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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA VÍSPERAS DEL SAGRADO CORAZÓN
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Gliwice,
15 de junio de 1999
1. «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para
llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1).
Este encuentro nos introduce directamente en lo más
íntimo del misterio del amor de Dios. En efecto, estamos participando en las
Vísperas en honor del Sagrado Corazón de Jesús, que nos permiten vivir y
experimentar el amor que Dios tiene al hombre. «Pues tanto amó Dios al mundo
que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que
tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Dios ama al mundo y lo amará hasta el
final. El Corazón del Hijo de Dios, traspasado en la cruz y abierto, testimonia
de modo profundo y definitivo el amor de Dios.
San Buenaventura escribe: «Uno de los soldados lo
hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina
Providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el
precio de nuestra salud» (Liturgia de las Horas, Oficio de lectura de la
solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, vol. III, p. 541).
Nos presentamos con el corazón conmovido y
humildemente ante el gran misterio de Dios, que es amor. Hoy, aquí, en Gliwice,
queremos manifestarle nuestra alabanza y nuestra inmensa gratitud.
Con gran alegría vengo a visitaros, porque os quiero
mucho. Todo el pueblo de Silesia me es muy querido. Como arzobispo metropolitano
de Cracovia, cada año iba en peregrinación a la Virgen de Piekary y allí nos
reuníamos para orar en común. Apreciaba mucho cada invitación. Siempre era
para mí una experiencia profunda. Sin embargo, en la diócesis de Gliwice me
encuentro por primera vez, ya que es una diócesis joven, instituida hace pocos
años. Por eso, recibid mi cordial saludo, que dirijo ante todo a vuestro obispo
Jan Wieczorek y al obispo auxiliar Gerard Kusz. Saludo también a los
sacerdotes, a las familias religiosas, a todas las personas consagradas y al
pueblo fiel de esta diócesis.
Me alegra que en el itinerario de mi visita a la
patria esté también Gliwice, una ciudad que visité muchas veces, y a la que
me unen gratos recuerdos. Con gran gozo visito esta tierra de hombres avezados
al trabajo duro: es la tierra del minero polaco, la tierra de las acererías, de
las minas, de los hornos y de las fábricas, pero también es una tierra de rica
tradición religiosa. Mi pensamiento y mi corazón se dirigen hoy a vosotros,
aquí presentes, a todos los hombres de la alta Silesia y de toda Silesia. Os
saludo a todos en el nombre de Dios, uno y trino.
2. «Dios es amor» (1 Jn 4, 16). Estas
palabras de san Juan evangelista constituyen el lema que guía la peregrinación
del Papa a Polonia. En vísperas del gran jubileo del año 2000, es preciso
transmitir nuevamente al mundo esta alegre e impresionante noticia sobre un Dios
que ama. Dios es una realidad que supera nuestra capacidad de comprensión.
Precisamente por ser Dios, nunca podremos entender con nuestra razón su
infinitud; no podremos nunca encerrarla en nuestras estrechas dimensiones
humanas. Es él quien nos juzga, quien nos gobierna, quien nos guía y nos
comprende, aunque no nos demos cuenta. Pero este Dios, inalcanzable en su
esencia, se acercó al hombre mediante su amor paterno. La verdad sobre Dios que
es amor constituye casi una síntesis y a la vez el culmen de todo lo que Dios
ha revelado de sí mismo, de lo que nos ha dicho por medio de los profetas y por
medio de Cristo sobre lo que él es.
Dios ha revelado este amor de muchas maneras. Primero,
en el misterio de la creación. La creación es obra de la omnipotencia de Dios,
guiada por su sabiduría y su amor. «Con amor eterno te he amado: por eso he
reservado gracia para ti» (Jr 31, 3), dice Dios a Israel a través del
profeta Jeremías. Dios ama al mundo que ha creado y, dentro del mundo, ama
sobre todo al hombre. Incluso cuando el hombre prevaricó contra ese amor
original, Dios no dejó de amarlo y lo elevó de su caída, pues es Padre, es
amor.
Dios reveló del modo más perfecto y definitivo su
amor en Cristo, en su cruz y en su resurrección. San Pablo dice: «Dios, rico
en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de
nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo» (Ef 2, 4-5).
En mi mensaje de este año a los jóvenes escribí:
«El Padre os ama». Esta magnífica noticia ha sido depositada en el corazón
del hombre que cree, el cual, como el discípulo predilecto de Jesús, reclina
su cabeza en el pecho del Maestro y escucha sus confidencias: «El que me ame,
será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,
21).
«El Padre os ama»: estas palabras del Señor Jesús
constituyen el centro mismo del Evangelio. Al mismo tiempo, nadie pone de
relieve mejor que Cristo el hecho de que ese amor es exigente: «haciéndose
obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8), enseñó del modo más perfecto
que el amor espera una respuesta de parte del hombre. Exige la fidelidad a los
mandamientos y a la vocación que ha recibido de Dios.
3. «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos
tiene, y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16).
Mediante la gracia, el hombre está llamado a la
alianza con su Creador, a dar la respuesta de fe y amor que nadie puede dar en
su lugar. Esa respuesta no ha faltado aquí, en Silesia. La habéis dado a lo
largo de siglos enteros con vuestra vida cristiana. En la historia siempre
habéis estado unidos a la Iglesia y a sus pastores; os habéis mantenido fieles
a la tradición religiosa de vuestros antepasados. En particular durante el
largo período de la posguerra, hasta los cambios acaecidos en nuestro país en
1989, habéis vivido una época de gran prueba para vuestra fe. Habéis
perseverado con fidelidad a Dios, resistiendo a la ateización, a la
laicización de la nación y a la lucha contra la religión.
Recuerdo que miles de obreros de Silesia repetían con
firmeza, en el santuario de Piekary: «El domingo es de Dios y nuestro».
Siempre habéis sentido necesidad de la oración y de los lugares donde puede
realizarse mejor. Por eso, no os ha faltado la fuerza de espíritu y la
generosidad para comprometeros en la construcción de nuevas iglesias y lugares
de culto, que surgieron en gran número en ese tiempo en las ciudades y en las
aldeas de la alta Silesia.
Os interesabais por el bien de la familia. Por eso,
reivindicabais los derechos debidos a ella, especialmente el de poder educar
libremente a vuestros hijos y a los jóvenes en la fe. A menudo os reuníais en
santuarios y en muchos otros lugares escogidos, para expresar vuestra adhesión
a Dios y para dar testimonio de él. También me invitabais a mí a esas
celebraciones comunes en Silesia. De buen grado os anunciaba yo la palabra de
Dios, porque teníais necesidad de aliento en el difícil período de luchas por
conservar la identidad cristiana, a fin de tener fuerza para obedecer «a Dios
antes que a los hombres» (Hch 5, 29).
Hoy, al contemplar el pasado, damos gracias a la
Providencia por ese examen sobre la fidelidad a Dios y al Evangelio, a la
Iglesia y a sus pastores. También era un examen sobre la responsabilidad con
respecto a la nación, a la patria cristiana y a su patrimonio milenario, que a
pesar de todas las grandes pruebas no fue destruido ni cayó en el olvido. Así
sucedió porque «habéis conocido el amor que Dios nos tiene, y habéis creído
en él», y habéis querido responder siempre con amor a Dios.
4. «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los
impíos (...) sino que se complace en la ley del Señor, y medita su ley día y
noche» (Sal 1, 1-2).
Hemos escuchado estas palabras del salmista en la
lectura breve de las Vísperas. Permaneced fieles a la experiencia de las
generaciones que han vivido en esta tierra con Dios en el corazón y con la
oración en los labios. Que en Silesia triunfe siempre la fe y la sana
moralidad, el verdadero espíritu cristiano y el respeto a los mandamientos
divinos. Conservad como el mayor tesoro lo que constituía la fuente de fuerza
espiritual para vuestros padres. Ellos sabían incluir a Dios en su vida y en
él vencer todas las manifestaciones del mal. Un símbolo elocuente de eso es el
saludo: «Dios te sea propicio», que suelen decir los mineros. Conservad el
corazón siempre abierto a los valores transmitidos por el Evangelio; vividlos,
pues son característicos de vuestra identidad.
Queridos hermanos y hermanas, quería deciros que
conozco vuestras dificultades, los temores y sufrimientos que estáis viviendo
en la actualidad; los temores y sufrimientos que experimenta el mundo del
trabajo en esta diócesis y en toda Silesia. Soy consciente de los peligros que
acompañan a este estado de cosas, especialmente para muchas familias y para
toda la vida social. Es necesario analizar atentamente las causas de esos
peligros y buscar las posibles soluciones. Ya he hablado de ello, en Sosnowiec,
durante esta peregrinación. Hoy me dirijo una vez más a todos mis
compatriotas. Construid el futuro de la nación sobre el amor a Dios y a los
hombres, sobre el respeto de los mandamientos de Dios y la vida de gracia, pues
es feliz el hombre, es feliz la nación que se complace en la ley del Señor.
La certeza de que Dios nos ama debería impulsar al
amor a los hombres, a todos los hombres, sin excepción alguna y sin distinguir
entre amigos y enemigos. El amor al hombre consiste en desear a cada uno el
verdadero bien. Consiste también en la solicitud por garantizar ese bien y
rechazar toda forma de mal e injusticia. Es preciso buscar siempre y con
perseverancia los caminos de un justo desarrollo para todos, a fin de «hacer
más humana la vida del hombre» (cf. Gaudium et spes, 38). Ojalá que
abunden en nuestro país el amor y la justicia, produciendo cada día frutos en
la vida de la sociedad. Sólo gracias a ellos esta tierra podrá llegar a ser
una casa feliz. Sin un amor grande y auténtico no hay casa para el hombre. Aun
logrando grandes éxitos en el campo del progreso material, sin él estaría
condenado a una vida sin sentido
«El hombre es la única criatura en la tierra a
la que Dios ha amado por sí misma» (ib., 24). Ha sido llamado a
participar en la vida de Dios; ha sido llamado a la plenitud de gracia y de
verdad. La grandeza, el valor y la dignidad de su humanidad los encuentra
precisamente en esa vocación.
Dios, que es amor, sea la luz de vuestra vida hoy y en
el futuro. Sea la luz para toda nuestra patria. Construid un porvenir digno del
hombre y de su vocación.
Os encomiendo a todos vosotros, a vuestras familias y
vuestros problemas a María santísima, venerada en muchos santuarios de esta
diócesis y en toda Silesia. Que ella nos enseñe el amor a Dios y al hombre,
como lo practicó en su vida.
A todos os deseo: «Dios os sea propicio».
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