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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

MILENARIO DE LA ARCHIDÓCESIS DE CRACOVIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Martes 15 de junio de 1999

   

1. «Te Deum laudamus. Te Dominum confitemur. Te aeternum Patrem omnis terra veneratur». «A ti, oh Dios, te alabamos; a ti Señor te reconocemos. A ti, eterno Padre, te venera toda la creación».

¡Qué gran don me concede la divina Providencia al poder participar hoy, junto con la Iglesia que está en Cracovia, en el himno que el cielo y la tierra elevan desde hace siglos para gloria del Creador, Señor y Padre!

«Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia, Patrem immensae maiestatis». «A ti la Iglesia santa extendida por toda la tierra, te proclama: Padre de inmensa majestad».

Es un gran don el hecho de que, mientras la Iglesia en toda la tierra da gracias a Dios por sus dos mil años de existencia, al mismo tiempo esta Iglesia de Cracovia da gracias por sus mil años. ¡Cómo no cantar el solemne Te Deum que hoy cobra un contenido particular, pues expresa la gratitud de enteras generaciones de habitantes por todo lo que la comunidad de los creyentes ha hecho en la vida de Cracovia! ¡Cómo no dar gracias por el soplo del Espíritu de Cristo que, desde el cenáculo, se difundió por toda la tierra y llegó hasta las riberas del Vístula, y renueva sin cesar la faz de la tierra, de esta tierra de Cracovia! A ti, oh Dios, te alabamos.

Saludo cordialmente a todos los habitantes. Saludo al cardenal Franciszek Macharski, a los obispos auxiliares Jan Szkodoñ y Kazimierz Nycz, así como a los obispos eméritos Stanislaw Smoleñsky y Albin Malysiak, c.m. Abrazo afectuosamente a todos los sacerdotes, a las personas consagradas, a los alumnos de los seminarios mayores y a los catequistas. Dirijo un saludo también a las autoridades provinciales y municipales. Os saludo cordialmente, hermanas y hermanos que os habéis reunido en esta explanada de Blonia, para celebrar con el Papa esta eucaristía del milenario. Saludo a todos los que están unidos a nosotros a través de la radio y la televisión. Dirijo palabras de particular gratitud a los enfermos. Vuestro sufrimiento, ofrecido cada día en unión con Cristo por todos los hombres, por la Iglesia y por el Papa, posee gran valor a los ojos de Dios. Ojalá que, en el umbral del tercer milenio, sea el culmen de nuestra alabanza, de la petición de perdón y de la oración de súplica.

2. «Te gloriosus Apostolorum chorus, te prophetarum laudabilis numerus, te martyrum candidatus laudat exercitus». «A ti te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles. A ti te ensalza la multitud admirable de los profetas. A ti te ensalza el blanco ejército de los mártires».

Los Apóstoles, los profetas y los mártires dan hoy gloria a Dios. Al final del primer milenio llegaron a las riberas del Vístula y sembraron la semilla del Evangelio. Después del bautismo de Mieszko, en el año 966, vinieron a la tierra de los Piast numerosos testigos, entre los que conquistó grandísima fama san Adalberto, obispo de Praga. Según la tradición, antes de llegar al Báltico donde sufrió el martirio, se detuvo en Cracovia, para anunciar la buena nueva. Al parecer, predicó en el lugar en el que, tras su muerte, se construyó un templo a él dedicado, que existe aún hoy. La actividad apostólica y el martirio de san Adalberto están vinculados a los inicios de la Iglesia de Cracovia también en otra dimensión. En efecto, cerca de su tumba surgió la sede metropolitana de Gniezno, que incluía las diócesis de Kolobrzeg, Wroclaw y Cracovia. Si en Gdansk dimos gracias a Dios de modo especial por la vida y la obra de este gran patrono de Polonia, conviene que también en Cracovia recordemos con gratitud la milenaria irradiación de su testimonio y de su martirio.

Por último, en los albores de la historia de esta Iglesia se enciende la llama del ministerio pastoral y de la heroica muerte de san Estanislao. En la liturgia de hoy hemos escuchado las palabras de Cristo: «Yo soy el buen pastor» (Jn 10, 11); y sabemos que por obra de este santo esas palabras están íntimamente vinculadas a la historia de la Iglesia de Cracovia. Su heroica solicitud por la grey del Señor, por las ovejas perdidas y necesitadas de ayuda, se convirtió en el modelo que ha seguido fielmente la Iglesia de esta ciudad durante siglos. De generación en generación se transmitió la tradición de inquebrantable perseverancia en el respeto de la ley divina, y, al mismo tiempo, de gran amor al hombre: esta tradición nació junto a la tumba de san Estanislao, obispo de Szczepanow.

Si hoy volvemos a los inicios y a estas figuras, lo hacemos para renovar en nosotros la conciencia de que las raíces de la Iglesia en Cracovia están profundamente arraigadas en la tradición apostólica, en la misión profética y en el testimonio del martirio. Esa tradición, esa misión y ese martirio han sido la inspiración de enteras generaciones y sobre ellos edificaron su fe a lo largo de un milenio. Gracias a esa referencia, la Iglesia de Cracovia ha permanecido siempre en íntima unión con la Iglesia universal y, al mismo tiempo, se ha formado una personalidad histórica propia, ha escrito su propia historia como una única e irrepetible comunidad de hombres que participan en la misión salvífica de Cristo.

3. Esta comunidad, permaneciendo en la corriente de la Iglesia universal, y a la vez conservando su carácter irrepetible, ha forjado la historia y la cultura de la ciudad de Cracovia, de la región y, podríamos decir, de toda Polonia. ¿Qué mejor testimonio de esa verdad que la catedral de Wawel? Hoy, mientras la voz de la campana de Zygmunt parece invitarnos a visitar esta madre de los templos de Cracovia, este tesoro de la historia de la Iglesia y de la nación, vayamos a ella en peregrinación espiritual. Presentémonos entre sus constructores y preguntémosles cuál fue el cimiento que pusieron a ese edificio, gracias al cual ha logrado sobrevivir a tiempos buenos y malos, ofreciendo asilo a santos y a héroes, a pastores y a reyes, a hombres de Estado, a creadores de cultura y a enteras generaciones de habitantes de esta ciudad. ¿No es Cristo, muerto y resucitado, la piedra angular? Postrémonos ante el tabernáculo en la capilla de Batory, ante el crucifijo negro de santa Eduvigis y en la capilla de san Estanislao; bajemos a la cripta de san Leonardo y redescubramos la irrepetible historia de la Iglesia de Cracovia, íntimamente unida a la de la ciudad y a la de este país. Y cada iglesia, cada capilla parece decirnos lo mismo: gracias a la presencia milenaria de la Iglesia la semilla del Evangelio aquí sembrada ha dado abundantes frutos en la historia de esta ciudad, al pie de Wawel.

¿No lo confirma el alma mater de Cracovia? ¿No fue por amor a Cristo y por obediencia a su llamada a anunciar el Evangelio a las naciones, por lo que en el corazón de la reina santa Eduvigis brotó el anhelo de fundar la facultad de teología y elevar la Academia de Cracovia al rango de universidad? La fama de esta universidad ha sido durante siglos motivo de orgullo de la Iglesia de Cracovia. De aquí han salido estudiosos tan prestigiosos como san Juan Cancio, Piotr Wysz, Pawel Wlodkowic, y otros, que ejercieron notable influjo en el desarrollo del pensamiento teológico en la Iglesia universal. ¡Cómo no mencionar a Nicolás Copérnico, Stanislaw de Skalbmierz, Jan Kochanowski y todos los que crecieron en sabiduría y, amando la verdad, el bien y la belleza, de varias maneras testimoniaron que encontraron en Dios su realización definitiva! ¿Qué sería Cracovia sin este fruto de la fe y de la sabiduría de santa Eduvigis?

La inserción de la Iglesia en la historia de esta ciudad no sólo se realizó en los templos, en los palacios reales y en las aulas universitarias, sino dondequiera que la fidelidad al Evangelio exigía el testimonio del servicio a los necesitados. Los antiguos anales y las crónicas modernas hablan mucho de las escuelas parroquiales y religiosas, de los hospitales, de los orfanatos; hablan mucho de las pequeñas y grandes obras de misericordia que los habitantes de Cracovia realizaban, movidos por la predicación de don Piotr Skarga, por el humilde ejemplo de san Alberto y de tantos otros testigos del amor concreto; hablan mucho de la gran solicitud de la Iglesia por la vida, por la libertad, por la dignidad de todo hombre, que era preciso demostrar, sin escatimar sacrificios, en la historia lejana, pero también en los tiempos cercanos a nuestra generación, en los tiempos de guerra, en los tiempos de sufrimiento de la posguerra, y en los tiempos de cambios.

Si hoy enumeramos los frutos de diez siglos de existencia de la Iglesia de Cracovia, lo hacemos para inflamar nuestro corazón de gratitud hacia Dios, que a lo largo de esta historia ha derramado sobre su pueblo innumerables gracias. Es necesario que recordemos ese bien y que exclamemos con gran entusiasmo: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria: por tu fidelidad, por tu gracia» (Sal 115, 1), que has manifestado por obra de la Iglesia en esta tierra.

4. «Tu, rex gloriae, Christe. Tu Patris sempiternus es Filius». «Tú eres el rey de la gloria, Cristo, tú eres el Hijo único del Padre». Demos hoy gloria a Cristo. A él debemos elevar hoy nuestro canto de alabanza, pues, ¿qué valdrían los frutos de la vida de la Iglesia si no fueran la revelación de la obra salvífica del Hijo de Dios? Cuando escuchamos en la liturgia de hoy las palabras: «Yo soy el buen pastor» (Jn 10, 11), en cierto sentido descubrimos el motivo más esencial de nuestra acción de gracias.

«Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas» (Jn 10, 14-15). Cristo habla así de sí mismo. Precisamente él es el buen pastor. En cierto sentido, san Pablo, en la carta a los Efesios, nos ayuda a profundizar en el contenido de esa descripción. El Apóstol escribe que Dios en su Hijo «nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia» (Ef 1, 4-7).

Cristo es el buen pastor, el único buen pastor, y como tal el rey de todos los pastores de la Iglesia, porque en él habita el amor que lo une al Padre. A través de ese amor se realiza la elección divina, que el Padre hizo con respecto al hombre antes de la creación del mundo. El Hijo unigénito y eterno de Dios, al hacerse hombre precisamente por ese amor, sólo se preocupa de multiplicar entre los hombres los hijos adoptivos, que respondan a la elección eterna del Padre. Precisamente por eso es el buen pastor. Da su vida para librar a los hombres de la muerte, para multiplicar en ellos la vida. Esa vida está en él. Al hacerse hombre la trajo al mundo como don del Padre. Cristo, como buen pastor, desea compartir esa vida, concederla al hombre, porque sólo así, participando en la vida de Dios, el hombre, ser mortal, puede librarse de la muerte espiritual. En cierto sentido, la liturgia de hoy nos muestra las profundísimas raíces de lo que desde hace mil años la Iglesia de Cracovia ha hecho en Polonia. Es la única e irrepetible realización del eterno designio del Padre, el cual, por medio de Jesucristo, en virtud del Espíritu Santo, ha colmado a esta comunidad del pueblo de Dios con abundantes bendiciones espirituales.

Por eso, mientras escuchamos hoy la alegoría de Cristo del buen pastor, nos damos cuenta de que estas palabras constituyen una medida que se ha de aplicar a la historia de la Iglesia. Cristo es el rey de los pastores, y, a lo largo de los siglos, varios pastores por él llamados han trabajado en la realización de su reino. Así pues, a través de la alegoría del buen pastor, se nos revela la historia milenaria de la Iglesia de Cracovia. Vemos a todos los que mediante esta Iglesia han participado en la misión profética, sacerdotal y real de Cristo, todo el pueblo de Dios, que, durante este milenio, han constituido la Iglesia de Cracovia.

Primero vemos a los que, en virtud de un mandato especial de Cristo, han sido pastores de este pueblo: los obispos y los sacerdotes. Se presentan ante nosotros san Estanislao, el beato Wincenty Kadlubek, Iwo Odrowaz, Piotr Wysz, Zbigniew Olesnicki, Bernard Maciejowski y Adam Stefan Sapieha. Se presentan ante nosotros Jan Dlugosz, san Juan Cancio, el beato Piotr Dankowski y muchos otros obispos y presbíteros, que no sólo han quedado en la memoria de la Iglesia, sino que también han sido inscritos en la historia de la nación y de la cultura. ¡Cómo no mencionar también a las órdenes religiosas! Ya en tiempos de san Estanislao se establecieron aquí los benedictinos; algo más tarde, los cistercienses; luego vinieron otras órdenes y congregaciones, que dieron apóstoles y pastores como Piotr Skarga, san Jerónimo Odrowaz, el beato Estanislao Kazimierczyk, san Maximiliano y san Rafael Kalinowski.

Al recordar con la mente y con el corazón a todos los que como pastores han trabajado en esta Iglesia por el reino de Cristo, desde una perspectiva histórica, no sólo vemos a los sacerdotes, sino también a una innumerable multitud de laicos. Ante nuestros ojos se presentan los reyes y los hombres de Estado, encabezados por santa Eduvigis y san Casimiro, una sencilla ama de casa, la beata Aniela Salawa, y un profesor del Politécnico, el siervo de Dios profesor Jerzy Ciesielski, así como enteras generaciones de padres, educadores, profesores y alumnos, médicos y enfermeros, comerciantes y empleados, artesanos y agricultores, hombres de diversos estados y de diferentes profesiones.

Vemos también a hombres y mujeres que, en las órdenes religiosas, han consagrado su vida a Dios y a los hombres. Al contemplar las imágenes de san Alberto y de la beata Faustina, sabemos que, en cierto sentido, representan a todos los que, de alguna manera, reflejaban la alegoría del buen pastor.

Todos esos hombres de Iglesia, conocidos por su nombre o anónimos, con su vida, con su santidad, con su trabajo diario y con su sufrimiento, han testimoniado en esta tierra que Dios es amor, que con este amor abraza a cada uno y lo lleva por los caminos de este mundo hacia una nueva vida. No existe un motivo mayor que éste para dar gracias por la historia milenaria de la Iglesia en Cracovia. No hay mayor bien que la santificación que esta tierra recibe desde hace diez siglos de manos de la Iglesia. «¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales» (Ef 1, 3).

Hoy me siento llamado de modo particular a dar gracias a esta comunidad milenaria de pastores de Cristo, clérigos y laicos, porque por su testimonio de santidad, por este ambiente de fe, que durante diez siglos han formado y forman en Cracovia, ha sido posible que, al final de este milenio, precisamente en las riberas del Vístula, al pie de la catedral de Wawel, se escuchara la exhortación de Cristo: «Pedro, apacienta mis corderos» (Jn 21, 15); ha sido posible que la debilidad del hombre se apoyara en la fuerza de la fe, la esperanza y la caridad eternas de esta tierra, y diera como respuesta: «Por obediencia a la fe, ante Cristo, mi Señor, encomendándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, y consciente de las grandes dificultades, acepto».

5. «Salvum fac populum tuum, Domine, et benedic hereditati tuae. Et rege eos, et extolle illos usque in aeternum». «Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad. Sé su pastor y ensálzalo eternamente».

En su historia, la Iglesia de Cracovia ha sobrevivido a muchas tempestades y a muchas pruebas. Para limitarme sólo a nuestro siglo, primero resistió a la fuerza destructora de la guerra y de la ocupación, y, a pesar de las dolorosas pérdidas, conservó su dignidad, sobre todo gracias a la inflexible actitud del príncipe cardenal Adam Sapieha. En el medio siglo que siguió a la segunda guerra mundial, la Iglesia afrontó los nuevos desafíos que planteaba el totalitarismo comunista, con su ideología atea. Superó el período de las persecuciones sin perder nunca la fuerza del testimonio. La profunda unidad de las parroquias, de los pastores y de los fieles, la gran obra de la educación religiosa de los jóvenes y el servicio de la misericordia resultaron columnas sólidas, cimentadas en una fe profunda. No puedo por menos de recordar aquí a mi predecesor en la sede de san Estanislao, el arzobispo Eugeniusz Baziak.

Un factor particular en la renovación de la Iglesia de Cracovia fueron los trabajos del Sínodo pastoral de la archidiócesis en los años 1972-1979. Recuerdo el enorme empeño que pusieron los fieles en los grupos sinodales, en los trabajos de las comisiones, y la profunda reflexión que hizo sobre sí misma la Iglesia de Cracovia. Fue un gran diagnóstico del pasado y del presente, pero también una mirada hacia el futuro.

Ahora, mientras damos gracias por el esplendor pasado de esta Iglesia, con el mismo espíritu deberíamos contemplar su presente y su futuro. Debemos plantearnos la pregunta: ¿Qué ha hecho nuestra generación con esta gran herencia? El pueblo de Dios de esta Iglesia, ¿sigue viviendo de la tradición de los Apóstoles, de la misión de los profetas y de la sangre de los mártires?

Debemos dar respuesta a esas preguntas. Según sea esa respuesta se ha de programar el futuro, para que el tesoro de la fe, de la esperanza y de la caridad, que nuestros padres conservaron en sus luchas y nos transmitieron, no lo dilapide esta generación adormecida, ya no, como en la obra de Wyspianski «Las bodas», por el sueño de la libertad, sino por la misma libertad. Tenemos la gran responsabilidad del desarrollo de la fe, de la salvación del hombre de hoy y del futuro de la Iglesia en el nuevo milenio.

Por eso, con san Pablo, os pido, hermanos y hermanas: tomad como modelo los sanos principios, en la fe y en el amor a Cristo Jesús. Conservad el buen depósito con la ayuda del Espíritu Santo, que habita en vosotros (cf. 2 Tm 1, 13-14). Llevadlo al tercer milenio del cristianismo con el sano orgullo y con la humildad de los testigos. Transmitid a las futuras generaciones el mensaje de la Misericordia divina, que tuvo a bien escoger esta ciudad para manifestarse al mundo. Al final del siglo XX, el mundo parece necesitar más que nunca ese mensaje. Llevadlo a los tiempos nuevos como germen de esperanza y prenda de salvación.

Dios misericordioso, fortalece con tu gracia al pueblo de esta tierra. Haz que los hijos de esta Iglesia se transformen en una generación de testigos para los siglos futuros. Haz que, con la fuerza del Espíritu Santo, la Iglesia en Cracovia y en toda Polonia prosiga la obra de santificación que le encomendaste hace mil años.

«Fiat misericordia tua, Domine, super nos, quemadmodum speravimus in te. In te, Domine, speravi: non confundar in aeternum». «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. En ti, Señor, confié; no me vea defraudado para siempre».

No nos veremos defraudados. Amén.

 

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