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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Domingo «del buen pastor», 25 de abril de 1999

   

1. «Yo soy el buen pastor, (...) conozco a mis ovejas y las mías me conocen» (Aleluya).

Este domingo, llamado tradicionalmente del «buen pastor», se inserta en el itinerario litúrgico del tiempo pascual, que estamos recorriendo. Jesús se aplica a sí mismo esta imagen (cf. Jn 10, 6), arraigada en el Antiguo Testamento y muy apreciada por la tradición cristiana. Cristo es el buen pastor que, muriendo en la cruz, da la vida por sus ovejas. Se estable así una profunda comunión entre el buen Pastor y su grey. Jesús, escribe el evangelista, «a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. (...) Y las ovejas le siguen, porque conocen su voz» (Jn 10, 3-4). Una costumbre consolidada, un conocimiento real y una pertenencia recíproca unen al pastor y sus ovejas: él las cuida, y ellas confían en él y lo siguen fielmente.

Por eso, qué consoladoras son las palabras del Salmo responsorial, que acabamos de repetir: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 22, 1).

2. Según una hermosa tradición, desde hace algunos años, precisamente el domingo del «buen pastor» tengo la alegría de ordenar a nuevos presbíteros. Hoy son 31. Dedicarán su entusiasmo y sus energías jóvenes al servicio de la comunidad de Roma y de la Iglesia universal.

Junto con el cardenal vicario, los obispos auxiliares, los presbíteros de la diócesis y todos los presentes, doy gracias al Señor por este gran don. Comparto, de modo particular, vuestra alegría, queridos ordenandos, y la de vuestros formadores, vuestras familias y vuestros numerosos amigos, los cuales os rodean en un momento tan intenso y emocionante, que os dejará un profundo recuerdo para toda la vida.

Al aludir a vuestros formadores, mi pensamiento va, en este momento, a monseñor Plinio Pascoli, a quien el Señor llamó a sí hace algunos días. Durante muchos años fue rector del seminario romano y después obispo auxiliar, dedicando su larga existencia al cuidado de las vocaciones y a la formación de los presbíteros. Quiera Dios que su ejemplo sea para todos un ulterior estímulo a comprender la importancia del don del sacerdocio.

3. Amadísimos ordenandos, mediante el antiguo y sugestivo gesto sacramental de la imposición de las manos y la plegaria de consagración, os convertiréis en presbíteros para ser, a imagen del buen Pastor, servidores del pueblo cristiano con un título nuevo y más profundo. Participaréis en la misma misión de Cristo, sembrando a manos llenas la semilla de la palabra de Dios. El Señor os ha llamado para que seáis ministros de su misericordia y dispensadores de sus misterios.

La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana, será el manantial cristalino que alimentará de modo incesante vuestra espiritualidad sacerdotal. En ella podréis encontrar fuerza inspiradora para el ministerio diario, impulso apostólico para la obra de evangelización y consuelo espiritual en los inevitables momentos de dificultad y lucha interior. Al acercaros al altar, en el que se renueva el sacrificio de la cruz, descubriréis cada vez más las riquezas del amor de Cristo y aprenderéis a traducirlas a la vida.

4. Queridos hermanos, es muy significativo que recibáis el sacramento del orden en este domingo del «buen pastor», en el que celebramos la Jornada mundial de oración por las vocaciones. En efecto, la misión de Cristo se prolonga a lo largo de la historia a través de la obra de los pastores, a quienes encomienda el cuidado de su grey. Como hizo con los primeros discípulos, Jesús sigue eligiendo nuevos colaboradores que cuiden de su grey mediante el ministerio de la palabra, de los sacramentos y el servicio de la caridad. La llamada al sacerdocio es un gran don y un gran misterio. Ante todo, don de la benevolencia divina, puesto que es fruto de la gracia. Y también misterio, dado que la vocación está relacionada con las profundidades de la conciencia y de la libertad humanas. Con ella, empieza un diálogo de amor que, día a día, forja la personalidad del sacerdote mediante un camino de formación que comienza en la familia, prosigue en el seminario y dura toda la vida. Sólo gracias a este ininterrumpido itinerario ascético y pastoral el sacerdote puede convertirse en icono vivo de Jesús, buen pastor, que se entrega a sí mismo por la grey confiada a su cuidado.

Me vienen a la memoria las palabras que os dirigiré dentro de poco, al entregaros las ofrendas para el sacrificio eucarístico: «Vive el misterio que se confía a tus manos». Sí, queridos ordenandos, este misterio del que seréis dispensadores es, en definitiva, Cristo mismo que, mediante la comunicación del Espíritu Santo, es fuente de santidad y llamada incesante a la santificación. Vivid este misterio: vivid a Cristo; sed Cristo. Que cada uno de vosotros pueda decir con san Pablo: «Ya no vivo yo; es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

5. Amadísimos hermanos y hermanas, que habéis venido para participar en esta celebración, oremos para que estos 31 nuevos presbíteros sean fieles a su misión, renueven todos los días su «sí» a Cristo y sean signo de su amor a toda persona. Pidamos también al Señor, en esta Jornada mundial de oración por las vocaciones, que suscite almas generosas, dispuestas a ponerse totalmente al servicio del reino de Dios.

María, Madre de Cristo y de la Iglesia, te encomendamos a estos hermanos nuestros que hoy reciben la ordenación. Te encomendamos, asimismo, a los sacerdotes de Roma y del mundo entero. Tú, Madre de Cristo y de los sacerdotes, acompaña a estos hijos tuyos en su ministerio y en su vida. ¡Alabado sea Jesucristo!

  

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