 |
VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA
HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II
Wadowice,
miércoles 16 de junio de 1999
Queridos hermanos y hermanas:
1. Una vez más, durante mi servicio a la Iglesia
universal en la sede de san Pedro, vengo a mi ciudad natal de Wadowice. Con gran
emoción contemplo esta ciudad de mis años de infancia, testigo de mis primeros
pasos, de mis primeras palabras y de «las primeras inclinaciones», como dice
Norwid, que son «como la eterna profesión de Cristo: ¡Alabado seas!» (cf.
«Mi canto»). La ciudad de mi infancia, la casa paterna, la iglesia parroquial,
la iglesia de mi santo bautismo... Quiero cruzar estos umbrales acogedores,
inclinarme ante mi tierra natal y ante sus habitantes, y decir las palabras con
que se suelen saludar los familiares al regreso de un largo viaje: «¡Alabado
sea Jesucristo!». Y la casa se encontraba precisamente aquí, a mis espaldas,
en la calle Koœcielna. Y cuando miraba desde la ventana, veía la meridiana y
el lema: «El tiempo huye, la eternidad espera».
Con estas palabras saludo a todos los habitantes de
Wadowice, comenzando por los más ancianos, mis coetáneos, con los que me unen
vínculos de mi infancia y adolescencia, hasta los más pequeños, que por
primera vez ven al Papa que ha venido a visitarlos. Saludo al querido cardenal
Franciszek Macharski y le doy gracias porque como pastor de la archidiócesis
tiene una solicitud constante por mi ciudad natal. Saludo a todos los obispos,
tanto titulares como auxiliares: Stanislaw Smolenski, Albin Malysiak, c.m., Jan
Szkodon, Kazimierz Nycz: a todos los recuerdo.
Doy las gracias a los cardenales y obispos huéspedes,
que me acompañan con perseverancia durante mi itinerario de peregrino. Saludo
cordialmente a todos los sacerdotes, especialmente a los de las dos prefecturas
de Wadowice, y entre ellos al párroco de esta parroquia. Al seminario lo
llamábamos Kuba, Kuba Gil. Oficialmente está dedicado a monseñor Jakub Gil.
Encomiendo a Dios el alma del difunto don Tadeusz
Zacher y a todos los sacerdotes fallecidos que desempeñaron su ministerio
pastoral en esta ciudad. A todos. A mons. Prochownik, que en paz descanse, y a
los catequistas: don Rospond, don Wlodyga y don Pawela. A todos los llevo en mi
corazón. También a mons. Zajac. Existe una crónica del corazón, que no
desaparece. Abrazo cordialmente a todas las familias religiosas que prestan su
servicio en Wadowice. En particular, a los padres carmelitas, en Górka; a los
padres palotinos, en Kopiec; a las religiosas de Nazaret, en la calle 3 de Mayo.
Allá iba también a la guardería.
Quiero saludar particularmente a los padres carmelitas
descalzos de Górka de Wadowice. En efecto, nos encontramos en una circunstancia
excepcional: este año, el 27 de agosto, se celebra el centenario de la
consagración de la iglesia de San José, anexa al convento fundado por san
Rafael Kalinowski. Como en mi infancia y juventud, me dirijo espiritualmente a
ese lugar de especial culto a la santísima Virgen del Monte Carmelo, que
ejercía gran influjo en la espiritualidad de la tierra de Wadowice. Yo mismo
recibí en ese lugar numerosas gracias, que hoy agradezco al Señor. Aún llevo
la medallita que me dieron los carmelitas en Górka cuando tenía unos diez
años.
Me alegra haber tenido la oportunidad de beatificar,
en el grupo de ciento ocho mártires, al beato padre Alfonso María Mazurek,
alumno y más tarde benemérito educador del seminario menor anexo al convento.
Me encontré personalmente con este testigo de Cristo que, en 1944, como prior
del convento de Czerna, selló su fidelidad a Dios con el martirio. Me arrodillo
con veneración ante sus restos, que descansan precisamente en la iglesia de San
José, y doy gracias a Dios por el don de la vida, del martirio y de la santidad
de este gran religioso.
2. Jerusalén, «por la casa del Señor nuestro Dios,
te deseo todo bien» (Sal 122, 9). Hoy hago mías estas palabras del
salmista y las refiero a esta ciudad. Wadowice, la ciudad de mi infancia, por la
casa paterna y por la casa del Señor, te deseo todo bien. ¡Cómo no expresar
ese anhelo hoy que la Providencia me ha concedido encontrarme como sobre un
puente que une estas dos casas: la casa paterna y la casa de Dios! Es una
extraordinaria, y a la vez muy natural, unión de dos lugares que, más que
ningún otro, dejan una huella profunda en el corazón del hombre.
Con afecto filial beso el umbral de mi casa natal,
expresando a la divina Providencia la gratitud por el don de la vida,
transmitida por mis queridos padres, por el calor del hogar, por el amor de mis
seres queridos, que me daba un gran sentido de seguridad y fuerza, incluso
cuando había que afrontar la experiencia de la muerte y los apuros de la vida
diaria en tiempos difíciles.
Con profunda veneración beso también el umbral de
la casa de Dios, de la iglesia parroquial de Wadowice, y en ella el
baptisterio, en el que fui injertado a Cristo y acogido en la comunidad de su
Iglesia. En este templo me acerqué por primera vez al sacramento de la
confesión y en él hice mi primera comunión. Aquí fui monaguillo. Aquí di
gracias a Dios por el don del sacerdocio y, ya como arzobispo de Cracovia, aquí
viví el jubileo de mis 25 años de sacerdocio. Sólo Dios, dador de todo bien,
sabe cuántas gracias recibí en este templo y en esta comunidad parroquial. A
él, Dios uno y trino, le doy gloria en el umbral de esta iglesia.
Por último, al igual que en el pasado, dirijo mis
pasos a la capilla de la Santa Cruz, para contemplar nuevamente el rostro
de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en su imagen de Wadowice. Lo hago con
una alegría particularmente grande hoy porque tengo la posibilidad de coronar
esta imagen, como signo de nuestro amor a la Madre del Salvador y a su Hijo
divino. Es un signo muy elocuente sobre todo porque, como me han dicho, estas
coronas han sido confeccionadas con vuestras joyas, algunas muy valiosas, que
están unidas a un recuerdo particular, a alguna circunstancia especial, a
pruebas o a nobilísimos sentimientos familiares, de esposos o novios. Y a ese
regalo material habéis añadido el don del espíritu, la oración de
consagración a la Madre de Cristo que visitó vuestras casas. Estad seguros de
que vuestro amor ardiente a María nunca quedará sin recompensa. Precisamente
este vínculo recíproco de amor es, en cierto sentido, portador de gracias y
prenda de una ayuda incesante, que, por obra de María, recibimos de su Hijo
divino.
3. «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios
envió a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4, 4). En cierto sentido, estas
palabras de san Pablo, que acabamos de escuchar, nos introducen en el centro
mismo de este misterio. La plenitud de los tiempos llegó precisamente cuando se
realizó el misterio de la encarnación del Verbo eterno. El Hijo de Dios
vino al mundo para realizar el plan salvífico del Padre, para llevar a cabo la
redención del hombre y devolverle la filiación perdida. En este misterio
María desempeña un papel particular. Dios la llamó para que se convirtiera en
la mujer a través de la cual se borraría el pecado original de la primera
mujer. En cierto sentido, Dios necesitaba esta mediación de María. Necesitaba
su libre consentimiento, su obediencia y su entrega, para revelar plenamente su
amor eterno al hombre.
A continuación, el Apóstol de los gentiles escribe:
«La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Ga 4, 6). Sabemos
también que este acontecimiento se realizó en presencia de María. Como estaba
presente en los inicios de la obra de la redención de Cristo, así también, el
día de Pentecostés, estaba presente en los inicios de la Iglesia. Aquella que
el día de la Anunciación fue colmada del Espíritu Santo, el día de
Pentecostés fue testigo especial de su presencia. Aquella que debía su propia
maternidad a la acción misteriosa del Espíritu supo apreciar más que nadie el
significado de la venida del Consolador. María reconoció mejor que nadie el
instante en que comenzó la vida de la Iglesia, de la comunidad de hombres que,
injertados en Cristo, pueden dirigirse a Dios llamándolo: ¡Abbá, Padre!
Ningún ser humano en el mundo ha sido introducido en la experiencia del amor
trinitario del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo tan profundamente como
María, la Madre del Verbo encarnado.
Por eso, mientras nos preparamos para vivir el gran
jubileo de la redención, nos dirigimos en particular a ella, que es guía
insustituible en el camino de la salvación. Si el jubileo, en cierto sentido,
nos debe hacer presente lo que se realizó gracias a la encarnación del Hijo de
Dios, no podemos por menos de basarnos en la experiencia de fe, esperanza y
caridad de la Madre de Cristo. Ese recurso no puede faltar. En efecto, de
María aprendemos la docilidad al Espíritu Santo, gracias a la cual podemos
gozar más plenamente de los frutos de la muerte y la resurrección de Cristo.
Nuestros antepasados tuvieron siempre la convicción
de que la Madre de Dios desempeña un papel insustituible en la vida de la
Iglesia y de todo cristiano. A lo largo de los últimos cien años, los
habitantes de Wadowice lo expresaban de una manera especial cuando se reunían
con veneración ante la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y la
elegían mediadora, patrona de la vida personal, familiar y social. Don Leonard
Prochownik, párroco y decano, escribió en 1935: «Nuestra Señora del Perpetuo
Socorro es muy venerada entre nosotros. Tiene su capilla, donde se halla
colocada su imagen milagrosa y allí muchos han experimentado y experimentan
personalmente su bondad, que les muestra en las necesidades temporales y
espirituales, y se apresura a ayudarles». Y así ha sucedido. Puedo
atestiguarlo personalmente. Y creo que así ha acontecido hasta el día de hoy.
Ojalá que así sea también en el futuro.
4. Durante mi primera visita a Wadowice os pedí que me
apoyarais con una incesante oración ante la imagen de esta Madre. Veo que
mi petición ha quedado esculpida en una lápida. Creo que se trata de un signo
de que esa petición ha quedado profundamente grabada también en vuestro
corazón. Por eso, hoy os doy cordialmente las gracias por esa oración.
Siento continuamente su acción y os pido que sigáis orando. Tengo mucha
necesidad de vuestra oración. La necesitan mucho también la Iglesia y el mundo
entero.
Hay otra cosa por la que quiero daros las gracias. Sé
que la Iglesia de Cracovia, encabezada por su cardenal, ha construido en
Wadowice un particular voto de gratitud a la Madre de Dios. A poca distancia de
aquí se ha edificado la «Casa de la madre sola». Allí son acogidas y
asistidas las mujeres que, a pesar de los sacrificios y las contrariedades que
esto implica, quieren conservar el fruto de su maternidad. Os agradezco este
gran don de vuestro amor al hombre y de vuestra solicitud por la vida. Mi
gratitud es mucho mayor por el hecho de que esa casa está dedicada a mi madre
Emilia. Creo que la madre que me trajo al mundo y rodeó de amor mi infancia
cuidará de esta obra. A vosotros, en cambio, os pido que sigáis sosteniendo
esta casa con vuestra generosidad.
Si no recuerdo mal, esta casa se encuentra en la calle
Mickiewicz, que lleva hacia Chocznia. En esa calle se encuentra la escuela de
Marcin Wadowita, donde estudié durante ocho años. Primero hice la primaria
aquí, en este edificio, donde se hallan las oficinas municipales. Después, fui
a la escuela secundaria, y solíamos ir a hacer gimnasia a «Sokól». También
íbamos a «Sokól» a ver representaciones teatrales. Recuerdo a Mieczyslaw
Kotlarczyk, el que creó el «teatro de la palabra»; recuerdo a mis compañeros
y compañeras de Wadowice: a Halina Królikiewiczówna-Kwiatkowska y a Zbyszek
Silkowski, que vivía en la casa que pertenecía a los señores Homme. Muchos
recuerdos. De todos modos, aquí, en esta ciudad de Wadowice, comenzó todo para
mí: la vida, la escuela, los estudios, el teatro... y el sacerdocio. Allí
está la calle Mickiewicz, luego la
calle Zatorska; aquí la calle Krakowska. Allí se encontraba antes Zbozny
Rynek, y allí Choczenka. Detrás de nosotros está Skawa. Aquí estaba la
librería de Foltin. ¿Existe aún? No. En aquella casa vivía Jurek Kluger y
allí estaba la pastelería. Después de obtener el diploma íbamos a comer
pasteles con crema. Menos mal que logramos soportar todos esos pasteles con
crema después del diploma. Más allá de la escuela sube la calle Slowacki;
allí está la calle Karmelicka y un poco más allá el parque de la Asociación
para el cuidado de la ciudad de Wadowice y de sus alrededores.
Estas cosas no se olvidan fácilmente. Ahí está la calle Tatrzanska, donde se
halla el cementerio; luego está la parroquia de San Pedro; después, Gorzen.
Desde Gorzen se baja hasta Skawa. Por la otra parte está Góra Jaroszowicka y
así hasta Kalwaria. Después de Kopiec viene Klecza Dolna; luego, Klecza
Górna, Barwald y, por último Kalwaria Zebrzydowska. Ya basta con los
recuerdos.
Esta casa pertenecía a la señora María Wodzinska. En la calle 3 de Mayo
había un cuartel del 12° batallón de infantería. El 11 de noviembre y el 3
de mayo se tenían las celebraciones en la plaza del Mercado: la santa misa
castrense, luego la parada militar delante del cuartel. También nosotros
participábamos en las celebraciones por ser alumnos miembros de la Legión,
aún no académica. Y así fue hasta la guerra. Tratemos de acabar.
Esta casa fue muy acogedora para mí: aquí festejé mi ordenación sacerdotal,
la episcopal y la púrpura cardenalicia. Fui muchas veces a la casa de los
señores Homme, a Zbyszek Silkowski. Los recuerdo todos los días.
Y en el escenario de Wadowice declamamos las obras más importantes de los
clásicos, comenzando por «Antígona». No sé si hoy es aún así. Ahora sí
acabemos definitivamente.
5. «Sub tuum praesidium...». Bajo tu amparo nos acogemos,
oh María. A tu protección encomendamos la historia de esta ciudad, de la
Iglesia de Cracovia y de toda la patria.
A tu amor materno encomendamos el futuro de cada uno de
nosotros, de nuestras familias y de toda la sociedad.
No desoigas la oración de tus hijos necesitados; antes
bien, líbranos de todo peligro.
María, alcánzanos la gracia de la fe, de la esperanza y de
la caridad, para que, siguiendo tu ejemplo y bajo tu guía, llevemos al nuevo
milenio el testimonio del amor del Padre, de la muerte redentora y de la
resurrección del Hijo, y la acción santificadora del Espíritu Santo.
Permanece con nosotros siempre.
Oh Virgen, gloriosa y bendita. Señora nuestra, Abogada
nuestra, Mediadora nuestra, Consoladora nuestra, Madre nuestra. Amén.
|