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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sosnowiec, lunes 14 de junio de 1999

   

1. Queridos hermanos y hermanas, doy gracias a la divina Providencia porque en el itinerario de mi peregrinación en Polonia se encuentra la joven diócesis de Sosnowiec. Deseaba visitar esta tierra. Tenía un gran deseo de encontrarme con el pueblo de Dios que está en Zaglebie, y hoy se ha cumplido ese deseo. Agradezco a monseñor Adam y a su obispo auxiliar Piotr Skucha, así como a toda la comunidad local de la Iglesia la invitación y la cordial acogida. Saludo con afecto a los obispos huéspedes, a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los representantes de las autoridades locales, a todos los fieles aquí reunidos y a los que nos acompañan espiritualmente.

Este encuentro me trae a la mente las celebraciones que vivimos aquí, en Sosnowiec, en mayo de 1967. En la iglesia de la Asunción de la santísima Virgen María, la actual catedral, con la participación del Primado del milenio y de otros obispos polacos, celebramos entonces el milenario. Eran tiempos difíciles, especialmente para los que querían profesar abiertamente su fe y su pertenencia a la Iglesia. Recuerdo el gran significado que tenía entonces la doctrina del concilio Vaticano II, recién terminado. Recuerdo cuánta esperanza y cuanta fuerza contenía de manera especial la doctrina conciliar sobre la dignidad de la persona humana y sus derechos inalienables. Llenaba profundamente las almas preparadas para el milenario a través de la gran novena. Hoy los tiempos han cambiado. Es un gran don de la divina Providencia. Debemos dar gracias a Dios por lo que se ha llevado a cabo en nuestra patria. Que la gratitud no falte nunca en el corazón de los creyentes de Polonia.

2. «Alabad al Señor todas las naciones; aclamadlo, todos los pueblos: firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre» (Sal 117, 1-2).

Con estas palabras el salmista exhorta a todas las naciones a alabar a Dios. El pueblo elegido tuvo un motivo particular para esa alabanza. Moisés dice: «El Señor tu Dios te ha bendecido en todas tu obras: ha protegido tu marcha por este gran desierto; y hace ya cuarenta años que (...) está contigo sin que te haya faltado nada» (Dt 2, 7). En esta peregrinación de Israel participan en cierto sentido todos los pueblos y todas las naciones de la tierra. Aunque solamente algunos períodos de la historia sean llamados «tiempos de grandes éxodos de pueblos» por los singulares desplazamientos que tuvieron lugar, especialmente en el continente europeo, de hecho el hombre no deja de ser peregrino y las naciones no dejan de peregrinar por el espacio y el tiempo hasta que se estabilizan en su vida.

La peregrinación de la historia de cada nación deja tras de sí los frutos del trabajo del hombre. Al inicio de la historia Dios encomendó la tierra al hombre para que la dominara (cf. Gn 1, 28). El hombre recibió la tierra para trabajarla con creatividad. Gradualmente la fue transformando, dándole un nuevo rostro. Comenzó a cultivarla, a construir sobre ella, levantando edificios, aldeas, ciudades. Así confirmaba que estaba hecho a semejanza de Dios, que no sólo le dio la capacidad de conocer la verdad, sino también la de crear la belleza.

Mientras nos acercamos al año 2000, dirigimos nuestra mirada hacia el pasado, repasando todas las etapas del camino realizado a lo largo de los siglos por nuestros antepasados. Nos dejaron la gran herencia de un trabajo creativo que hoy suscita en nosotros admiración y gratitud. El esfuerzo del trabajo y las obras de las generaciones pasadas nos plantean el desafío de seguir dominando esta tierra que nos dio el Creador como posesión y como tarea.

Acogiendo la invitación hecha desde el inicio, no podemos olvidar la perspectiva divina de participar en la obra de la creación, que confiere a todo esfuerzo humano su justo sentido y dignidad. Sin esa perspectiva el trabajo fácilmente puede verse privado de su dimensión subjetiva. En ese caso el hombre que lo realiza deja de ser importante y sólo cuenta el valor material de lo que hace. El hombre ya no es tratado como artífice, como el que crea, sino como instrumento de producción.

Parece que en el período de las necesarias transformaciones económicas en nuestro país se han notado síntomas de ese peligro. Hace dos años hablé de esto en Legnica. Por doquier, en nombre de las leyes del mercado se olvidan los derechos del hombre. Acontece, por ejemplo, cuando se sostiene que los beneficios económicos justifican la pérdida del trabajo para personas que, además del trabajo, pierden la posibilidad de mantenerse a sí mismos y a su familia. Acontece también cuando, para aumentar la producción, se niega al trabajador el derecho al descanso, al cuidado de su familia y a la libertad de programar su vida diaria. Acontece igualmente cuando el valor del trabajo no se define de acuerdo con el esfuerzo del hombre, sino de acuerdo con el precio del producto, lo cual tiene como consecuencia que la paga no corresponde al esfuerzo.

Con todo, es preciso añadir que esto no sólo atañe a los empresarios, sino también a los empleados. Los que realizan un trabajo pueden caer asimismo en la tentación de tratarlo como objeto, únicamente como fuente de enriquecimiento material. El trabajo puede dominar la vida del hombre hasta el punto de que éste deja de sentir la necesidad de cuidar de su salud, del desarrollo de su personalidad, de la felicidad de sus seres queridos o de su relación con Dios.

Si hoy hablo de esto, lo hago para sensibilizar las conciencias, pues, aunque las estructuras estatales o económicas influyan en la actitud con respecto al trabajo, la dignidad del mismo depende de la conciencia humana. En ella se realiza definitivamente su valoración, dado que en la conciencia se escucha incesantemente la voz del Creador, que indica lo que es auténtico bien del hombre y del mundo a él encomendado. Quien ha perdido el recto juicio de la conciencia puede transformar en maldición la bendición del trabajo.

Hace falta sabiduría para redescubrir siempre la dimensión sobrenatural del trabajo, que el Creador dio al hombre como tarea. Hace falta una conciencia recta para discernir justamente el valor definitivo de la propia actividad. Hace falta espíritu de sacrificio para no ofrecer en el altar del bienestar la propia humanidad y la felicidad ajena.

3. «Comerás del fruto de tu trabajo; serás dichoso y te irá bien» (Sal 127, 2). Pido a Dios con todo mi corazón que estas palabras del salmo se conviertan hoy y siempre en mensaje de esperanza para todos los que en Zaglebie, en Polonia y en todo el orbe cumplen la tarea diaria de dominar la tierra. Y pido aún más intensamente para que estas palabras susciten esperanza en el corazón de los que anhelan ardientemente trabajar y tienen la desgracia de estar en el paro. Pido a Dios que el desarrollo económico de nuestro país y de otros países del mundo tenga lugar de forma que todos los hombres, como dice san Pablo, «trabajen con sosiego para comer su propio pan» (2 Ts 3, 12). Hablo de esto hoy porque quiero que sepáis vosotros, y todos los trabajadores de este país, que vuestros problemas interesan al Papa y a la Iglesia.

4. «El Señor tu Dios te ha bendecido en todas tu obras: ha protegido tu marcha por este gran desierto» (Dt 2, 7). La Iglesia, desde hace siglos, lleva estas palabras del libro del Deuteronomio como mensaje de esperanza. Si el hombre sabe descubrir en las obras de sus manos el signo de la bendición divina, no dudará de que ese mismo Dios está cerca y se interesa siempre por el camino del hombre, especialmente cuando atraviesa el gran desierto de sus problemas diarios y de sus apremiantes preocupaciones. Hoy no puede faltar el servicio de la esperanza, hasta ahora realizado de forma eficaz por la Iglesia en Polonia. El hombre necesita el testimonio de la presencia de Dios. Hoy el hombre, y en particular el trabajador, necesita una Iglesia que dé ese testimonio con una fuerza nueva. Los tiempos cambian; cambian también los hombres y las circunstancias; surgen nuevos problemas. La Iglesia no puede ignorar esos cambios; no puede evitar afrontar los desafíos que implican. El hombre es el camino primero y fundamental de la Iglesia, el camino de su vida diaria y de su experiencia, de su misión y de sus esfuerzos. Por eso, la Iglesia de nuestra época debe ser consciente de todo lo que parece oponerse a esto, para que «la vida humana sea cada vez más humana; para que todo lo que compone esta vida responda a la verdadera dignidad del hombre. En una palabra, debe ser consciente de todo lo que es contrario a ese proceso» (Redemptor hominis, 14).

5. Queridos hermanos y hermanas, aprendamos esta sensibilidad hacia el hombre y sus problemas contemplando la vida y el servicio de san Alberto Chmielowski, el patrono de vuestra diócesis, y de la sierva de Dios madre Teresa Kierocinska, llamada «la Madre de Zaglebie». Con gran sensibilidad descubrían el sufrimiento y la amargura de los que no sabían encontrar su lugar en las estructuras sociales y económicas de entonces, y ayudaban a los más necesitados. El programa que trazaron es siempre actual. También al final del siglo XX nos enseñan que no se pueden cerrar los ojos ante la miseria y el sufrimiento de los que no saben o no pueden hallar un lugar en la nueva situación, a menudo complicada. Cada parroquia debe transformarse en una comunidad de personas sensibles ante la situación de quienes atraviesan dificultades. Buscad siempre formas nuevas de afrontar ese desafío. Que a todos infundan consuelo estas palabras de la sagrada Escritura: «Da con generosidad al necesitado, y cuando se lo des, hazlo de buena gana, pues precisamente por esa acción te bendecirá el Señor, tu Dios, en todas tus obras y en todas tus empresas» (cf. Dt 15, 10).

Hay que llevar especialmente a los jóvenes el mensaje sobre la presencia de Dios en la historia del hombre, pues tienen particular necesidad de esa certeza. Sólo gracias a ella podrán descubrir nuevas perspectivas para una realización creativa de su vocación humana en una época de transformaciones. Me alegra que la Iglesia en Polonia asuma en varias dimensiones la labor educativa. Ofrecer a los jóvenes posibilidades para perfeccionar sus cualidades producirá frutos. Sobre esa base se desarrollará la inventiva y surgirán nuevas y buenas iniciativas en todos los sectores de la vida.

El testimonio de la Iglesia mediante las obras de misericordia y la educación no puede sustituir la labor de los hombres e instituciones responsables del mundo del trabajo. Por eso, una de las tareas más importantes de la Iglesia en este campo es la formación de las conciencias, una formación llena de delicadeza y discreción, con el fin de despertar en todos la sensibilidad ante esos problemas. Sólo cuando en la conciencia de cada uno sea viva la verdad fundamental según la cual el hombre es sujeto y creador y el trabajo debe contribuir al bien de la persona y de la sociedad, se podrán evitar los peligros que conlleva el materialismo práctico. El mundo del trabajo necesita hombres de conciencia recta. El mundo del trabajo espera de la Iglesia el servicio de la conciencia.

6. Dentro de poco coronaremos la famosa imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro de Jaworzno, de Osiedle Stale. Ese acto tiene una elocuencia particular. Por una parte, es signo de la fe del pueblo obrero de Zaglebie. Gracias a la devoción a María; gracias a una incesante consagración a ella del presente y del futuro de la Iglesia, esa fe se ha conservado en el corazón de los trabajadores, a pesar de las numerosas pruebas que han atravesado especialmente durante la segunda mitad de este siglo. Por otra, el acto de coronación es la confirmación de que la comunidad de los creyentes de Jaworze y de todo Zaglebie realmente experimenta esta particular presencia de María, gracias a la cual los anhelos humanos se elevan hasta Dios y las gracias divinas llegan a los hombres.

Que la Virgen del Perpetuo Socorro sea para vosotros guía por los caminos del nuevo milenio, y os ayude sin cesar en vuestra peregrinación hasta la casa del Padre celestial.

Y el amor de Dios Padre, Dios Creador y Señor, transforme el corazón y la mente de todos los que con su trabajo dominan la tierra. Amén.

  

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