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VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA CANONIZACIÓN DE LA BEATA CUNEGUNDA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Miércoles 16 de junio de 1999
1. «Los santos no pasan. Los santos viven de los
santos y tienen sed de santidad».
Queridos hermanos y hermanas, hace casi treinta y tres años pronuncié esas
palabras en Stary Sacz, durante las celebraciones del milenario. Lo hice
refiriéndome a una circunstancia particular. A pesar del mal tiempo, habían
llegado a esa ciudad los habitantes de la tierra de Sacz y de sus alrededores, y
toda la gran asamblea del pueblo de Dios, bajo la presidencia del cardenal
primado Stefan Wyszynski y del obispo de Tarnów, Jerzy Ablewicz, oraba a Dios
por la canonización de la beata Cunegunda. Por tanto, ¡cómo no repetir esas
palabras el día en que, por disposición de la divina Providencia, se me
concede realizar su canonización, como hace dos años pude proclamar santa a la
reina Eduvigis, señora de Wawel! Ambas llegaron hasta nosotros desde Hungría;
entraron en nuestra historia y permanecieron en la memoria de la nación. Al
igual que Eduvigis, también Cunegunda resistió a la ley inexorable del
tiempo, que todo lo borra. Han pasado los siglos, y el esplendor de su
santidad no sólo no se ha apagado; al contrario, brilla aún más para las
generaciones que se suceden. No han olvidado a esta hija del rey húngaro, la
princesa de Malopolska, fundadora y monja del convento de Sacz. Y este día de
su canonización es una magnífica prueba de ello. ¡Sea alabado Dios en sus
santos!
2. Antes de recorrer espiritualmente el camino de la santidad de la princesa
Cunegunda, para dar gracias a Dios por la obra de su gracia, quiero saludar a
todos los que se han reunido aquí y a toda la Iglesia de la hermosa tierra de
Tarnów, a su obispo Wiktor Skworc y a los obispos auxiliares Wladyslaw Bobowski
y Jan Styrna, así como al querido obispo emérito Piotr Bednarczyk. Saludo a
los obispos húngaros, particularmente al primado, cardenal László Paskai,
o.f.m., así como al presidente de la República de Hungría, señor Arpad
Göncz, y a las personas de su séquito. Saludo a todos los sacerdotes, a los
religiosos y a las religiosas, y en particular a las clarisas. Dirijo un cordial
saludo a los habitantes de Stary Sacz. Sé que esta ciudad es famosa por su
devoción a santa Cunegunda. Toda vuestra ciudad parece ser su santuario. Saludo
también a Nowy Sacz, una ciudad que siempre me ha admirado por su belleza y su
buen funcionamiento. Abrazo en mi corazón a toda la comunidad diocesana, a
todas las familias, a las personas solas, a todos los enfermos, así como a los
que participan en esta liturgia a través de la radio y la televisión. Que
esté con vosotros toda gracia de Aquel que es fuente y fin de toda nuestra
santidad.
3. «Los santos viven de los santos».
En la primera lectura hemos escuchado un anuncio profético: «Brillará una luz
espléndida hasta los confines de la tierra. Vendrán a ti de lejos pueblos
numerosos, y los habitantes de todos los confines del mundo vendrán a la morada
de tu santo nombre» (Tb 13, 11).
Estas palabras del profeta se refieren ante todo a Jerusalén, la ciudad marcada
por la presencia particular de Dios en su templo. Sin embargo, sabemos que desde
que Cristo, mediante su muerte y su resurrección, «no penetró en un santuario
hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero (templo), sino en
el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor
nuestro» (Hb 9, 24), esta profecía se cumple en todos los que siguen a
Cristo por el mismo camino hacia el Padre. De ahora en adelante ya no será la
luz del templo de Jerusalén, sino el esplendor de Cristo, que ilumina a
los testigos de su resurrección, el que atraerá hacia la morada del santo
nombre de Dios a las numerosas naciones y a los habitantes de todos los confines
de la tierra.
Santa Cunegunda, ya desde su nacimiento, había experimentado de modo admirable
esta salvífica irradiación de la santidad, pues vino al mundo en la
familia real húngara de Bela IV, de la dinastía de los Árpades. Esta estirpe
real cultivaba con gran fervor la vida de fe y dio grandes santos. De ella
proceden san Esteban, el patrono principal de Hungría, y su hijo san Emerico.
Un lugar especial entre los santos de la familia de los Árpades lo ocupan las
mujeres: santa Ladislaa, santa Isabel de Turingia, santa Eduvigis de Silesia,
santa Inés de Praga y, por último, las hermanas de Cunegunda: santa Margarita
y la beata Yolanda. ¿No es evidente que la luz de la santidad de la familia
llevó a Cunegunda a la morada del santo nombre de Dios? ¿Podía no dejar
huella en su alma el ejemplo de sus santos padres, hermanos, hermanas y
parientes?
La semilla de la santidad sembrada en el corazón de Cunegunda en su casa
paterna encontró en Polonia una buena tierra para desarrollarse. Cuando, en
1239, llegó primero a Wojnicz, y luego a Sandomierz, entabló una cordial
relación con la madre de su futuro esposo, Grzymis³awa, y con su hija Salomé.
Ambas se distinguían por una profunda religiosidad, por una vida ascética y
por un gran amor a la oración, a la lectura de la sagrada Escritura y de las
vidas de los santos. Su cordial compañía, especialmente en los primeros y
difíciles años de su estancia en Polonia, ejerció gran influjo en Cunegunda.
El ideal de santidad maduró cada vez más en su corazón. Buscando modelos para
imitar que respondieran a su rango, eligió como patrona especial a su santa
parienta la princesa Eduvigis de Silesia. Asimismo, quiso indicar a Polonia un
santo que pudiera llegar a ser para todos los Estados y para todas las regiones
un maestro de amor a la patria y a la Iglesia. Por eso, junto con el obispo de
Cracovia, Pandota de Bialaczew, puso gran empeño en promover la canonización
del mártir de Cracovia obispo Stanislaw de Szczepanów. Indudablemente
ejercieron gran influjo en su espiritualidad san Jacinto, que vivió en aquel
tiempo, el beato Sadok, la beata Bronis³awa, la beata Salomé, la beata
Yolanda, hermana de Cunegunda, y todos los que formaron un ambiente particular
de fe en la Cracovia de entonces.
4. Al hablar hoy de la santidad, del anhelo de santidad y de su consecución,
convendría preguntarse: ¿cómo hay que formar ambientes que favorezcan
esa aspiración? ¿Qué es preciso hacer para que la familia, la escuela, el
lugar de trabajo, la oficina, las aldeas, las ciudades y, por último, el país
entero, se conviertan en una morada de santos, que influyan mediante su bondad,
su fidelidad a la doctrina de Cristo, su testimonio de vida diaria, alimentando
el crecimiento espiritual de todo hombre?
Santa Cunegunda y todos los santos y los beatos del siglo XIII responden: hace
falta el testimonio. Hace falta valentía para no poner la fe bajo el
celemín. Hace falta, por último, que en el corazón de los creyentes reine el
anhelo de santidad, que no sólo forma parte de la vida privada, sino que
también influye en toda la sociedad.
En la Carta a las familias escribí que «a través de la familia
discurre la historia del hombre, la historia de la salvación de la humanidad.
(...) La familia se encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el
mal, entre la vida y la muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor. A la
familia está confiado el cometido de luchar ante todo para liberar las fuerzas
del bien, cuya fuente se encuentra en Cristo, redentor del hombre. Es preciso
que dichas fuerzas sean tomadas como propias por cada núcleo familiar,
para que, como se dijo con ocasión del milenio del cristianismo en Polonia, la
familia sea iefuerte de Diosl.» (n. 23).
Hoy, basándome en la experiencia perenne de santa Cunegunda, repito esas
palabras aquí, entre los habitantes de la tierra de Sacz, los cuales durante
siglos, a menudo a costa de renuncias y sacrificios, dieron prueba de solicitud
por la familia y de gran amor a la vida familiar. Juntamente con la patrona de
esta tierra, pido a todos mis compatriotas: que la familia polaca mantenga su
fe en Cristo. Perseverad con firmeza al lado de Cristo, para que él
permanezca en vosotros. No permitáis que en vuestro corazón, en el corazón de
los padres y madres, de los hijos e hijas, se apague la luz de la santidad. Que
el esplendor de la santidad forme a las futuras generaciones de santos
para gloria del nombre de Dios. Tertio millennio adveniente.
Queridos hermanos y hermanas, no tengáis miedo de aspirar a la santidad.
No tengáis miedo de ser santos. Procurad que el siglo que está a punto
de terminar y el nuevo milenio sea una era de santos.
5. «Los santos tienen sed de santidad».
Esta sed fue viva en el corazón de Cunegunda. Con ese anhelo, meditaba las
palabras de san Pablo que acabamos de escuchar en la liturgia de hoy: «Acerca
de la virginidad no tengo precepto del Señor. No obstante, doy un consejo, como
quien, por la misericordia de Dios, es digno de crédito. Por tanto, pienso que
es cosa buena, a causa de la necesidad presente, quedarse el hombre así» (1
Co 7, 25-26). Inspirada por esas palabras, quiso consagrarse a Dios con todo
su corazón mediante el voto de virginidad. Por eso cuando, por las
circunstancias históricas, se vio obligada a casarse con el príncipe Boleslao,
lo convenció a llevar una vida virginal para gloria de Dios y, después de una
prueba de dos años, ambos esposos hicieron voto de castidad perpetua en manos
del obispo Prandota.
Este estilo de vida, hoy tal vez difícil de entender, pero profundamente
arraigado en la tradición de la Iglesia primitiva, dio a santa Cunegunda la libertad
interior gracias a la cual pudo preocuparse, con dedicación total, ante
todo de las cosas del Señor, llevando una profunda vida religiosa. Hoy releemos
este gran testimonio. Santa Cunegunda enseña que tanto el matrimonio como la
virginidad, si se viven en unión con Cristo, pueden transformarse en camino de
santidad. Hoy santa Cunegunda se nos presenta como defensora de esos
valores. Nos recuerda que, en ninguna circunstancia, el valor del matrimonio, la
unión indisoluble de amor de dos personas, puede ser puesta en tela de
juicio. A pesar de las posibles dificultades, no se puede renunciar a la
defensa de este amor original, que ha unido a dos personas y que es bendecido
incesantemente por Dios. El matrimonio es un camino de santidad, incluso cuando
resulta un vía crucis.
Las paredes del convento de Stary Sacz, construido por iniciativa de santa
Cunegunda y en el que concluyó su vida, parecen testimoniar lo mucho que
apreciaba la castidad y la virginidad, considerando con razón ese estado como
un don extraordinario, gracias al cual la persona experimenta de modo especial
su libertad. Y esa libertad interior puede convertirse en lugar de encuentro con
Cristo y con el hombre en el camino de la santidad. Ante este convento,
juntamente con santa Cunegunda, os pido en particular a vosotros, jóvenes: defended
vuestra libertad interior. Que una falsa vergüenza no os impida cultivar la
castidad. Que los muchachos y muchachas llamados por Cristo a conservar la
virginidad a lo largo de toda la vida sepan que se trata de un estado
privilegiado, a través del cual se manifiesta de un modo muy claro la acción y
la fuerza del Espíritu Santo.
Hay otra característica del espíritu de santa Cunegunda, vinculada a su anhelo
de santidad. Como princesa, supo ocuparse de las cosas del Padre también en
este mundo. Al lado de su marido participó en el gobierno, demostrando
firmeza y valentía, generosidad y solicitud por el bien del país y de sus
súbditos. Durante las turbulencias que tuvieron lugar en el interior del
Estado, durante la lucha por el poder en un reino dividido en regiones, durante
las devastadoras invasiones de los tártaros, santa Cunegunda supo afrontar las
necesidades del momento. Con gran celo trató de promover la unidad de la
herencia de los Piast y, para que el país resurgiera de las ruinas, no dudó en
dar todo lo que había recibido de su padre como dote.
A su nombre están vinculadas las minas de sal gema de Wieliczka y de Bochnia,
cerca de Cracovia. Pero, sobre todo, tenía siempre presente las necesidades de
sus súbditos. Lo confirman sus antiguas biografías, testimoniando que el
pueblo la llamaba: «consoladora», «médico», «nutricia» y «santa madre».
Renunciando a la maternidad natural, se convirtió en verdadera madre de
muchos.
También se interesó por el desarrollo cultural de la nación. A su persona y
al convento local está vinculado el nacimiento de verdaderos monumentos de la
literatura, como el primer libro escrito en lengua polaca: Zoltarz Dawidów
(Salterio de David).
Todo ello es fruto de su santidad. Y hoy, cuando nos preguntamos cómo aprender
a ser santos y cómo realizar la santidad, santa Cunegunda nos responde: es
preciso ocuparse de las cosas del Señor en este mundo. Ella testimonia que
el cumplimiento de esa tarea consiste en un esfuerzo incesante por conservar la
armonía entre la fe profesada y la vida. El mundo de hoy necesita la santidad
de los cristianos, que en las condiciones ordinarias de vida familiar y
profesional cumplen sus deberes diarios; y que, con el deseo de hacer la
voluntad del Creador y servir cada día a los hombres, responden a su amor
eterno. Eso atañe a los diversos sectores de la vida, como la política, la
actividad económica, social y legislativa (cf. Christifideles laici,
42). Que no falte en estos campos el espíritu de servicio, la honradez, la
verdad, la solicitud por el bien común, incluso a precio de una generosa
renuncia a lo propio, a ejemplo de la santa princesa de estas tierras. Que en
estos sectores no falte tampoco la sed de santidad, conseguida mediante el
servicio realizado con competencia y espíritu de amor a Dios y al prójimo.
6. «Los santos no pasan». Al contemplar la figura de santa
Cunegunda, surge un interrogante esencial: ¿Qué es lo que la convierte en
una figura que, en cierto sentido, no pasa? ¿Qué le permitió sobrevivir en
la memoria de los polacos y, particularmente, en la de la Iglesia? ¿Cuál es
el nombre de esa fuerza que resiste a la ley inexorable del «todo pasa»? El
nombre de esa fuerza es el amor. El evangelio de hoy, que nos presenta el
pasaje de las vírgenes prudentes, habla precisamente del amor. Cunegunda fue
ciertamente una de ellas. Como ellas salió al encuentro del Esposo divino.
Como ellas veló con la lámpara del amor encendida, para no perder el momento
de la venida del Esposo. Como ellas, se encontró con él mientras estaba
llegando y fue invitada a participar en el banquete de bodas. El amor del
Esposo divino en la vida de la princesa Cunegunda se manifestó con numerosos
actos de amor al prójimo. Fue precisamente ese amor el que hizo que el paso
del tiempo, al que está sujeto todo hombre en la tierra, no borrara su
memoria. Después de muchos siglos, hoy lo expresa la Iglesia en Polonia.
«Los santos viven de los santos y tienen sed de santidad».
Repito una vez más estas palabras aquí, en la tierra de Sacz. Cunegunda la
recibió como regalo a cambio de la dote que destinó a socorrer al país y esta
tierra nunca ha dejado de ser su herencia particular. Ella siempre cuida
del pueblo fiel que vive aquí. ¡Cómo no darle gracias por proteger a las
familias, especialmente a las muchas familias numerosas, hacia las que
sentimos gran admiración y respeto! ¡Cómo no darle gracias porque obtiene
para esta comunidad eclesial el don de tantas vocaciones sacerdotales y
religiosas! ¡Cómo no darle gracias porque hoy nos hallamos reunidos aquí,
uniendo nuestra oración, hermanos y hermanas de Hungría, de la República
checa, de Eslovaquia, de Ucrania, renovando la tradición de la unidad
espiritual, que ella misma formó con tanto esmero!
Llenos de gratitud, alabamos a Dios por el don de la santidad
de la señora de esta tierra y le pedimos que el esplendor de esta santidad
prosiga en todos nosotros. Que, en el nuevo milenio, esta magnífica luz se
irradie hasta los últimos confines de la tierra, para que vengan de lejos a
la morada de su santo nombre (cf. Tb 13, 13) y vean su gloria.
«Los santos no pasan». Los santos invocan la
santidad.
Santa Cunegunda, señora de esta tierra, alcánzanos la gracia
de la santidad.
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