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MISA DE CLAUSURA DE LA II ASAMBLEA ESPECIAL PARA EUROPA
DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
23 de octubre
de 1999
Venerables hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos
hermanos y hermanas:
1. Con esta solemne celebración eucarística se
concluye la segunda Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos.
A ti, Padre omnipotente; por ti, Hijo Redentor; en ti, Espíritu Santo, hoy
damos gracias. Expresamos nuestro agradecimiento también por la serie de
Asambleas sinodales continentales, a través de las cuales la Iglesia ha llevado
a cabo durante estos años una amplia reflexión en el umbral del gran jubileo
del bimilenario de la venida de Cristo al mundo.
Motivo de renovada gratitud a la divina Providencia es
la oportunidad que hemos tenido de encontrarnos, escucharnos y confrontarnos: de
este modo nos hemos conocido mejor y nos hemos edificado mutuamente, sobre todo
gracias a los testimonios de aquellos que, bajo
los pasados regímenes totalitarios, soportaron por la fe duras y prolongadas
persecuciones.
Con espíritu agradecido hacia cada uno de vosotros,
venerados hermanos en el episcopado, con quienes me he reunido casi todos los
días durante estas semanas de intenso trabajo, hago mías las palabras del
Salmista: «A los santos, que están en la tierra, hombres nobles, todo mi
amor» (Sal 16, 3). Gracias de corazón por el tiempo que habéis dedicado y el
trabajo que habéis realizado generosamente por el bien de la Iglesia peregrina
en Europa.
Quiero dirigir unas palabras de agradecimiento en
especial a todos los que han colaborado en el desarrollo del Sínodo, prestando
su ayuda a los padres sinodales; mi pensamiento se dirige, en particular, al
secretario general y a sus colaboradores, a los presidentes delegados y al
relator general. Expreso mi sincero reconocimiento también a cuantos han
contribuido al éxito de este importante evento eclesial.
2. «Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros
crucificasteis, Dios lo resucitó de entre los muertos» (Hch 4, 10).
En los albores de la Iglesia resonó en Jerusalén
esta firme proclamación de Pedro: era el kerygma, el anuncio cristiano de la
salvación, destinado, por deseo del mismo Cristo, a cada hombre y a todos los
pueblos de la tierra.
Después de veinte siglos, la Iglesia se presenta en
el umbral del tercer milenio con este mismo anuncio, que constituye su único
tesoro: Jesucristo es el Señor; en él y en ningún otro está la salvación
(cf. Hch 4, 12); él es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13,
8).
Es el grito que resonó en el corazón de los
discípulos de Emaús, que regresaron a Jerusalén tras su encuentro con el
Resucitado. Habían escuchado su palabra ardiente y lo habían reconocido al
partir el pan. Esta Asamblea sinodal, la segunda para Europa, desarrollada
oportunamente a la luz de la imagen bíblica de los discípulos de Emaús, se
concluye con el signo del testimonio alegre que brota de la experiencia de
Cristo, vivo en su Iglesia. La fuente de esperanza, para Europa y para el mundo
entero, es Cristo, el Verbo hecho carne, el único mediador entre Dios y el
hombre. Y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de
gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor.
3. «Creéis en Dios: creed también en mí (...). Si
me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y
lo habéis visto» (Jn 14, 1.7). Con estas palabras el Señor fortalece
nuestra esperanza y nos invita a dirigir la mirada hacia el Padre celestial.
En este año, el último del siglo y del milenio, la
Iglesia hace suya la invocación de los discípulos: «Señor, muéstranos al
Padre» (Jn 14, 8), y recibe de Cristo la respuesta confortadora: «El
que me ha visto a mí, ha visto al Padre (...). Yo estoy en el Padre y el Padre
está en mí» (Jn 14, 9-10). Cristo es la fuente de la vida y de la
esperanza, porque en él «reside toda la plenitud de la divinidad» (Col
2, 9). En la experiencia humana de Jesús de Nazaret, el Trascendente entró en
la historia; el Eterno en el tiempo; el Absoluto en la precariedad de la
condición humana.
Por tanto, con firme convicción, la Iglesia repite a
los hombres y mujeres del año 2000, y en especial a los que viven inmersos en
el relativismo y en el materialismo: acoged a Cristo en vuestra existencia.
Quien lo encuentra conoce la verdad, descubre la vida y halla el camino que a
ella conduce (cf. Jn 14, 6; Sal 16, 11). Cristo es el futuro del
hombre, «pues no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que
debamos salvarnos» (Hch 4, 12).
4. Este anuncio de esperanza, esta buena nueva es el
corazón de la evangelización. Es antigua en lo que concierne a su
núcleo esencial, pero nueva en lo relativo al método y a las formas de su
expresión apostólica y misionera. Vosotros, venerados hermanos, durante los
trabajos de la Asamblea que hoy se concluye, habéis acogido la llamada que el
Espíritu dirige a las Iglesias de Europa para comprometerlas frente a los
nuevos desafíos. No habéis tenido miedo de analizar la realidad del
continente, poniendo de manifiesto tanto sus luces como sus sombras. Más aún,
frente a los problemas actuales, habéis dado orientaciones útiles para que el
rostro de Cristo sea cada vez más visible a través de un anuncio más eficaz,
corroborado por un testimonio coherente.
En este sentido, nos ofrecen luz y consolación los
santos y santas que llenan la historia del continente europeo. El
pensamiento se dirige, en primer lugar, a las santas Edith Stein, Brígida de
Suecia y Catalina de Siena, que, al inicio de esta Asamblea sinodal, proclamé
copatronas de Europa, poniéndolas al lado de los santos Benito, Cirilo y
Metodio. Pero, ¡cómo no pensar en los innumerables hijos de la Iglesia que,
durante estos dos milenios, de forma oculta han vivido en la vida familiar,
profesional y social una santidad no menos generosa y auténtica! Y ¡cómo no
rendir homenaje a la gran cantidad de confesores de la fe y a los numerosos
mártires de este último siglo! Todos ellos, como «piedras vivas», unidas a
Cristo «piedra angular», han construido Europa como edificio espiritual y
moral, dejando a la posteridad la herencia más valiosa.
Nuestro Señor Jesucristo lo había prometido: «El
que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y las hará mayores
aún, porque yo voy al Padre» (Jn 14, 12). Los santos son la prueba viva
del cumplimiento de esta promesa, y nos animan a creer que ello es posible
también en los momentos más difíciles de la historia.
5. Si dirigimos la mirada hacia los siglos pasados, no
podemos por menos de dar gracias al Señor porque el cristianismo ha sido en
nuestro continente un factor primario de unidad entre los pueblos y las culturas,
y de promoción integral del hombre y de sus derechos.
Si ha habido comportamientos y opciones que, por
desgracia, han ido en sentido contrario, en este momento en que nos preparamos a
cruzar la Puerta santa del gran jubileo (cf. Incarnationis mysterium,
11), sentimos la necesidad de reconocer humildemente nuestras responsabilidades.
Se pide a todos los cristianos este necesario discernimiento, para que, cada vez
más unidos y reconciliados, y con la ayuda de Dios, puedan apresurar la venida
de su Reino.
Se trata de una cooperación fraterna, más urgente
aún en el período que estamos atravesando, caracterizado por una nueva fase
en el proceso de integración europea y por una fuerte evolución en sentido
multiétnico y multicultural. A este respecto, hago mías las palabras del Mensaje
final del Sínodo, deseando con vosotros, venerados hermanos, que Europa
sepa garantizar, con fidelidad creativa a su tradición humanista y cristiana,
la primacía de los valores éticos y espirituales. Es éste un deseo que «nace
de la firme convicción de que no hay unidad verdadera y fecunda para Europa si
no se construye sobre sus fundamentos espirituales».
6.Oremos por ello durante esta celebración. Invitados
por el Salmo responsorial, repitamos: «Muéstranos, Señor, el camino de la
vida» (estribillo del Salmo responsorial). En cada momento de la vida,
Señor, muéstranos el camino que debemos recorrer.
Estas palabras asoman a los labios del creyente,
especialmente ahora que la segunda Asamblea especial para Europa está llegando
a su fin: sólo tú, Señor, puedes indicarnos el camino que hay que seguir para
ofrecer a nuestros hermanos y hermanas de Europa la esperanza que no defrauda. Y
nosotros, Señor, te seguiremos dócilmente.
La tradición iconográfica del Oriente cristiano nos
ayuda en nuestra oración, ofreciéndonos un modelo de referencia elocuente: es
el icono de la Virgen Hodigitria, «que muestra el camino». La Madre
indica con la mano al Hijo que lleva en brazos, recordando a los cristianos de
todas las épocas y lugares que Cristo es el camino que se ha de seguir. Por su
parte, la Iglesia, reflejándose en el icono, se ve a sí misma en María, por
decirlo así, y también su misión: indicar a Cristo al mundo, único camino
que lleva a la vida.
¡María, Madre solícita de la Iglesia, ven a nuestro
encuentro y muéstranos a tu Hijo! Escuchamos que la Virgen responde a nuestra
confiada imploración indicándonos a Jesús y diciéndonos, como a los
servidores de las bodas de Caná: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5).
Con la mirada fija en Cristo, volved, amadísimos
hermanos y hermanas, a vuestras comunidades, fortalecidos por la seguridad de
que él vive en la Iglesia, fuente de esperanza para Europa.
Amén
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