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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sandomierz, sábado 12 de junio 1999

   

1. «Su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando"» (Lc 2, 48).

Hoy la liturgia de la Iglesia celebra la memoria del Inmaculado Corazón de la santísima Virgen María. Contemplamos a María que, solícita y preocupada, busca a Jesús, perdido durante la peregrinación a Jerusalén. María y José, como devotos israelitas, acudían cada año a Jerusalén con ocasión de la fiesta de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, los acompañó por primera vez. Precisamente entonces tuvo lugar el acontecimiento que meditamos en el quinto misterio gozoso del santo rosario: el niño Jesús perdido y hallado en el templo. San Lucas lo describe de forma muy emotiva, gracias a las noticias recibidas, como es de suponer, de la Madre de Jesús: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? (...) Angustiados, te andábamos buscando». María, que había llevado a Jesús junto a su corazón y lo había protegido de Herodes huyendo a Egipto, confiesa humanamente su gran preocupación por su Hijo. Sabe que debe estar presente en su camino. Sabe que mediante el amor y el sacrificio colaborará con él en la obra de la redención. Así entramos en el misterio del gran amor de María a Jesús, del amor que abraza con su Corazón inmaculado al Amor inefable, el Verbo del Padre eterno.

La Iglesia nos recuerda este misterio precisamente aquí, en Sandomierz, esta antiquísima ciudad donde, desde hace más de mil años, coinciden la historia de la Iglesia y la de la patria. Saludo a toda la Iglesia de Sandomierz, encabezada por su pastor, el obispo Waclaw Swierzawski, a los obispos auxiliares, a los sacerdotes y a las órdenes religiosas, tanto masculinas como femeninas. Os saludo a todos, amados hermanos y hermanas, que participáis en este santísimo sacrificio. Saludo al obispo castrense del ejército polaco, así como a los soldados, a los suboficiales, a los oficiales y a los generales. Saludo a los representantes del Episcopado polaco, y a los obispos huéspedes de las autoridades estatales y locales aquí presentes.

Saludo cordialmente a la antiquísima Sandomierz, tan querida para mí. Abrazo de corazón a las demás ciudades y centros industriales, particularmente a Stalowa Wola, ciudad símbolo del gran trabajo, de la gran fe de los trabajadores, que con generosidad digna de admiración y con valentía construyeron su templo, a pesar de las dificultades y amenazas de las autoridades de entonces. Yo tuve la dicha de bendecir esa iglesia. ¡Cuántas veces he visitado esta tierra de Sandomierz! A menudo pude encontrarme con la historia de vuestra ciudad y aprender aquí la historia de la cultura nacional. En efecto, esta ciudad tiene una fuerza admirable, cuya fuente está arraigada en la tradición cristiana. Sandomierz es, en realidad, un gran libro de la fe de nuestros antepasados. Muchas de sus páginas han sido escritas por santos y beatos. Quiero citar ante todo al patrono de la ciudad, el beato Vicente Kadlubek, que fue preboste de la catedral de Sandomierz y obispo de Cracovia, y, más tarde, se hizo monje pobre de la orden cisterciense en Jedrzejów. Fue el primer polaco que escribió la historia de la nación, en la «Crónica polaca».

En el siglo XIII esta tierra fue fecundada por la sangre de los beatos mártires de Sandomierz, clérigos y laicos, que en gran número murieron por la fe a manos de los tártaros y, junto con ellos, el beato Sadok y 48 padres dominicos del convento anexo a la iglesia románica de Santiago. En los templos de Sandomierz anunciaron el Evangelio san Jacinto, el beato Czeslaw y san Andrés Bobola. Los padres dominicos promovían aquí con fervor el culto a la Virgen. En el colegio «Gostomianum», los jesuitas instruyeron y formaron a la juventud. En la iglesia del Espíritu Santo, los religiosos espiritanos dirigían el hospital para los enfermos, la casa de acogida para los pobres y los asilos para niños. Esta ciudad recuerda a Jan Dlugosz y santa Eduvigis, reina, de cuya muerte se celebra este año el 600· aniversario.

También en tiempos recientes esta tierra ha dado frutos de santidad. Orgullo de la Iglesia de Sandomierz son los laicos y los clérigos que, con su vida, dieron testimonio del amor a Dios, a la patria y al hombre. Quiero recordar en particular al obispo siervo de Dios mons. Piotr Golebiowski, que guardó con mansedumbre y perseverancia el rebaño que se le había confiado. Actualmente, como sabemos, está en curso el proceso de beatificación de este pastor bueno de la diócesis de Sandomierz. Recuerdo también al sacerdote siervo de Dios profesor Wincenty Granat, insigne teólogo y rector de la universidad católica de Lublin, con quien me encontré en muchas ocasiones. Asimismo, quiero recordar con gratitud a Franciszek Jop, obispo auxiliar de esta diócesis, nombrado más tarde vicario capitular en Cracovia, y, por último, al obispo de Opole. La archidiócesis de Cracovia, de la que fue administrador en la difícil década de 1950, le debe mucho. Monseñor Jop fue también uno de mis obispos consagrantes.

Hoy en Sandomierz, junto con todos vosotros, alabo a Dios por este gran patrimonio espiritual que, en los tiempos de la repartición de Polonia, de la ocupación alemana y de la dominación totalitaria por parte del sistema comunista, permitió a la población de esta tierra conservar la identidad nacional y cristiana. Con grandísima sensibilidad debemos ponernos a la escucha de esta voz del pasado, para llevar más allá del umbral del año 2000 la fe y el amor a la Iglesia y a la patria, y transmitirlos a las futuras generaciones. Aquí podemos darnos fácilmente cuenta de que el tiempo del hombre, de las comunidades y de las naciones está impregnado de la presencia de Dios y de su acción salvífica.

2. En el itinerario de mi peregrinación por Polonia me acompaña el evangelio de las ocho bienaventuranzas pronunciadas por Cristo en el sermón de la Montaña. Aquí, en Sandomierz, Cristo nos dice: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8). Estas palabras nos introducen en lo más íntimo de la verdad evangélica sobre el hombre. Encuentran a Jesús los que lo buscan, como lo buscaban María y José. Este acontecimiento ilumina la gran tensión presente en la vida de todo hombre: la búsqueda de Dios. Sí, el hombre busca verdaderamente a Dios; lo busca con su mente, con su corazón y con todo su ser. Dice san Agustín: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (cf. Confesiones, I, 1). Esta inquietud es una inquietud creativa. El hombre busca a Dios porque en él, sólo en él, puede encontrar su realización, la realización de sus aspiraciones a la verdad, al bien y a la belleza. «Tú no me buscarías si no me hubieras ya encontrado antes», escribe de Dios y del hombre Blas Pascal (Pensamientos, VII, n. 555). Eso significa que Dios mismo participa en nuestra búsqueda, quiere que el hombre lo busque y crea en él las condiciones necesarias para que lo pueda encontrar. Por lo demás, Dios mismo se acerca al hombre, le habla de sí mismo, le permite conocerse. La sagrada Escritura es una gran lección sobre el tema de esta búsqueda y encuentro con Dios. Nos presenta numerosas y magníficas figuras de los que buscan y encuentran a Dios. Al mismo tiempo, enseña cómo debe acercarse el hombre a Dios, qué condiciones debe cumplir para encontrarse con ese Dios, para conocerlo y para unirse a él.

Una de esas condiciones es la pureza de corazón. ¿De qué se trata? Aquí tocamos la esencia misma del hombre, el cual, en virtud de la gracia de la redención obrada por Cristo, ha recuperado la armonía del corazón perdida en el paraíso a causa del pecado. Tener un corazón limpio quiere decir ser un hombre nuevo, que ha recibido nuevamente la vida de comunión con Dios y con toda la creación por el amor redentor de Cristo; ha vuelto a la comunión, que es su destino originario.

La pureza de corazón es, ante todo, don de Dios. Cristo, al darse al hombre en los sacramentos de la Iglesia, pone su morada en su corazón y lo ilumina con el «esplendor de la verdad». Sólo la verdad que es Jesucristo es capaz de iluminar la razón, purificar el corazón y formar la libertad humana. Sin la comprensión y la aceptación, la fe se apaga. El hombre pierde la visión del sentido de las cosas y los acontecimientos, y su corazón busca la satisfacción donde no la puede encontrar. Por eso, la pureza de corazón es, ante todo, la pureza de la fe.

En efecto, la pureza de corazón prepara para la visión de Dios cara a cara en la dimensión de la felicidad eterna. Sucede así porque ya en la vida temporal los limpios de corazón son capaces de ver en toda la creación lo que viene de Dios. En cierto sentido, son capaces de descubrir el valor divino, la dimensión divina, la belleza divina de toda la creación. De alguna manera, la bienaventuranza del sermón de la Montaña nos indica toda la riqueza y toda la belleza de la creación, y nos exhorta a saber descubrir en cada cosa lo que procede de Dios y lo que lleva a él. En consecuencia, el hombre carnal y sensual debe ceder, debe dejar lugar al hombre espiritual, espiritualizado. Es un proceso profundo, que supone esfuerzo interior. Sostenido por la gracia, da frutos admirables.

La pureza de corazón es, por tanto, una tarea para el hombre, que debe realizar constantemente el esfuerzo de luchar contra las fuerzas del mal, contra las que empujan desde el exterior y las que actúan desde el interior, que lo quieren apartar de Dios. Y, así, en el corazón del hombre se libra un combate incesante por la verdad y la felicidad. Para lograr la victoria en este combate, el hombre debe dirigirse a Cristo: sólo puede triunfar si está robustecido por la fuerza de su cruz y su resurrección. «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro» (Sal 50, 12), exclama el salmista, consciente de la debilidad humana, porque sabe que para ser justo ante Dios no basta el esfuerzo humano.

3. Queridos hermanos y hermanas, este mensaje sobre la pureza de corazón resulta sumamente actual. La civilización de la muerte quiere destruir la pureza de corazón. Uno de sus métodos de acción consiste en poner intencionalmente en duda el valor de la actitud del hombre que definimos como virtud de la castidad. Es un fenómeno particularmente peligroso cuando el objetivo del ataque es la conciencia sensible de los niños y los jóvenes. Una civilización que, al obrar así, hiere e incluso destruye una correcta relación entre dos personas, es una civilización de la muerte, porque el hombre no puede vivir sin el verdadero amor.

Dirijo estas palabras a todos los que participáis en este sacrificio eucarístico, pero de modo especial a los numerosos jóvenes aquí presentes, a los soldados y a los scouts. Anunciad al mundo la «buena nueva» sobre la pureza de corazón y, con el ejemplo de vuestra vida, transmitid el mensaje de la civilización del amor. Sé cuán sensibles sois a la verdad y a la belleza. Hoy la civilización de la muerte os propone, entre otras cosas, el así llamado «amor libre». Con este género de deformación del amor se llega a la profanación de uno de los valores más queridos y sagrados, porque el libertinaje no es ni amor ni libertad. «No os acomodéis al mundo presente; antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2), nos recomienda san Pablo. No tengáis miedo de vivir contra las opiniones de moda y las propuestas que se oponen a la ley de Dios. La valentía de la fe cuesta mucho, pero no podéis perder el amor. A nadie permitáis que os haga esclavos. No os dejéis seducir por los espejismos de felicidad, por los cuales deberíais pagar un precio demasiado alto: el precio de heridas a menudo incurables o incluso de una vida rota, la vuestra y la de los demás.

Quiero repetiros a vosotros lo que dije una vez a los jóvenes en otro continente: «Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo un corazón limpio puede llevar plenamente a cabo la gran empresa de amor que es el matrimonio. Sólo un corazón limpio puede servir plenamente a los demás. (...) No dejéis que destruyan vuestro futuro. No os dejéis arrebatar la riqueza del amor. Asegurad vuestra fidelidad, la de vuestras futuras familias, que formaréis en el amor de Cristo» (Discurso a los jóvenes en Asunción, 18 de mayo de 1988, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de junio de 1988, p. 21).

Me dirijo también a nuestras familias polacas; a vosotros, padres y madres. Es preciso que la familia tome una firme actitud de defensa de su hogar, de defensa de la dignidad de toda persona. Proteged vuestra familia contra la pornografía, que hoy invade, bajo diversas formas, la conciencia del hombre, especialmente de los niños y los jóvenes. Defended la pureza de las costumbres en vuestro hogar y en la sociedad. La educación en la pureza es una de las grandes tareas de la evangelización que hemos de realizar. Cuanto más pura sea la familia, tanto más sana será la nación. Y nosotros queremos seguir siendo una nación digna de su nombre y de su vocación cristiana.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8).

4. Contemplemos a la Virgen inmaculada de Nazaret, la Madre del amor hermoso, que acompaña a los hombres de todos los tiempos, y en particular de nuestros tiempos, en la «peregrinación de la fe» hacia la casa del Padre. No sólo nos la recuerda la memoria litúrgica de hoy, sino también la magnífica basílica catedral que domina esta ciudad. Lleva su nombre: es una coincidencia elocuente del lugar y del momento. Incluso la Madre de Jesús, a la que fue revelado del modo más pleno el misterio de la filiación divina de Cristo, tuvo que aprender poco a poco el misterio de la cruz: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? -nos recuerda el evangelio de hoy-. Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2, 48). Él respondió: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49). «Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio» (Lc 2, 50). En efecto, Jesús les hablaba de su obra mesiánica.

Antes de comprenderlo, el hombre aprende «con el dolor de su corazón» el Amor crucificado. Pero si, como María, conserva fielmente en su corazón (cf. Lc 2, 51) todo lo que le dice Cristo, si es fiel a la llamada divina, comprenderá al pie de la cruz lo más importante, o sea, que sólo es verdadero el amor unido a Dios, que es Amor.

  

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