda guerra mundial se caracterizó por una lucha particularmente intensa contra la Iglesia, librada por el sistema totalitario. Se trataba de prohibir la enseñanza de la religión en la escuela; se impedía la profesión pública de la fe, así como la construcción de iglesias o capillas. ¡Cuántos sacrificios se debían afrontar! ¡Cuánta valentía hizo falta para conservar la identidad cristiana! Sin embargo, no lograron eliminar la cruz, signo de fe y amor, de la vida personal y social, porque estaba profundamente arraigada en los corazones y en las conciencias. La cruz se transformó para la nación y para la Iglesia en fuente de fuerza y signo de unidad entre los hombres.

La nueva evangelización necesita auténticos testigos de la fe, personas enraizadas en la cruz de Cristo y dispuestas a afrontar sacrificios por ella. En efecto, el verdadero testimonio de la fuerza vivificante de la cruz lo dan quienes, en su nombre, derrotan en sí mismos el egoísmo y los demás males, y los que desean imitar el amor de Cristo hasta el fin.

Es preciso que, como en el pasado, la cruz siga estando presente en nuestra existencia como una clara señalización del camino que se ha de seguir y como la luz que ilumina toda nuestra vida. Ojalá la cruz, que con sus brazos une el cielo y la tierra y a los hombres entre sí, crezca en nuestra tierra y forme un gran árbol, lleno de frutos de salvación; que engendre nuevos y valientes heraldos del Evangelio, que amen a la Iglesia y sean responsables de ella; verdaderos heraldos de la fe, estirpe de hombres nuevos, que enciendan la antorcha de la fe y la lleven encendida cruzando el umbral del tercer milenio.

Cruz de Cristo, te adoramos.
Te veneramos en todo tiempo.
De ti brota la fuerza y la fortaleza.
En ti está nuestra victoria.

  

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