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VIGILIA DE PENTECOSTÉS
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Plaza de San Pedro, sábado 22 de mayo de 1999
1. «Abre las puertas a Cristo, tu Salvador»: esta
invitación, que ha resonado con fuerza durante los tres años de preparación
para el gran jubileo, ha caracterizado nuestra misión ciudadana.
Demos gracias a Dios por este extraordinario
acontecimiento, que ha sido un acto de amor a la ciudad y a cada uno de sus
habitantes. En efecto, la misión ciudadana ha brindado a las comunidades
cristianas un itinerario de intensa espiritualidad, alimentado por la oración y
la escucha de la palabra de Dios. Además, ha permitido incrementar la comunión
eclesial, que el Sínodo romano había indicado como condición indispensable
para la nueva evangelización.
Toda la comunidad diocesana, en sus diversos
ministerios, vocaciones y carismas, ha dado de forma unánime su aportación de
oración, anuncio, testimonio y servicio. Hemos experimentado juntos que
formamos un «pueblo de Dios en misión».
Siento el deber de dar las gracias a quienes han
tomado parte de diferentes modos en esta importante iniciativa pastoral. Ante
todo a usted, señor cardenal vicario, que ha guiado con celo la misión, en
estrecha colaboración con los obispos auxiliares, a quienes saludo
cordialmente. Quisiera recordar también a los demás prelados que han prestado
su valiosa colaboración y, entre ellos, a monseñor Clemente Riva, que en paz
descanse.
Pienso con gratitud en vosotros, queridos misioneros,
sacerdotes, religiosos, religiosas y, sobre todo, laicos, que habéis sido los
primeros beneficiarios de la gracia de la misión. El generoso empeño con que
os habéis preparado y habéis llevado el Evangelio a las casas y a los
ambientes de la ciudad, ha abierto caminos nuevos de evangelización y de
presencia cristiana en el entramado diario de la vida de nuestra gente. El
Espíritu Santo os ha guiado paso a paso, os ha inspirado las palabras adecuadas
para anunciar a Cristo y os ha sostenido en los inevitables momentos de
dificultad.
Demos gracias al Señor por cuanto ha hecho, mostrando
en todas las circunstancias los signos de su misericordia y de su amor. El gran
jubileo, ya a las puertas, nos impulsa a proseguir este esfuerzo misionero con
el mismo ímpetu, para consolidar y ampliar los resultados alcanzados por la
misión. De este modo, podremos mostrar a los numerosos peregrinos que vengan a
Roma el próximo año el rostro de nuestra Iglesia, acogedora y abierta,
renovada en la fe y rica en obras de caridad.
2. Para que suceda esto, es necesario que la obra
misionera, que ha comenzado tan felizmente, se consolide y desarrolle. Es
preciso seguir sosteniendo a las personas y a las familias ya contactadas en sus
casas y en los lugares de trabajo, y también llegar a cuantos, por diversos
motivos, no ha sido posible contactar durante estos años.
Por tanto, la visita anual a las familias y los
centros de escucha del Evangelio, que es preciso multiplicar, deben ser el alma
de la pastoral de las parroquias, gracias a la colaboración de las asociaciones
eclesiásticas, los movimientos y los grupos. La celebración de la palabra de
Dios tiene que marcar el camino de fe de las comunidades parroquiales, sobre
todo en los tiempos fuertes del año litúrgico. El signo de la caridad para con
los pobres y los que sufren ha de acompañar el anuncio del Señor, mostrando su
presencia viva, con el testimonio diario del amor fraterno.
Es necesario afianzar la comunión entre los
cristianos que actúan en los ambientes de trabajo y estudio, en los lugares de
asistencia y entretenimiento, donde se ha propuesto de forma concreta el
Evangelio. La semilla de la novedad evangélica, sembrada con la misión, debe
crecer y fructificar en todas partes, incluso donde aún no se han podido
promover iniciativas misioneras específicas. Con esta finalidad, nuestro
testimonio resulta más urgente aún. En efecto, ninguna realidad es
impenetrable para el Evangelio; más aún, Cristo resucitado ya está
misteriosamente presente mediante su santo Espíritu.
3. Una empresa apostólica tan vasta requiere una
labor de formación y catequesis dirigida a todo el pueblo de Dios, a fin de que
tome mayor conciencia de su vocación misionera y esté preparado para dar
razón de su fe en Cristo siempre y por doquier.
A las parroquias, las comunidades religiosas, las
asociaciones, los movimientos y los grupos corresponde impartir esa formación,
preparando itinerarios de fe, de oración y de experiencia cristiana ricos en
contenido teológico, espiritual y cultural.
Vosotros, queridos sacerdotes, sois los primeros a
quienes se confía esta misión: sed guías sabios y maestros atentos de la fe
en vuestras comunidades.
Vosotros, queridos religiosos y religiosas, que tanto
habéis contribuido a la misión, seguid sosteniéndola con vuestra oración,
con vuestra santidad de vida y con vuestros carismas propios, en los múltiples
campos apostólicos en los que estáis comprometidos.
Vosotros, queridos laicos, estáis llamados a impulsar
un gran movimiento misionero permanente en la ciudad y en todos sus ambientes.
No dejéis de dar vuestra aportación en las familias, en el vasto y complejo
mundo del trabajo y la cultura, en la escuela y la universidad, en las
instituciones de salud, en los medios de comunicación social y en las
actividades del tiempo libre, para que el anuncio del Evangelio influya en toda
la sociedad.
Y no podemos olvidar la contribución que los enfermos
han dado a la misión, y que están llamados a renovar, con la ofrenda de su
sufrimiento, así como la de las monjas de clausura con su oración constante.
A todos y a cada uno agradezco su valiosa ayuda
espiritual.
4. Repasando estos tres años de la misión ciudadana,
nos damos cuenta con facilidad de que la palabra de Dios se ha sembrado
abundantemente. Para que esta semilla divina no quede infecunda, para que eche
raíces sólidas y dé frutos en la vida y en la pastoral diaria, será
necesario favorecer una reflexión específica que, implicando a todos los
componentes eclesiales, culmine en un congreso. Pienso en un gran encuentro que,
con la base de la experiencia de la misión ciudadana, servirá para trazar las
líneas directrices de un compromiso constante de evangelización y celo
misionero.
Ser Iglesia en misión es el gran desafío de los
próximos años para Roma y para el mundo entero. Os doy esta consigna a
vosotros, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y, de modo
especial, a vosotros, movimientos y nuevas comunidades, recordando el encuentro
de hace un año, en la vigilia de Pentecostés, en esta misma plaza. Es
necesario abrirse con docilidad a la acción del Espíritu, acogiendo con
gratitud y obediencia los dones que no deja de derramar en beneficio de toda la
Iglesia. Esta tarde Cristo os repite a cada uno: «Id por todo el mundo y
proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).
Queridos hermanos, el evangelio que Cristo nos ha
encomendado es el evangelio de la paz. No podemos tenerlo sólo para nosotros,
sobre todo en este momento en que la violencia y la guerra están sembrando
destrucción y muerte en la cercana región de los Balcanes. El Espíritu nos
impulsa a ser heraldos y constructores de paz, mediante la justicia y la
reconciliación. Desde este punto de vista, quisiera que en la próxima fiesta
del Corpus Christi toda la Iglesia de Roma elevara una insistente
invocación por la paz. Por eso, os invito a todos vosotros, sacerdotes,
religiosos y fieles, a uniros a mí la tarde del jueves 3 de junio en San Juan
de Letrán, para participar en la misa y en la procesión del Corpus Christi,
durante la cual imploraremos juntos el don de la paz en los Balcanes. Que el
día del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo se caracterice este año por una
intensa oración por la paz.
5. «¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de
tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!».
¡Ven, Espíritu Santo! La invocación, que resuena en
la liturgia de esta vigilia de Pentecostés, nos llena de alegría y esperanza.
Espíritu Santo, artífice y alma de la misión, suscita en la Iglesia de Roma
muchos misioneros entre los jóvenes, los adultos y las familias, e infunde en
cada uno el fuego inextinguible de tu amor.
Espíritu, «luz de los corazones», señala los
caminos nuevos para la misión ciudadana y universal en el tercer milenio, que
está a punto de comenzar.
«Consolador perfecto», sostén a quien ha perdido la
confianza, confirma el entusiasmo de quien ha experimentado la alegría de la
evangelización, fortalece en todos los fieles el deseo y la valentía de ser
diariamente misioneros del Evangelio en su propio ambiente de vida y trabajo.
«Dulce huésped del alma», abre el corazón de todas
las personas, familias y comunidades religiosas y parroquiales, para que acojan
con generosidad a los peregrinos pobres que participen en los acontecimientos
del jubileo. En efecto, éste será uno de los frutos más hermosos y fecundos
de la misión ciudadana: la actuación concreta de la caridad romana, fruto de
la fe, que ha acompañado siempre la celebración de los Años santos.
María santísima, que desde Pentecostés velas con la
Iglesia invocando la venida del Espíritu Santo, permanece en medio de nosotros
en el centro de nuestro singular cenáculo. A ti, a quien veneramos como Virgen
del Amor divino, te encomendamos los frutos de la misión ciudadana para que,
con tu intercesión, la diócesis de Roma dé al mundo un testimonio convencido
de Cristo, nuestro Salvador.
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